Víctor Sosa (Uruguay-México). Premio Jaime Sabines

victor-sosaNacido en 1956, poeta, ensayista y traductor de la lengua portuguesa, Sosa vive desde 1983 en la Ciudad de México, y en 1998 adquirió la nacionalidad mexicana. Hace unas semanas, su libro Gladis ganó el premio Jaime Sabines. Una muestra de esos poemas.

 

 

Poemas de Gladis monogatari, de Víctor Sosa,
ganador del Premio Internacional Jaime Sabines 2012

Gladis recapitula

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Víctor Sosa
No fui lo que anhelaron mis ancestros: la maja fresca y núbil que en el telar aguarda a su guerrero; la minuciosa bordadora en De la Tour; la beata Beatriz o Laura áurea; la etérea franciscana que cuanto toca cura. Los defraudé: no fui esposa ni santa. No perpetué la especie en nuevas crías ni alimenté la hoguera con más vástagos. Nunca alivié leprosos ni salvé al mundo acariciando un animal dormido. No me incliné ante Dios, a tiempo, atenazada a salmos, hilando en el rosario padrenuestros. Fui, como Kali, negra. Roí del muerto calcio y de los vivos, hemoglobina, cúrcuma y cartílago. Cautericé la hernia del amor y ajo, y en la úlcera sal y no supures. Incentivé verrugas inseminando virus, curare para el brujo y ayahuasca. Mi nombre (aún siendo Legión) es Gladis. Estoy, estuve antes, estaré cuando la curva complete su círculo y cerrándose, el loto diga no, y sin el matarife y sin la res, solos se desangren los cuchillos. Cumplo con el dolor como una caries. ¿Quién puede reprocharme no ser rosa y ser un alcaloide o floripondio? Fui un fakir venenoso. Abandoné la polis y las ágoras para arañar bisonte en las cavernas, para arar en arenas manantiales. Sobre todo: naufragio; buque a pique y poco a poco, el pólipo, el coral y flagelados haciendo en oxidaciones arrecife. Depredo por instinto. Nunca me confedero y si lo hiciera, seria en sardina o liquen o –hablando de eclosiones– protozoarios. Aparezco en la foto con el sombrero hongo pero no soy la que se ve. Soy –desde aquella ocurrencia salomónica– un bivalvo bebé. Acopio en la placenta un vello en pus, una mellada espada contra el roble que dentro de mí tala, en esa inútil fiebre ya sin filo. No fui eficaz como áspid mas en los capiteles mordí arcángeles, gárgolas, golondrinas. Mi sangre es marsupial. Si me decapitaran, dos chorros manarían de mi cava, uno de ónice negro y el otro azul y ácido y sin fin.

 

Gladis eslava

Se dispara en la boca con la bala del padre pero sobrevive a la cesárea. Un ámbar tapa como domo el hoyo. Ella borra su paso bielorruso (era Tereshkova) y se hace llamar Gladis. Vive con un minero en Cochabamba, pero lo principal nadie lo sabe: ¿Por qué dejó la taiga y en qué troika? ¿Fue víctima o verdugo de su padre? ¿Quién la orilló en Ceuta hacia el Islam? Se hamaca en un sufí zumbido la zagala. Se trenza el lacio lóbulo, atraganta con sal puertas del fiordo. Alguien, desde la amura, la ve rociando espejos y la llama; la acosa con su arpegio hasta que dice crac con la clavícula. No se desnudará, pero se quitará los húmeros delante de las hordas para hacer villancicos. Y es posible que baile, que esa escarapela la delate (pirograbado el Volga) cuando diga spasiva en aimará. Nadie desenraíza la vida hasta el Alzhaimer y empapuzada, ahíta, regurgita como un pingüino a Diaghilev, a Pushkin, atarantada ahí por las mazurcas. Daga esgrime un gitano. Receloso sarraceno que arremete contra la escolta altiva de cosacos. Un golpe lo detiene; otro, de sable, lo reparte en dos. La hemoglobina avanza por las cuzqueñas baldosas absorbentes que antaño sostuvieron a Yupanqui. La muerte repentina azuza a los seglares que toman instantáneas con sus Leica. No muy lejos de ahí Gladis se peina. Supo decir sí y ahora abrocha corpiño mientras el cholo, entre chascarrillos, tienta su anca. El altiplano le recuerda al Tíbet; por eso se quedó. Pero tanta altura y tanta quena terminan por vencerla. Regresa a Kiev más vieja deshaciendo los quipus; reordenando, cirílica, como ayer las matrioshkas.

 

Curtiembre La placenta

Trataba con los lobos. Después de sumergirlos en solución sulfúrica les quitaba el pelo con cuidado, con pinzas, contenta de no estornudar. Estacados relucían bien, así de lisos. Una vez resecos los planchaba con sal. Hacía cojines, palanquines, a veces babuchas. Bajaba en Sarajevo para vendérselos a los intermediarios que contrabandeaban con el clero. Le pagaban una bicoca por un trabajo de meses y a cero grados Celsius. Movía el intestino con dificultad. Entre los abedules. En la taiga. En cuclillas. Rodeada de pájaros carpinteros horadándole, iterativos, las manoplas. Mas así lo quiso cuando dejó su isba a los 14 para errar por los fiordos comiendo nada más que camomila. El padre la desvirgó con el bastón de mando; metro y medio al fondo tocó el útero y salió azulino, pringoso por la placenta enroscada al palo santo que limpió con el ribete del mantel. Desde entonces vaga del Ártico a lo meridional y confunde dialectos, el alto –por ejemplo– al bajo suabo, la bilabial a la alveolo-palatal. Confunde hasta su nombre en la intemperie. Los lobos (canis lupus) van por dentro.

 

La octópoda del ánfora

La extrajeron del ánfora como si fuera un genio. Etrusca o griega, el ánfora, y arcaica. Gladis cerró los esfínteres con fuerza para colosalmente propulsarse, mas lo calcáreo del cráneo –sumándose a lo anti natura del empuje– impedía el pasaje. Entonces expelió tinta lubricando el conducto. Dijo ser octópoda en cuanto eclosionó sobre la arena, y la masa encefálica ilesa, lisa como almeja, alaciada bajo lo cutáneo de la ventosa. Los humanos la olían. Un niñote le atravesó un tentáculo con un canuto. El asma –que creía curada hacía décadas– de pronto sincopó (el asma o la epilepsia). Cuando le vieron las canas la creyeron puercoespín y llamaron a los ancianos de la aldea que, montados en vicuñas, trajeron lanzallamas. Gladis jadeaba con ocho brazos fracturados hundiéndose en el cieno. El de los lentes infrarrojos la tocó con la enrollada partitura y sopló para despabilarla. Ella mugió sin ser rumiante, sin saber qué estaba bien, qué estaba mal. Relinchó entre los poros. Sacudió el pelambre para hacerse pasar por un pelícano. Retráctil como tigre estiró zarpas mostrando unos colmillos irrisorios. Los tribales perdieron el miedo ante semejantes incongruencias. La cercaron con yute y encendieron hogueras. Gladis paría ovípara, trucaba la voz en el doblaje, tarascones tiraba a las tacuaras. Arrinconada contra los corales, sacaron cuchillos, garrochas, hipodérmicas. Ahí le cercenaron el encéfalo. Tuvo tiempo, gateando, de gritar: “¡Vivan los confederados!”, pero nadie entendía, del molusco, su lengua. Esa noche la chamuscaron con achiote después de relajarla en molcajete. Un tasajo que duró hasta el alba y que –por estafilococos– diezmó a toda la aldea. Trascendió el hecho gracias a unos holandeses ayurvédicos que del menú no tocaron ni los callos. 

 

 

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