Presentación La Otra 141, enero 2019

Arnoldo Martínez Verdugo, un comunista democrático.
José Ángel Leyva
Cuando el actual presidente de la República Mexicana celebraba el triunfo apabullante de él y su partido, MORENA por sus siglas –Movimiento de Regeneración Nacional– enumeraba nombres de los artífices de las luchas democráticas en este país, eché de menos el de Arnoldo Martínez Verdugo, con quien tuve el honor y la fortuna de trabajar durante unos tres años en el Centro Obrero y Socialista (CEMOS), al frente de la revista Memoria.

 

Arnoldo Martínez Verdugo

Me han aclarado que Andrés Manuel López Obrador lo mencionó en su celebración en el Estadio Azteca, pero dijo mal su nombre. Sé que Arnoldo, el viejo líder del Partido Comunista Mexicano y su último Secretario General, aplaudiría el triunfo de AMLO, pues esperaba mucho de él para imprimir grandes cambios en el sistema político mexicano. Martínez Verdugo fue una pieza clave en la reorientación de la izquierda mexicana hacia  la lucha electoral y democrática. Fue además impulsor de la reunificación de la izquierda marxista con los sectores más progresistas de la sociedad, particularmente del PRI, de donde provienen las dos figuras más relevantes de este periodo, llamémosle de la izquierda mexicana: Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador, y numerosos cuadros que han asumido puestos clave en la autodenominada Cuarta Transformación. Durante esos años se hacía el chiste con sus apellidos: Arnoldo Martinez, Verdugo del PCM. Era parte de la humorada nacional, porque se trata sin duda de unas de las figuras políticas más significativas y un ejemplo intelectual y de congruencia en la lucha democrática, en la búsqueda no sólo de justicia, sino de la utopía del libre albedrío, de la paz y la equidad entre los hombres.

Por invitación de Luciano López Zamudio, ex dirigente de la Juventud Comunista y profesional del PCM, profesor e historiador, llegué a finales de 1994 y hasta los primeros meses de 1998 a dirigir la revista Cemos Memoria, que había aparecido en forma de cuadernillo. Muy pronto convertimos dicha publicación en una revista digna y atractiva, con la colaboración de numerosos intelectuales de la escena nacional e internacional. Por mencionar algunos mexicanos: Enrique Semo, Sergio de la Peña, Pablo González Casanova, Jorge Legorreta, Gilberto López y Rivas, Jorge Fuentes Morúa, Evodio Escalante, Arnaldo Córdoba, Alejandro Miguel, Helena Beristain, Armando Bartra, Gerardo Unzueta, Elvira Concheiro, Pablo Gómez, Mariclaire Acosta, Dora Kanoussi, Jean Patula, Massimo Modonesi. Desde el extranjero llegaban colaboraciones de autores como: Immanuel Wallerstein, Barry Carr, entre muchos más. A menudo nos reuníamos en el restaurante André para discutir los contenidos y definir las líneas editoriales de los números siguientes y cada vez asistían diferentes contertulios, aunque siempre había un pequeño núcleo constante, como los filósofos Gabriel Vargas y Gerardo de la Fuente, Gerardo Unzueta, Dora Kanoussi, Sergio de la Peña y de vez en cuando Carlos Payán, quien tiempo después tomaría las riendas del CEMOS.

Reservado, ensimismado, gentil y de modales finos, Arnoldo más que un jefe era un compañero de trabajo y un emblema de la vieja guardia comunista, un ícono de las luchas antigobiernistas y antisistema, no sólo de México sino de toda América Latina. Representaba en su sencillez y en su dignidad, en su modesta elegancia a toda una generación de hombres y mujeres de una conducta intachable como ciudadanos y como revolucionarios. Valentín Campa, Heberto Castillo, Gilberto Rincón Gallardo, Gerardo Unzueta, Othón Salazar, Rosario Ibarra de Piedra habían sido modelos éticos y morales para quienes en esa época comenzamos a militar por un país y un mundo distintos. Hombres y mujeres que impugnaron  y combatieron los regímenes del realismo socialista, que se opusieron a la invasión de Checoslovaquia, de Afganistán y fueron críticos también de ciertas posiciones y acciones extremistas, violentas en México. Que vivieron de acuerdo a sus ideas y ejercieron la congruencia cuando la tentación de poder o de autoritarismo estuvo al alcance de la mano.

Durante esos años que trabajé en el CEMOS, Arnoldo jamás enmendó una línea o cuestionó el contenido de la publicación. Era un hombre que preguntaba, jamás pontificaba o sentenciaba, observaba y escuchaba atento las razones del otro. A veces, muy de vez en cuando, sugería de manera general o hacía algún apunte. Disfrutaba de la presencia de artistas visuales y literatos en la revista y aplaudía y celebraba la presencia de nuevas ideas, de análisis que  anunciaban fenómenos sociales y culturales. Arnoldo había nacido y crecido en un pueblito sinaloense, en Pericos, en Mocorito. Justo en el triángulo dorado de los carteles de la droga, conformado por Durango, Chihuahua y Sinaloa. De esa región de donde han emergido los grandes capos del narco, pero donde también han nacido importantes hombres de la ciencia, ex rectores y políticos locales y un hombre excepcional como Martínez Verdugo. Había llegado muy joven a la Ciudad de México con la intención de ser artista. Hizo sus estudios en la Escuela de Pintura, Grabado y Escultura, “La Esmeralda”. Concluyó sus cursos pero se involucró de inmediato en la militancia y en el trabajo profesional del partido, para luego ser su dirigente durante años e impulsar fuertes cambios de mentalidad y de sentido, sobre todo cuando durante el XIX Congreso del PCM se lanzaron las famosas tesis políticas que removieron los cimientos de la organización. A finales de los años setenta se discutían al interior los derechos de las minorías, de la mujer, de los indígenas, de los migrantes, de los homosexuales. Toda una revolución al interior del PCM con una publicación como El Machete que llegó, en esa época, a ponerle cuernos a Marx y a Lenin, a desacralizar a los santones de la teoría y la praxis. Nada de eso ocurría sin la anuencia o el respetuoso juicio de Arnoldo Martínez Verdugo. Los artistas tenían también sus foros de expresión y los Festivales de Oposición fueron verdaderos escenarios de libertad y de sensibilidad, donde comulgaba la perspectiva del folclor con el rock y el jazz, lo figurativo con lo abstracto, la poesía con el canto.

Siempre quise preguntar a Arnoldo sobre su secuestro a manos del Partido de los Pobres, que se autoproclamaban herederos de la lucha de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez. ¿Qué tanto había de cierto en los motivos de esa organización para secuestrarlo y condenarlo a muerte si no se pagaba su rescate? Se esgrimía el gasto indebido, por parte del PCM, de un dinero proveniente del secuestro del gobernador y cacique guerrerense Rubén Figueroa, en 1974, por Lucio Cabañas. Nunca me atreví, más por pudor que por timidez deslizar la cuestión. Aunque a veces solía contarnos a Luciano López y a mi sus encuentros con personajes como el Che Guevara. Como buen comunista que había trabajado en la clandestinidad, optaba por el silencio y la discreción. Además, en él encarnaba la modestia, no tenía sitio la autorreferencialidad, el protagonismo, los baños de pureza, la justificación. Su personalidad tendía más a la autocrítica y a la reserva.

Eran años de efervescencia con la aparición del Movimiento Zapatista en Chiapas y el despertar indígena en todo el país. Con figuras mediáticas y sumamente carismáticas como el Subcomandante Marcos, a quien todo el mundo deseaba entrevistar y escuchar, conocer, y otras muy valientes como don Samuel Ruiz, obispo de Chiapas y teólogo sin pelos en la lengua. En una entrevista que le hizo el escritor Óscar Palacios, y publicamos en la revista, sobre qué tenía más peso para un teólogo de la liberación como él, respondió que le importaba poco la teología, pues su responsabilidad era la liberación. Estaba también fresco el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el anuncio de la recesión en Estado Unidos y la entronización del neoliberalismo, el inicio de una cadena de crímenes políticos en el PRI y la clara evidencia de la relación entre el crimen organizado y el gobierno. En ese contexto apareció la figura de AMLO, primero como líder político en su natal Tabasco y más tarde, en 1996, como dirigente del PRD nacional.

Por iniciativa de Arnoldo y tras una conversación con él sobre el carismático tabasqueño y su pasado priista, acudí a las oficinas del PRD a realizarle una entrevista. Tuve que esperar en su despacho a que atendiera a un grupo de cañeros de su tierra y a otros grupos. Luego de una hora o más, salimos a un patiecito donde lo esperaba su primera esposa y allí tuvo lugar la charla. Ya no era la comunicación con un político marxista, sino con un animal político proveniente de las mismas entrañas del enemigo, pero con un discurso transformador y reivindicador de los derechos de los más pobres, de los sectores más marginados. Arnoldo estaba muy satisfecho tanto con las preguntas como con las respuestas y veía en ese hombre un porvenir de cambios favorables a su propia perspectiva de lucha.

Arnoldo representaba el modelo antagonista de los personajes comunistas de John Reed en sus cuentos de Hija de la revolución, violentos y burdos, dogmáticos y sin visión humanitaria. Era un intelectual que anteponía las ideas a los juicios, la razón al resentimiento, al hombre antes que al sistema, el arte y la belleza ante la ideología. No obstante, era un comunista de hueso colorado. Un líder capaz de impulsar a los otros hacia la acción sin elevar la voz, sin chantajes, sin autoritarismos, sin siquiera mandar, sólo con la convicción de trabajar por una causa. Recuerdo con nitidez, durante la presentación de un libro, las palabras del historiador Enrique Semo, con quien también tuve la fortuna de trabajar. Evocaba al líder comunista, de quien había sido subalterno, y subrayaba el hecho de reconocer su autoridad sin sentir jamás el peso del jefe, la intransigencia del superior, sólo la relación con el compañero que tiene una responsabilidad y la comparte con su equipo. Esa misma sensación de libertad de la que habla Roger Bartra, nada menos que en la revista más antagónica de los izquierdistas ortodoxos, Letras Libres, cuando, tras su muerte en mayo del 2013, le dedicó una semblanza y rememoración, un reconocimiento a ese viejo comunista que respetaba la libertad de pensamiento y gozaba la inteligencia y la cultura.

Conocí en mis talleres de Creación Literaria en la UNAM a una alumna, ya anciana, que deseaba escribir la historia de su vida. Una mujer excepcional. De joven había vivido con un obrero y militante comunista. El hombre desatendía el hogar por la supuesta lucha y sus ideales. Un día ella lo encaró y le dijo, si luchas por la libertad de la mujer ¿por qué me esclavizas y me celas, si te interesa la educación y la cultura del pueblo, por qué te importa tan poco la educación y el futuro de tus hijos, si eres un hombre emancipado y un rebelde antisistema por qué te emborrachas hasta perder el juicio, y además te gastas el patrimonio de tu familia en la bebida, qué clase de comunista eres, qué tipo de hombre buscas si no eres un modelo para tus hijos, si entre lo que pregonas y lo que haces hay un abismo? Ella decidió entonces enfrentar la vida sola y sacar adelante a su familia e inculcarle a sus hijos el amor por la lectura y por los libros. Algo que por cierto su ex marido comunista jamás hacía. Me hubiese gustado contarle esa historia a Arnoldo. Pero vinieron nuevos vientos y yo me fui para otras experiencia laborales y él asumió como delegado de Coyoacán a finales de 1997. Una función, me parece, que estaba muy lejos de sus aspiraciones.

Uno de los últimos días que fue mi jefe en el CEMOS conversamos y por primera vez sentí que abría sus sentimientos más íntimos. Me atreví a preguntarle sobre sus intenciones de ser pintor, y de haber realizado incluso los cursos para titularse como artista plástico, de asumir la militancia como forma de vida y luego propiciar los cambios para la desaparición de una organización con tanta historia como el PCM. Estaba fresca la muerte de su hijo en el sismo de 1995 en Manzanillo, Colima, y me reiteraría algo que ya había declarado en una entrevista periodística, que la lucha por los demás le resta tiempo a los de casa, que la libertad se cobra cuotas muy altas. Que le hubiese gustado darle más tiempo a sus hijos. Me miró con una sonrisa entre cómplice y melancólica, si hubiese optado por el arte, me temo que no hubiese cambiado mucho mi experiencia, pues seguro hubiese sido una entrega total ¿no lo crees tú también? Un día abordamos también el tema de las publicaciones, del trabajo editorial, que también amaba. Nunca le escuché dar consejos de nada, y de hecho no me lo dijo en ese tono, sólo lo expresó como para sí mismo y también para que yo lo escuchara como experiencia de vida y convicción: “Las ideas como las acciones, los libros, las revistas, las obras suelen ejercer más influencia por su constancia y permanencia que por sus altos pero efímeros vuelos. Permanecer es un verdadero desafío”.