Lefkos Zafiríou. Novela autobiográfica

zafiriuGuadalupe Flores nos aproxima a “Los pandilleros”, obra narrativa que cuenta los hechos ocurridos en Chipre entre 1950-1964. Al liberarse del Imperio Británico, la isla sería invadida más tarde por el ejército turco. Grecochipriotas y turcochipriotas continúan divididos.

 

 

 

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LEFKIOS ZAFIRÍOU, Los pandilleros, edición revisada, ed. Gavriilidis, Atenas, 2009, 107 pp.

 

Guadalupe Flores Liera

 

 

Con sobriedad, con extraordinario laconismo, a propósito para evitar el desparrame sentimental y concentrar la fuerza en los hechos y su incontestable veracidad, el poeta e intelectual chipriota Lefkios Zafiríou (n. Lárnaca, 1948) presenta la edición revisada de esta novela, aparecida por primera vez en 1983.
Los hechos que narra Zafiríou, de origen autobiográfico, ocurren entre los años 1950-1964,  definitivos para Chipre, país que recuerda este año que en este pequeño rincón del mundo el derecho a la autonomía depende de la voluntad extranjera. El título de la novela es significativo y ambiguo, porque se refiere a chiquillos que no habían alcanzado aún la edad del pantalón largo, pero que no dudaron en formar parte activa de las luchas de resistencia que el resto de la población organizaba no sólo para protestar contra su situación de colonia inglesa, sino para ejercer su derecho a la autodeterminación. Sus armas: la agrupación, las piedras, los pulmones, la velocidad de las piernas y la indómita fuerza de quien ha crecido no solamente siendo testigo, sino también víctima de la injusticia.
Los antecedentes históricos: En 1878, Gran Bretaña se había comprometido a proteger al imperio otomano del expansionismo ruso, a cambio de que la isla de Chipre le fuera cedida. El sultán consintió y  cedió a la corona la administración de la isla. En 1914, el imperio otomano se declaró aliado de Alemania, con lo cual Gran Bretaña se anexó Chipre y declaró a sus habitantes ciudadanos británicos. Los grecochipriotas solicitaron su unión con Grecia. Gran Bretaña declaró que no tenía voluntad de ceder la isla. En 1923, se firmó el Tratado de Lausana con el cual Turquía renunció a toda reivindicación y derecho sobre Chipre y reconoció la anexión de la isla a Gran Bretaña. En 1925, Gran Bretaña declaró a Chipre colonia de la corona.
Los altos impuestos a la población, la carestía, las pésimas condiciones laborales y de vida, el estricto y represivo código penal que permitía incluso la aplicación del látigo y de la horca, la escasez de servicios médicos, las leyes pedagógicas que concedían a la corona primero el tutelaje y después el control total de la educación, el analfabetismo, la usura, la represión, la censura, la fuerte presencia militar y policiaca, dieron fuerza a los anhelos de unión con Grecia. La población grecochipriota veía en esta unión con la madre-patria -su tronco cultural milenario-, una garantía de supervivencia. Pero todos los intentos fueron desalentados o aplastados.
El 20 de octubre de 1931, el arzobispo Nikódimos Mylonás (1889-1937), proclamó en Limasol la unión con Grecia y llamó a los ciudadanos a desobedecer las leyes. Al día siguiente, en Nicosia, miles de manifestantes se enfrentaron violentamente con la policía. Gran Bretaña envió tropas de refuerzo por aire y mar desde Egipto; las manifestaciones se generalizaron en el país; la cárcel, la horca, el exilio y la aplicación de leyes de excepción fueron la respuesta de Gran Bretaña.
Después de la II Guerra, se reanudó en Chipre el movimiento de Unión con Grecia (Énosis). Mediante el plebiscito que la iglesia de Chipre organizó con este propósito en enero de 1950, el 96% de los votantes se declaró en favor de la Unión. La minoría turcochipriota (18% de la población) revivió sus reivindicaciones y se declaró contraria a esta iniciativa, con el apoyo y con la participación cada vez más activa de Turquía, que patrocinaba la organización de grupos radicales y de publicaciones periódicas, en las que se hacía eco de las propuestas inglesas de dividir la isla.
En octubre de 1950, el legendario Makarios III es elegido arzobispo de Chipre. Repetidamente solicitó ante la ONU que se aplicara el principio de autodeterminación para su pueblo; todas las conversaciones acabaron en negativa.
El 1º. de abril de 1955, comenzó en la isla la lucha independentista con la Organización Nacional de Combatientes Chipriotas (EOKA), que logró que, finalmente, en febrero de 1959, se firmara el Tratado Zurich-Londres para la fundación en 1960 de la República de Chipre. Sólo que se acordó en dicho tratado que cualquiera de las fuerzas garantes (Gran Bretaña, Turquía, Grecia) pudiera intervenir de manera unilateral en caso de ser necesario. Es decir, autodeterminación tutelada.
Los protagonistas de Los pandilleros -la historia está narrada escueta y desapasionadamente por el niño que fue entonces el autor de esta obra- conforman la generación que alcanzó la adolescencia y la juventud mientras su país vivía bajo el férreo régimen colonial inglés, en los años previos al reconocimiento de su independencia. Las palabras bandoleros, terroristas, revoltosos o bien pandilleros no calificaban exactamente a chicos reunidos para realizar actividades delictuosas. Eran sólo niños y adolescentes que de manera desordenada, espontánea, hicieron suyos los anhelos de libertad de su pueblo y participaron con sus pequeñas posibilidades en hacerse oír, realizando actividades que expresaban su rechazo total al régimen opresivo que los gobernaba. Su corta edad no los eximía del castigo, ni los excluía de las leyes de excepción que se imponían continuamente para aplastar los cada vez más numerosos estallidos de desacuerdo (“Por la noche Mikhalis les contaba a Pavlos y a Kostís cómo mataron a Dimitrakis, de sólo siete años. Los soldados arrojaban bombas lacrimógenas y los estudiantes les arrojaban piedras. En un determinado momento, descendieron ingleses de un auto y uno de ellos le apuntó a Dimitrakis. Se oyó el estallido sordo del disparo. Un surco escarlata en la frente, a la derecha arriba de la ceja y Dimitrakis comenzó a doblarse…”, p. 37). En febrero de 1956, los choques de los alumos de la Secundaria Panchipriota con la policía y el ejército dieron por resultado el cierre de la escuela y la supresión de su registro de la lista de colegios de educación media.
La miseria extrema (“Los parientes venían y se ponían a llorar por nuestro estado…”, p. 13); el hambre (“Huevo cremosito rara vez probábamos…”, p. 21); la marginación y la falta de aspiraciones (“Qué clase de vida es ésta”[…] “Y así como caía la luz temblorosa sobre uno de los lados de su cara, la noté envejecida…”, p. 29”); el desempleo, la estigmatización de los ideales (“Los hijos de la comunista…”, p. 13); la desesperación que separa familias, que deja a los hijos desamparados, son el marco de las experiencias de los jóvenes protagonistas, habitantes de un poblado próximo a Lárnaca en los años cincuenta. Zafiríou narra la muerte solitaria en un asilo del padre reducido por los prestamistas a la miseria (“Echaron mano a sus tierras los usureros y ahora no tiene jeta para dejarse ver por aquí…”, p. 10. “…Estaba perdido y el negocio de bordados había pasado a otras manos. Lo único que le quedó fueron las hojas de los diseños, que Totis tomaba para recortar junto con los chiquillos del barrio…”, p. 27); la hermana dada en adopción (“El bebé en pañales no hacía otra cosa que llorar y no teníamos nada que darle de comer…”, p. 27. “Por la noche vinieron distintos parientes a la casa y una señora de la Oficina para el Bienestar. Tomó a la niña y se marchó. No volvimos a verla…”, p. 28); la muerte de Nefeli, su madre (la poeta Maroula Zafiri) por autoincineración (“No volví a verla. Se fue a casa, se bañó de petróleo y ardió como antorcha…”, p. 10); los varones huérfanos destinados al Albergue Infantil, soñando antojos y golosinas, mientras alrededor del drama familiar desfila el del país y sus infructuosos esfuerzos por librarse del eterno yugo extranjero que impide a la población creer en un mejor mañana. Cárcel, castigos ejemplares para los insurrectos, persecución y detención de líderes de partidos y de periodistas, horca a los opositores del régimen, Makarios enviado al exilio en las Seychelles -entonces también posesión británica-, enfrentamientos sangrientos entre las comunidades turco y grecochipriota, que hasta entonces habían convivido armónicamente (“Conversaban los mayores y nosotros escuchábamos asustados. Los ingleses habían detenido a una decena de griegos, los llevaron a propósito a un pueblo turco, los dejaron allí y se fueron. Cayeron sobre ellos los turcos y los degollaron…”, p. 34. “Vinieron los turcos y les prendieron fuego a las tiendas de los griegos. Los ingleses los observaban; no hicieron nada. Cargaban latas llenas de gasolina, empapaban trapos viejos, les prendían fuego y los metían por debajo de las cortinas de las tiendas, los edificios ardían y los ingleses portando armas miraban con la boca abierta al lado de un coche blindado. Salió al balcón la señora Lambidona y comenzó a gritar / «I am here» contestaba un soldado riendo…”, p. 51). Inquinas alentadas por las fuerzas ocupantes, que cuestan la vida a muchas personas y reducen a cenizas innumerables propiedades (“El daño, sin embargo, tomó tiempo, hasta que la isla fue repartida en dos, los turcos al norte y en el sur los griegos…”, p. 21). Los años en que las dos comunidades sufrían por igual (“…jugaban turquitos y grieguitos, vestidos miserablemente y todos descalzos…”, p. 21), quedaban atrás y los hechos daban paso a la toma de acciones. Los niños no se sustrajeron (“Nos dirigimos a la plaza llevando banderas griegas y gritando consignas. Los ingleses habían cortado la calle transversalmente con alambradas, sostenían unos escudos enormes y llevaban cascos… […] Se vio a lo lejos un helicóptero […] Comenzó a arrojar unas cajitas. / «¡Chocolates»!, gritó Totis. / Apenas tocaban tierra hacían «flap» y arrojaban tal cantidad de humo que te ponías a llorar…”, p. 43).
Con el “reconocimiento” de la autonomía de la isla, la euforia de los primeros pasos hacia la vida democrática (“Los disturbios acaban. Van a liberar a los presos. / Viene Makarios desde Atenas. / Va a haber independencia…”, p. 57), que coincide con el último verano del narrador en el Albergue Infantil y con los primeros destellos de su vida de adolescente (“…las señoritas se sientan y me explican que he crecido, no puedo quedarme más tiempo aquí…”, p. 70. “Nos lanzamos al mar gritando […] Nos gustaba que las chicas entraran al último y no perdíamos la oportunidad de mirarlas, hasta que el agua ocultaba sus piernas…”, p. 71), aparecen muy pronto las primeras nubes: “En la Navidad del sesenta y tres comenzaron de nuevo los disturbios. […] Todo comenzó el Nicosia, con el asesinato de una prostituta turca por una patrulla de policías…”, p. 75. Como epílogo, la emergencia de un  nuevo antagonista, la junta griega, que se sumó contra la frágil vida independiente de la isla.

 

 

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