Cuaderno del espejo. Jorge Boccanera

boccaneraEl jardinero de Paumanok u otros personajes creados por Jorge Boccanera nos invitan a caminar a través del espejo poético del destacado escritor argentino.

 

 

 

Cuaderno del espejo
Jorge Boccanera

El jardinero de Paumanok

                                     A Walt Whitman

Montado en el instinto de la rueda
llega el jardinero de Paumanok.
Con los hospitalarios, los osados,
con los cuatro caballos que tiran de su almita robusta.
Alarde del tambor en la sangre resuelta.
Sombrero de ala ancha.

Todos comemos de su mano.

El silbido del afilador tajea la amorosa carne de la mañana,
presagia al nómada, al vociferante, al capitán del cafetín invitando
        otra vuelta de grapa.
Y el poema a zancadas con su respiración interrogante:
        «¿Quién desea caminar conmigo?»

Las chispas de su lengua dan cópulas furiosas.
En sus estanterías se abrazan el verbo plácido y la onomatopeya,
la turbulencia, la urraca azul con su graznido 
y las alas de musgo de los muertos,
la jerga indómita y veintiocho mozotes bañándose en el río.

Y todos comemos de su mano. 

 «Aprendiz del ingenuo, maestro del astuto»,
el jardinero de Paumanok
asomó un día en el puerto vestido de overol, pañuelo al cuello
        y bigote de foca.
Yo era una edad muy breve que calzaba preguntas inmensas.
Me regaló un puñado de bolitas.
Dentro de cada una vibraba una gota de plomo, unos labios granates,
        la guadaña en el ojo de un gato y una flor boquiabierta.
¿Qué otra cosa es la infancia que un pez de plata centelleando 
        al centro de un mundo difunto?

Entraba a la peluquería de mi abuelo Santiago con sus crenchas
(mi abuelo resoplaba por lo bajo).
Nunca se recortó la cabellera.
Colgaba la sonrisa en el espejo, elegía una silla, se dormía 
(no roncaba, lo suyo era retumbo).
Se soñaba escalando los cerros jaspeados de La Quiaca,
tocando una marimba en Masatepe,
respirando el incienso de la iglesita de San Juan Chamula
y a veces, que moría abrazado a su imaginación

Ya viene el enfermero de campaña
-lavativas, raciones de comida, lampazo al piso y orinales, solución mercurial,
auxilios, bálsamos-.
Lo vi repartir correspondencia entre los náufragos, cerrar los ojos de
        los obreros tirados en el muelle en aquella matanza  de 1907.
Llevaba el corazón clavado en una estaca.
Me acariciaba la cabeza.

Y todos comemos de su mano.

Junto a lo desbocado, el dulce aprecio, llega el maestro de canto,
el compañero de la obrera del Rhin, del minero de Oruro, del pescador de
White, de aquellos indios sauks que un día despertaron en el aire (les habían
robado la tierra debajo de los pies) y nunca se rindieron.
El gran jefe Halcón Negro plantó árboles de dignidad en la conciencia Y el
jardinero junto al fuego dijo: «Cada quien canta lo que le
        corresponde»

Lo vi muy cerca de aquella cabra atada a la cruz negra que le
saliera al paso a Apollinaire y lo dejara hablando solo.
Lo vi con «los escarabajos que arrastran su bola de estiércol».
Con los que hunden su lengua en corazones limpios.
Lo vi entre forasteros, victroleras, peones de estiba, changarines.
Lo vi entre marineros, feriantes y payasos de circo.
Escuché bien clarito cuando dijo: «Si no estoy en un sitio,búscame en
        otro, te estaré esperando."

Y todos comíamos de su mano.

Su corpulencia anclaba en aquel largo mostrador de estaño
        y deshilaba  historias, las escuché, lo juro
En la misma balanza iban la muerte y la fecundación.
Las palabras corrían sobre verdes praderas con la fuerza del agua
        que redondea las piedras
y crujía en la leña la aventura.
Sus iniciales van bordadas en el pañuelo de Vallejo, en los
cuatro sombreros de Pessoa, en los bastones de palo de
Coronel Urtecho, el corbatín de Pound. 

Ya llega el jardinero de Paumanok.  

Toda su humanidad entra resuelta
en los viejos zapatos que le pintó Van Gogh.

 

Cuaderno del espejo

Entre el espejo y yo, hay un hombre hecho polvo.

El perro de policía luce sus colmillos de cristal.
Su saliva ya sueña con mis huesos.

El espejo se cree que está leyendo un cuento.

Todo el espejo es hambre.

Duermo apretado en el espejo, con mi padre y mis hijos.

El espejo no escucha, pero te lee los labios.

La trampa del espejo está hecha de paciencia.

El espejo relata, una vez, otra vez, el cuento de mi cara.

En la red del espejo hay un pescado.
Suele mirarme como se ve un hermano.

El espejo es un pozo que se tragó mi infancia.

Todas las cacerías empiezan  y terminan en el mismo lugar:
el campo pulido del espejo.

Espejo delator.
fragua un retrato hablado del fugitivo.

Está hecho de cajones de espanto, el espejo.
Allí guarda las caritas de trapo de los niños,
planchadas, ordenadas, prolijas.

Mi rostro, el tuyo, afilan los espejos.

El espejo es un libro que está leyendo un libro.

 

Madre (fotografía uno)

¿Cuántas llaves su boca?
Candados que la visten, la roban de la luz,
           escondida, entregada.
Ladran perros de trapo en cajones saqueados
           por el polvo.
Todos los movimientos de mis manos la dibujan.

¿Cuántas llaves su boca?
Días ajados flotan sobre palabras rancias,
           en el mismo rincón.
donde mi edad es un ruido y una canción de vidrios
           sucios quiere hacerme dormir.
Ella respira los venenos.

Esa señora vive a dos pasos de nadie, replegada.
Y vuelvo a ser un niño hecho sed y ella un agua
           escondida entre las piedras.

¿Cuántas llaves su boca?
¿Cuántas vueltas de llave?

 

El Alebrije

Algunos artesanos mexicanos han construido
alebrijes, figuras monstruosas de papel maché
pintadas con colores chillones. Las manos de
estos artesanos han captado los restos de una
pesadilla; un híbrido de seres que cruzaron un
umbral prohibido para engendrar a la pavura.

Entre la burla y el escarnio,
barro contra los ojos, boca de carnaval,
el  Alebrije paga una culpa antigua anterior al pecado,
y es remoto por dónde se lo mire.
           «Toda piel es disfraz», sentencia a ratos, briago.
En guerra con él mismo
-cuerpo de dos cabezas sacándose los ojos-
sueña perfumes dulces que le comen el alma,
caga prolijamente rayas de presidiario.

Entre la repulsión y la piedad: el Alebrije.
Prisa de pato en salmo de tortuga, perro metido
a pájaro, y la sangre a lunares bajo el lomo
           quemado, achicharrado.
El globo de los ojos a punto de estallar,
           las alas atrofiadas,
lenguas partidas serpenteando entre los dientes
           carniceros.

Son pocos los que han visto un Alebrije.
No hay follaje que disimule este rencor, ni piedra que
           lo oculte, ni una rama que acepte un parecido.
Son pocos los que han visto un Alebrije.
Y pocos vivirán, para contarlo.

Algunos escucharon un verso en su saliva: «el corazón
de la mariposa es una garra».
Otros creyeron ver una sentencia entre sus restos de
comida: «si hueles mi excremento sabrás que alguna
vez me comí al diablo».

Mascota de llorar.
Dragón que habita la piecita del fondo de una gallina tonta.
Cola de espinas que asoma por debajo del vestido
de novia.

Lo suyo es el espanto.
Lo suyo, es una guerra personal.

 

El Extranjero (dos)

Ojos de aullar,
mirada de mugido,
y lengua errante en boca del ahogado.
¿A eso vine?
Puedo ver animales partidos a cuchillo que duplican
           la selva.
Vuelan alrededor cartas de nadie a nunca que te
           rompen a boca,
Mi reclamo es humilde:
encontrar sed de tigre en boca de la niña y hambre
           de halcón en esa sed.

Pero calzo estos días que nunca dejan huella.
Y me visto de oscuros animales que se muerden la cola,
y hablo con las preguntas que hacen nido en la asfixia.
Me acercó este deseo:
        que ella me regalara jardines para el dónde, me
           entregara paciencia para el cuándo.
         Pero su simple cifra no se puede decir,
apenas el atisbo de nombrarla me deja entre las manos
         sombra de dos lugares.
Los espejos vomitan siempre un bocado más de lo
         que fui.
Regresé del exilio, volví a ninguna parte.