Palabras entre brazada y brazada:
María Luisa Martínez

«Soy la mejilla y la bofetada»
Charles Baudelaire

La apuesta por “águila o cruz” sugiere el enfrentamiento entre dos orillas de un mismo río. Gonzalo Rojas afirmaba que no creía mucho en la dialéctica del amor, que siempre apostó a la peripecia del perdedor, porque “dicho en confianza, ¿cuándo no perdemos?”.
Haciéndole caso a uno de los grandes poetas de mi tierra, nada de dialécticas entonces y menos todavía de aritméticas. Álvaro de Campos, quien no necesitaba nadar mucho para llegar a la otra orilla, porque le bastaba hacerlo en comicios dentro de su alma, pide en un poema que no le quieran cambiar la convicción. Yo, como él, pido lo mismo. Y, también como él, no creo tener razón. “Todo menos tener razón”. Prefiero la lucidez de reconocer que este enfrentamiento está perdido de antemano, pero esa conciencia no excluye la esperanza de un diálogo que caiga veloz “por la corriente que arrastra juntos al pájaro y al vuelo”, como dice Eduardo Anguita cuando canta la belleza del instante. Me seducen las definiciones a penal, aunque no tengo la más mínima idea de fútbol, porque se juega la suerte en un momento. A fin de cuentas, nada es tan definitivo y sólo somos momentos de una misma caída. Águila o sol, cara o sello, un mismo instante de belleza y de fealdad.
Prácticamente en todos los relatos de creación, si no en todos, existe la historia de un aguacero que, pasado el chaparrón, deja apenas unos islotes a la vista. Después de la destrucción, la regeneración. No pretendo consagrar la hegemonía del agua sobre el fuego y no sólo porque muchos lo han hecho antes y mejor que yo, sino porque finalmente todo va hacia el mismo pudridero. Pero sí me atrae el ejercicio de establecer una genealogía, especialmente una ficticia, y la mía me la invento más hidráulica que pirogeográfica. Si tengo que elegir un destino, digo, como la Mistral: 

“Quiero volver a tierras niñas;
llévenme a un blando país de aguas.
En grandes pastos envejezca
y haga al río fábula y fábula”.

Mi madre dice que sus tres hijos nacimos como peces, sin esfuerzo, y que apenas tuvo molestias durante sus partos. He llegado a creer eso de que nací como un pez. Pero no como Jean-Baptiste Grenouille, el protagonista de El perfume, a quien su madre expulsa a la vida acuclillada en su puesto de pescados, como si su hijo fuera uno de ellos, y corta el cordón con un cuchillo para dejarlo morir en las alcantarillas. Mi nacimiento no fue así; mis padres me esperaron amorosamente una madrugada de peligro, un mes de febrero, al lado del mar.
Como mi padre, detesto la lluvia. No logro descubrir una relación amorosa entre mi naturaleza hídrica y las cosmogonías de diluvio. Lo que me gusta es el mar y reconozco en mí un disolvente carácter neptuniano que sintetiza los once signos previos a Piscis, mi signo solar, en la rueda zodiacal. Soy de agua y soy de sol, y aunque no soy pelirroja, el fuego también me habita. Mis gustos y disgustos me delatan y por el humo se sabe dónde está el fuego. Soy águila y soy cruz, soy la mejilla y la bofetada. Y también soy de aire, sobre todo cuando siembro vientos. De todos los elementos, sólo el telúrico, tan ligado a mi país y su imaginario poético, me resulta algo ajeno.
A mi querido vecino de columna le gusta la imagen de la mujer que lava el agua. Yo nunca, ni en el más surrealista vuelo lisérgico de la imaginación, he lavado el agua. Tampoco he tejido hilos de agua como una Penélope marina en esta breve genealogía que trazo. Sí me he contemplado en espejos de agua y en ellos, como canta Huidobro, he visto cómo “mis ensueños se alejan como barcos”.
Concepción no es Venecia, pero mi lugar en el mundo también tiene sus marcas de agua. En ellas “veo un río veloz brillar como un cuchillo” que parte mi ciudad en dos mitades. No nado olímpicamente de un extremo a otro, la mayoría de las veces apenas chapoteo entre sus cauces, pero sé sumergirme en lo hondo y, entre brazada y brazada, llenar de aire mis branquias. A lo lejos, una tercera orilla arde como un fuego fatuo.