Publicamos un texto de Elsa Cross sobre la obra de esta poeta mexicana, a quien percibe en su etapa madura con dominio de imágenes del mundo zoológico y un cromatismo de pintora, que también lo es.
UN ANIMAL PARA LOS OJOS DE KENIA CANO
Elsa Cross
La poesía de Kenia Cano llega en Un animal para los ojos a una maduración llena de profunda intensidad. También de colorido. Aparecido a fines de 2016 en una hermosa edición de la Universidad Autónoma de Querétaro y de Monte Carmelo, este libro es otro punto culminante en la trayectoria de Kenia, si tenemos en cuenta a Las aves de este día, libro que obtuvo en 2010 el Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer.
Hay también aves y muchos otros animales en su antología titulada justamente Autorretrato con animales, y en este Animal para los ojos, donde esa constante se inserta en los poemas de una manera entrañable y enigmática. Se liga también a algunas predilecciones pictóricas de Kenia, que ha cultivado paralelamente la pintura, haciendo que su obra encuentre tal vez una de sus definiciones en la línea común que surge de la pluma y el pincel.
El “animal para los ojos” en este libro es el ciervo, que tiene ya tras de sí una fuerte carga simbólica, en mitos de muchas tradiciones, como la griega, la germánica, la celta, la puréhpecha y la rarámuri, entre otras, así como en el ciclo artúrico y también en la literatura mística cristiana. Además de representar, ciervo y cierva, muchos poderes primarios de la naturaleza, en el ciclo artúrico la caza del ciervo marca el comienzo de la aventura, de la gesta heroica, acaso porque no se sabe a dónde va a conducir, tal como el derrotero del ciervo. También para Malory, compilador del ciclo en el siglo XV, el ciervo blanco, cuyo pelaje se regenera y es inmaculado, simboliza a Cristo. La imagen de uno de los Salmos, del alma que anhela a Dios así como el ciervo sediento anhela el agua que corre, será tomada por algunos místicos, entre ellos Hildegarda de Bingen, que es una figura tutelar en este libro.
Nada de todo esto –excepto una referencia a Hildergarda—se hace presente en el libro de manera directa, aunque ya sea por coincidencia o no, el contenido simbólico de la figura del ciervo surge en los poemas una y otra vez. El primer verso del libro, dice: “Ella tiene un ciervo blanco en los ojos”. Y en los poemas sucesivos el ciervo puede ser una imagen sucedánea de la del padre, o hay un ciervo blanco decapitado, o un ciervo incorpóreo del que sólo se ve la sombra.
Lazos familiares y afectivos se enlazan con el ciervo y sus múltiples presencias. Remembranzas se enlazan con el sueño o con la percpeción que desde el sueño captura otros visos de realidad, donde se interroga a los recuerdos mismos, que cobran vida para alzarse con el mismo vigor de lo vivo inmediato o para despeñarse fantasmales. Sin embargo, se afirma repetidamente la certeza del cuerpo. “Mi cuerpo es un vehículo del fuego”, termina un poema, y el siguiente empieza (o tiene como título) “Mi cuerpo es una llanura abierta”.
Y aparece una duda constante, que no es sino la duda existencial originaria. “Puedes construir una ciudad sobre la duda”, dice el poema. Y la duda está latente en las imágenes de jóvenes amantes, lo mismo que en las empresas imposibles, al igual que en la muerte, la vejez, la enfermedad. Hay una sensación de lo vulnerable que se reitera en los poemas, y que es como una de las fibras de la vida misma, que es un tema fundamental del libro.
La presencia de lo animal aparece de muchas maneras, como por ejemplo la mordida primaria, que de pronto no es ya el gesto instintivo animal y humano, sino que se vuelve “mordidas centelleantes de Dios”, en un poema que tiene como título y epígrafe, esto de Santa Teresa de Jesús: “Y aun algunas veces permite que nos muerdan”. Este poema se sigue de otro sobre Hildegarda, y estas dos figuras desdoblan en el libro una complejidad mayor, que no va a agotarse fácilmente en el juego de los animales como metáforas ni como alegorías. Esa duda metódica se emplaza en otras direcciones. Una pregunta se planta en el centro de la realidad más concreta:
No eran cuerpos, era el cuerpo.
el cuerpo del hijo, del amigo, del amado.
Una tachadura.
Desatino: Armas, brechas, rupturas de la razón,
leche mala de Dios.
Y más preguntas metafísicas:
Gobelinos, insaciables,
manufactura invertida de los tejidos de Tu comprensión.
¿Por qué te vuelves tan pequeño?
¿Por qué estos hombres ya no te importan?
¿Por qué abandonas nuestros silencios?
¿Por qué edificas la desproporción?
¿No son tuyas también todas las dudas?
¿Por qué nos mudas? ¿Por qué la muda?
La muda de este hijo hoy muerto frente a tus tantos ojos ciegos. 1
Esto, que acaso da cuenta del horror interminable que ha vivido México en las últimas décadas. Pero más allá de la circunstancia histórica, está el hecho ineludible de la muerte y la descomposición como en el poema “La res estaba en medio del camino.” Todo forma parte de la misma compenetración profunda que hay en todo el libro con la tierra y sus seres, humanos y animales, animados e inanimados. Un poco más adelante dice otro poema:
Me abro lentamente al sonido que hace el cardo
cuando brota por primera vez desde la grieta,
la salida de sus primeras espinas.
No es un sonido agresivo, sólo memoria y protección
de la estrella en el terreno baldío.2
No puede dejar de apreciarse la mirada de una pintora en pasajes como éste, por la percepción minuciosa; pero aquí está también, inseparable, la poesía.
“Lancé los huesos del ciervo por la ventana”, dice la poeta hacia el final, dando un giro al plantemiento del que ha partido, para marcar un gesto de desprendimiento, representado en esa imagen, y que luego se extiende en otras direcciones. Se arrojan los huesos, pero la presencia del ciervo sigue allí, tal como se muestra en el poema siguiente, “La mirada es un pensamiento”, donde acaso ese “animal para los ojos”, que ha sido un hilo que conduce por los diversos parajes del poema y los enlaza, pierde su materialidad y se convierte en un emblema de la búsqueda, de lo que ha de alcanzarse:
Guíanos tras las huellas de los ciervos,
tras las marcas invisibles del corazón.
Estas palabras dan comienzo a la plegaria que es el resto de ese poema, donde se dice también:
Canta desde el centro,
abre la puerta.
Y también:
Piénsanos
Abre mis ojos, los nuestros.
Permítenos proteger tus dones.
Hay un impulso catártico que busca reencontrar la palabra, la “sangre curada”; curar, de hecho, la tierra herida, los cuerpos. “Hay una casa en llamas en el centro de mi pecho”, dice otro poema del final, y quiero abundar con otra cita:
Caza el verso a la vuelta
donde no estén tu casa ni tu cuerpo, tus preguntas.
Clávalo, ensártalo, desata la boca de este verso.
Y es un recordatorio, que aunque está la búsqueda del ciervo emblemático, hay aquí básicamente una búsqueda poética; las dos se enlazan de manera muy estrecha y no hay forma de señalar donde comienza una y termina la otra. Los poemas finales, luminosos, celebratorios, hablan casi de una epifanía y una reconciliación con la vida, aun a pesar de sus bordes ásperos y su caos: “Pastarán los animales mansos sobre mi cuerpo”.
Sin duda hay muchas cosas más en este libro, que no es posible captar en una sola lectura, como ha sido mi caso, aunque ésta sí permite apreciar que hay en él una expresión poética vigorosa, rica, muy actual, y sin embargo independiente de tendencias de moda, porque surge de una visión y una voz muy propias. Un animal para los ojos cierra quizá, con brillantez, una etapa muy importante en la poesía de Kenia, y sin duda, está abriendo otra.
Elsa Cross (México, D.F., 1946). Su Poesía Completa (1964-2012) publicada por el Fondo de Cultura Económica, contiene veintiocho libros de los cuales seis han recibido importantes premios en México y otros países. Los más recientes son el Premio Xavier Villaurrutia (2007) y el Premio Roger Caillois, para autores latinoamericanos (París, 2010). Se han publicado libros suyos en Francia, Inglaterra, España e India y, traducidos a doce idiomas, sus poemas han sido incluidos en un centenar de antologías en América, Europa y Asia. Ha publicado las traducciones de poesía Innana, Reina del Cielo y de la Tierra (2010) y libros de Saint-John Perse e Yves Bonnefoy. Tiene maestría y doctorado en Filosofía por la UNAM, donde es profesora titular de Filosofía de la religión.
POEMAS PARA REVISTA LA OTRA
Del libro Un Animal Para los Ojos:
Mi cuerpo es una llanura abierta
¿Y si sólo extiendo este cuerpo al sol?
Se han devuelto cuerpos de formas grotescas
La res estaba en medio del camino
Escucho el interior de ciertas casas vacías
Hay cuerpos que responden al llamado
Me persigues mientras sigues madurando nísperos
Caza el verso a la vuelta
Pastarán los animales mansos sobre mi cuerpo
Semblanza
MI CUERPO ES UNA LLANURA ABIERTA
llenura abierta
El viento no te trae,
tendré que rendirme en cada hierba que se inclina.
Hierbajos secos,
flores silvestres que arden bajo el sol.
Llanura herbosa dispuesta a la mordida.
Seré hierba para tus vacas.
Han quemado parcelas
pero no veo a nadie sembrando.
Un zopilote otea sobre mí,
quizá deje una semilla.
La misma aparición de aquella ave roja
que un día juntó nuestras manos,
se hundió entre la tierra seca para sacar un gusano
y yo le di una criatura aún húmeda,
buena para la sed:
Mi cuerpo entre tantas rocas.
¿Distingues las líneas que no ardieron con el fuego?
¿He acariciado suficientes veces tu frente?
Acepta esta negrura nutricia, esta aridez.
Acepta una cosecha dorada mientras no hay agua
ni hijos vulnerables.
Acepta estos cáñamos secos y erguidos,
cañas huecas, vencidas,
que no se incomodan frente a altas temperaturas.
¿Y SI SÓLO EXTIENDO ESTE CUERPO AL SOL?
¿Y si me tiendo como esa línea abierta de montañas
que se ofrecen a la luz del día?
¿Vendrán tus hijos?
¿Tendré que darles campo?
¿Dejarán su voz en mi corazón?
¿Podré entregártela?
¿Podré darte el silencio de los amantes
que en la noche memorable respiran juntos?
¿La noche común
en donde sólo pasa la oscuridad y tu zumbido?
Te llevaré el aire tibio que hay entre sus cuerpos.
La infinita línea que los separa en sueños.
Mi cuerpo es un vehículo del fuego.
SE HAN DEVUELTO CUERPOS EN FORMAS GROTESCAS
en paralela lentitud y abundancia,
frente a un hueco sin austeridad
confuso y yerto.
¿Puedo entrar a tu casa?
Donde envuelves la ropa de tus hijos,
un trozo de panela con acelgas apenas tocadas por vapor,
la prenda vaporosa que ha sido bañada por él,
aquella que ocultas para que tus padres no la vean.
A veces te impacientas frente a la elaborada envoltura de papel de china
que en un tras será rasgada por un inquieto cumpleañero.
Miras al otro envolver las viandas,
el pan que llevarás a casa.
Envuelves con hilo de algodón venados
como si su inexistencia debiera ser rodeada
por una insistente línea blanca
que recuerda a Dios y a su tejido silencioso.
Nosotros también hemos dañado tus formas equilibradas,
se han desenvuelto vientres injustificadamente.
Ya no habrá espacio para tu desproporción.
*
Una abundancia inversa que en la honda pregunta
no siempre nos sostiene.
Nada puede hacer brillar la caída de los muertos.
La bruma desatada.
Ningún cerro desea comprender.
Indiferentes las grietas en las montañas,
las piedras talladas por el tiempo inclemente,
el calor que enfría el centro de los huesos.
*
No eran cuerpos lo que devolvían,
eran escrituras de un dios ajeno, distante,
que todo lo permite.
No había ningún plan divino detrás,
ninguna cita luminosa.
Dice mi madre que era como si un ser invisible
arrancara un pedazo de carne y abriera
un hueco sin fin en su vientre.
*
Entonces él volvió a la tierra con un hilo rojo en la sien.
Trenzado como los días en que lo justo no es relevante.
*
Formas talladas por el ocupado y disperso centro de los hombres.
Minúsculo frente a la expansiva arquitectura del mundo.
Palabras: envolturas de polietileno, permanencia severa, costra artificial.
*
No eran cuerpos, era el cuerpo.
El cuerpo del hijo, del amigo, del amado.
Una tachadura.
Desatino: Armas, brechas, rupturas de la razón.
leche mala de dios.
*
Gobelinos insaciables,
manufactura invertida de los tejidos de Tu comprensión
¿Por qué te vuelves tan pequeño?
¿Por qué estos hombres ya no te importan?
¿Por qué abandonas nuestros silencios?
¿Por qué edificas la desproporción?
¿No son tuyas también todas las dudas?
¿Por qué nos mudas? ¿Por qué la muda?
La muda de este hijo hoy muerto frente a tus tantos ojos ciegos.
*
Cómo contestar a tu palabra desarticulada. A tu ruido obsceno.
A tu avaricia. Cómo darte la vuelta, cómo herir tu prisa.
No te enfrentaré. Sólo abriré mis manos.
Envuelvo con hilo de algodón venados
como si su inexistencia debiera ser rodeada
por una insistente línea blanca
que recuerda a Dios y a su tejido silencioso.
LA RES ESTABA EN MEDIO DEL CAMINO
Sonido de cientos de gusanos satisfechos
arrastrándose en la tierra quemada por el hombre,
el hombre ensimismado y disperso.
La piel seca queriendo untarse a la tierra
hundida y áspera.
Cavernas llenas de moscas de la anunciación.
Saldrían los nuevos brotes sobre los cuernos.
Algunos huesos todavía unidos por la carne,
hasta que el rayo constante despegue,
hasta que su calor desteja lo que el designio ha logrado.
Era su nueva voluntad.
¿Sobrecogido?
Virgilio te contó de las bondades de aquella pestilencia:
…Y saldrían las abejas de las entrañas caducas del animal
¿Aspiró la podredumbre para escuchar el zumbido?
Cientos de larvas salieron a la superficie,
como el ruido de los hombres distraídos
lanzados a deberes finitos y sin redención.
Desde esa media luna ósea esta noche podrán apreciarse las estrellas,
será en esta ciudad tomada por dioses menores
donde algunos aún confían en la restauración.
ESCUCHO EL INTERIOR DE CIERTAS CASAS VACÍAS,
la respiración pausada que no tuvieron los antiguos habitantes,
el temblor en las ventanas,
el aire que se cuela por las rajaduras de los vidrios rotos.
Y aunque el calor entra por mi oído derecho,
no tiene sonido el sol.
Escucho el interior de la caja torácica del pájaro.
Me abro lentamente al sonido que hace el cardo
cuando brota por primera vez desde la grieta,
la salida de sus primeras espinas.
No es un sonido agresivo, sólo memoria y protección
de la estrella en el terreno baldío.
Amo los terrenos baldíos, sus cambios sutiles a lo largo de un año:
La eterna acumulación de nidos de araña y ardillas.
Escucho el interior de la tierra bajo la ceniza,
su decir oscuro y generoso.
Escucho lo que responde la piedra a la inscripción
que ha dejado la uña del tiempo,
tal vez un niño o un hombre
ha trazado en su lomo un problema matemático;
tocará el centro de la roca multiplicando los ecos
mientras toda la materia escucha:
Escucho el seco rozar en el pelambre del animal,
las partículas de polvo que sacude como gotas sobre la charca seca,
sobre la sed de la tierra.
Escucho el sonido del hueso más pequeño del cuerpo,
su música vibratoria,
su forma de frenar las voces desbocadas del exterior.
Dicen, susurran, que hay mal afuera,
que ha habido inconformidad,
que se salieron las cosas de las manos,
que todos querían tomar a manos llenas.
Dicen, que hay demasiada gente triste.
Otros quisieran regresar, negar el primer encargo.
Ellos también tienen miedo,
no saben cómo llegaron aquí,
hay doctores, cantantes, náufragos.
Dicen los que están del otro lado
que no saben cómo volver,
dudan del equilibrio de sus propios huesos.
Hay quienes se ocultan durante el día en estas casas vacías,
el eco no los deja dormir.
Quieren volver y nadie los reconoce detrás de los pómulos alzados,
la madre primera no ve el gesto.
Sonido reparador restáuranos,
entréganos a la apertura de la primera estrella:
Fulgurante coincidencia en nuestro cuerpo que parecía baldío.
HAY CUERPOS QUE RESPONDEN AL LLAMADO
transfigurando el fuego a través de la voz.
Pueden taladrar la mayor indiferencia,
reacomodar preguntas,
afilar la escucha,
encender el corazón.
Hay voces que desperezan los oídos,
un rojo que recobra la infancia,
las ganas de vivir y el misterio.
No borra la vulnerabilidad
pero le hace un altar sonoro.
Mientras ella entrega con su lengua
la única salida de la desconfianza y el aburrimiento,
tú cambias tu postura de preso,
tu gesto pasivo dentro de la celda.
Aceptas tu debilidad,
y reconoces este cuerpo prestado.
Recuerdas las caminatas en los pasillos oscuros del colegio.
Tu padre aún estaba vivo,
tu madre no endurecía su gesto,
tu hermano no le entregaba todo a la razón,
ella no domesticaba sus manos y amaba a manos sueltas.
Te contentabas con hacer girar las ruedas de ese pequeño auto envejecido,
correteabas sin otro fin al gato del vecino,
metías manos y pies a la cubeta a pesar de la advertencia.
Tu cuerpo sin adjetivos.
ME PERSIGUES MIENTRAS SIGUES MADURANDO NÍSPEROS
y tus hijos siguen dispersando huesos.
Me persigues en una mañana
donde la neblina cubre las azoteas
y dispersa a su vez los sueños no dañados de los niños.
Nadie dispersa tu buena voluntad.
Cuando un verdor opaco toca nuestro corazón,
tú te despiertas con la sabiduría de la flor de manzanilla,
ese bosque de soles levanta hasta el andar más pesado de la hormiga.
¿Por qué tan rápido nos escondemos,
si Tú, el eterno dichoso, nos persigues?
¿Quién ha levantado casas vacías?
Mi cuerpo es un vacío levantado.
Nos persigues y el agua sigue reproduciendo tus imágenes.
Hay más de un solo árbol, un centro desdoblado.
Mi corazón y el de Él.
El todo dichoso atraviesa las manos de aquellos
que forman una cruz de pericón,
también los oídos de los que se aman a través de su música.
Atraviesa los baños cálidos de los recién nacidos y
el color azul de los golpes que aparecen sobre la piel.
Atraviesa la forma más variada de panes y la textura de la nata,
la curiosidad de las niñas antes de dar su primer beso.
Si en ti hay dicha,
¿Cómo puedo a veces sentirme tan oscura?
Deseo ocultarme detrás de lo que sólo tú puedes ver.
A veces un deseo de dispersión me supera
y sólo te encuentro en mi respiración.
Respiro para que atravieses el oído de mi hermano preso,
para que completes los órganos del niño en el vientre,
para que los que desean pasar sobre el fuego lo hagan sin alterar tu sonido.
¿Respiro o me respiras?
CAZA EL VERSO A LA VUELTA
donde ya no aparezcas
y respire entonces el pulso de tu hermano.
Escribe sólo líneas donde él ha gozado.
Mi padre, el generador de las rocas,
crea incendios cuando es necesario,
dibuja soles dorados en el huerto oscuro,
en la pregunta que no llega.
Coloca piedra sobre piedra
para el mismo templo que ambos habitamos.
Hay una historia sin mí que él conoce.
Si haces crecer soles en la huerta
¿Por qué no iluminas mi vientre con tu sol?
Hay una casa en llamas en el centro de mi pecho
y no se quema el tejado.
Todos gritaron: ¡Beso, beso!
Y desde el huerto infantil yo creí.
Ardería desde ese jardín de la primaria
hasta la boca de días llenos de Dios, de dos.
Qué incompleta es toda la verdad,
de qué silencios goza.
Me duele la división del mundo y su parcela.
Me duelen tus maneras de completar la historia,
tus mudas formas de insertarte con serenidad.
No comprender cada una de tus llamas,
no producir un dibujo certero,
no dejar que atravieses esta duda.
Caza el verso a la vuelta
donde no estén tu casa ni tu cuerpo, tus preguntas.
Clávalo, ensártalo, desata la boca de este verso.
No hay cazador, no hay dibujo primario,
sólo peregrinación.
A la vuelta aparece una mujer que nunca has mirado:
Caza el sol en su entrepierna.
La mentira no ata nuestros dedos,
la comunidad cría serpientes benéficas
y otra vez él la toma en la cumbre de sus manos.
El reverso de esta ciudad cambia su aroma.
A la vuelta hay un monje,
no brilla el árbol afuera,
árbol adentro las cigarras no emiten zumbido,
los muertos sembrados ya no temen,
los hombres no huyen,
las ciervas beben agua del manantial.
Caza un verso más real, menos especulativo.
Uno de hombres trabajando el hierro,
mujeres cosiendo la suela de un zapato,
maestras invocando el poder redondo de la letra o.
Un verso suelto donde él la carga y le hace avioncito,
la mece para que vuele y olvide todo lo que hace falta.
PASTARÁN LOS ANIMALES MANSOS SOBRE MI CUERPO
y mis fuerzas habrán cumplido
y habrá valido aquello que vieron ya los ojos:
Pastarán los animales mansos sobre mi cuerpo
y habré dejado de querer interpretarlos.
Pastarán y mi cuerpo se devolverá a la hierba
para recuperar su inocencia.
Habré dejado de reprocharme tantas cosas:
no contar las sílabas exactas,
la injusta proporción en el poema.
Pastarán las bestias y los otros,
mis congéneres,
seguirán cumpliendo la tarea puntual:
reparar los puentes
recibir los últimos alientos.
Mi cuerpo vuelto a la horizontal,
mi carne como un legado para las hormigas.
Pero no será mi cuerpo
sino el nuestro,
nuestro cadáver compartido,
la alianza final en la que sí hablaremos,
el polvo generoso de las uniones,
el lenguaje cumplido de las larvas.
No habrá sido inútil amarnos de algún modo,
el imperfecto,
el punto en que no comunican nada los zanates
y el colibrí se pasma de igual modo
frente a la flor que no desea comprender.
Pastarán animales mansos sobre mi cuerpo
y no sabré si ciervo, vaca o buey
salivarán mis células,
rumiantes mis últimas palabras
rozarán su paladar puro al fin,
la cúspide de aquello que deseé haber dicho.
Desde este silencio honraré la lucidez de Virginia,
el templo cerrado del ermita, pero más.
Me importa la devoción del hombre
puesto como una rama para sus hermanos sin alas,
el equilibrio que gana aquel que duda,
el gozo de los niños que todavía no pierden.
No habré prometido eternidad y aún las bestias
se nutrirán de mí, de ti…
nosotros,
de aquella mujer llevada y suelta ya en el río.
Kenia Cano nació en México Distrito Federal y actualmente radica en Cuernavaca, Morelos. Algunos de sus libros de poemas son Acantilado (Fondo Editorial Morelos, 2000), Oración de Pájaros (Fondo Editorial Morelos, 2005), poesía y pintura de la autora, Las Aves de Este Día (Lunarena, 2009) Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer, y Autorretrato con Animales (Fondo Editorial Morelos, 2013). Entre sus libros de artista, donde se combinan lo visual y lo textual, se encuentra Imágenes para la boca inquieta de mi padre, (Astrolabio, 2016). Forma parte de varias antologías nacionales y recientemente publicó en Colombia en la colección Doble Fondo, dirigida por Juan Manuel Roca, Retrato de caza casa. Poemas suyos han sido traducidos al francés y al inglés. Ha expuesto obra pictórica en México, Francia y Estados Unidos. Imparte Talleres de Poesía en la Escuela de Escritores Ricardo Garibay y talleres de correspondencia entre las artes. Becaria del Sistema Nacional de Creadores de Conaculta. Ha participado en varios festivales nacionales e internacionales de poesía, dando talleres y lecturas públicas. Sus libros más recientes son Un Animal para los Ojos, publicado por Monte Carmelo y la Universidad Autónoma de Querétaro y Diario de Poemas Incómodos, que incluye una muestra fotográfica del diario intervenido.