Poemas inéditos

LXXXII – In extremis ignoti partibus orbis
(Tristia, Publio Ovidio Nasón)

Aquí he tenido que aprender
a caminar bajo el agua,

a convivir con los lentos animales pálidos
de la hondura, a compartir
su ceguera prehistórica.

Los recuerdos pasan allá arriba, sobre mi cabeza,
remotos
como barcos en la noche,

y aquí abajo todo vocablo es una piedra
lanzada en las circunstancias infinitas
del fondo de un naufragio.

Hablo a solas para no olvidar mi lengua:

habito el último borde
del orbe,

tierra de mi tierra remota.

(Perteneciente al libro Nuevas cartas náuticas. Valencia: Pre-Textos, 2022).

 

Cadmo

Ya sé qué hacer.
A veces sólo basta una piedra.
Una piedra bien lanzada,
en el momento preciso, con
la fuerza justa. Tócala:
es rabia compacta, madrugada
que se adensa y cabe en la mano.
Con ella puedes desencajar
una mandíbula, quebrar una cabeza.
Después de todo, una cabeza es un fruto inútil.
Esto fue lo primero que aprendí
en la academia, cuando todavía era un cadete.
Todos los frutos tienen algo
que ofrecernos. Su carne es astuta:
nos nutre, ofrece su peso dulce a la lengua,
sabe seducirnos. Pero no la cabeza. No puedes
alimentarte de una cabeza. No puedes sembrar
una cabeza. Y los pensamientos que hay en ella
son semillas ásperas, solamente sirven
para perturbar el orden. Si intentas masticar
un pensamiento, te romperás las muelas.
Entonces, mejor reventarla con una
piedra. Hacer saltar la sangre como
un conejo asustado. Sostén la piedra.
Sopésala. Pasa tus dedos por su borde
andrajoso: es dentada la piedra, puro diente.
Es el colmillo sin remordimiento de la tierra.
Está erizada, tiene hambre. Con ella puedes
quebrar un fémur, una espalda. Ensillar
la muerte a una nuca. Me están buscando
para matarme. Me están buscando por todas
partes, desde hace días, desde que
falló el golpe. Y los otros generales
no saben en quién confiar, le temen
a las sombras de los árboles, al
sabor de los frutos. Puedo oler desde
aquí su miedo ácido, puedo escucharles
el pulso de presa esquinada. Bastará
que lance la piedra entre ellos.
Sólo eso. Y esperar.
Una piedra es la infancia del sol.
Incandescente. Y no saben
que ahora mismo tengo una
en la mano.

(Perteneciente al volumen inédito El libro de las transformaciones,

proyecto en conjunto con Elisa Díaz Castelo. De próxima publicación en Pre-Textos).

 

VI
(Historia natural del escombro: huesos)

Al rato los golpes dejan de doler porque
caen en el mismo lugar, uno y otro, uno
y otro, solamente suenan, pam pam pam
pam, como cuando alguien corta leña en el
bosque, alguien que uno no conoce, alguien
que no le dice su nombre a los árboles antes
de cortarlos. Pam pam pam pam: el puño en
la barriga, hundiéndose con ganas, la correa
contra la espalda, la bofetada a contramano, el
hilo de sangre caminándome sonámbulo
por la frente. A mí y a mis hermanos, casi
todos los días, cada vez que algo le molesta,
cada vez que está de mal humor. A veces saca
el revólver y dispara contra la pared, contra
el techo, para que nos callemos, para que lo
dejemos dormir en paz. Entonces salimos
al porche y jugamos con las herramientas
oxidadas, armamos muñecos con las palas
y los martillos, cazamos ratas con las hoces
porque los conejos son demasiado rápidos
y papá no nos deja probar con su pistola.
Somos ocho, nos arreglamos como podemos,
una vez hasta hicimos un trineo con una
puerta vieja. Papá nos llamó idiotas: aquí
nunca cae nieve. Cuando me aburro voy
al corral que está en el patio trasero y hablo
con los cerdos que tenemos allí. Les cuento
historias, les digo qué quiero ser cuando
crezca, cuando me vaya a vivir a la ciudad.
Papá cree que estoy loco, creo que por eso me
pega más que a mis hermanos. Pam pam pam
pam. Un día se le fue la mano y así terminé
aquí. Me caí al piso pero no lo sentí. Dejé de
respirar pero no me di cuenta sino al rato; a
veces uno pierde costumbres de toda la vida
de las maneras más raras. Tenía los ojos
cerrados y aún así sabía que papá estaba
caminando nervioso a mi alrededor. Poco
después me cargó hasta el patio y me echó
aquí, en el corral. Al rato los cerdos empezaron
a morderme. Quería decirles que pararan, pero
la verdad no me dolía. Y bueno, papá casi
nunca les da de comer. Cuando ya no quedaba
carne, se comieron también los huesos.
Dejaron algunos para que pudiera seguir
haciéndoles compañía, contándoles historias
para que no se aburran en el calor y el lodo.
Cuando uno se muere, aprende un montón
de palabras nuevas. De pronto conoce cuentos
que nunca había escuchado. Son relatos que
vienen de lejos, como el pam pam pam pam
de los golpes sobre la corteza de la piel, de muy
lejos, de lugares donde ni siquiera papá ha
estado, de gente que nadie de por aquí
ha conocido. Uno también aprende a escuchar
mejor cuando está muerto, cuando ya ni
siquiera tiene orejas. Así fue como oí cuando
papá salió en las noticias de la tele: efectivos
del departamento de policía de Kansas
City acudieron a finales del mes de noviembre
al domicilio de Michael A. Jones, de 44 años de
edad; la policía había recibido quejas
por parte de los vecinos: disparos sonaban a menudo
provenientes de la casa de Jones; al parecer, éste
golpeaba a su esposa y a sus hijos, uno de los
cuales sigue desaparecido. Al poco tiempo
llegaron varios hombres uniformados y
registraron la casa de arriba a abajo. Tardaron
en revisar el corral. No me gustó que lo hicieran,
molestaron a mis cerdos, que no tenían la culpa
de nada: chillaron cuando desenterraron mis huesos.
¿Quién les iba a contar historias ahora? ¿Quien les
iba a hablar de las cosas que nunca verían? No
se preocupen, les dije, mientras me metían en unas
bolsitas plásticas, sean pacientes, yo vuelvo pronto

 


Adalber Salas Hernández: Caracas, 1987. Entre otros, autor de los libros de poesía Salvoconducto (XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita; Valencia, Pre-Textos, 2015; traducido al alemán por Geraldine Gutiérrez-Wienken y Marcus Roloff como Aus dem Kopf durch die Nacht y publicado por Parasitenpresse en 2021), La ciencia de las despedidas (Valencia, Pre-Textos, 2018; traducido al inglés por Robin Myers como The Science of Departures, publicado por Kenning Editions en 2021 y finalista del National Translation Award in Poetry) y Nuevas cartas náuticas (Valencia, Pre-Textos, 2022), así como los volúmenes de prosa Clarice Lispector: el lugar de la poesía (Santiago de Chile, Ril Editores, 2019), 23 shots (Caracas, Dcir Ediciones, 2021) y Palabras sin dueño. Variaciones sobre la traducción literaria (Ciudad de México, Dirección de Literatura UNAM / Periódico de Poesía, 2019). Entre otras, ha publicado traducciones de Marguerite Duras, Antonin Artaud, Charles Wright, Mário de Andrade, Hart Crane, Pascal Quignard, Mark Strand, Lorna Goodison, Louise Glück, Yusef Komunyakaa, Anne Boyer, Nicholas Laughlin, Shara McCallum, Jamaica Kincaid, Frankétienne, Safiya Sinclair y Patrick Chamoiseau. Su trabajo poético ha sido reunido en las antologías Ai margini di un mondo sconosciuto (Roma, Edizioni Fili d’Aquilone, 2018; traducción de Alessio Brandolini) y De ningún viaje se vuelve (Guadalajara, Mantis Editores, 2019). Tiene un doctorado de la New York University.