Una antología de Ernesto Cardenal. Jorge Boccanera

ernesto-cardenalA propósito de una reciente antología publicada en México, donde Ernesto Cardenal realizó sus estudios en la UNAM, el argentino Boccanera nos aproxima al poeta nicaragüense.

 

 

 

Homenaje a  ERNESTO CARDENAL
A propósito de su antología "Noventa en los noventa"

Jorge Boccanera

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Jorge Boccanera

Si la obra del poeta Ernesto Cardenal reúne tanto las voces de los humillados y postergados, como la de los jóvenes insurgentes que salieron de Solentiname a luchar, de las campesinas del Cuá, de San Juan de la Cruz caminando junto al general Benjamín “el indio” Zeledón, el de hoy es un festejo múltiple, una celebración de muchas voces; las que encarna el poeta en su idea de comunidad que el mismo definió como “una unidad orgánica de almas”.
La paradoja es que Cardenal cumple este enero 90 años vividos con intensidad, en una existencia que él denominó “vida perdida” –-tal el título de su biografía– pero del que pierde la vida para encontrarla en una profunda entrega; que en su caso se traduce en consagrarse, brindarse en un diálogo del alma y la sangre que abarca en un solo haz el hacer poético, la fe religiosa y el compromiso político.
Así, este hombre repleto de voces que en tiempos de dictadura somocista llegó a firmar poemas como “anónimo nicaragüense” –que le publicaron revistas latinoamericanas ignorando su identidad, incluso una dirigida por Pablo Neruda– es hoy el poeta que continúa escribiendo y no abandona su modo de cuestionar, de denunciar, de interpelar a la realidad.
El poeta que frente a un presente de depredación y desprecio, sostiene que hay que cambiar el mundo “porque es posible y necesario”; el que afirma que así como hay leyes para proteger la diversidad biológica, debería haberlas para proteger la diversidad de las lenguas porque “cuando se pierde una lengua, se pierde una visión del mundo”, el mismo que señala que “la revolución significa la puesta en práctica del evangelio, y que la verdadera iglesia está con los pobres”.
Una voz amasada entre la contemplación y la acción que no ha dejado nunca de interpelar, cuestionar, denunciar las injusticias. Y esencialmente quitarle el barniz a los eufemismos, el camuflaje a las palabras que esconden otros sentidos, ya que la poesía en lugar de enmascarar, amplifica y profundiza con sus herramientas expresivas los asuntos que toca.
Hace poco leí que en Nicaragua, un hombre de la calle, se dijo, ante la imposición inconsulta de que se construya un canal interoceánico en su país: “¿Qué diría Sandino de esto?”. Y lo que diría ese general de hombres libres lo dice Cardenal en su poesía, porque aquel mote de “pequeño ejército loco” –como denominó a la tropa inicial de 30 hombres de Sandino, la poeta Gabriela Mistral- le cabe a los muchos que bregan por la utopía, la imaginación, la solidaridad, a Cardenal y a sus vecinos, como ese Walt Whitman que dice: “si me pierdes en un sitio búscame en otro/ en algún lugar te espero”, o César Vallejo afirmando los lazos de reciprocidad con esta línea contundente: “se debe todo a todos”.
Conocí a Cardenal a través de un poema suyo cuando rebuscaba en las escasas antologías de poesía latinoamericana que llegaban a Argentina y ese texto me impactó, era “Somoza develiza la estatua de Somoza en el estadio Somoza”, no muchos años después –ya en el camino del exilio a México- pude conocerlo personalmente en 1977 a través de un amigo común, Julio Valle Castillo, quien me alcanzó con generosidad libros de los grandes poetas de Nicaragua: Además de Cardenal, poetas anteriores como Salomón de la Selva, Azarías Pallais, Alfonso Cortés, Coronel Urtecho y tantos más.
De aquella época a hoy tuve la suerte de compartir varios momentos con el poeta en distintos territorios y circunstancias, momentos que me dejaron un perfil definido del hombre y el poeta que es uno, indivisible en su coherencia, en su pensamiento, en sus ideas y en su escritura. Basta releer sus libros para constatar su pasión por los humildes, por una historia que no deja de reescribir, por ese lugar del testigo que da testimonio, por el poeta que traza la crónica de una de una experiencia personal y colectiva motorizada por núcleos que vuelven una y otra vez –Dios, la revolución, la naturaleza exuberante- y se refunden en el amor.
Un amor que, según una de las críticas de esta poesía “es el elemento motor y configurador de su obra”. Dice el poeta: El amor es saber que uno ya no es uno sino dos, y que uno es incompleto sin la persona amada”. Ese amor como centro del universo atraviesa desde poemas iniciales hasta El telescopio en la noche oscura. 

Jorge Boccanera
Jorge Boccanera al centro Cardenal

Las claves de esta obra tan particular, que dejó una marca indeleble en la producción poética continental desde el inicial Hora Cero (publicado en México en 1957), están en esta antología 90 en los 90 (que acaba de publicar editorial Trilce) y que revela sus vecindades: de San Juan de la Cruz y Santa Teresa a Nezahualcoyotl, de la poesía anglosajona a los clásicos griegos y latinos.
La antología incluye un ajustado prólogo y una acertada selección de textos a cargo del escritor Sergio Ramírez- espigados de una obra profusa, que va de los “Primeros poemas sin libro” que Cardenal escribió entre 1949 y 1950 a Saga del tercer chimpancé (2013), pasando por títulos tan populares ya como Epigramas, Oración por Marilyn Monroe, El estrecho dudoso y Cántico cósmico.  
Y de seguro cruza por estas páginas el Cardenal estudiante de Letras en la UNAM que vivió en México entre 1942 y 1947 donde hizo amistad con Lolita Castro, Rosario Castellanos, Augusto Monterroso, el costarricense Alfredo Sancho y poetas del exilio español, entre ellos Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Concha Méndez. Aquí en México sus textos fueron elogiados por León Felipe y Octavio Paz y publicó poemas en las revistas Letras de México y Cuadernos Americanos. También en esta tierra, 10 años después ingresaría al monasterio Benedictino de Cuernavaca; y publicó la primera edición de sus Epigramas.
Sin duda su poesía fue una poderosa influencia para los escritores que comenzaban a publicar a inicios de los años 60, pero por sobre ese abrir puertas deja una enseñanza a los poetas que vinimos después: que en poesía, fuera de toda ortodoxia, es lícito tomar aquellas herramientas que cada cual cree imprescindibles para profundizar su expresión. De este modo su poesía, dice Ramírez, se ha ido complementando a sí misma al armarse con distintas piezas hasta consolidarse como una de las más contundentes. Algunas de esas piezas son los pasajes narrativos, los epigramas, el tono místico, la cuerda erótica, y oleajes que vienen de la ciencia, la economía, la astronomía, la botánica, letras de canciones, onomatopeyas, juegos tipográficos, todo en un cruce de discursos que enlaza el sueño con la historia precolombina, y los pasajes bíblicos con la tecnología y la modernidad.
De allí la originalidad de esta obra, que también radica en un modo personal de orquestar los textos, ese ejercicio de montaje del verso de amplio período que introduce la respiración del coloquio, en especial del habla nicaraguense; y además en una identidad subrayada tanto desde el dato histórico como desde la escena de una naturaleza apabullante sostenida por la destreza descriptiva de Cardenal, las crestas de los volcanes de nombre atronador –Momotombo. Mombacho- el gran lago de Granada (paisaje que lo acompaña desde la infancia); esa naturaleza en estado de gracia, un todo en comunión cantando: “Tú has hecho toda la tierra un baile de bodas y todas las cosas son esposos y esposas”.
Una poesía viva, en movimiento, donde se oye una iguana echándose al agua, una canción caribe, un grito en la oscuridad, el trinar de los pájaros, el rumor de la garganta de la selva, un aire atravesado por texturas, olores, sonidos y una gran carga visual que, al decir de quien fuera su amigo, el poeta cubano Cintio Vitier, semejan “proféticos cantos” que parten de “un realismo revolucionario y místico” y funcionan como documentales, guiones cinematográficos y reportajes.
Saludemos pues a este poeta mayor de las letras y la esperanza, a quien veremos siempre como el veía a Sandino: de pie en la montaña roja, calentando sus sueños junto a la hoguera roja”.

14/12/14 palacio de Bellas Artes, México DF

 

 

 

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