La poesía de Blanca Varela no sólo persiste, sino que ocupa el presente. Nos habla de la materialidad de la vida y el destiempo de la muerte; nos recuerda que estamos hechos de hueso, sangre, tripas y desgaste del tiempo. Esta finitud que nos convoca y que nos deja a la intemperie, en los versos de esta mujer son una forma de resistencia frente al olvido y la anestesia. Nos obliga a mirar y reconocernos en la fragilidad de todo lo que existe. Hoy, leerla es escuchar un llamado a no a escapar del mundo, sino a habitarlo con la lucidez de quien sabe que todo es transitorio, y que en esa fugacidad se juega, también, la urgencia de transformarlo.
Como la buena escritura que es, prevé nuestra necesidad de pensar más allá de lo lineal y del historicismo. Sus versos son una casa donde lo humano y lo animal tocan la puerta. Podría decir que sus versos son una suerte de poética chi’xi, es decir, una coexistencia que no necesariamente sintetiza y define, porque la vida resulta eso, un campo de tensiones que con gran pericia no se homogenizan.
Varela no necesitó anticipar teorías posteriores, como el giro animal ni las lecturas críticas de Giorgi; su lenguaje ya apuntaba hacia esa zona de obra donde lo animal cuestiona, esa materialidad que no se registra y por tanto no se decodifica en lo bien conocido. Su poesía no es llanto ni queja: es un aullido, un ulular, un barrito, que deja su paso por el mundo. Esta escritura es materia viva del pensamiento humano, algo palpable que incomoda desde la austeridad, la precisión y la ausencia de ornamento. Sus palabras nos tienden la mano para entrar en el horror y en la belleza que es la vida, sin concesiones ni autocompasión. En sus versos, el dolor no se estetiza; atraviesa como un puñal y, al mismo tiempo, trae consigo una forma secreta de alivio.
Blanca Varela es fundamental en la tradición literaria hispanoamericana no sólo por su singularidad, sino por su capacidad de leer la historia desde las huellas materiales del lenguaje. Su poesía abre fisuras en el deseo, en la imaginación, en la carne y camina sobre el paisaje, andino, selvático, árido y que huele al mar frío y a la bruma de invierno limeño. Leerla es pasear por Barranco, saborear los besos de Gabriel y el helado de lúcuma. Ahí está su escritura: palpable, ocupante, visible, a veces, con un algo que perturba.
Los invito a leer Ejercicios materiales (1978–1993) y Canto animal (1999) donde el lenguaje se vuelve cuerpo, resto, carne expuesta y la experiencia interior busca de lo vivo, de lo herido, de lo que resiste. En ese territorio, la voz poética se reconoce en lo desollado, en lo que sobrevive sin forma fija, dialéctica sin síntesis, ya lo he dicho, como la vida misma. Leer a Blanca Varela hoy no es un ejercicio de memoria, es una experiencia urgente. Su poesía nos enfrenta a lo que somos cuando lo banal deja de protegernos. Nos devuelve a esa zona incómoda del temblor, de la fragilidad, a la fiebre… leerla implica arriesgarse a no salir ileso. Y es precisamente por eso que hay que leerla, como rezo les digo: que la poesía nos proteja de toda perfección y a la realidad, te rendimos diosa /el gran homenaje…
DEL LIBRO EJERCICIOS MATERIALES (1978-1993)
Casa de cuervos
porque te alimenté con esta realidad
mal cocida
por tantas y tan pobres flores del mal
por este absurdo vuelo a ras de pantano
ego te absuelve de mí
laberinto hijo mío
no es tuya la culpa
ni mía
pobre pequeño mío
del que hice este impecable retrato
forzando la oscuridad del día
párpados de miel
y la mejilla constelada
cerrada a cualquier roce
y la hermosísima distancia
de tu cuerpo
tu náusea es mía
la heredaste como heredan los peces
la asfixia
y el color de tus ojos
es también el color de mi ceguera
bajo el que sombras tejen
sombras y tentaciones
y es mía también la huella
de tu talón estrecho
de arcángel
apenas pasado en la entreabierta ventana
y nuestra
para siempre
la música extranjera
de los cielos batientes
ahora leoncillo
encarnación de mi amor
juegas con mis huesos
y te ocultas entre tu belleza
ciego sordo irredento
casi saciado y libre
con tu sangre que ya no deja lugar
para nada ni nadie
aquí me tienes como siempre
dispuesta a la sorpresa
de tus pasos
a todas las primaveras que inventas
y destruyes
a tenderme -nada infinita-
sobre el mundo
hierba ceniza peste fuego
a lo que quieras por una mirada tuya
que ilumine mis restos
porque así es este amor
que nada comprende
y nada puede
bebes el filtro y te duermes
en ese abismo lleno de ti
música que no ves
colores dichos
largamente explicados al silencio
mezclados como se mezclan los sueños
hasta ese torpe gris
que es despertar
en la gran palma de dios
calva vacía sin extremos
y allí te encuentras
sola y perdida en tu alma
sin más obstáculo que tu cuerpo
sin más puerta que tu cuerpo
así este amor
uno solo y el mismo
con tantos nombres
que a ninguno responde
y tú mirándome
como si no me conocieras
marchándote
como se va la luz del mundo
sin promesas
y otra vez este prado
este prado de negro fuego abandonado
otra vez esta casa vacía
que es mi cuerpo
a donde no has de volver
Ejercicios materiales
convertir lo interior en exterior sin usar el
cuchillo
sobrevolar el tiempo memoria arriba
y regresar al punto de partida
al paraíso irrespirable
a la ardorosa helada inmovilidad
de la cabeza enterrada en la arena
sobre una única y estremecida extremidad
lo exterior jamás será interior
el reptil se despoja de sus bragas de seda
y conoce la felicidad de penetrarse a sí
mismo
como la noche
como la piedra
como el océano
conocimiento
amor propio sin testigos
conocerse para poder olvidarse
dejarse atrás
una interrogación cualquiera
rengueando al final del camino
un nudo de carne saltarina
un rancio bocadillo
caído de la agujereada faltriquera de dios
enfrentarse al matarife
entregar dos orejas
un cuello
cuatro o cinco centímetros de piel
moderadamente usada
un atadillo de nervios
algunas onzas de grasa
una pizca de sangre
y un vaso de sanguaza
sin mayor condimento que un dolor
casi humano
el divino con parsimonia de verdugo
limpia su espada en el lomo del ángel más
próximo
como toda voz interior
la belleza final es cruenta y onerosa
inesperada como la muerte
bala tras el humo de la zarza
no es fácil responderse
y escucharse al mismo tiempo
el azogue no resiste
se hincha y quiebra la imagen
constelándola de estigmas
la ausencia es multitud
la soledad y el silencio
sorprenden al que evade la mirada
al ciego del alma
al que tiembla
al que tantea con talón mezquino
la grupa heroica y resbalosa del amor
así caídos para siempre
abrimos lentamente las piernas
para contemplar bizqueando
el gran ojo de la vida
lo único realmente húmedo y misterioso de
nuestra existencia
el gran pozo
el ascenso a la santidad
el lugar de los hechos
entonces
no antes ni después
«se empieza a hablar con lengua de ángel»
y la palabra se torna digerible
y es amable el silbo de los aires
que brotan quedamente y circulan
por nuestros puros orificios terrenales
protegidos e intactos
bajo el vellón sin mácula del divino cordero
santa molleja
santa
vaciada
redimida letrina
sólo la transparencia habita el ánima lograda
finalmente inodora incolora e insípida
gravedad de la nube enquistada en la grasa
gravedad de la gracia que es grasa perecible
y retorno y aumento de lo mismo y retiro en el arca
interior
que así vamos y estamos
que así somos
en la mano de dios
Escena final
He dejado la puerta entreabierta
soy un animal que no se resigna
a morir la eternidad
es la oscura bisagra que cede
un pequeño ruido en la noche
de la carne
soy la isla que avanza sostenida
por la muerte o una ciudad
ferozmente cercada
por la vida
o tal vez no soy nada
sólo el insomnio
y la brillante indiferencia de los astros desierto destino inexorable el sol de los vivos se levanta reconozco esa puerta no hay otro hielo primaveral y una espina de sangre en el ojo de la rosa
Strip-tease
Quítate el sombrero
Si lo tienes
Quítate el pelo
Que te abandona
Quítate la piel
Las tripas, los ojos
Y ponte un alma
Si la encuentras
CONCIERTO ANIMAL (1999)
Secreto de familia
soñé con un perro
familia
con un perro desollado
cantaba su cuerpo su cuerpo rojo silbaba
pregunté al otro
al que apaga la luz al carnicero
qué ha sucedido
por qué estamos a oscuras
es un sueño estás sola
no hay otro
la luz no existe
Perros
tú eres el perro tú eres la flor que ladra
afila dulcemente tu lengua
tu dulce negra lengua de cuatro patas
la piel del hombre se quema con el sueño
arde desaparece la piel humana
sólo la roja pulpa del can es limpia
la verdadera luz habita su legaña
tú eres el perro
tú eres el desollado can de cada noche
sueña contigo misma y basta
Felizmente no tengo nada en la cabeza
felizmente no tengo nada en la cabeza sino unas pocas ideas equivocadas por cierto y una memoria sin tiempo ni lugar nada para poner nada para dejar sino huesos cáscaras vacías un montoncito de cenizas y con suerte algo de polvo innominada nada en lo que fue mi cabeza
El animal
El animal se revuelca en el barro
Está cantando
Amor gruñe en su pecho
Y en sucia luz envuelto
Se va de fiesta
De allí que el matadero
Sea el arco triunfal de esta aventura
Y en astrosa apariencia
Se oculten la salud y la armonía
Y la negra avellana
Sepulta en el gargüero
lance rayos azules a los vientos
engastado en la mugre
diamante singular astro en penumbra
encuentra y pierde a dios
en su pelambre
connubio de atragantada melodía
y agonía gozosa
se necesita el don
para entrar en la charca
Marisol Barahona – (Colombia), Magistra en Literatura por la Universidad Javeriana. Poemas suyos han aparecido en revistas y antologías de Colombia y México. Publicó Poética de la luz (2020) bajo el sello editorial Renascentro. Es colaboradora del Festival Internacional de Poesía de Bogotá y hace parte del comité organizador del Encuentro Internacional de Estudiantes de Posgrado en Literatura Iberoamericana (2019). Ha sido profesora en la Universidad Pedagógica Nacional.