Elizabeth Schön, su centenario. María Antonieta Flores

elizabeth-schonFue la primera mujer en utilizar el poema en prosa en la poesía venezolana, allá en 1953, cuando publica su primer libro y lo hace antes del redescubrimiento de la obra de José Antonio Ramos Sucre que ocurrió a partir de los años 60. Este 30 de noviembre se conmemora el centenario de su nacimiento.

 

 

 

Este 30 de noviembre de 2021, celebramos el centenario natal de Elizabeth Schön. Esta poeta venezolana que vio la luz hace un siglo en la Caracas de los techos rojos, es testigo extraordinaria de las transformaciones que vivió Venezuela en el siglo XX y en los primeros años del siglo XXI. Si bien su obra no es un registro de hechos históricos, la elaboración personal y estética que hace sobre las emociones, sentimientos y valores responden a una actitud crítica frente a la realidad que le tocó vivir. Mientras el país y sus intelectuales luchaban por insertarse en una modernidad y posmodernidad global, Schön miraba el mundo sin afanes de pertenencia. De hecho, es una voz solitaria en la poesía hispanoamericana. Apegada a una mirada trascendente y universal, con resonancias del Tao y de las energías arquetipales; sin evadirse de la realidad contruyó un universo único que apuntaba a lo atemporal. Las coordenadas de ese universo surgen del paisaje vivido en la niñez: el río, el eterno horizonte y el cielo, el mar, sus amados árboles —en especial el samán y su redonda copa— fueron depurados a través del tiempo y la palabra para construir el paisaje de lo esencial. Y en ese paisaje se inserta el clamor por la justicia y la propuesta del amor como el más alto bien a alcanzar.
Elizabeth Schön fue la primera mujer en utilizar el poema en prosa en la poesía venezolana allá en 1953 cuando publica su primer libro y lo hace antes del redescubrimiento de la obra de José Antonio Ramos Sucre que ocurrió a partir de los años 60. También combinó en un mismo texto el verso y la prosa, y fue pionera en la ruptura de los géneros. Esta actitud de vanguardia fue una de las causas por la cual, por muchos años, la crítica prefiriera callar ante su obra al carecer de herramientas para ubicar sus textos en las categorías ya conocidas.
A cien años de su nacimiento, su poesía se mantiene viva y actual. Estamos ante una poeta cuya obra es un libro abierto para las nuevas generaciones y que nos exige nuevas lecturas.

María Antonieta Flores

 

El alcance de lo infinito

I
Porque brota el agua y estalla lejos, nunca se podrá impedir el alcance de lo infinito.
Porque se desliza jamás podrá alguien detener la mano que se adelanta y rescata al hombre en su infinita caida.
Y porque bulle, se ama y se reconoce el ademán del que no sabe de cascadas y menos sospecha de esas otras aguas amorosas con sabor a oro dulce, vaporoso, flotante.

II
Calla el agua y es el hombre quien toca su variable naturalidad.
Calla el agua, mas es el hombre el que la busca y se reclina en ella.
Calla el agua pero el hombre la atrapa y la esconde dentro.

III
Si miras al cielo miras al agua.
Si miras al agua miras al cielo.
Si miras al niño miras al agua y al cielo.
Y si te miras, miras lo que ya sabes y conoces de la tierra con el agua y esa otra tuya que resguardas para aquel recóndito campo que nadie mira y menos ama.

IV
Sólo cuando al desamparado lo cubre lo fresco y fértil de las aguas, comprende el primero de los caminos.

V
Le es fácil dividirse, separarse. No sabe de cerraduras ni de celdas. Pero lo íntimo si conoce de la noche con el amanecer.
Tampoco se le mira boca alguna.
La boca de salida a la caverna con la estrella creciendo en el fondo.
Busquémosle una aldaba y se encontrará sólo un reguero de polen multiplicándose.
Ella, tan propia, tan nuestra,
Tan limpiamente fango, duelo, portavoz.
Tan mia, hábil; tan dulce, fiera. Tan siempre lejos, entre la tierra y la fugaz distancia.
Ella, tan corta e inmensa; junto a los bordes y al lecho abandonado.
Ella, tan dócil y violenta frente al acantilado y a la mirada que la busca

VI
Dentro de ella los espacios.
Tú, con la gran ala de múltiples ornamentos.
Ella, con infinito blusón deslizante.
Él, con tesón y hermosa inquietud de fiero trago creciendo más
Pero entre el agua y tu indetenible faz se escurre la antigüedad, darle las espaldas no es acertado si se quieren conquistar los centros congénitos del círculo íntimo, indemostrable.

VII
Nos viene desde aquel primer fuego y desde aquella primera mandíbula de montaña.

VIII
Por el agua que emerge del hombre que ama, habrá en cada ciudad una cumbre, un árbol, un manantial y aun habrá esa ladera silenciosa, íntima, donde recobrar el horizonte enterrado por la tenebrosa ansiedad.
Y porque jamás deja de cubrir la tierra, podrán los hombres renacer y alcanzar el primer centro del arraigo y la plenitud.

IX
El agua hace al árbol permanecer y al hombre ser fiel a su propia e innata transparencia.

X
Cuán parecida es el agua a ciertas almas, mientras más distraídas y más calmas, más traman dentro.

XI
La libertad del agua.
¿Dónde está la tuya?
Reposa el día para que tú descubras, mientras el agua sigue con su abierto rostro de vidente, y su asiento a cada segundo elevándose, bajando, derramándose, cosiéndose a la tierra.

XII
Cae la lluvia.
Un niño la recibe.
¿Qué más puede acontecer?
La greda hace huella.
El niño sigue; va.
El agua sigue; va. Llega hasta donde queda quieta, como si jamás se hubiera sobresaltado; entretanto se palpa y qué liviana se siente al escurrirse hacia donde el óvalo es silencio, siempre el mismo, igual.

XIII
Cuando llega, la mano se abre y encuentra el cauce; pero si se aleja sólo queda un vasto desierto con la huella reclamando.

XIV
Para que brote no requiere de ninguno de nosotros; necesita del aire, de la hoja, de la espora y la raíz, aún del deseo de tenerla siempre consigo, como si a nadie más perteneciera.

XV
Si te requerimos es porque en nosotros estás y eso lo olvidamos y es lo que nos impide alejarnos para siempre.

XVI
Los anhelos de los hombres tienen una cierta relación con las corrientes de los ríos.
Mas es el hombre quien precede el circular cambio de las raíces en el blanco amanecer de cada día sólo para el mundo.

XVII
Para que aflore la sonrisa basta mirar la claridad de las aguas en su curso de blanco sol sobre la tierra.

XVIII
Se precipita la vertiente en el desierto.
Brota la flor que no quisimos conocer, esa que nunca deja de estar, esa que jamás cesa de crecer para el hombre y su estada permanente.

XIX
Pequeña si la encierra el punto; grande al crecer consigo misma y lo demás.
Pero la tenemos en las manos.
La arrogancia nunca ha visto su semblante de múltiple valle transparentando.
Las cimas la recuerdan. La recogen las siembras.  La retienen los hoscos rostros sin posibilidad.
¡Ah, si fuera de un solo hombre o de una sola mujer!
Pero no se nos escapa. Permanece con nosotros igual a como está lejos.
El arcabuz la desconoce. La necesita el labio.
El disparo le abre un surco, ¿doble, maligno, benigno?
El sol jamás la ha herido, no tiene donde fijarle arpón o rayo alguno.
Ella con su clara abierta claridad, con su zumo que carga al fuego. Ella con su tez y su aire de inmensa distancia blanca.
Espumosa, sabia, inabordable al hundirse en la  sabana y entrar en la oculta semilla del comienzo, de ese lento, inaudible, siempre igual, siempre el mismo y desde siempre vertiéndose entre la tierra y lo remoto, entre la vida y la muerte.

XX
Tú, que piensas sin secar, ayuda al que no tiene. Tú, que nunca has visto, acércate al que te aguarda y te necesita.
Tú, que te precipitas con la intensidad de la angustia, haz que todo ciego descubra su mirar.

Tu, que no tienes heridas porque nunca pides, calma la del hombre al despedazar la tierra y cerrar los ojos para no ver el denso y oscuro relámpago final,

Tú, que vives en cada quien, detén tu empuje si alguien se te acerca y te arroja el círculo del secreto, aquél que empezó un dia al penetrar los ojos en la inmensidad y sentir el hombre que algo podía derenérselos.

XXI
Traspasa el aire, las alturas, llega junto a la raíz y tú que la miras se te escapa porque a cada instante se te va la vida junto con ella que ha estado contigo desde siempre.

XXII
El sol camina dentro de ella.
El aire la roza; de vez en cuando se va con él para caer nuevamente, mientras la luna reposa en su abierta pulpa blanca, arenosamente ondulante, variable.
Mas el agua tiene del viento su valor y su ansiedad y tiene de la tierra su extensa dimensión de ciudad con el faro único de ser oscura y ser aún clarividente.

XXIII
Si la tocas la separas.
Si la sujetas, otro la olvida.
Si la encierra el estanque, queda igual al estanque.
Pero llegas y la contemplas, la agitas y la utilizas, luego te retiras.
Es cuanto pasa en la vida.

XXIV
Pensarla es lo mismo a descubrir por primera vez, lo que ningún otro le había visto en su suave brazo derrochándose.

XXV
Si se abre, mírala.
Mirarla es verte y verte es mirar lo que amas, buscas, dejas o muere.

XXVI
No te abandones sólo a ti mismo.
Ella está en la piel y la córnea, en la cáscara y la gleba.
Siéntela para que te cargues con su propia e innata ambrosía.

XXVII
Difundida más la atrapan las manos; pero no desiste, sólo que a veces huye con la ventisca, como una monja a la que el convento nunca quiso y por eso jamás le fue posible asir las gradas donde la luz no retorna por necesidad, porque jamás se ha ido.

XXVIII
¡Con qué suavidad cubre la hierba, la raíz, el retoño!
¡En qué sueños permanecemos cuando junto a ella olvidamos el cuerpo y nos sentimos sus semejantes!
Pero el cuerpo es una otra clase persistente, y retornamos a él para encontrarnos con alguna fragancia llegando bien sea por el amor, la soledad, el sufrimiento o la muerte.

XXIX
Tan diferente en los espacios, mas tan igual a sí misma.
Tan distinta al alma que nunca podemos mirar. Sólo que dentro de su cuenca, ella y nosotros nos reconocemos y quizás sea por lo del círculo envolvente, o por lo de su corriente yendo irremediablemente hacia la última vía.

 

*Este poema es del libro Del antiguo labrador, 1983. Se publica con autorización de su sobrina, la poeta y profesora Luisana Itriago.

 

 

Elizabeth Schön. (Caracas, 30 de noviembre de 1921 – 15 de mayo de 2007). Poeta, dramaturga y ensayista. Obtuvo el Premio Municipal de Poesía en 1971 y el Premio Nacional de Literatura en 1994. Ha publicado los poemarios: La gruta venidera (1953), En el allá disparado desde ningún comienzo (1962), El abuelo, la cesta y el mar (1965, varias reediciones), La cisterna insondable (1971), Mi aroma de lumbre (1972, 2021), Casi un país (1972), Es oir la vertiente (1973), Incesante aparecer (1977), Encendido esparcimiento (1981), Del antiguo labrador (1983), Concavidad de horizontes (1986), Árbol del oscuro acercamiento (1993), Ropaje de ceniza (1993), Aún el que no llega (1993), Campo de resurrección (1994), La flor, el barco, el alma (1995), Antología poética (1998), Del río hondo aquí (2000), Ráfagas del establo (2002), Las coronas secretas de los cielos (2004), Visiones extraordinarias (2006), Luz oval (2007). En dramaturgia, Intervalo (1957), La aldea (1967), Lo importante es que nos miramos (1967), Al unísono (1968), Melisa y el yo y otras obras (1977). En ensayo, La granja bella de la casa (2003). En coautoría con la fotógrafa Thea Segall, Lo que miró el almirante (1992).