“La guerra no tiene rostro de mujer”, de Svetlana Alexiévich

svetlana-alexievichSobre este libro de entrevistas a mujeres combatientes, de la premio Nobel de Literatura, Sofía Castillón nos dice “La guerra ha sido contada en la Gran Historia con una voz esencialmente masculina (…) Alexiévich ilumina las voces de las mujeres que han permanecido silenciadas por el discurso hegemónico de la Victoria.”

 

 

La historia de los sentimientos
“La guerra no tiene rostro de mujer”, de Svetlana Alexiévich

 (…) recordar asusta, pero no recordar es aún más terrible.
VALENTINA  PÁVLOVNA CHUDAEVA, SARGENTO

Sofía M. Castillón Arancibia

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            “La guerra no tiene rostro de mujer”, de Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura 2015, trae al lector los ecos de las mujeres que combatieron en el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial. Con una prosa despojada de artificios literarios pero que sostiene la intensidad de una poética precisa, la periodista recogió diferentes fragmentos de entrevistas realizadas a mujeres excombatientes, que dan cuenta de la complejidad de la guerra como catástrofe humana, y del mundo emocional como lente desde el cual es posible y necesario interpretar las experiencias traumáticas. En la voz de Alexiévich:

“(…) No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma. Por un lado, estudio a la persona concreta que ha vivido en una época concreta y ha participado en unos acontecimientos concretos; por otro lado, quiero discernir en esa persona al ser humano eterno. La vibración de la eternidad. Lo que en él hay de inmutable.”.

La guerra ha sido contada en la Gran Historia con una voz esencialmente masculina. Los relatos sobre estrategias, héroes, hazañas, victorias y derrotas encauzan la vida de hombres y mujeres hacia senderos articulados por un motivo mayor a todos: la Patria como promesa, lo trascendente, el futuro, el deseo de sustituir la vida por ideales. Alexiévich ilumina sobre las voces de las mujeres que han permanecido silenciadas por el discurso hegemónico de la Victoria.

Las entrevistas de Alexiévich fueron realizadas a mujeres que ocuparon diferentes puestos de combate, y en todos los relatos dilucidan la importancia de la belleza y el amor como valores que guían los pasos hacia la vida, en un contexto de roles sociales resquebrajados y de ausencia de empatía masculina. No son los hombres en los zapatos de las mujeres, sino las mujeres en los calzoncillos de los hombres:   “Para mí, lo más terrible de la guerra era tener que llevar calzones de hombre. Un auténtico horror. (…) Estás en la guerra, te estás preparando para morir por tu Patria y vas y llevas calzoncillos de hombre. En fin, tienes un aspecto ridículo” recuerda la tiradora Lola Ajmétova.

En la guerra que narran las mujeres, el dolor no es un elemento decorativo sine qua non para la causa más importante de la Patria, sino aquello que todo lo atraviesa. La guerra es arena de odios desesperados, pero también es el lecho de grandes amores que sucumbieron bajo la tierra, es el reencuentro de las madres con sus hijos, es el miedo a la muerte, el temor a perder la belleza, el terror a todo lo que sufre en el mundo y lo que genera dolor. Alexiévich nos muestra que la guerra también es el envejecimiento abrupto, el horror en los sueños, los detalles cotidianos, la muerte en una primavera que florece:

“(…) La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana. En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros. Y sufren en silencio, lo cual es aun más terrible.”

El tono narrativo de Alexiévich inunda el texto con preguntas que se desprenden de pensamientos simulando un meticuloso desorden. Introduce al lector desde sus propios recuerdos en la aldea de su infancia esencialmente femenina. Alexiévich abre parte de su historia en un diálogo con la conciencia. No se trata de alejarse del “objeto” de estudio, o de tomar perspectivas teóricas que condicionen la mirada y nos ubiquen como un antropólogo que utiliza la técnica de la observación participante. Alexiévich avisa que su compromiso con las mujeres excombatientes es visceral, forma parte de su propia vida, y constituye una mirada sobre el presente.
En Los abusos de la memoria (1998) T. Todorov critica la utilización del pasado por parte de determinados grupos con intereses políticos propios. La memoria literal preserva una mirada de los hechos como únicos e irrepetibles, mientras que en la memoria ejemplar el pasado permite comprender nuevas situaciones. La guerra no tiene rostro de mujer propone una mirada crítica sobre la guerra y sobre la Victoria, pero también sobre el trato inhumano entre pares,  la discriminación hacia la mujer y su estigmatización, la condena social que pesa sobre quienes no se ajustan a los cánones establecidos. La memoria, entonces, conforma una experiencia que parte del recuerdo y se sitúa en el presente. Es, ante todo, una reflexión ejemplar sobre el ser humano.

Alexiévich parte de los detalles pequeños y cotidianos para conformar un mapa emocional sobre el horror. La mirada de las mujeres a quienes entrevista, el recuerdo de los olores, las voces, los colores, el anhelo por volver a las rutinas familiares, la necesidad de sentir la belleza en medio de la tragedia, conforman un planteo sobre el lugar que se le deja al ser humano en la lucha de las ideologías. Alexiévich reivindica la importancia de la subjetividad, de devolver identidad a quienes han sido contados como números en el relato de la Historia. La subjetividad que desde las Teorías de Comunicación ha sido atravesada por las ideologías, recupera en el relato de la periodista una dimensión espiritual y emocional:

“(…) Recordar es, sobre todo, un acto creativo. Al relatar, la gente crea, redacta su vida. Algunas veces añaden algunas líneas o reescriben. Entonces tengo que estar alerta. En guardia. Y al mismo tiempo, el dolor derrite cualquier nota de falsedad, la aniquila.”

Los sentimientos y la identidad son la columna vertebral del libro, que es un documento sobre las víctimas del horror, un trabajo sistemático de recuperación de información, un archivo sobre el silencio de aquellas mujeres que combatieron en el Ejército Rojo y que luego regresaron a sus casas solas, ignoradas por los hombres que no quisieron recordar su pasado y prefirieron formar familias con quienes no hubieran sido “manchadas” con la guerra; Rechazadas, también, por las mujeres que no combatieron y redujeron sus historias a la voz de quienes fueron al frente como excusa para conseguir un hombre:

“(…) Nos arrebataron la Victoria, ¿sabes? Directamente nos la cambiaron por la simple felicidad femenina. No compartieron la Victoria con nosotras. Era injusto… Incomprensible… Porque en el frente el trato que nos habían dado los hombres era formidable, siempre nos protegían. En la vida normal nunca he vuelto a ver por su parte un trato similar.” recuerda la sargento Valentina Pávlovna Chudaeva.

La guerra es la lucha por la vida y por la muerte, pero también es la juventud, el primer amor. La compleja selección de memorias permite apreciar la esperanza en aquellas mujeres que esperaban el final de la guerra para volver a sus familias, para estudiar, para ser felices; pero también existe la mirada de quienes descubrieron el amor, la libertad en medio de los bombardeos, para quienes el final de la guerra significaba, además, el regreso a un mundo que ya no les pertenecía y que no estuvo preparado para recibirlas. Dice Alexiévich:

“(…)       …nuestra memoria no es un instrumento ideal. No solo es aleatoria y caprichosa, sino que además arrastra las ataduras del tiempo.
…miramos al pasado desde el presente, el punto desde el que observamos no puede estar en medio de la nada.
…y además están enamoradas de todo lo que les pasó, porque para ellas no solamente es la guerra, también es su juventud. El primer amor.”

La puja por ser la voz que narra el Pasado delimita los alcances de lo que debe y no debe ser recordado. El relato hegemónico devuelve una mirada peyorativa hacia los detalles que conforman las visiones más humanas sobre la tragedia.  “Cuéntalo tal como te he enseñado. Sin lágrimas y naderías de mujeres” dice el marido a su esposa. Alexiévich nos invita a reflexionar sobre la Gran Historia como un relato que se construye en el presente, por lo que hablar de Memoria implica reconocernos como seres humanos, hoy.

El tiempo se rompe: las mujeres y los hombres envejecen en una noche, sus cabellos se vuelven blancos mientras hacen guardia en el bosque, las miradas de los niños dejan su brillo en la sangre derramada. Olga Yákovlevna Omélchenko recuerda “(…) El cielo tronaba, la tierra tronaba, el corazón reventaba, la piel parecía a punto de romperse. No sabía que la tierra pudiera crujir. Todo crujía, todo tronaba. Se tambaleaba… Toda la tierra…”.
El tiempo también permite alzar los murmullos que antes sonaban debajo de la Historia, ¿es posible construir un relato como éste sin la lejanía del tiempo, sin la mirada de la vejez y su pérdida de pudor? Alexiévich escribe un canto gracias a la distancia generacional que enriquece y nutre las acciones en el presente, que parte de quienes ya no tienen nada que perder. Con su silencio, las desplazadas de la Gran Historia también acusaron la indiferencia de los hijos de la Victoria.

La Verdad no puede ser entendida como un concepto global. Múltiples verdades conviven en cada relato, muestran la complejidad emocional que no puede ser reducida a una sola versión. Dice Alexiévich: “(…) me topé a menudo con estas dos verdades conviviendo en la misma persona: la verdad personal, confinada a la clandestinidad, y la verdad colectiva, empapada del espíritu del tiempo”.

Las mujeres excombatientes han batallado muchas guerras: la guerra por la Patria, a la que se alistaron; la guerra al interior del Ejército, en la cual debían pelear por ocupar puestos de combate, por no perecer ante los ataques sexuales, por encontrar ropa con la cual poder cambiarse las sangres ajenas y propias y ocultar los pudores de la juventud femenina; y la guerra después de la guerra, que implicó el silencio y la soledad ante una sociedad que les dio la espalda.

¿Es posible la belleza en medio del horror? “En los refugios, durante los bombardeos, me preocupaba más por protegerme la cara, los brazos, que en esquivar la muerte. Creo que todas nuestras chicas hacían lo mismo”, rememora Olga Vasílievna técnica sanitaria en los escuadrones de caballería.Y, por otro lado, la imagen que nos trae la soldado y peluquera Vasilisa Yúzhnina:

“- Córtele el pelo como soldado.
– Pero es una mujer.
– No, no lo es, es un soldado. Volverá a ser una mujer después de la guerra.
Sin embargo, en cuanto les crecía un poquito el pelo, de noche a las chicas les ponían rulos. Usábamos piñas en vez de los bigudíes. Piñas secas de los pinos… Aunque fuera solo un rizo en el flequillo…”

La belleza es un espacio de resistencia, de rechazo a la muerte, de reivindicación del ser humano y de la vida. La belleza es uno de los rostros de la dignidad. Los recuerdos sencillos superan la magnitud de los relatos épicos y al mismo tiempo, devuelven el reflejo de una sociedad compleja en la cual las expectativas de género no ubican a la mujer en el lugar del héroe. María Nikoláevna Schiólokova, jefa de la escuadra de transmisiones, dice: “(…) Yo tenía unas piernas bonitas. A un hombre eso le da lo mismo. No le importa tanto, incluso si pierde las piernas. En cualquier caso, sería un héroe. ¡Podría casarse! Si una mujer queda mutilada, ese será su destino. Su destino de mujer…”.La belleza como anhelo y promesa, lejos de devolvernos una imagen superficial, constituye una reflexión sobre la identidad y el anhelo por la vida.

Alexiévich parte de los pequeños recuerdos y de la memoria sensorial para construir un Gran Relato sobre el silencio. La pregunta por el tiempo permanece a través de las páginas, y cuestiona desde la voz de las sobrevivientes el por qué vale la pena recordar. La respuesta se ilumina en cada relato, en cada pensamiento. Tamara Stepánovna Umniáguina, cabo mayor de Guardia, reflexiona: “Querida mía… todo es igual que antes, las personas se odian entre ellas. Otra vez se matan unos a otros. Es lo que no acabo de entender… ¿Y quiénes son? Somos nosotros… nosotros…”. La guerra, con su rostro de bestia, habita en el ser humano sin máscaras. La voz oficial entra en diálogo con las experiencias. El libro es un espejo en el cual el silencio enfrenta nuestra mirada, y habla.

La guerra no tiene rostro de mujer
Svetlana Alexiévich
Editorial Debate
Argentina, 2015, 368 págs.

enero 2016, Buenos Aires

 

 

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