
Escribir sobre el fuego es, de manera inevitable, escribir sobre el tejido mismo de nuestra existencia. No existe un hito tecnológico, biológico ni espiritual que nos defina tanto como especie como el instante en que dejamos de temer a la flama para convertirnos en sus guardianes. En Dualidad del fuego, la poeta y científica Rosa Aurora Chávez no solo nos ofrece un poemario; nos entrega un mapa genómico, una bitácora arqueológica y un canto antropológico que rastrea el humo desde la primera chispa en la caverna primitiva hasta las hogueras contemporáneas donde se debate el destino de la humanidad. El libro es una provocación lírica a la memoria: un recordatorio urgente de lo que fuimos, lo que construimos y lo que, por descuido u odio, nos arriesgamos a extinguir.
La obra abre con una poderosa advertencia que funciona como el eje conductor de todo el volumen: “Recuerda / lo que perdiste / cuando se olvidó / en el humo”. A través de esta invocación, la autora nos sitúa en ese umbral evolutivo donde el ser humano estaba a punto de desaparecer, acechado por el frío y la intemperie, hasta que irrumpió “el asombro del primer fuego”. Chávez nos recuerda con precisión científica —pero con una sensibilidad poética deslumbrante— que el fuego fue el verdadero partero de la humanidad. Antes de la palabra articulada, antes de la estructura rígida de las civilizaciones, el calor nos congregó. En torno a la fogata compartimos no solo el alimento físico, sino la génesis de la ficción, el mito y la historia.
El fuego transformó nuestra anatomía y nuestra mente. La autora hila con maestría la evolución biológica con el desarrollo afectivo: al cocinar los alimentos, el cerebro creció; al prolongarse el cuidado familiar y de los enfermos junto a la flama, nació la compasión y se inventó la infancia tal como la conocemos. La cueva dejó de ser una fosa de oscuridad para transformarse en el hogar. Las madres, contenidas en la cálida red del abrazo comunitario, pudieron por fin ensoñar con sus hijos. Así, el fuego no solo coció la carne y el barro; modeló la estructura de nuestra psique y alargó la juventud, abriendo el espacio interior donde se encendió otra flama: la de la autoconciencia.
A medida que el lector avanza por las páginas de este libro, el fuego deja de ser únicamente un elemento de supervivencia para convertirse en la herramienta de la gran metamorfosis humana. Rosa Aurora Chávez posee una mirada privilegiada que detecta la poesía oculta en los procesos de la materia. El fuego penetra la piedra, genera el primer horno en el vientre de la roca, y de la unión del agua y la semilla brota el milagro del primer pan. Con él, llega un invento netamente humano: la sobremesa, ese espacio de tiempo suspendido donde la palabra y el afecto se expanden entre los comensales.
El poemario se vuelve una fiesta de los sentidos cuando describe cómo el dominio del calor desató el juego, la música y el arte. Las flamas que bailan invitan al cuerpo a contorsionarse; de la euforia del movimiento despierta el canto en la garganta y, de pronto, alguien sopla el canal íntimo de un hueso para liberar “su canción de pájaros arcaicos”. La música, el barro moldeado a imagen y semejanza del vientre materno, y la pintura rupestre —donde la huella colorida de la mano en la roca grita un rotundo “aquí estoy, existo”— son subproductos de esa gran combustión cultural.
Nuestra poeta dedica versos bellísimos e iluminadores a la química de la vida y el deleite: la invención de la harina para vencer al invierno, el descubrimiento del fermento que hace expandir el pan como si fuera magma, y el nacimiento de la cerveza y el vino, licores sagrados de donde brotaron multitud de dioses y mitos para dar sentido a la existencia. El fuego es aquí el alquimista que transmuta el polvo en alimento, el metal en herramienta y el lodo en ciudades. El texto transita con naturalidad hacia la metalurgia, vinculando los siete metales antiguos con los cuerpos celestes —el cobre con Venus, el oro con el Sol, el hierro meteórico con Marte—, demostrando que, al conquistar el fuego, el ser humano también creyó conquista las estrellas.
Sin embargo, la poesía de Rosa Aurora Chávez no es complaciente ni se queda en la mera celebración del progreso. El título del libro lo anuncia con claridad: el fuego es una dualidad. En el corazón de la obra yace una profunda tensión ética. La misma chispa que abraza y protege contiene la semilla del incendio. Al frotar la piedra y la madera, el ser humano no solo descubrió el calor, sino que tropezó con la embriaguez del poder. La llama se bifurca: por un lado, el “azul eficiente que no es tóxico” y que genera vida; por el otro, la “naranja combustión corrompida” que acarrea suciedad y muerte.
Es en esta segunda mitad del poemario donde la autora alcanza una altura trágica y sumamente lúcida. El fuego ritual del México antiguo —donde la obsidiana es el espejo humeante del dios mutilado y el fuego nuevo emerge cada cincuenta y dos años para regenerar el cosmos— se estrella de frente contra el fuego de la crueldad humana. Chávez denuncia cómo el odio se unió a la flama, elevando la potencia de su destrucción. El fuego griego que calcina incluso sobre el agua, las espadas templadas para el exterminio, el humo que ya no es de copal aromático sino de la quema de los pueblos, y la terrible ironía de aquellos alquimistas que, buscando la fórmula de la vida eterna, terminaron por inventar la pólvora.
El poema se vuelve entonces un espejo incómodo para el lector del siglo XXI. El dominio tecnológico nos ha dotado de una capacidad destructiva sin precedentes “ahora puedes derretir todos los hielos / incendiar todos los bosques / o hacer que los niños duerman confortables”. La decisión, nos dice la poeta, queda en nuestras manos a través del libre albedrío. Podemos usar la pólvora para llenar la noche de constelaciones efímeras y fuegos artificiales que alegren la infancia, o podemos permitir que la locura del exterminio continúe devorando la palabra.
Dualidad del fuego es, en última instancia, un libro indispensable porque nos devuelve la perspectiva del tiempo profundo. Nos recuerda que somos los herederos de aquellos que arroparon a los muertos para devolverlos al vientre de la tierra o los entregaron a las llamas para que ascendieran en el hilo del humo. Rosa Aurora Chávez ha logrado encender aquí una hoguera poética donde la ciencia, la antropología y la lírica dialogan sin costuras. Este prólogo es una invitación a sentarse junto a sus versos y a dejarse asombrar por su belleza antes de que el humo de la desmemoria termine por apagar nuestra propia y frágil flama interior.
Carmen Nozal (España, 1964) Poeta hispanomexicana. Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM y egresada de la Escuela de Escritores de la SOGEM. En 2022 recibió la investidura de grado de Doctora Honoris Causa. Autora de veinte libros de poesía, teatro, cine y relato autobiográfico, por los que ha merecido diversos reconocimientos nacionales e internacionales entre los que se cuentan el Premio de las Letras de Asturias 2023, en España. Su poesía ha sido traducida, parcialmente, al inglés, francés, italiano, portugués, serbio, árabe, alemán, griego y asturiano. Dirige el Encuentro de Poetas Iberoamericanos sede México, Con Versando. Revista Iberoamericana de Poesía y Ensayo, Con Versando Ediciones y el Laboratorio Hispanoamericano de Poesía.