Andreas Panatos (Chipre, 1935). Un cuento

Guadalupe FloresLa escritora y traductora Guadalupe Flores Liera nos manda desde Atenas este cuento de uno de los narradores más relevantes de la isla donde nació Afrodita.

Andreas Panatos, seudónimo de Andreas Panagiotou, nació en Tembriá Soleas, Chipre, en 1935. Estudió en la Escuela de Maestros de Morfou y durante 18 años se dedicó a la enseñanza. Hizo un posgrado en Inglaterra con una beca y trabajó después como profesor de inglés en la enseñanza media. Ha escrito cuento,  poesía, crítica literaria en periódicos y revistas, ha hecho varias antologías y ha editado material didáctico. Obra suya ha sido traducida a varios idiomas, entre ellos el ruso, el húngaro y el búlgaro.

ANDREAS PANATOS

 

LA CACERÍA

Traducción del griego: Guadalupe Flores Liera

Guadalupe Flores
Guadalupe Flores

 

El animal corre como loco, asciende y desciende por las laderas, se cae en el riachuelo de la cañada, se esconde por entre los matorrales, se golpea contra las rocas; tiene los ojos enrojecidos y asustados, las orejas tiesas; sus patas rascan desesperadas la nieve resbaladiza, es un animalito de este tamaño, una liebre.

En lo alto de los cerros las pandillas de las montañas aledañas hacen su aparición. Rostros infantiles enrojecidos, bañados en sudor, con las cabezas rapadas, pantalones cortos color caqui y quepis verdes. La nieve y la distancia amortiguan el ruido, hacen que las figuras parezcan moverse mudas sobre la nieve.

     Componen cada pandilla los amigos de un mismo pueblo o los que viven en un mismo cuarto, tres y alguna vez cuatro, por ahorrar. Mientras más se estrecha el círculo, más sube el tono de las voces y se oyen los chiflidos; se ven sus pies con el calzado desgastado atados con mecates, aventando nieve en todas direcciones. El animal se desplaza sin rumbo. Algunos de los muchachos se preparan realizando los primeros clavados y levantando brazados de nieve. Un juego divertido para el que ignora, pero nada chistoso para la liebre misma, que corre el peligro de convertirse en estofado e ir a parar en los estómagos permanentemente vacíos de sus perseguidores.

     En este pueblo montañés alejado, al que nos trajeron las cuotas baratas del colegio, además de su cierta fama, esperamos con ansias a que cada veinte días nuestros padres nos manden los escasos alimentos. Pero cuando se deja venir la nieve y los alimentos se terminan, entonces la caza de la liebre es nuestra única salvación.

     Me veo a mí mismo, un muchacho de quince años, siguiendo los senderos del pueblo, recorriendo sus calles lodosas. Me he ido desde temprano con mis amigos hasta Pródromos para recibir nuestras canastas con los alimentos que habría de traernos el autobús de línea. El día anterior habíamos cocido las últimas alubias y habíamos consumido el último mendrugo medio lleno de moho. Pero el autobús no llegó. Nos había tocado un invierno muy duro y no se veía para cuándo se iba a terminar de derretir la nieve. Ahí donde nos parecía que por fin se había terminado nuestro mal, vuelve a caer la nieve, lo cubre todo y los caminos se bloquean.

     Regresamos decepcionados. Hemos dejado atrás los senderos sombríos del bosque, con los pinos que semejan candiles debido a los enormes cristales que penden de las puntas de sus ramas, y alcanzamos el claro a cuyo extremo se extiende Lemithou, con sus casa que echan humo envueltas en nieve. En lo alto del cerro predomina la edificación enorme de piedra del Colegio Mitsís y, a su lado, el monumento del benefactor y fundador del colegio, con un niño pastor en relieve en la parte alta, obra de Tombros, que recuerda cuando Mitsís era un pastor pobre, antes de que se fuera a África a hacer dinero.

     Nos quedamos detenidos en el claro indecisos. Lambros, bajito, moreno, eternamente hambriento, hace la propuesta de ir ante el director del colegio y pedirle autorización para ir a nuestro pueblo. Comoquiera que sea el colegio está cerrado a causa de la nieve y no será la primera vez que recorramos el mismo camino –unos treinta y tres kilómetros por entre senderos y bosque–, por supuesto, por economizar, de dónde íbamos a sacar dinero para el autobús de línea. Ahora que con la nieve la cosa se vuelve un poquito más complicada, es verdad, pero no hay de otra. Nos morimos de hambre. Steidis, el tendero, no nos fía más. Tampoco podemos ya pedir algunas papas prestadas a los chicos vecinos puesto que compartimos con ellos las últimas que nos quedaban. Nuestra situación es desesperante.

     Encendemos cigarros hechos con ramas secas y entre un montón de toses y escupitajos fumamos reflexivos. ¿No es así como hacen los mayores cuando tiene que resolver algún problema? Chicos quinceañeros sin bigote fumando sobre las piedras melancólicamente. El espectáculo es único, digno de una película del neorrealismo. Todos y todo fuma, los árboles, las laderas, las casas, el tiro de la chimenea del colegio y en alguna ventana próxima Stevens, el director, con sus anteojos de oro, fuma él también su pipa.

     De repente el paisaje se llena de vida. Por allá lejos en la punta se distingue la liebre. Tras ella, por las laderas y por las faldas, aparecen las pandillas. También nosotros nos ponemos de pie y gritamos “¡hurra!”, nos ponemos los quepis al revés para distinguirnos de las demás pandillas, nos ponemos los pañuelos como cinturones y nos unimos a la cacería.

     Mi zapato, roto y amarrado con un mecate, me lastima. Cuando pongo el pie en la nieve, los dedos me duelen al contacto con la costra dura de la nieve. Un par de veces me detengo a acomodarme el mecate y la liebre pasa a mi lado, se escapa, se aleja.
     Finalmente, la atrapan los suertudos de Petra con sus cabezas rasuradas. Su cabecilla la levanta en alto, para que la veamos todos, tomándola por las orejas. El animal se agita y todos los que estamos alrededor permanecemos con las bocas abiertas. Aquél levanta el brazo ceremonialmente y señala la sien. Con el reverso de la mano le aplica un terrible golpe. La liebre se estremece un instante y luego se queda quieta, colgando como un costal.

     Las pandillas se dispersan, cada una toma su camino de regreso. Melís, delgadito, con los pies nadándole dentro de los enormes botines rústicos, monologa:
     –Esto es así… Al final alguien se tiene que quedar con la liebre, no es posible que la ganemos todos. Trata de filosofar el asunto y de consolarnos a nosotros.
     De acuerdo, pero también nosotros tenemos que atrapar alguna vez una liebre. Toda la vida me la he pasado persiguiendo una liebre que no atrapo. Me atormenta hasta en sueños. Me visita sin ser invitada y, cosa extraña, tengo la sensación de que se trata de la misma liebre de mi infancia. Por supuesto, la vi estremecerse y morir, convertirse en alimento de los chicos de Petra, pero no deja de estarme saliendo al paso.

     Se levanta sobre sus patas traseras y me mira burlonamente. En alguna ocasión me guiña el ojo, estira las orejas, de la misma manera en que los snob levantan las cejas, y me sonríe. Sí, me sonríe, aunque sé que los animales no sonríen, estamos de acuerdo, estamos de acuerdo. La mayoría de las veces el paisaje está nevado. Tranquilidad, ni una voz, sólo mi corazón late, taratam-taratam, está a punto de estallar. No me atrevo a moverme no sea que se vaya a escapar. Estoy seguro de que se va a escapar, se va a echar a correr y yo voy a echar a correr tras ella, me voy a hundir en la nieve y voy a extender el brazo y ella se va a ir alejando cada vez más. Es imposible que viva tantos años. Les puedo asegurar que no existe ninguna liebre que viva tantos años, pero por Dios que…

En otra ocasión, supuestamente, estaba cazando junto con Savvas, el cazador más animoso de la zona. Avanzábamos por un valle y… hela ahí a la liebre, saliendo de entre el viñedo y a los perros persiguiéndola. A saltos enormes se dirige hacia el cañaveral.

     Imposible pronunciar la palabra cañaveral sin hundirme en reflexiones. Su recuerdo predomina en mi mente, su sonoridad de crujir de hojas. Aunque haya fabricado montones de flautas desde entonces, ninguna volvió a tener aquella primera música, suave como una caricia, como el susurro de unos labios amados.
     Dentro de poco se va a internar en el cañaveral y la voy a perder. Tengo que dispararle. Los disparos están prohibidos en sueños, ni siquiera se escucha el eco. ¿Qué clase de disparo es ese que no produce ruido? A pesar de todo, me arrodillo con aplomo y coloco la escopeta en posición de disparar. Intento dar en el blanco, que no se me escape, que los terruños no me roben los perdigones, y aprieto el gatillo. Ni siquiera se escucha el disparo y el humo en la punta del cañón no es más que una pequeña nubecita.

     Veo que la liebre tropieza, cae y los perros se lanzan sobre ella, listos para apresarla. Pero ahí está de nuevo. Se levanta y gira como un trompo que da sus últimos giros mientras los perros remolinean también con ella. Y de repente todo y todos se pierden y van y se hunden en el cañaveral.
     –Bravo, amigo, le diste, grita Savvas rebosante de felicidad y corre también él en dirección al cañaveral.
     Así, pues, apreté el gatillo. Ya era hora. Puede que la caza sea un hermoso deporte, sólo que para mí acabó siendo una pesadilla. Savvas regresa con la cara larga. La liebre ha desaparecido y, lo peor, ni rastro de los perros. Como si la tierra se los hubiera tragado. Y también Savvas que enojado se interna de nuevo en el cañaveral y también él desaparece. Algo muy complicado la caza. No se atrapa fácilmente a la liebre.

Supuestamente, en otra ocasión mi novia y yo nos dirigíamos a Pafos en nuestro auto nuevo. Los autos nuevos están permitidos en sueños. Fuimos, comimos, bebimos, contemplamos la puesta de sol, las nubes escarlatas, los rayos de sol marinos. Al regreso entusiasmados cantábamos abrazados. “Dos puertas tiene la vida / la una abrí para entrar.”
     Todo es perfecto: el auto se desliza suavemente por el asfalto, los faros rasgan la oscuridad y el viento juguetón nos acaricia los cabellos. Y de repente, he ahí de nuevo a la liebre, avanzando frente a nosotros con un trote maravilloso –las orejas tiesas dibujando una “V” enorme, el signo de la victoria, sobre el asfalto–, corriendo feliz y provocándome:
     –Ven…, atrápame si puedes…
     Me vuelvo loco. Me incorporo de un salto, piso el acelerador.
     –No, mi amor, nos vamos a matar, grita mi novia.
     –La liebre…, ahí está la liebre, ¿qué no ves a la liebre?
     –¿Cuál liebre?
     Así son todas las mujeres. No pueden distinguir a la liebre. Únicamente saben decir “te quiero, me quieres”, no saben nada de cacerías ni de liebres. Sólo que yo sí estoy viendo a la liebre, que avanza frente a mí a saltos enormes y piso el acelerador, haciendo caso omiso acerca de si esta cacería es contraria a la ortodoxia y estamos en periodo de veda, haciendo caso omiso de los gritos de los novia que aúlla:
     –No…o…o…
     Con mano firme conduzco mi auto directo al objetivo, atrapar por fin a la liebre. Estoy cerca, distingo sus patas traseras agitándose sobre el aire, su pequeña cola asciende y desciende al par de su cuerpo, su hocico que se vuelve en dirección a mí a cada rato, como si me dijera:
     –Ven, atrápame si puedes.
     Y luego ¡bam!, así es ¡bam!, sin armas. Se trata de un caso especial, dentro de un sueño especial.

     Despierto y no hay liebres por ningún lado. Mi novia no se acuerda de nada. Así son todas las mujeres, no se acuerdan de nada. Todo lo olvidan. Sin embargo mi auto está completamente destrozado por la parte de enfrente, como si se hubiera dado contra una roca.
     Tengo que cambiar de método, organizarme, tramar algo, porque yo también tengo que atrapar por fin a una liebre. De otra forma, mi vida no tendrá sentido.

 

 

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