Tabing Dagat. Tomás Calvillo

eduardo-vazquezSobre este poemario escribe Eduardo Vázquez Martín: el “mundo” a que se refiere Calvillo no es aquello que nos rodea, lo que está afuera de nosotros, involucra al cuerpo, a nuestro cuerpo, como una extensión integrada, por ejemplo, al mar (“el océano medita en los humores del cuerpo” –dice)

 

Tabing Dagat/ Junto al mar
De Tomás Calvillo
Eduardo Vázquez Martín

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Eduardo Vázquez Martín
La poesía, más que un género literario –es decir una forma determinada de la escritura–, es una compleja disciplina del conocimiento. El poeta avanza por la página sin un plan trazado, sin conocer del todo el sentido de su estar aquí, frente al silencio y las palabras, el papel y la tinta, sin un propósito predeterminado que guíe su acción. Como Homero, todos los poetas somos ciegos aludiendo a un universo ambiguo donde coinciden el mito, el sueño, la historia, los sentimientos y aquello que suponeos real y concreto; abordamos todos estos territorios a partir de una intuición que llamamos poética que nos arroja certidumbres efímeras, fuegos fatuos, ecos del silencio de los dioses, de sus manifestaciones numinosas y de las palabras de otros seres humanos, incluidas desde luego las resonancias de otros poetas. En un mundo que insiste en ser considerado real,  que se supone la realidad misma, pero que es cada vez más una representación alterada de la misma –pura pseudoconcreción, para recordar un concepto de filósofo Karel Kosik– y la manifestación compulsiva del deseo y la propagada bajo la forma de la publicidad comercial o política, el poeta habla en una lengua diferente, aparentemente incomprensible, un habla que a menudo es considerada contraria a la razón, vinculada a la locura o a los delirios de la ebriedad.
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      Por eso el poema exige un pacto con el lector: su disposición a abandonar el confort de las representaciones conocidas, de las palabras sociales del pueblo, la aldea o la ciudad, para internarse en el desierto, para dejarse tentar por el Diablo y el Espíritu Santo al mismo tiempo, para encontrarse a sí mismo en un espacio carente del orden que proporciona la señalética, el norte y el sur, el pasado y presente, el yo, tu, él, ella, arriba y abajo. El que dice que no entiende la poesía es aquel que no ha comenzado a andar en el desierto o no ha zarpado hacia la Odisea, es aquel que espera un interprete de museo, la hoja de sala y el cedulario que guíe sus pasos inseguros en un espacio de imágenes y metáforas que sin dejar de ser precisas no están subordinadas al orden convencional de lo que se finge realidad, o aún peor, normalidad. No es la falta de precisión ni claridad lo complica la lectura del poema (la buena poesía es ambas cosas a pesar de que algunas veces parezca no serlo), es la falta de interés o de valor de quien no acepta la invitación, que quien teme al viaje.
      Así como, tras internarnos en el desierto, lo que parece caos se nos revela ordenado de acuerdo a ciertos patrones, igual que un marinero experimentado sabe leer en alta mar, en medio de la tormenta, el lenguaje de las mareas, los vientos y las estrellas, el lector de poesía, mientras avanza en la obra de un autor reconoce, poco a poco, la lógica interna que estructura su lenguaje poético, las referencias que lo explican, el santo y seña que abre puertas a las estancias íntimas de los poemas.
      Esta reflexión introductoria viene a cuento porque los poemas que componen Tabing Dagat / Junto al mar,  parten de una tensión que nace de versos de tono dubitativo, a veces francamente inobjetuales, donde cada poema recoge un fragmento del río discursivo, de manera que tomados de uno en uno los ochenta cantos del libro no revelan el vínculo interno que teje cada poema con el otro, y que entre todos terminan por revelar la existencia de un sentido narrativo –de un objeto finalmente–, que no es otra cosa que la vida de alguien, que no por no estar nombrado ni definido significa que esté ausente.
      Lo primero que el poeta Tomás Calvillo hace es proponernos una forma y referirse a ella: sus versos no están justificados al modo tradicional, al margen izquierdo, sino centrados en la página, de manera que dibujan una columna irregular de palabras que desde el primer verso el poeta nombra “palmeras”, por lo que nos invita a que leamos este libro como un palmar que desde el mismo título el poeta siembra “junto al mar”. Pero a pesar de este dibujo figurativo los versos entran en el terreno de la abstracción: “no hastío ni reclamo/ sólo el presagio entendido/ como una cifra ámbar/ donde los años idos/ en perfecto amarillo/ maduran el extraviado sentido/ de tantas minucias sin orientación alguna”. A partir de ahí avanzamos de palmera en palmera y entre imágenes y reflexiones, como si al abrir y cerrar los ojos aparecieran ante nosotros no las sucesivas imágenes de un paisaje sino realidades distintas y  enigmáticas que lo mismo aluden al árbol, al río, a los astros o a “el nido de los mitos”: “el territorio vivo del alma/ este cuerpo sin mañana/ retorna a sí mismo/ cuando en sus silencios despierta/ afirma su inmovilidad elegida/ la libertad de su ausencia// porque los dioses en su retiro/ dejaron el dolor como herencia”.
      Pero conforme uno sigue su camino en este campo de palmeras sin descifrar, —es decir sin obtener la cifra, la medida, de los objetos del verbo— aparecen reflexiones de diferente calado. Ante las astillas de un espejo dice el poeta: “la silueta del todo que es cada uno/ y el hueco profundo que es el vano orgullo”;  frente a las mudanzas del tiempo afirma: “es verdad/ a muchos da tranquilidad/ levantar la carpa de la predicación/ con las guitarras de la buena fe/ y sus altavoces/ los dulces cantos prendidos de sospecha/ y de una injusta ingenuidad”; ante la palabra como la huella de nuestra existencia describe: “flechas que atraviesan/ con sus puntas de sílabas/ el rito funerario de la historia”. Una vez cruzada la primera docena de cantos, nos damos cuenta que aquel primer balbuceo como forma de aproximación a lo indecible (“un no sé qué      que quedan balbuciendo”) comienza a transformarse en una reflexión poética sobre el sentido de la existencia, o para ser más preciso, sobre la falta de sentido, mientras reconoce la aparición de lo sagrado en un mundo violentamente desacralizado.
      Pero el “mundo” a que se refiere Calvillo no es aquello que nos rodea, lo que esta afuera de nosotros, sino que involucra al cuerpo, a nuestro cuerpo, como una extensión integrada, por ejemplo, al mar (“el océano medita en los humores del cuerpo” –dice). Y más tarde arroja esta imagen cruda de la pérdida del origen, del sentido sagrado de la vida y de la memoria de la tierra: “la ciudad tuya/ de metal enquistada en los vientres/ olvida su origen de barro/ olvida la lumbre encendida en sus poros/ y cubre de ceniza el denso mar  de sus partos”.
      Calvillo se coloca en la tradición crítica a la ciudad que quizá inaugura, en la tradición cristiana, el “Apocalipsis” de San Juan: donde la ciudad es equiparada a una “gran ramera”.  En la ciudad se diluye el de deseo de trascendencia del ser humano para dar paso a los apetitos y temores de la masa, y la masa puede tener dirección pero carece de sentido, está conformada por individuos que renuncian a su identidad y que repiten gestos y multiplican adicciones, que, en palabras del poeta, “ignoran la sombra que los acompaña/  y habrá de cubrirlos/ con la insignia del olvido”. La falta de sentido de la masa en la ciudad se ve completada con el complemento cruel de la injusticia: “mientras el cuerpo de los mas/ asista a los menos/ infaustos en su imprudencia/ exhiben su gran fiesta/ y pretenden el reconocimiento// a costa de millones”.
      En este escenario Calvillo ve muerta a la fe y a la rebelión, asiste a un mundo donde los peregrinos carecen de fe y los rebeldes viven perdidos en la gran ficción del devenir histórico. Pero a medio palmar sucede algo sorprendente, lo que hasta ahora era una voz poética sin sujeto, que por reflejo el lector asume como nacida de un yo poético que no se nombra pero se sobreentiende, pasamos a un él, a un sujeto de la historia al que le suceden cosas de las que el poeta es testigo y narrador. “cómo volver a sentir que tiene un rumbo/ cuando desaparece el sentido/ y mira a su entorno y escudriña/ en sus secretos los más preciados/ y el aire frío del hueco/ golpea su rostro y ánimo”.
      Este viaje de un yo poético impreciso que medita en medio de un bosque de cantos a un él que sufre la falta de sentido de la historia, que para sedar el dolor extiende su brazo ante la aguja de la heroína, y que sobre todo recuerda e intenta asirse a la memoria como último refugio sin encontrar jamás consuelo, es desconcertante, pues pasa de la abstracción de un mundo desasido a encarnar la contradicción en su sujeto probable al que la historia arroya. De alguna manera lo que hace el poeta es poner el yo en el otro –“el otro que todos somos”, como dice Octavio Paz en “Piedra de Sol”.
      Finalmente ese otro deberá respirar su propia muerte y tendrá que desprenderse de la vida. En el último momento él, el otro, vuelve a ver “las palmeras/ (ahora como) rehiletes/ verdes blancos y rojos/ que al soplo de la infancia/ divierte.” Una evocación infantil, una concesión a la alegría fugaz de los primeros asombros que no los rescata de la falta de sentido ni del dolor que prodiga una vida despojada de su sacralidad y su fundamento pero que nos recuerda el primer encuentro con la risa.
      Tabing Dagat / Junto al mar no es un libro conmovedor, es un libro perturbador. No es tampoco un libro de respuestas ni de preguntas sino de enigmas. No se pregunta, por ejemplo, para dónde vamos: cuestiona el camino. Tras la lectura de estos versos, después de recorrer este palmar, nos queda el océano “en la punta de la lengua” como el reconocimiento de nuestra inmensa incapacidad de imaginar un futuro tras reconocer nuestro extravío. Pero no se trata de un exordio moralista, de un mea culpa triste y rencoroso, sino de una reivindicación del verso como luz en la oscuridad, de una reivindicación desde la poesía de la capacidad humana de abrir los ojos y mirar de frente la incertidumbre en un tiempo de diluvios universales. O como dice Leonardo Padura en su extraordinaria novela El hombre que amaba a los perros: “Si no es del mar, de qué vamos a hablar los náufragos”.

 

 

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