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La patria viva y la presidencia boba. Guillermo Linero Montes

guillermo-lineroEscritor, artista plástico y abogado, Linero Montes argumenta por qué hoy el gobierno responde con violencia y represión a las manifestaciones creativas que podrían significar una revocación de mandato en una república democrática.

 

 

 

LA PATRIA VIVA Y LA PRESIDENCIA BOBA
Guillermo Linero Montes

Constituida por los vínculos históricos, políticos y afectivos que tenemos con nuestro país, la llamada patria muy pocas veces en su historia había estado tan viva. Ya fuimos una patria muerta, mientras nos reinaban los españoles entre los siglos XVI y XIX, pues nos descontaron el derecho a nuestra propia lengua y creencias. Luego seríamos una patria boba –el término es de Antonio Nariño- entre los años 1810 y 1816, cuando los centralistas y federalistas, teniendo un enemigo común al cual combatir, se abstrajeron en pugnas domésticas. De ahí que los españoles hubieran podido debilitar, como lo consiguieron momentáneamente, el proyecto de Independencia; y por eso mismo, hoy los norteamericanos se nutren de nuestra pugna interna.

         De esa rivalidad entre colombianos todavía hoy depende la estabilidad de la república, y por eso valen las ideas de izquierda y valen quienes las profesan, siempre y cuando entiendan que tal pugna no debe existir; y valen las ideas de derecha y valen quienes las profesan, siempre y cuando comprendan que el enemigo no está en el espejo, ni es su paisano.

         La condición de vitalidad de un país –cuando este es dueño de su lengua y creencias- no sólo es apreciable en sus expresiones culturales y artísticas, sino también en su inquieta política, en su cambiante economía y en su dinámica social. Un pueblo que da respuesta política –no importa si positiva o negativa- a las decisiones de sus gobernantes, es un pueblo perteneciente a una patria viva.

         En una patria muerta o boba, los ciudadanos permiten que sus gobernantes les impongan, por ejemplo, paradigmas culturales y artísticos de talla menor (farandulerismo) sólo porque este descuenta las críticas y oculta las verdades amargas; en una patria muerta o boba, los ciudadanos permiten que les impongan políticas equivocadas (básicamente de represión e inequidad) y las aguantan estoicos al ritmo de trabajar, trabajar y trabajar.

         La condición de patria viva en el arte y en la cultura, es discernible en las obras de los artistas y desde luego en las ferias populares y en las fiestas folclóricas, por cuanto estas refieren con optimismo colectivo nuestras hazañas y vicisitudes; es decir, calcan el carácter político propio y nuestra idiosincrasia y civilidad. La manifestación de la condición de patria viva en la política y en lo social, es muestra de un pueblo aguzado; no importa si lo hace de manera educada –cuando la expresión de tal vivacidad es la cultura, el arte y el consentimiento con las obras de gobierno- y en el peor de los casos, tampoco importa si lo hace con violencia –cuando ya no soporta más abusos del estado y de sus gobernantes-.

         En el ámbito de la política colombiana, dicha condición de patria viva se hizo todavía más real y posible a partir de la Constitución del 91, que en su artículo 103 determina como "mecanismos de participación del pueblo en ejercicio de su soberanía: el voto, el plebiscito, el referendo, la consulta popular, el cabildo abierto, la iniciativa legislativa y la revocatoria del mandato".

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         Naturalmente, la patria viva se ha expresado de facto, desde mucho antes de la constitución e incluso después de ella. Así lo demuestran los hechos sociales de "acción ciudadana masiva" como el reclamo de los trabajadores del banano y la consecuente "matanza de las bananeras" ocurrida en 1928. Los movimientos populares y las manifestaciones de civiles, al expresar su descontento con las políticas de los gobiernos, no son otra cosa que la patria viva, y en ella los ciudadanos no permiten de sus gobernantes imposiciones de carácter cultural ni artístico y menos permiten la represión y la inequidad.

         Las manifestaciones populares por inconformidad política y económica, surgen de manera distinta a como surgen las expresiones del arte y la cultura; porque estas últimas por su intrínseca naturaleza son dadas a la crítica; mientras que las acciones colectivas productos de la inconformidad política y económica sólo se desatan en el último momento, cuando ya la copa de la paciencia civil no soporta una gota más de maltrato gubernamental o estatal.

         De hecho, la participación ciudadana consiste en la vinculación activa de los ciudadanos en las decisiones públicas, precisamente porque estas tienen repercusión directa en sus vidas; y de igual manera significa la posibilidad del reclamo si tales decisiones le afectaran vitalmente. De hecho, la "revocatoria del mandato" es una de las formas de la participación ciudadana civilizada, que provee el derecho de reclamarle a los gobernantes por el incumplimiento de las tareas encomendadas. No obstante, cuando los gobiernos autoritarios aplican con severidad sus acciones represivas, entonces la participación ciudadana, en un acto reflejo, se torna indefectiblemente violenta.

         Desafortunadamente, esa participación ciudadana, cuando es negada por los gobiernos autoritarios, desobedeciendo la constitución, y cuando estos comienzan a hacer lo que sus electores no les pidieron que hicieran, ni desean que lo hagan, se desata por su propia cuenta. Ya lo hemos visto, por ejemplo, en circunstancias políticas tan precisas como el bogotazo, y nunca había estado tan viva como cuando asesinaron a los precandidatos presidenciales Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo o Jaime Pardo Leal, que motivaron protestas civiles violentas.

         Por eso, en tales hechos –que fueron respuesta espontánea de la ciudadanía- es muy difícil, para no decir inútil o de mala fe, buscar autores intelectuales ajenos o distintos al gobierno; porque constitucionalmente la responsabilidad de la paz social y de la protección a los ciudadanos recae esencialmente en el presidente. Si consideramos el aparato de poder del presidencialismo en Latinoamérica y la elasticidad de sus potestades, entonces comprenderemos porque son las políticas de los gobiernos, y no las críticas o actuaciones de la oposición, las promotoras intelectuales y materiales de los alzamientos sociales, de las turbamultas y de los sucesos violentos, provengan estos de donde provengan.

         Aun siendo excluida en los planes de distribución de la riqueza, la patria de hoy es la más viva de todos los tiempos de la república. De hecho, es más que diciente que ante el grito de auxilio de la sociedad, en plena pandemia, el presidente corra a darle ayuda a los grandes empresarios y a los banqueros, y lo haga con tanto ahínco que no puede interpretarse sino como una burla con los pobres.

         Hoy, en el 2021, nunca había estado tan viva la patria, desde cuando decidimos expulsar a los españoles en 1810; sin embargo, tampoco nunca habíamos tenido una presidencia tan boba, tan inexistente como la que hoy tenemos. Cuando los gobernantes sucumben ante tantos errores cometidos, el autoritarismo pareciera ser su fórmula de oro, y así les funciona hasta cuando advierten, ya perdido para sí el respaldo del pueblo, que ni siquiera la policía ni el ejército les obedecen.

         Se les olvida a los gobernantes autoritarios, que la policía no está formada por gente del  gobierno, ni siquiera por sus hijos; a la policía la conforman los pobres más pobres, e incluso la mayoría de los agentes de la policía en Colombia, hacen parte de aquellos jóvenes humildes que al no encontrar oportunidades de estudio ni de trabajo y no viendo asequible el acceso futuro a ningún oficio profesional, los padres les inculcaron como fórmula de consuelo, prestar el servicio de policía, que es el más arduo, el más riesgoso y el peor pagado.

         Se les olvida a los gobernantes autoritarios que los combatientes del ejército, no son los gobernantes ni sus hijos, sino los pobres, que son reclutados o conminados por causa de la misma miseria a enfilarse en el ejército como una opción de futuro económico. Los ciudadanos que cuidan los edificios institucionales, los que limpian los baños, barren los pasillos y mantienen los ascensores técnicamente afinados, no son los gobernantes ni sus hijos. Por eso, un presidente que se preocupa primero por los ricos puede estar pecando de inocente, de ingenuo. Si el presidente Duque, por ejemplo, no ve en los hechos lo que pinocho comprendió cuando supo que era de madera y decidió luchar por humanizarse, entonces seguiremos teniendo un mandatario con corazón de estopa.

         Del mismo modo, que el sensible muñeco del cuento, Duque debería tomar la decisión de cortar su dependencia con quien ha mandado en los últimos 20 años. Su "ex presidente eterno" no ha mostrado sino autoritarismo y falta de escrúpulos al descontar la ética e inventarse una moral que echa mano de los vicios de la iglesia católica y de la cristiandad para engañar al pueblo. Todo eso puede perjudicar al presidente Iván Duque y puede convertirlo, para los colombianos del cercano futuro, en otra anécdota de nuestra historia política, risible e inútil, pero memorable como lo es el periodo de la llamada patria boba.

         Pocos conocen los jóvenes acerca de la historia de Colombia, porque les quitaron ese derecho a conocerla; pero todos saben de la patria boba. De tal suerte, si Duque -ya que va por la mitad del camino- no se suelta las ataduras y escapa de los hilos que lo manejan, vamos a encontrarlo en los libros de historia como el ineficiente gobernante de la "presidencia boba".

Mayo 25 de 2021