Flotando “por miles de caminos hasta abrir la primera palabra” el poeta peruano Mario Pera nos invita a acompañarle en este viaje y sumergirse en su poema río.
Reynaldo Jiménez. La lengua de lo irremediable.
(Sobre Y habrá fuego cruzado cayendo a nuestro alrededor de Mario Pera, Amargord Ediciones, Madrid, 2016)
¿Qué cualidades ha de tener un “poema largo” para no perder la atención de sus lectores? Sobre los componentes y la estructura del poema de largo aliento de Mario Pera reflexiona el escritor peruano Reynaldo Jiménez.

Flotando “por miles de caminos hasta abrir la primera palabra” el poeta peruano Mario Pera nos invita a acompañarle en este viaje y sumergirse en su poema río.

Y habrá fuego cayendo a nuestro alrededor (fragmento)

Mario Pera

Principia lo cotidiano

un río inmundo viaja        

inamovible

toda la noche                viaja

entre el sol y las venas

de una región

que se repliega

las noticias, los gritos

toda su música se amplifica

martilla

desde el sonido de aquella única cuerda

del artero fantasma del niño que fui

que perdió la capacidad

de imitar el silencio

y flotar por miles de caminos

hasta abrir

la primera palabra

en mi voz

a través del cristal

las cenizas que rehúyen

rebotan sobre mis huesos

y el abismo

ese sucio río que habita el ojo

el inicio

no lejano

de la insurrección del cuerpo

llaga vacía en el bosque

aurora que los árboles cargan

en su espalda

como un ventarrón que

nos hala del cogote

y es huracán que abre el desánimo

en la lengua

y atraviesa la vida

la guerra

la algarabía

el ardor que puede verse

y de reojo

me atraviesa

haciendo/deshaciendo

el vientre lleno de cal

o el ángulo de la culpa

y la lealtad

que envenena a su manera

la carne

y agrieta la sed

que existe

que fue

incrustada                seca

pero que traspasa

las tardes

para siempre

en la boca

de mi familia

Mi casa fue un hogar de lagartijas

sus muros ardían y nadie caminaba seguro

yo observaba el pasado columpiándome

en la higuera que sembró mi padre para alimentar

a los parientes muertos que regresaban

a la sequedad de la fuente

a las ruinas que brotaban como falanges

detrás de la puerta

para regresar

él mismo

en un instante infinito

a la boca del árbol rugoso que nos vio nacer

cada 23 de diciembre

y que transformamos en

los barrotes de nuestra prisión

solo en la memoria

el hacha del tiempo perfora la razón

se propaga el miedo en los talones

en el sonido

de la lluvia y

por debajo de todo

―incluso de las sábanas―

el miedo

empaña los cristales de la casa

siempre

desde el centro

negra ola de un sudor

que carcome mi piel

y cronológicamente

retrocede

negra lluvia que danza

por un instante

en el pasado

canta                danza

hacia abajo

y es roca en el arco

la millonésima

ausencia de sol

en el planeta

y es vitral

que tuerce el camino

asignado

hasta prolongar su sombra

como otra manera

de sonreír

sin embargo

mi pequeño corazón me dice

que lo he logrado

y no exagera

porque nada sostiene mis huesos sino mi hambre

y la única lágrima que engendré

siempre tuvo que retroceder

a la espera de cruzar

el origen

el ritmo de los siglos

y la alegoría que deslumbra

la noticia:

se quema una hoja

de principio a fin

resbalo desde ella

sin trayectoria

ni tiempo

desaparezco

en la oquedad recién formada

y caigo

me derramo

en cada lugar

donde el mundo está

dentro

y fuera de mí

caigo

a deshora

como se desmorona una nube

hecha lluvia

sobre la tierra

Poesía

tierra en la tierra

llaga en la lengua

¿qué busco allí abajo?

más abajo

¿qué busco?

¿la materia?        ¿el origen?

¿qué nombre viene de ti con ese hálito asesino?

padre César

padre Adán

padre Westphalen

todos en el vacío del otro

en la humedad         del único grito

que late en su centro

sin embargo

el mismo barro imposible que se seca

como el hedor de un sol eterno

que cava su calor

apretado en mi frente

poesía

yeso quebrado

cera que se alarga

cuatro estaciones vienen lanzadas desde el cielo

sin lluvia

fuego en las raíces de la tierra

la eternidad

el canto

y

el eructo

en la panza del cuervo

como el frescor que nos hela

en el acantilado

de un último sueño

Poesía

ejercicio que no entiende

la lengua de los hombres

carne que se pierde

en el calor de otros días

y forma la necesidad

el grávido afán

de perderse conmigo

y guardarse con prisa en la noche

para fluir

como viejo cauce

engullido por la tierra

con miles de velocidades y piernas

que corren por las calles

y acequias

aceite que arde en los malecones

en las hojas de los árboles

y en la mano del hombre

que coge la sombra de la muchacha y baila

sin ropa

ni fracaso

sobre sí misma

y sus extremidades

sobre la estela

de un dardo clavado en la ingle

laberinto que no para de

crecer

¿cómo ser la gravedad

en el cero         y el veneno

en la punta de la flecha?

¿Cómo renunciar a ser

el sonido áspero que flamea

proféticamente

y finge levitar sobre la lluvia

para no ensuciarse

para construir

la huella de lo que nos es

desconocido?

Mario Pera, poeta y ensayista. Abogado por la Universidad de Lima y Diseñador gráfico por el IPAD (Perú). Fue coeditor de la editorial Magreb. Es colaborador cultural de la revista Prestigia y director de la revista web literaria Vallejo & Co. y de la editorial del mismo nombre. En 2013 obtuvo el Premio Ilustre Municipalidad de Cuenca en el Festival de la Lira (Ecuador). Ha publicado en poesía Preparaciones anatómicas (2009), Ruido Blanco (2011, 2015, 2016), The Most Natural Thing. New American Poetry (2015, junto a David Keplinger) e Y habrá fuego cayendo a nuestro alrededor (2018); los ensayos Fare l’America or learn to live in it? Italian immigration in Peru (2012) y Comunicaciones marcianas. Revista Amauta, a 90 años de la vanguardia peruana 1926-2016. Una muestra (en prensa, junto a Roger Santiváñez); así como las antologías Mirando sobre el heno. Muestra de poesía peruana reciente (2014) y De este lado del cielo. Nueva antología de la poesía peruana del siglo XX (en prensa).

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¿Qué cualidades ha de tener un «poema largo» para no perder la atención de sus lectores? Sobre los componentes y la estructura del poema de largo aliento de Mario Pera reflexiona el escritor peruano Reynaldo Jiménez. 

La lengua de lo irremediable
(Sobre Y habrá fuego cruzado cayendo a nuestro alrededor de Mario Pera, Amargord Ediciones, Madrid, 2016)

Reynaldo Jiménez

En el «poema largo», aun cuando permita ser leído de una sola sentada, el tiempo de sus arrastres promueve una deriva, solicita un lector capaz de ir mutando su colocación, e incluso ensayar la relectura de aquellos pasajes que su atención vaya captando. En el elemento duración se juega materialmente la alternancia del foco. El factor temporal sedimenta la emoción: sentimiento físico, inclusive, de lo que no sólo dura sino que se suspende en el tiempo. El poema-libro de Mario Pera, Y habrá fuego cayendo a nuestro alrededor, recientemente publicado por Amargord en Madrid, no sería la excepción y se presta a estimular ese desafío a la atención del lector, puesto que juega su materialidad, como no podría ser de otro modo, en aras de su resonancia por estratos.
Poema-libro de apocalíptico título, como cifra de profecía subyacente a la cultura, aunque atento, a su vez, a los reverberos del milagro-matiz: pues hay que seguir leyendo, acompañar el tránsito de esas ínfimas migraciones verbalescentes en que el sentido, dado el versus, deja de ser un capital acumulable y trasunta —transmuta— eclosiones figurativas. La delicadeza del acto, que involucra la conciencia del texto también como un efecto de edición, adquiere, en la entonación de Mario, un compromiso utópico con la belleza, sorprendida aquí con el tamiz de los arraigos: el soplo oscuro/ de la infancia. Surge el propio poema «pensándose» una vez más como recurso de suspensión de la identidad hablante, sin embargo, en frecuencia afectiva de onda que lo hace casi flotar contra el trasfondo de angustia en que rebota, en translectura, esta época sin épica: negro consuelo/ el fuego buscando el canto.

Una veta poética posible —gratos ecos de Westphalen, citado en el epígrafe, y quizá Sologuren— emparienta tonal e imagéticamente estas páginas, de la que se infiere un desarrollo formativo de herramientas, acaso una transferencia deseosa de gestos escriturales formantes, aunque casi de entrada se establezca la coordenada observante del sujeto singular en trance de otros apremios, entre los que no faltará la conectiva iluminación: sólo yo/ y el primer rocío de la mañana. Y es que este «poema largo» fluye y refluye a partir de un ensamble de pequeñas iluminaciones, aunque el cuerpo total se otorgue la libertad de continuar desplazándose como en pos de una armonía nunca del todo revelada: y el tiempo cortado en tiras/ sobre el origen/ para viajar por todas las épocas/ en el amplio jardín del alacrán.

El que contempla se construye una cavidad, persigue la resonancia. Mario Pera ha trazado en estas páginas una especie de recuento vital que implica también una revisión del repertorio de sus figuraciones, donde lo vivido se queda a escuchar sus reverberos. Es por ahí que el autor se deja atravesar, como quien derrite los barrotes de nuestra prisión/ solo en la memoria, persuadido de que el hacha del tiempo perfora la razón. Va cavando y adviene en su leve rareza, entre la gravedad y la gracia, y deja estela verbalescente mientras adquiere visos de balance personal a la par que se toma cierta distancia del ruido mundano, atendiendo en los elementos naturales no sólo la cualidad alegórica sino la experiencia hipersensible que de tal modo los afecta (caso contrario dicha cualidad no nos alcanzaría). Pero el toque claroscuro no podía estar ausente y un sustrato detonador se condensa al mismo tiempo que deviene: un río inmundo viaja/ inamovible/ toda la noche/ viaja/ entre el sol y las venas/ de una región/ que se repliega/ las noticias, los gritos/ toda su música se amplifica/ martilla/ desde el sonido de aquella única cuerda/ del artero fantasma del niño que fui.

Si por una parte la poesía para Mario Pera es yeso quebrado/ cera que se alarga, también es asumida como ejercicio que no entiende/ la lengua de los hombres/ carne que se pierde/ en el calor de otros días. El solitario solidario, otra vez. Y la posibilidad de nombrar lugares y acontecimientos desde una entonación que se prodiga meditante: la calma del trueno que dura/ persiste/ sin saber/ cómo dejar de ser el carbón/ que arde e ilumina la noche/ o el hollín que oculta/ la frontera. Y esto porque hierve la tarde en mi ojo de esclavo y de cuervo. Interesa sin embargo que en la suite de los motivos que el poema va recorriendo nunca se produzca disrupción con lo que Mario, lúcidamente, denomina la lengua de lo irremediable. Véase el pasaje completo en que aparece esta imagen-noción:

me sumerjo
en todo ello
como símbolo del cosmos
del acento del silencio
en la lengua de lo irremediable
en la huella de aquello
que no se debe de recordar
como un leve roce del sol
sobre la mejilla

            La cualidad afectiva lleva directo a la voz que es el matiz: hacer que el lenguaje crezca/ en la voz/ de modo distinto. Ello señala, pero no reduce la capacidad suscitativa de estas figuraciones que Mario ha puesto a danzar como quien atiende, sin subterfugios, los desplazamientos del decir. Una conciencia de la página subsiste aquí y constituye, ello, el núcleo de su conmoción, puesto que la voz utópica también es ucrónica, carece de tiempo fijo ante el despliegue de los nombres que son, aún, ahora, las cosas. Tal celebración del simple misterio no podía sino abrirse como un fruto verbalescente en el espacio/ del silencio.