Samuel Jaramillo, Colombia, 1950

jaramillo-samuelUna muestra poética de este urbanista e investigador bogotano que ha dedicado también su tiempo a la poesía, y es por ella que ocupa un sitio en el canon de los nacidos en los años cincuenta.

 

 

Samuel Jaramillo, 1950
(De Casa que respira)

Llamado

Estoy a punto de dormirme. Pero cuando
me desmorono lentamente por el plano
inclinado que desciende
hacia ese lecho de niebla,
en el borde
siento con nitidez una presencia.

Alguien muy triste está sentado
en el rincón más oscuro de la habitación.
Palpitante, enciendo la luz del velador.

No hay nadie. El rincón en el cuarto
sus paredes blancas encaladas
se exhibe desafiantemente vacío.

Insisto en dormirme.

Pero en medio de la gruesa mancha de la sombra
unos ojos, tal vez, también insisten en estar. Ahí están.
Callan en el silencio grueso. No lloran.
Pero una tristeza sin agarraderas
los abruma.

Agitado. Apretado por la garganta,
vuelvo a encender la luz.
Nadie otra vez. La silla callada con mi ropa.
La mesa en la que escribo. La habitación
entera me enrostra su vaciedad.

Son dos veces ya. De modo que me levanto
y despierto a mi abuelo.

Él y yo nos llamamos Samuel,
así que el abuelo
me recuerda la historia:
Samuel cree ser llamado una y otra vez
en el sueño por su maestro Elías,
hasta que descubre
que es Dios quien lo reclama.
Contéstale a él directamente
A la tercera vez, es el consejo de Elías.

La casa de Bahareque y tejas
respira bajo la noche.
Blanca la cal, verde la madera,
la casa parpadea soportando
la corrosión de una luna iracunda.

Hace un mes murió mi padre
en la selva lejana, dejando una gran
Interrogación. ¿O es en esta
noche desolada en la que ha muerto?

Ha muerto muy lejos. En la selva.
¿No es impensable que haya muerto
mi padre? En el próximo julio
iba a cumplir treinta y siete años.

En medio de la selva
el cuerpo de mi padre
debe estar siendo empapado
por la lluvia sin pausa.
Allá, en la selva, siempre llueve
sin importar la que abajo sea mojado.

Tengo sólo doce años,
pero comienzo a comprender que mi padre,
como todos los muertos, ha perdido.
No podré reprocharle  nada por no estar.
Si crezco sin él, ¿es su culpa? Pregunto:
¿es su culpa?

Hace un mes murió mi padre.
Pero es como si hubiera muerto esta noche.
Esta noche entiendo que va a faltar,
y que mis recuerdos suyos
tampoco podrán negarse a recibir
la usura de la lluvia incesante.

Por eso tal vez esta tristeza que abruma.
Por esa tristeza que  no tiene de donde
uno la pueda agarrar.

De vuelta a mi habitación
acechado de nuevo por las sombras
agazapadas en las paredes de cal
de esta casa, me pregunto por el sentido
de las palabras de mi abuelo. Él es un hombre
sin señores y sus palabras siempre tienen algún rumbo.
Y mi padre era su hijo.

¿No es impensable que en la selva lejana
haya muerto mi padre
dejando una gran interrogación?

Vuelvo a mi cama y apago la luz.
Intento dormir pensando en la lluvia
en la mitad de la selva.
Y en lo que quiso decir la historia de Elías y de mi abuelo.
La historia de Samuel y sus tres llamados.

 

Ojo de pájaro

Andaba por ahí, arrastrado por su odio. Pájaro.
A Jair, el pájaro, lo empujaba el rencor.
En su ojo torvo, también era el rencor el que viajaba.

Horizontal, en su ojo se acomodaba
el cadáver deseado de su enemigo.
En su ojo siempre había un cuerpo derribado
derrumbándose continuamente bajo una lluvia
de sangre.

Jair, el Pájaro.
El nombre del odio era el mismo
que el de su Ford cuarenta y ocho que hacía viajes entre
Armenia y Quimbaya.
Estela de odio era la suya
en la carretera polvorienta.

En la plaza del pueblo tomaba café, cerveza.
La gente lo veía jugando
partidas de billar interminables.
Enmudecidos por el miedo
decían sin embargo en su idioma de ojos:
“Ese es Jair el pájaro. El asesino”.

Jair el pájaro y sus pájaros al caer de la noche.
Polvo de luto levantado por su Ford blanco
cuarenta y ocho.

El pájaro en estas tierras.
De sus uñas descuidadas dependía el destino
del Partido Conservador y del Gobierno.
Del polvo de luto de su Ford cuarenta y ocho.

“Mataron otra familia liberal
en la vereda Buenos Aires.”
Y Jair completaba otra carambola
en el billar de la tarde.

De la mano de mi abuelo
yo también lo veía
tomando cerveza con el alcalde:
“Aquí van a tener que ir pensando
en cambiar de aire los cachiporros.
porque lo que es el aire de este pueblo
les hace daño”.
Así, bien fuerte,
Para que mi abuelo oyera con claridad.

En el ojo de Jair el pájaro
vi retratado a mi padre con su maletín
de médico. Vi retratado a mis tíos.
Y a mi abuelo, vestido con su ruana blanca
sobre el vestido de paño y su sombrero.

 

jaramillo-samuelSamuel Jaramillo nació en Bogotá, Colombia, en 1950. Economista y urbanista, con estudios de postgrado y doctorales en Francia e Inglaterra, es un investigador reconocido en Colombia y en América Latina en estudios urbanos, disciplina en la que ha publicado varios libros de amplia circulación. Desde muy joven se destacó como poeta, ganando varios premios nacionales y siendo incluido en múltiples antologías. Ha publicado 6 volúmenes de poesía y una recopilación de su obra en este género. También tiene una labor de crítica literaria abundante, centrada especialmente en la producción poética y narrativa de escritores de su generación en Colombia y América Latina. La editorial  Norma publicó su  novela Diario de la Luz y las Tinieblas -Francisco José de Caldas, un relato histórico sobre la vida de este personaje de nuestra independencia.  En la actualidad es investigador y profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes en Bogotá. Libros de poesía publicados: Ásperos Golpes, 1973; Habitantes de la Ciudad y de la noche, 1981; Geografías de la alucinación, 1982; Selva que Regresa, 1988; Bajo el ala del Relámpago, 1995; Doble Noche, 1998; Casa que respira, 2002. Al decir de Gabriel Jaime Franco: “Tal vez ningún poeta ha expresado mejor nuestro desarraigo y nuestros palos de ciego en la búsqueda de una identidad como Samuel Jaramillo. Su libro Geografías de la Alucinación es una valiente reflexión sobre su generación, un sobrecogedor examen de la orfandad y el desvarío de miles de jóvenes que vieron escaparse muchos de sus más altos sueños. La suya es una poesía clara que no se ha ocultado en falsas retóricas y que ha recurrido a imágenes atrevidas y llenas de virtud arrastrándonos a una zona donde el espíritu respira". Y al decir de Juan Carlos Medina: "Si la misión y el poder del poeta consisten en construir sentido, he aquí una muestra contundente de ello: a partir de las palabras de Samuel Jaramillo la Sabana adquiere una carga de significación que difícilmente podrá eludir en adelante el lector perspicaz de esta poesía. Su palabra transforma la sabana de Bogotá: su melancolía de altiplano andino, su belleza triste, su humedad, su luminosidad evocadora dejan de ser rasgos geográficos azarosos y se convierten en marcas de un territorio delimitado: el territorio propio de la mística del no creyente". (nota extraída de la Página del Festival de Poesía de Medellín).

 

 

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