Ibargoyen y Boccanera, ambos poetas del Cono Sur, de Uruguay y Argentina respectivamente, vivieron sus exilios en México. Ibargoyen tiene un pie en su país natal y el corazón en tierras mexicanas, pero sobre todo tiene una larguísima andadura en la escritura, en la poesía y la narrativa.

Saul Ibargoyen. Escribir en libertad, para la libertad

Jorge Boccanera

HOMENAJE A SAÚL IBARGOYEN

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El escritor uruguayo Saúl Ibargoyen, poeta, narrador, periodista, crítico literario, traductor y coordinador de numerosos talleres literarios, fue homenajeado en el Festival Internacional de Poesía Contemporánea San Cristóbal de Las Casas realizado en mayo pasado con casi una cincuentena de autores de 16 países. En dicho evento, dirigido por la poeta Chary Gumeta, fue desglosada la extensa obra del autor de Palabra por palabra –una de sus muchas compilaciones– marcada por una búsqueda estética en que lo formal va del brazo de una mirada lúcida e indoblegable sobre el acontecer social de nuestra América. Esa vasta producción ha sido elogiada por autores destacados como José Saramago (“En verdad, hoy no son muchos los escritores a quienes el ‘hombre real, interese tanto”, dijo sobre la novela Toda la Tierra) y Juan Gelman (se refirió a los textos de Basura y otros poemas como “versos sorprendentes y hondos” dentro de “un lenguaje de limpidez espléndida”). A continuación reproducimos el mensaje enviado por el poeta Jorge Boccanera al Festival de San Cristóbal de Las Casas y dos prólogos que escribió para poemarios de Ibargoyen.  

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Un luchador por la vida y la libertad 

Un poeta que amasó su obra con sueños y sangre. Un poeta que amasó su obra con indagaciones al fondo de lo humano, tal cual lo hicieran grandes poetas latinoamericanos, empezando por César Vallejo.

Eso significa Ibargoyen para mí, al que tanto le debo como los muchos que a través de los años han vivido junto a este maestro una amistad que destila sabiduría.

Este año cumple sesenta años de publicado su libro El otoño de piedra, que podría considerarse el primer título en el que cobra espesor su voz;  lo abro al azar como suelo hacer cuando quiero mitigar el sinsentido y contagiarme algo de tu vehemente sabiduría y un verso  que interroga “a quién debo mi sangre”, basta para devolverme la esperanza. Es el poeta que intuye que su voz es un modo de sentir, es furia, es amor y reclamo; en suma, es “sangre” que circula más allá de los sonidos y las palabras.  

Alguna vez escribí que uno de sus títulos, Poesía militante es la metáfora de un hacer consecuente del poeta que es a mi entender quien realiza la entrevista más a fondo a una realidad que contiene a la imaginación. Saúl interpela a la realidad en distintas exploraciones estéticas que bucean  en temas como el tiempo y lo efímero, la figura del padre, el tembladeral de una errancia continua, las ciudades caóticas y la humedad de un eros siempre a tientas sobre la página desnuda; pero por sobre todo la lucha por la dignidad, por la justicia.

Saludo en este merecido homenaje a un amigo, un autor y una obra que, desgajada en varios géneros -poesía, novela, cuento, testimonio, ensayo, crónica periodística y literatura infantil- se alza como una enciclopedia del desgarro; con su visión nada complaciente y preguntas que nos abisman en ese “barro confuso” que el poeta no deja de escarbar.

Las palabras que Ibargoyen recoge de un amasijo de tierra, hablan del despeñadero diario, pero también de una idea de comunidad basada en lazos solidarios, de reciprocidad y justicia.  Me uno fervientemente a este reconocimiento que ustedes le dispensan, al maestro y al “cuate”, y me sumo al abrazo plural que podemos dispensarle hoy como gratitud a tanta vida compartida.

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*“Mondo Cane”, la poesía exasperada de Ibargoyen 

Desde siempre la figura del perro amparó situaciones diversas: del desamparo (solo como un perro) al destino esquivo (la suerte perra); del que actúa sin miramiento (a cara de perro) hasta designar a la persona déspota o infiel (ser un perro, una perra), aunque también puede indicar nobleza o servidumbre: Agradecido como un perro, es uno de los títulos del poeta cubano Rafael Alcides.

El reverso áspero de toda quimera podría también referenciarse entre Mondo Cane -el documental realizado en1962 por el italiano Gualtiero Jacopetti– y el film de Alejandro González Amores perros del 2000. Ambos podrían llevar sin esfuerzo un epígrafe del poeta uruguayo  Saúl Ibargoyen tomado de su libro Bichario (1999) donde, con ironía –una de las marcas de su poesía- da una vuelta de tuerca a una locución popular y escribe con aire aforístico: “difícilmente pueda decirse/ que el lobo, es el hombre/ del lobo”.

Grito de perro, libro que Ibargoyen (su primera edición es de 2001), es bramido y aullido; hombre puesto a rugir y a gemir. En una babel donde los alfabetos han sido devastados y sobre sus ruinas flota la humareda del eufemismo, la palabra que se busca a sí misma lleva entre sus dientes hilachas de la muerte, rasca con sus garras el suelo y mete el hocico en la mugre; escarba en aquello que dejó de ser mundo (lo inmundo) para exhibir apenas jirones de comparsa. Desde los primeros versos, el autor da su poética: “Estas palabras así tan otras/ empiezan en un perro… la edad de cada muerte es medida/ por la velocidad de la sombra”.   

En Grito de perro -un libro que me imagino ilustrado con dibujos de Goya- coagula una ferocidad, una “animalidad humana” (uso palabras del poeta Rafael Courtoisie); el costado bárbaro de la vida, lo bestial que no encuentra palabra que lo abarque, como si solamente un ladrido pudiera nombrar al infortunio? En “Animales” escribe: “ellos dirán la pregunta/ que alguien tendrá que oír/ en el otro tiempo de mañana”. Ese lado perro de la vida que a ratos llega como un amasijo de sangre, huesos, ácidos, dientes, saliva, cáscaras, pelos y “grasas trituradas”, es desde hace ya mucho uno de los ejes de la poesía de Ibargoyen: las “acumulaciones totalizantes: el feísmo de la realidad, los sonidos discordantes del mundo; la angustia por la ausencia de un dios o frente a la injusticia”, en palabras del propio autor.

Sobresale aquí el trazo de una cosmología que es “interminable pudridero”, donde –según nos dice el crítico Wilfredo Penco- aparece “el afán de disección del poeta”, la transmutación de la materia y los diálogos de la herrumbre, pero además, y de manera especial, lo consubstancial: el danzante disolviéndose en los giros de su propia danza. La tendencia –sigue Ibargoyen- es “a la unicidad” dentro de una experiencia mística: “voy cabalgando en la historia y creo que la mística y la realidad no se oponen, son más bien complementarias”.

Como si el ser pudiera nombrarse a partir solamente de aquello que se descompone, fermenta, esta poesía se ubica entre el naufragio de Pablo Neruda y el miasma de Girondo; esos versos del chileno que al decir del crítico Amado Alonso: “están llenos de imágenes de deformación, desposesión y destrucción… imágenes en las que unos objetos se deforman y desintegran con procesos sólo existentes en otros”. De su parte, sobre el poeta argentino apunta el crítico Saúl Yurkievich, que: “acumula materias nauseabundas, todo lo rancio y lo pestífero, aglomera deshechos descompuestos”, y succionado por el vacío existencial da brazadas en un caldo pegajoso, una materia viscosa hecha de desperdicios y saliva sanguinolienta que emana de su propio cuerpo.    

Lo accesorio en tanto residual (el hombre víctima registrado hoy apenas como “daño colateral”), delata un tiempo en que lo humano ha sido relegado; así sus espacios de reciprocidad, sus lazos sociales, su opción colectiva de futuro. El poeta ha visto diluirse aquello unión que se insinuaba en sus primeros libros: “Podemos oír/ todos nuestros pasos/ juntándose/ como en la boca de un tambor/ los viejos dedos”. Ahora queda un estertor “mezclándose ya/ con un silencio de ceniza/ y de canciones vacías”.

Ahora Ibargoyen bucea en lo calcinado (donde se sobreimprimen Hiroshima, Vietnam, Irak), lo soterrado, para hallar vestigios de comunidad. Y halla rastros en esas correspondencias subterráneas, allí donde lo fragmentado se continúa, se hace uno con el universo, se religa en la instancia amorosa, el encuentro, el intercambio, la solidaridad, la memoria, la inventiva.

Son varios los textos que Ibargoyen le dedica al perro. En un poema muy anterior, “Perro solitario”, aparecía ya la figura del que “derrama su muerte” con versos de gran patetismo: “el hambre es un cuchillo/ que le raspa los huesos”. Pero hay que decir que ese animal distaba de este Grito de perro vociferante, por lo que cabría preguntarse en qué momento aquel perro que recibía sumiso señales del “sol destrozado”, se volvió rabioso, encrespado, feroz.

El universo de poeta uruguayo entre su primer libro El pájaro en el pantano (1954) y la antología Palabra por palabra (1977), se afirma en una cotidianidad serena aunque no exenta de interrogantes metafísicos (la vida como un “barro confuso”) y el reclamo social que será una de las marcas recurrentes de su profusa obra. En “La respuesta”, uno de sus textos iniciales, escribe: “Como discretas respuestas/ serán los días finales del que ama/ las cálidas abejas… discretos los últimos días/ como una pasión doméstica/ satisfecha con poco sudor/ a fin de semana”. Su lenguaje se mueve entre el elemento lírico, el fraseo coloquial y una leve tonalidad elegíaca. Su mirada un tanto contemplativa frente a un entorno donde se suceden el puerto, el otoño, el mar, la ciudad, los parques, la luna, etc, se prolonga a recuerdos de infancia. En esta primera etapa, Ibagoyen busca un medio tono reposado y la instancia reflexiva para dialogar tanto con la muerte como con aquello que tiene que ver con el júbilo.

Pero hay un momento en que esa poesía se crispa. Claro que acontece sin que el poeta deba trocar sus registros verbales, sus obsesiones y sus símbolos que se resignifican de libro a libro. Así, esa mirada propia, esa expresión que ya designaba un universo desmigajado, convulsiona en la fragmentación del exilio: duelo múltiple, existencia escindida y fractura, “desterradero de identidades” en palabras del psicólogo y escritor uruguayo Edmundo Gómez Mango, quien agrega: “el objeto perdido está vivo y a la vez muerto: es un muerto vivo, ausente y presente, íntima presencia que se nombra como ausencia”. Vale decir que esta poesía se exaspera en 1976, cuando luego de sufrir persecución y cárcel Ibargoyen es desterrado a México donde escribe El sonido del tiempo (1981), Erótica mía (1982), Historia de sombras (1083) y Basura y más poemas (1991) y Grito de perro (2001). Libros que, de alguna manera, trazan una línea divisoria entre una poesía que a ratos le cantaba a la “Belleza” que mitiga “las miserias del mundo” y otra que empieza a hablar de la “Basura”: “…hocicos de viejos perros/ totalmente entristecidos/ porque en ellos lo humano/ se perdió en el rápido vértigo/ de un ala reseca… tantas raíces despedazadas/ tantas banderas sin imagen/ sin aire liberado…”.

Justamente en el poema “Basura” la desesperanza denota pérdida del sí mismo, extravío: “Y tú que has venido/ a dar testimonio/ ya no eres/ lo que eres/ porque tampoco serás/ lo que serás”; versos que se articulan al poema “Animales” de Grito de perro: “¿habrá de preguntarme por qué/ él también debe abrazarse a estas palabras/ y luego entre nadies y desnadies/ desasido y despeinado/ animalmente tan solo/ nada más morir? En el libro que aquí comentamos, el hombre tiene sombra y esqueleto de perro.

Poesía de imágenes rotundas y viscerales –sobre todo en la cuerda del erotismo y la indagación metafísica-, de un ritmo que avanza con versos cortos que repican y martillan a fuerza de la enumeración, de una ironía impiadosa, de búsquedas expresivas que van de a oralidad expansiva al aforismo, del pasaje narrativo al epigrama. Y que si por un lado da una voz de alerta en medio de la catástrofe, relativizando incluso el lenguaje (“Mis palabras huelen/ a basura mordida/ por tensos zopilotes”), lo apocalíptico cede ante una vitalidad regada con sangre en la convicción de que bajo la “mosca destripada/ la implacable primavera/ empieza a burbujear” y aún bajo el polvo: “daremos fundamento” a las letras y los signos “por los rumbos que terminan/ y respiran en el mar”.  

*Prólogo a Grito de perro.

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*Ibargoyen: Una escritura vibrante por la libertad

El enunciado no por repetido menos certero de que la poesía es una manera de vivir, se cumple a cabalidad en el uruguayo Saúl Ibargoyen, cuya extensa obra se da en simultáneo con su entrega a una idea de comunidad que ha mantenido con tenacidad y coherencia, sin bajar los brazos ni siquiera en los momentos más críticos de su vida.

Su poesía es una exploración constante, desde ángulos diversos, a “los incontables universos de cada día”; esa realidad que no deja por fuera los sueños. Su desbordada imaginación abre así un abanico de obsesiones que ausculta con minucia: el tiempo, los viajes, un eros siempre a tientas sobre la página desnuda, el rostro caótico de la ciudad y, esencialmente, la lucha por la dignidad.

Es en este último escalón -la búsqueda de un sí mismo que incluye a los “demás”- desde donde se alza esta voz que reclama con urgencia: “Antes que los huesos se nos vuelvan sombra”; y exige una atención expresa sobre la conflictividad social que sólo apreciamos tras los ventanales sucios del eufemismo que ha naturalizado el aniquilamiento de la población en diversas partes del planeta. Quizá no falte mucho para que un sofista del riñón del imperio afirme que el suicidio, como especie, forma parte de los “daños colaterales”. En esa cuerda de conciencia crítica que viene de Darío y Martí, y en la que posteriormente destacarían entre otros muchos poetas latinoamericanos: Raúl González Tuñón,  Ernesto Cardenal, Elvio Romero, Efraín Huerta y Roque Dalton, se instala gran parte de la producción de Ibargoyen. Una labor realizada sin claudicaciones, una entrega total, “palabra por palabra” como ha titulado a una de sus varias compilaciones, que corrobora con un dato no menor: ese “paso a paso” cumplió más de seis décadas desde su primer título de publicado; en las que el poeta aparece desdoblado en el narrador, el periodista, el conferencista, el traductor, el crítico, el compilador de literatura latinoamericana y el maestro de las nuevas generaciones.

Respecto a los contenidos y núcleos temáticos de su obra que martillan sobre la justicia, quizá no esté de más señalar que en el prólogo a una de las reediciones de Palabra por palabra ya señalaba su autor que: “la poesía de Uruguay –como la extensión mayoritaria de la poesía del continente- ha estado en relación certera, desde su nacimiento en cuanto palabra organizada, con el movimiento general de la vida y de la historia”, lo que para nada indica una escritura subordinada, en disponibilidad de servicio o mensaje. Agrega en aquel texto Ibargoyen de modo concluyente: “nunca resignamos la especificidad de la tarea poética”. 

Poesía Militante es apenas una muestra de ese clamor que suma un tópico en esa misma dirección; el del desterrado, una experiencia profunda y dolorosa del exilio; de hecho uno de sus títulos con reediciones aumentadas lleva precisamente el nombre de Exilios. Una vez más el fora/ejido nombrado por primera vez en castellano por el Cid Campeador cuando nos cuenta apesadumbrado: “salí de mi tierra”. Es así que desde el mismo título de la antología el poeta plantea, más que el resurgimiento de una estéril polémica entre una supuesta “poesía social” y otra de corte “hermética” (rótulos que por lo demás, se quedan en la cáscara del asunto), un modo de reafirmar una vertiente poética afincada en la fraternidad y en la perseverancia. Con un tono que oscila entre el desconcierto y la advertencia, nos dice: “Parece que no hubiera/ un sitio en la tierra”.

Podría tomarse uno de sus poemas emblemáticos, “Patria perdida”, incluido en esta compilación y que dio título a uno de sus libros iniciales editado en Montevideo en los ’70, como emblemático de esa alfombra del vacío que pisa el expulsado. Escribe el poeta: “Ya no puedo volver/ ¿Cuál es mi patria?…  A través de todo hice camino… Perdida está mi patria:/ Destrozados su fresca latitud/ De amplias raíces/ Y su prólogo de sueño/ Que aún se niega/ A la ofensa brutal/ De las mentiras… ¿Dónde está mi patria?/ No puedo ya volver:/ Está conmigo”.

Entre los autores neohumanistas que reivindican el gesto  solidario, el trabajo y la reciprocidad, reconocemos en la palabra de Ibargoyen algunos compañeros de ruta; desde ya los poetas mencionados anteriormente, pero también Nazim Hikmet, Vladimir Maiakovsky, Paul Eluard, Bertolt Brech, Miguel Hernández (Ibargoyen titula uno de sus libros Viento del mundo) y por supuesto César Vallejo, quien estampó el sentido de las labores cooperantes en esta línea: “Se debe todo a todos” -como si dialogara con el peruano, dice Ibargoyen: “Debo salir a buscar entre nosotros/ El alimento que todos necesitan”.

Pero será especialmente el Neruda de los años ’50, con su libro Canto General que establece una parteaguas en la épica de América Latina, quien dejará una marca rastreable en el poeta uruguayo, quien le dedicará texto: “A Pablo Neruda en la luz”, con versos que reconocen en el vate chileno a un “compañero” -una de las acepciones de la palabra reenvía a: “los que comparten el mismo pan”-. Con cercanía de diálogo, escribe: “Dijiste tanto de los tantos otros”.

Justamente Neruda, poeta y senador comunista perseguido en Chile por el gobierno de Gabriel González Videla a fines de los ‘40, dio los toques finales de Canto General en la clandestinidad, poco antes de huir prófugo de su tierra. Algo similar le ocurre a Ibargoyen cuando publica Patria perdida en Montevideo en 1973, año del surgimiento de la dictadura cívico militar en Uruguay que se prolongará hasta 1985. La militancia política del poeta lo llevó a sufrir persecución y cárcel. Tras recobrar la libertad, logra asilarse en la embajada de México por varios meses, hasta que marcha en calidad de refugiado político a México, donde iniciará un largo exilio.

Como quedó dicho, Poesía militante está atravesado por el gesto de la solidaridad, ese estado de vecindad alimentado por una acción aglutinante que es reciprocidad y diálogo, trabajo y creatividad dinamizando una mejor convivencia de los hombres en sus proyectos diversos; una solidaridad movilizadora, con contenidos políticos, consciente de su potencialidad que es intercambio en tanto es retroalimentación y relación entre iguales. Muchos versos de Ibargoyen llevan ese espíritu: “Escribo así y aquí para simplemente tozudamente/ Respirar en la memoria de algunos otros”; y en esos “otros”, uno de sus textos recuerda a los “héroes y mártires de la clase obrera uruguaya; los camaradas: “Cae la tierra/ En lentas repetidas densas gotas/ De tierra negra suciamente oscura./ Así cae la tierra/ Para beber deshacer devorar enterrar/ La sangre respirada de los compañeros”.

La actualidad de los textos de Poesía Militante, compilación que incluyen poemas iniciales del autor hasta textos escritos en 2014, está descontada en el accionar de un poder que en su voracidad por ocupar y saquear, no ha variado sus modos de expoliar, reprimir y expandirse. Su autor, deja constancia de ellos en sus textos que aluden a “los sucios mercaderes” y “las viejas guerras”, “ancianas degollinas… matazones entre un barro/ De lombrices profundas”, para abismar al lector en remates que, bajo la forma de una pregunta dirigida a un corresponsal de guerra, amplifica el tema de manera rotunda: “¿Qué sangre encontrarás que sea /solamente la tuya?”.

Destaca en esta compilación una de las marcas características de la expresión poética que Ibargoyen: la acumulación de materias en permanente estado de transmutación, fragmentación, degradación, que en libros anteriores aparecía como secuencias de un proceso a veces de aniquilamiento, a veces como algo que se transfigura. Y que en todo caso admite varias lecturas. Una: la del cambio constante; otra: la de un amasijo de sangre, huesos, ácidos, dientes, saliva, cáscaras, pelos que giran en el gran volquete de la máquina trituradora, o sea: el poder.  También el poeta argentino Oliverio Girondo manipulaba, al decir de su compatriota el crítico Saúl Yurkievich, estos diálogos de la herrumbre: estas “materias nauseabundas, todo lo rancio y lo pestífero”. El poeta “aglomera deshechos descompuestos”, y succionado por el vacío existencial da brazadas en un una materia viscosa hecha de desperdicios y saliva sanguinolienta que emana de su propio cuerpo.

Las escenas de Ibargoyen de indudable peso visual (en alguna entrevista señaló: “Yo pienso por imágenes, por colores sonoros!), amplifican esta desintegración y van de lo individual a lo colectivo: “Pustulencias sobre pustulencias/ Fragores de mugre sobre tripas inmundas/ Coágulos podridos sobre oxígeno muerto/ Cobijas y sábanas para cuerpos disueltos…Todo se desvanecerá como aullido de caballo/ Que lame su vejiga despojada”.

Y en la contracara de la desesperanza, el anhelo. La confianza en esa utopía que motoriza y dinamiza la vida de los hombres y que Ibargoyen estampa en su antología en pasajes como el que dedica al Che Guevara, donde remata: “Qué haríamos/ Sin esta muerte inmortal/ De cada día”.

Imágenes a un tiempo fulgurantes y tremebundas que barren los campos minados de la realidad y la metafísica –escribe el poeta: “El hedor de los dioses cubre el tiempo”- en palabras de un gran poeta latinoamericano, un hombre íntegro y tenaz en sus ideales que carga sobre sus hombros “una bandera de polvo” y se dice –nos dice- que pese a todo, contra todo, “de algún modo sangriento/ Tendremos que cantar”.

*Prólogo antología Poesía Militante. 1958-2014)