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Estela Alcántara. El último cuerpo

estela-alcantaraPeriodista de oficio, Estela Alcántara nos trae la imagen del último cuerpo rescatado de uno de los edificios colapsados para preguntarse si esa acción de recuperación de una persona ya sin vida será también el comienzo de una memoria capaz de mover una conciencia colectiva y salvar este país del olvido y la desidia, la indolencia.

 

 

El último cuerpo
Estela Alcántara

Dicen los noticieros que han sacado el último cuerpo de los escombros. Yo sigo temblando. Como mariposa rota. Hace días vuelo con una sola ala. Mi corazón despierta sobresaltado. Prolongo las horas de vigilia. Trato de dormir con los ojos abiertos. Y comienzo a dudar de todo lo que creía que había construido. Particularmente, de mi proyecto de vida independiente. ¿En qué momento pensé que no necesitaba del otro?

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No dejo de pensar en ese último cuerpo, atrapado entre la humedad y el frío del concreto. Pienso en el último sueño de ese último cuerpo. Trato de recordar los días, las horas, los minutos en los que era más que un cuerpo. Y siento culpa por no haberlo rescatado con vida. Pena porque no pude levantar la losa que lo atrapó. Sufro porque lo dejamos solo. Ya no estaban ahí las enormes cadenas humanas que al calor de la adrenalina acudieron de inmediato, después del desplome de los primeros edificios, a rescatar a los sobrevivientes atrapados. Me indigno porque los medios de comunicación también se fueron a contar otras historias sobre la vida que no duele. Y porque, salvo algunas excepciones, la gran mayoría comenzó a voltear para otro lado. Y fueron pocos, muy pocos, los que desde entonces han mantenido el puño en alto.

Cuando anunciaron el rescate del último cuerpo apenas habían transcurrido sólo dos semanas del doblemente trágico 19 de septiembre de 2017. Ese mismo día en el que por casualidad, 32 años después de la otra gran tragedia del 85, nos volvió a sacudir la tierra con un sismo de 7.1 grados que afectó fundamentalmente la parte central de este país. Los daños materiales del sismo del martes 19 han sido enormes: las pérdidas humanas suman oficialmente 369 muertos y miles de personas sin hogar. Sólo en la ciudad de México murieron más de 228 personas y resultaron con daños severos innumerables edificios. Nada que se compare con el desastre del 85, dicen los que recuerdan.

Sin embargo, con ese último cuerpo también fue mermando la euforia de la solidaridad y la respuesta espontánea de la gente. Y pronto nos dimos cuenta que no éramos los únicos afectados. Que nuestros vecinos y nuestros amigos que perdieron sus casas no eran las únicas víctimas. Y que, aún dentro de la ciudad, había zonas más visibilizadas que otras. Roma, Condesa, Del Valle; las colonias emblemáticas de las clases medias de la ciudad resultaron muy dañadas. Pero también supimos que había otras «zonas cero» en el área conurbada del sur de la ciudad, como Tláhuac donde reina aún el caos.

Y, aún más, nos enteramos que la ciudad de México no era la más destruida. El país, en varias regiones, como Morelos, Guerrero, Oaxaca y Chiapas, estaba destruido.

Y así fue como una ráfaga de sismos nos vino a mostrar que, en muchos sentidos, somos un país en escombros. Los sismos nos abrieron otras grietas que se suman a todas las que hemos venido arrastrando en los últimos años: una guerra que ha dejado más de 200 mil muertos y desparecidos; una ola de feminicidios que ha asolado distintas regiones del país, y un deterioro grave de la vida social y democrática, debido a la falta de justicia y, sobre todo a la corrupción y la impunidad.

Y sin embargo, no es posible conformarnos con nuestras existencias tan frágiles. Después del terror, del azoro y de la angustia, quizá debamos preguntarnos, más allá de lo que nos explica la ciencia: ¿qué nos quiere decir el Universo cuando nos envía otra enorme sacudida un mismo 19 de septiembre, 32 años después?
Pareciera ser un segundo llamado, una segunda oportunidad para enfrentarnos con el peor de nuestros karmas: la falta de memoria.

La naturaleza nos muestra cómo, a lo largo de 32 años, comenzamos a olvidar a los que se fueron en el 85. Los olvidamos en el momento en que no aprendimos lo suficiente de esa experiencia. Los olvidamos cuando pasamos por alto la necesidad de construir una cultura de la prevención más sólida y responsable. Cuando permitimos que nuestros gobiernos, lejos de toda reglamentación, lucraran con la necesidad de vivienda de los capitalinos. Cuando olvidamos que la ciudad está viva y se hunde cada vez más porque estamos acabando con sus recursos naturales. Cuando invisibilizamos a los más pobres de este país, los que perdieron absolutamente todo lo que tenían.

Hoy, cuando se cumple un mes de la enorme tragedia, tenemos una nueva oportunidad para no olvidar ese último cuerpo que fue rescatado sin vida de los escombros. Y aunque nuestros sueños luzcan como una fábrica en ruinas, no tenemos que olvidar que las grietas son también esos espacios por donde se cuela la luz.

19 de octubre de 2017

 

Estela Alcántara Jefa de prensa de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM. Cursó la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, y la maestría en Historia del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras, ambas en la UNAM.