1. Ante lo imposible, la melancolía crece en uno. Como decían los antiguos, lo imposible ennegrece el hígado. Desde la atroz agresión de Estados Unidos contra Irán, yo también regreso cada día a recuerdos de un pasado remoto y pienso en palabras que quizá llevaban años guardadas en mi memoria, pero que nunca habían llegado a cobrar vida.
Recuerdo un día de primavera. Caminaba por un jardín con aquel anciano que tenía fe en la poesía. Me preguntó:
—Cuando miras esta flor, ¿qué ves?
No supe qué responder. Dije:
—Estupor. El asombro ante la belleza.
Se rio y preguntó:
—¿Y cómo llegas a ese estupor?
No lo sabía.
Se apoyó en un árbol cercano y dijo:
—Aquí no hay nada. Ni estupor, ni siquiera flor, mientras no te detengas y no tomen forma en ti la atención y la relación. El primer paso para que esta flor llegue a ser flor es que tú te detengas; después viene la atención y, finalmente, la creación de un vínculo, de una relación.
Después del genocidio en Gaza —una matanza que llegó a nuestras casas en 4K— podemos detenernos precisamente en esos tres elementos: pausa, atención y relación, y preguntarnos: ¿vemos realmente, ustedes y yo, la matanza? ¿Qué explica la inacción del mundo ante una catástrofe que, cuando menos, debería llevarnos al umbral del estupor?
Tal vez, en una época dominada por la velocidad, hemos perdido la capacidad de detenernos.
2. Hace siete siglos, Rumi contó la historia de un campesino pobre que supo que el rey llegaría a su región. El hombre quería llevarle un regalo especial. Durante días recorrió los desiertos de los alrededores hasta que, finalmente, llegó a un manantial remoto, abandonado y singular. Recogió allí un poco de agua y emprendió el camino hacia las tiendas y los pabellones del rey.
Pidió permiso para entrar y le ofreció el agua como regalo.
A cambio, el rey le entregó varias bolsas de oro.
El visir, que había presenciado la escena, le preguntó:
—El agua no cuesta nada. ¿Por qué le has dado tantas monedas?
El rey respondió:
—Ese campesino me entregó todo su haber. Si yo hubiera querido ser justo y responder en proporción, en verdadera relación con lo que él me había dado, habría tenido que entregarle todo mi reino para corresponderle.
Siempre podemos detenernos ante esta historia y preguntarnos: ¿hasta qué punto entendemos —yo, nosotros— el sentido de la proporción y de la relación? ¿Nos parecemos al visir, que construye su balanza con el afán de comodidad, el resultado y el precio? ¿O al rey, que sale del terreno de la comparación y mira el camino recorrido, la dificultad atravesada y la medida de las fuerzas y posibilidades de cada ser humano?
Tal vez, en una época en la que incluso los logros llevan una etiqueta con su precio, hemos perdido la capacidad de ver los caminos recorridos, los límites y las posibilidades del cuerpo humano.
La comparación ha contaminado incluso nuestra sangre.
3. Ante estas preguntas es posible detenerse de muchas maneras. A mí, desde el corazón mismo de estas preguntas, se me impone la catástrofe del crecimiento y la consolidación del poder de la derecha global.
La incapacidad de detenernos y prestar atención, una sangre impregnada de comparación y el olvido de la importancia del cuerpo humano nos arrebatan la posibilidad de crear horizontes, de comprender la relación y de alcanzar el asombro.
Poco a poco nos volvemos insensibles no solo ante las imágenes y los objetos, sino también ante las palabras.
Me pregunto: ¿qué dimensiones tiene, en verdad, la palabra «flor»?
¿Y la palabra «genocidio»?
Una parte de ser poeta reside precisamente en nuestra capacidad de detenernos ante las dimensiones de una palabra.
4. Después de doscientos números, decidimos vestir la revista con ropas nuevas. Por una parte, queremos hacer más accesible la historia de *La Otra*; por otra, ensanchar sus horizontes.
En este número, por ejemplo, presentamos algunos ejercicios y muestras de experimentación con la literatura digital: un laboratorio de poesía visual y una broma, un juego con la cuestión del destino.
Ambas experiencias se detienen ante textos publicados en la revista y nos proponen otra manera de situarnos frente a ellos. Una mira la corporeidad de la palabra; la otra, su destino.
En cada número procuraremos ahondar en estas experiencias y ejercicios.
Pero esta nueva etapa de la revista comienza así: poniendo la casa en orden y vistiendo *La Otra* con ropas nuevas.
Mohsen Emadi, México