El poeta cartagenero Rómulo Bustos escribe sobre la poesía de Samuel Vásquez, poeta, músico, dramaturgo, artista plástico y profesor de artes plásticas, crítico y ensayista colombiano. Aquí una muestra también de la poesía de este polifacético escritor originario de Medellín, Colombia
¿Y para qué habría de restituirse? Porque la Nada-nada anida la seminalidad del sentido. Pero ¿es que hay algo de eso moviéndose por ahí? Dónde, si ya no queda donde. Acaso no, acaso sea siempre necesario una mirada desde la cual inventarlo. Y cuando este se deslía abrirse a una nueva andadura y así en una deriva infinita. Pero el abismo es la matriz originaria, la matriz imaginal. El pleroma que soñaron los gnósticos. El ensoph cabalístico. La membrana comunicante. Allí se opera el paso de lo invisible a lo visible. El paso del universo implicado al universo explicado de Bohm. Allí la luz se llama sombra y la sombra se llama luz. Allí inicia sus primeros pasos de baile Shiva Nataraja. De allí provienen todas las imágenes que pueblan todos los mundos, incluida la imagen de este espejo ciego y el espejero que se esfuerza en borrar su azogue. El abismo es el magma tremendum et fascinans que constituye la condición de posibilidad de toda poiesis, incluida la poesía. Otto lo denominó lo numinoso. Rimbaud en sus Cartas del Vidente le llamó simplemente lo desconocido. Es la vagina misteriosa del Tao. Es el cimiento en flujo de la analogía otra. Es lo sagrado a que le abrieron las puertas los románticos, clausuradas por el totalitarismo de la racionalidad del logos. El retorno de lo sagrado es la marca de fuego de los avatares de la poesía y el arte modernos: lo sagrado que escapa del cerco de la religión y acampa en la Poesía.
Restituir el abismo es una apuesta por el re-encantamiento del mundo.
¿Reencantarlo para cantarlo? Acaso sí…pero todavía no parece murmurar Vásquez entre los intersticios de su calcinante escritura.

 

EL PRIMER ANIMAL DE LO VISIBLE.

Llega a la tierra prometida y no levanta allí su casa; reconoce que dios la ha engañado de nuevo. Llega a la belleza y quiebra su espejo: sabe que su destino no es azogue, sino epifanía. Llega a la verdad y no se amaña allí: echa sobre sus hombros la pesada carga y descubre un sendero hacia lo inefable con su lámpara de oscuridad…

Las tres líneas iniciales del “Proemio” proyectan las tres cabezas de la hidra: la Fe como dogma religioso, la Belleza como dogma estético y la Verdad como dogma científico-filosófico: la santísima Trinidad de esa religión embozada que es el capitalismo y su mula de carga: la modernidad: ¡Dios ha muerto, Viva la religión! La monstruosa hidra postula su contracara: el arquetipo heroico. En verdad, hay algo de héroe en este yo lírico que estremece en su inquietante aventura. Pero se trataría de un héroe de los siglos XX o XXI, esto es: un antihéroe. La hidra lo sabe y sonríe cínica con sus numerosas bocas. Argos vigilante le sostiene la mirada con sus numerosos ojos y se descubre que simultáneamente es Hermes. Es, pues, héroe y monstruo. Y encamina su errancia por los caminos –obviamente herméticos– de la Inefable abismalidad. A la naturaleza sublime-kantiana del abismo, de la cosa en sí responde la poesía precisamente acudiendo a su consanguinidad con lo sublime, es decir: tensionando su actividad a forzar sus límites, poniendo en crisis sus potencialidades, hasta llevarse a ese territorio movedizo donde el lenguaje se desdice, donde muestra su suntuosa penuria para nombrar la cosa. Y, sin embargo, de una manera extraña revelarla en su pura inatrapabilidad, al señalarla, al dar indicios, rastros de ella; la capacidad nominadora se derrumba y es solo ese no sé qué que quedan balbuciendo. En esta expresión queda patente el meollo de la poesía: su profunda voluntad mística, su ímpetu de religación. De allí que, contradictoriamente, la poesía moderna no sea –en gran modo– otra cosa que rebeldía mística, teofanía del revés: el cristianismo con hisopo de satanismo de Baudelaire, el ángelus demoníaco que entonan Rimbaud o Lautréamont y del que emerge el poeta como pavoroso vidente o el gran maldito. El poeta moderno: criatura joánica que balbucea, mensajero tartamudo que inútilmente despliega su alfabeto de manos entre el hombre que busca y la huidiza plenitud. En su enigmática gestualidad se entrelazan el balbucir de San Juan de la Cruz y el aterrador never more de Poe.
La sinuosidad del poemario se cierra en su tercer momento Diario sin días en una suerte de anamnesis platónica hacia el centro misterioso donde el abismo cambia de signo y se revela como luz. Esa especie de katábasis que es la inmersión en la nadiedad. En la nadiedad de la Nada deshebrando la madeja con vocación de cárcel del lenguaje: Significar es fracaso que ostenta. Desovillando el tiempo en el sin tiempo de la luz: el primer animal de lo visible, el animal que todo lo anima. El segundo animal de lo visible: la Madre inaugural irradiando desde el sin-fondo la primera mañana del mundo, la pureza irreparable de la infancia. Brotan las piedras en su dura ontología fundante, matricial. Son las mismas piedras que con su fuerza lapidaria serán lanzadas a los fariseos y sumos sacerdotes de la cultura de todos los tiempos y lugares. Porque la restitución del abismo es el conjetural punto de fuga para Salvar el horizonte. Pulsan destellos en la intimidad del ser −su germinalidad siempre ha estado ahí:

 

El Vértigo, el Extravío

… entonces
hundo mi sombra
en las tinieblas
 y tropiezo con el silencio
que arde en las cosas

No hay risas ni bufones
todo es hondo, todo secreto.
Algo nos mira detrás del umbral
desde la poltrona nos llega su aliento

Lo que nos hace ver
es lo que se nos esconde

El instante sin bordes ni ecos
abre su grieta de fuego:
acallante es su lucidez
-herida que no sangra-

El destino
fino hilo dorado
enredado entre delgados placeres
se aturde en nudos de olvido.
Imposible desenhebrarlo
sin reventar la línea
de su dibujo sagrado

En mi desmemoria
                   pierdo ese hilo de oro,
                   pierdo mi tiempo

 

Voy paso a paso

 

Voy paso a paso por la cuerda de la palabra… A ambos lados el abismo. Y abajo, el pozo de pirañas… Todos esperan aplaudir mi caída… Avanzo lento, dibujando con mis zapatillas la línea en el aire… esperan verme nadar en medio de la piscina roja de los peces insaciables… resbalo… me tambaleo… ebrio de sima, parezco un borracho que no encuentra su columna vertebral, su estructura ósea, su equilibrio… parezco hecho de una gelatina que cambia su forma de acuerdo al miedo que me contiene… la garrocha en mis manos, como un gran lápiz, me sostiene… durante un momento… durante un poco más… caigo… todos abren su boca grande y se tragan por completo el aire del circo… caigo en cámara lenta para que el espectáculo sea competente con el cine… en el trayecto vertical agito mis brazos sin concierto ni orden… luego con alguna cadencia y ritmo… a veinte centímetros del pozo aprendo a volar… Segundos más tarde aterrizo en el centro exacto de la pista inundada de reflectores. Pido disculpas al público por haber estropeado su espectáculo.

 

No es bien recibida mi coherencia

 

No es bien recibida mi coherencia. Coherencia que es herencia elegida, no obligada.
Esperan que me divida. Que use la heteronimia social. Que acepte opuestas opiniones, disimuladas imposiciones.
Que la multiplicidad de rostros podría abrirme infranqueables puertas a la admisión, a la aprobación, al aplauso. Prefieren la monstruosidad de varias cabezas a la armonía de una sola.
Piden que me trague la lengua. Que al menos desarme su látigo. Que practique las normas apacibles del eufemismo y de la astuta cortesía.
Exigen que cambie mi pensamiento. Ante mi negativa, como a un loco me llevan hasta el aislamiento total. Me hice pintor, bailarín, actor. Que cambie mis convicciones. Me hice músico creyendo que la melodía encantaría culebras, que llevaría las ratas al río. De nada sirvió. Que renuncie a mis creencias. Al borde del abismo me jugué la vida, me hice funámbulo. Todo fue inútil. Exigen que deje mis opiniones en casa. Que no las saque a reuniones, fiestas, conferencias, cafés. Que deje, que abandone, que me abstenga de mis deseos. Que extermine mis ideas. Que no sueñe. Que las utopías pasaron de moda.
Dictaminan que mi falta de olvido es peligrosa, contagiosa. Que mis ojos se dirigen siempre a lo que no debe ser mirado. Que veo demasiado. Que la imprudencia de la mirada es pecado.
Que la conciencia necesita playa, mar, hamaca, ron. Que necesita descansar.
Que es necesario el disimulo ante la estupidez, la comprensión ante los abusos, el perdón ante los crímenes. Que se hace imprescindible pasar mis entusiasmos por el cedazo razonable que ellos han diseñado.
Que debo desdibujar mi rostro, demasiado recio, demasiado altivo. Que mis ojos señalan, acusan, que mi respiración es profunda, ansiosa, agresiva, que mi boca es burlona, de carcajada o risitas, que mis oídos oyen lo que no debiera.
Me prometen que hay esperanzas, que habrá cambios, que no me afane.
Me aconsejan que me ablande. Blando podré encajar sin dolor en los moldes que han diseñado. Que acepte el mundo que han construido. Que aceptando seré aceptado.
Desdeñado, al borde de la nada, hago ejercicios para cambiar mi rostro. Alcanzo a allanar formas. Logro suprimir todo dibujo hasta llegar a tres manchas fundamentales. Se asemeja a una pintura de Bacon, y, así, se hace más inaceptable aún. Me acerco un vaso de agua a esa mancha que reemplaza la boca. Veo la armoniosa línea transparente del cristal y acepto la verdad analfabeta de la belleza. Trato de restaurar mi rostro y hacerlo lo más parecido a mí. Ya es imposible.

 

Esta palabra carece de sentido

Esta palabra carece de sentido y ese es el sentido de su escritura, esa su soberanía. A nadie debe y a nadie va dirigida. Como la rosa. Como el cuerpo de ella. En este espejo nadie se mira, nadie tiembla en esta página. La luz se tapa los ojos, su sed de forma ha quedado insatisfecha. Esta nada significa nada. Significar es fracaso que ostenta. Esta escritura fracasa con prudencia, calla sin haber dicho cosa ninguna. Cavo una fosa para sepultar esta palabra y que nadie ponga pie sobre ella.

 

El Escribiente

 

No porque mis palabras sean sencillas
esto es sencillo. No lo es
No por simples duelen menos
Como es poco lo que sé
escribo con esfuerzo
Como no sé escribir
escribo con ignorancia
escribo desde el olvido
porque es abundante
y hay mucho para olvidar

Escribo en el misterio de lo que no sé
Escribo para ver algo:
los ojos saben de distinta manera
que las palabras
No escribo sobre el mundo y su boato
No escribo sobre príncipes ni revoluciones
la realidad es inatrapable:
solo relatamos sus agónicas sombras
Prefiero escribir sobre mí
que soy mi desconocido más cercano
Escribo sobre mí
sin preguntarme ¿quién soy?
ni ¿por qué? ni ¿para qué?
eso sería filosofar y atar el lápiz
Cada vez que me pregunto
¿quién soy?
siento dentro de mí
un estadio vacío
una catedral a las cinco de la mañana

Sobra advertirlo
esto se escribe para mí
que soy quien puede extraer preguntas
de estas palabras
Los demás son como aquel
que encuentra unas piedras
en medio del campo
y no ve más que piedras
ignorando que debajo yace
una madre amantísima,
muchos recuerdos
y muchas lágrimas
Aquí, cada palabra es una piedra

Esta escritura no tiene un orden
porque sabiendo todo desde antes
se anticipa el final
sin haber aclarado los comienzos
Al saber toda la historia
puedo eliminar el tiempo
que es lo que se opone
que es lo que estorba
Como en este escrito
no hay que salvar a nadie
ni hay final feliz con perdices
el tiempo se puede eliminar
Estas palabras, pues,
no tienen afán de rescatar a la muchacha
ni de vencer al malvado
ni de hacer llover
ni tratan de robar un segundo a la muerte

¿Cómo escribir si no hay aventuras,
proezas ni amoríos?
¿cómo escribir si no hay dioses,
princesas ni guerreros?
¿cómo escribir si nada pasa?
Hay que dejar que pasen las palabras
y, desordenadas, dejen
sus huellas en el papel
Abrir un sendero con palabras
construir castillos de palabras
encender amores entre las palabras
y si la historia no llega, mejor
sin historia no habrá relato, no habrá acción
no habrá presunción, no habrá empalago
no habrá maneras, no habrá estilo
no habrá traiciones, no habrá sangre
pero habrá palabras
habrá escritura
Y no daré luz a las palabras
las dejaré en su propia oscuridad
sin maquillaje ni vestuario
sin decorado ni fanfarria
Las dejaré desnudas
sin deseos ni indolencia

No porque mis palabras sean sencillas
deja de ser una fuerte vocación la mía:

 

El Callado

Llega el callado y llena de ojos el salón.
                No dice su nombre.
                No dice qué oficio tiene.
                No dice qué quiere.
                Dice, el último, qué bebe.
Él no saluda de mano.
Él no saca a bailar a las muchachas.
Él no se asoma a la ventana.
Él solo, sereno, como el que más.

Llega el callado y no hay palabra que no se sienta escuchada.
                Sus manos mansas reclaman atención, suscitan espera.
                No habla a pesar de sus opiniones mejores.
                No coquetea a pesar de su belleza de árbol.
                No retira su red de silencio a nuestros ojos.
                No solicita cortesía, ni conmina consideración alguna

Las palabras al borde de sus labios se demoran, esperan, se retienen, regresan inéditas a su interior: su canto duerme.
                Su silencio afila su mirada.
                Su arrinconamiento amplía su enfoque.
                Hay un pozo dentro de él que no abrirá: no toda agua es para la sed.
Llega el callado y el espejo no lo repite.

                Sólo recordamos de él, que no lo vimos.

 

Había una vez

Había una vez.
Ahora es ruina.
                           Inaudible.
Ahora la tapia, y el viento que la cruza.
Ahora la lluvia que no germina la huerta de piedras.
Pero las ruinas no son iguales.
Son bellas aquellas que cuentan de patios, corredores, escaleras.

                El después es de puertas.
                El nunca, de copa que cae.

Los puentes son oportunistas.
                Hay que restituir el abismo.
                Salvar el horizonte.

Llega el viento afanado
                y lame migajas de sílabas en mis manos.
La noche zahorí cava en el hontanar de los sueños.
La palabra huye
                con mi mirada clavada en su espalda.

Al caer la tarde
                mis manos destejen el aire y su mortaja:
                dejo un hilo suelto para no quedar atrapado en su textura.

El mañana es de polvo.
                Desdice las horas y los pasos.
                Desdice formas y ventanas.
                Desdice el umbral y su luz agachada.

Vivimos la posteridad del pasado.
Habrá (todavía no) otra vez.
                No estará en mis manos.