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El orden del caos. José María Espinasa

jose_maria_espinasa"El orden del caos es una manera de quitarle sus virtudes al caos, pero también al orden", nos dice Espinasa en este ensayo que se debate en el mundo de la lectura y la sobreinformación en la Red.

 

 

 

El orden del caos
José María Espinasa

Una noción proveniente de la ciencia –el orden del caos- fue utilizada hace ya algunos años para describir una manera de manejar los almacenes de las editoriales: importaba saber dónde está físicamente un libro más que saber si el ordenamiento guarda un cierto orden. No funcionó del todo esa noción, de la misma manera en que el orden alfabético no funciona siempre para ordenar una biblioteca, sobre todo de carácter personal. Pero hoy día esa noción me parece más descriptiva de la manera en que circula la información en la red. Es demasiada  y por lo tanto se requieren herramientas de búsqueda. Sin embargo la mecánica de los buscadores sigue siendo muy elemental. Ya he contado que cuando busqué información sobre la película Lulú de Pabst, lo que me salieron fueron una infinidad de páginas porno. Por lo visto el nombre de la protagonista de la obra homónima de Wedekin se había vuelto muy popular entre las meretrices. ¿Cómo orientarse en la inmensidad de páginas de distinta índole que circulan en la red con información cultural y literaria? No hay manera, son demasiadas y uno se libra al encuentro del azar afortunado. Y sin embargo, es evidente que algo comienza a tomar forma en las redes culturales.

Pienso, por ejemplo, en la publicación que anima Mónica Maristañi, Maremoto Maristañi. Llega directamente a mi correo y la hojeo/ojeo –la palabra sigue siendo pertinente, más en el sentido de echarle un ojo que de pasar las páginas- porque me parece notablemente bien organizada, que se ha dado cuenta de cuáles son los intereses de sus lectores, y del interés que despierta en otros que no tienen esos intereses. Su mezcla de literatura, arte, cultura del espectáculo e incluso cierta dosis de frivolidad, le funciona bien. Funciona también el estilo y la forma periodística, mezcla de artículos de opinión, reportajes y entrevistas vinculados a la actualidad en varios idiomas y culturas. Un buen ejemplo de un equilibrio adecuado para la red. Mi poco conocimiento de los instrumentos técnicos de la red me hace incapaz de saber cuántos lectores tiene pero quiero pensar que muchos.

Las revistas digitales buscan de manera aleatoria sus destinatarios. Por ejemplo el envío a listados de mail. Pienso, por ejemplo, en a quién se le ocurrió enviarme Rialta magazine. O si buscando alguna información o la abrí y a partir de ese momento me la envían cada que sale. En todo caso es una revista que tiene en mí un lector muy interesado por sus temas, en especial los que se refieren a la cultura cubana. Sin embargo llama la atención que esa revista se haga en Querétaro. Eso nos habla de esa connotación extraña de la virtualidad: una revista cuyo lector directo son los interesados en la cultura cubana, sobre todo del exilio, se puede hacer donde sea y, desde luego, leer desde cualquier parte del mundo. El hecho resulta por lo menos inquietante. A la frase aquella, certera y que corrió con cierto éxito, de que la patria del escritor es la lengua en la que escribe ahora habría que transformarla: la patria de un escritor es su dirección web. Las generaciones más jóvenes, me consta por mi trabajo de profesor, han acogido con naturalidad el traslado de lo físico a lo virtual, pero eso no deja de inquietarme.

El universo físico es reconstruible, el virtual  lo es de manera mucho más complicada y en caso de que lo sea, de lo que no estoy seguro. De allí si fragilidad: se volatiliza o se evapora con gran velocidad, es muy inestable y por lo mismo poco adecuado a la noción de arraigo de gustos y prácticas lectoras. Y en donde esa transición se vuelve más efectiva –el cine, por ejemplo- lo que se muestra es un declive cualitativo evidente. Se dice que la gran ventaja es que puedes ver cine de cualquier lugar del mundo. Cierto, pero en pésimas copias, titulajes o doblajes incomprensibles y no pocas veces con alteraciones muy graves que tienen su origen en cierta censura no del todo explícita pero presente. En el universo del texto literario ocurre algo similar. Lo que lleva a extrapolar la sospecha: el orden del caos es una manera de quitarle sus virtudes al caos, pero también al orden. En esa situación el escritor –otra diferencia con los creadores cinematográficos– lo que quiere es ser leído, y privilegia ese hecho por encima de, por ejemplo, el laboral ¿Cuántos libros recibe usted por pdf gratuitamente a través de plataformas diversas? Una rápida encuesta me hace ver que muchos, y que, sobre todo desde la academia, pero no sólo, hay muchas personas que se dedican al asunto, buscan crear un circuito de difusión que se vuelva hábito y luego sea comercializable. Ya ahora muchos de esos sistemas de difusión le cobran tanto al autor como al lector. El funcionamiento de la web requiere, evidentemente, una rentabilidad, para que sus proyectos no sean efímeros.

He puesto dos ejemplos muy distintos, Rialta y Maremoto. Podría poner muchos más. Pero ahora quisiera ocuparme de otro fenómeno: los portales unipersonales y/o colectivos. Muchos escritores construyen un directorio al que mandan con cierta periodicidad –semanal, quincenal, mensual- textos de su autoría y, según entiendo, también crean costumbre entre sus lectores. Lo que no estoy seguro es que también lleven, como llevaba la publicación en papel, a una conversación colectiva: la red que crea el papel es mucho más tangible que la que crea el bit. Y subraya, casi se diría que confina, la lectura especializada frente a la compartida por todos. Digamos que el chat es la equivalencia virtual de la mesa de café en la que uno se reunía a platicar sobre tal o cual película o libro. La un poco forzada comparación sin embargo muestra lo que la red pierde frente al contacto presencial: calidez. Y, esto es una hipótesis muy provisional, la naturalidad con que ahora se vive esa pérdida se debe a que distorsiona la experiencia amistosa.  O, incluso, la amorosa: la seducción epistolar en papel es un mito romántico, la digital un delito.

Volvamos a la necesidad de orientar nuestras lecturas. Ya he expresado la problemática de las publicaciones digitales. Y la de papel cada vez son menos. Pienso, por ejemplo, que es notable que la librería Gandhi tenga una revista que circula por la red, Lee+. No sé si la editorial Sexto piso sigue sacando su Boletín SP y hace ya mucho que la Gaceta del FCE dejó de salir impresa. Y la publicidad de las editoriales fuera de la red es prácticamente inexistente y en la red misma sólo está presente en las promociones de los propios sellos. ¿Cuántas revistas literarias web tienen publicidad?  El lector está cada vez más solo al escoger sus lecturas y si bien esto puede parecer una ventaja, al no estar expuesto a las manipulaciones mercantiles, la verdad es que también le impide vivir el acto lector como la construcción de un gusto colectivo.

El hecho social de la lectura puede tener cambios profundos con la popularización de las prácticas culturales en la red. La red misma está creando sus propios géneros propios y específicos, como el meme, y las diferentes plataformas proponen estructuras formales a veces muy rígidas. Estamos en el primer instante de un big bang que no sabemos hacia donde nos llevará. Lo que sería una pena es que esa explosión arrasara con prácticas como la lectura que nos ha llevado siglos construir  Esa construcción tiene su mejor ejemplo en la idea de biblioteca a lo largo de los siglos. ¿Cómo podemos imaginar una biblioteca digital sino como algo fugaz y poco duradero?  Es probable que la lucha que se libra ahora no sea, como parece en una primera mirada, entre dos tipos de soporte, sino entre dos ideas de la cultura, y dos actitudes ante ellas. Hay que plantearse lo que significa (aun) en occidente la lectura como soporte de la civilización.

La sofisticada técnica surgida a partir de lo digital, los nanos conductores, la memoria virtual y el litio como elemento del futuro es curiosamente una nueva versión de la barbarie. Si las edades se determinan por su materialidad –la edad de piedra, la de hierro, la de bronce, la del papel- que corren en forma paralelo a la evolución de los soportes, señalaría que su dominio depende casi siempre de su eficiencia económica. Por eso llama la atención de la eficiencia del libro en el tiempo, y las connotaciones que de esa eficiencia se desprende, como el sentido de secuencia y el hilo narrativo. Esta vislumbrada "edad de litio" sería el final de la cultura como hoy la conocemos. Pero, nuevamente, no hay que ceder al sentimiento de apocalipsis que la pandemia ha acentuado.

Veamos en cambio lo que parece una minucia: El problema presente tanto en la edición en papel como en la edición digital, de la invisibilización de los proyectos  independientes por la televisión, la prensa impresa o la mesa de novedades vuelve muy difícil saber sobre las cosas que interesan a públicos minoritarios.  Ocurre muchas veces por casualidad y la casualidad es algo muy distinto del azar. La importancia que tiene este regreso de la pandemia para la literatura se muestra en la cantidad de noticias que se producen en la red sobre el asunto, desde los tradicionales "diez libros del año" hasta el descubrimiento de autores y el surgimiento de proyectos editoriales nuevos muy sugerentes y propositivos tanto digitales como en papel. La pandemia, dicen los que la han estudiado, nos hizo en cierta manera retomar socialmente el hábito perdido de la lectura, Ojala sea cierto y consigamos mantener ese impulso.