Cuando José Landa me invitó a presentar su libro, le dije que con mucho gusto. Conozco a Pepe desde hace veintidós años. Somos compañeros de generación y en la juventud coincidimos muchas veces en la agitada vida literaria que por ese tiempo se llevaba a cabo en la Ciudad de México, específicamente en la Casa del Poeta, hoy caída en desgracia, pero en aquel tiempo, los jóvenes poetas de distintos estados del país solían ser convocados para presentarse en sus salones. También eran los tiempos del gran impulso descentralizador de la cultura por lo que los escritores de esos años logramos conocernos a pesar de las distancias y regiones. Desde Tijuana hasta Campeche, los poetas de aquellos años nos leíamos con avidez y tarde o temprano, gracias a encuentros patrocinados por el Estado, coincidíamos. El programa Tierra Adentro, inspiración de Víctor Sandoval y coordinado por el poeta Juan Domingo Argüelles y después por Enrique Romo, se encargó de llevar a cabo ese milagro. Una época de esplendor que hoy luce como un paraíso perdido. En aquel tiempo, los que éramos jóvenes poetas formábamos especies de cardúmenes gozosos asolando a la poesía, intentando cazarla en el poema. Por ese breve, pero intensísimo tiempo, los caminos confluyeron en la amistad, el encuentro, o el desencuentro, pero siempre en la conversación. Así lo testifican, por ejemplo, las dedicatorias de uno de los libros que forman No pido compasión para mis quejas. Reunión poética de los libros publicados por Landa en un arco de treinta años, es decir casi toda una vida literaria. Releer algunos de sus primeros títulos me ha dado la impresión de una fresca novedad, como si nunca los hubiese leído. El paso de los años, o la degradación paulatina de la memoria nos hace esos regalos inesperados de modo que sumergirme en este libro ha sido una aventura, un advenimiento parecido al que lo que lectores que desconocen su obra encontrarán entre sus páginas, un testimonio vital pero también literario y es que si admitimos que hay razas o especies de poetas, tendríamos que decir que Landa pertenece a una rara especie de autor que combina con igual maestría la pasión vital con las preocupación librescas o literarias o meta poéticas: una combinación anómala en la que con naturalidad transita de la referencia literaria a la más inmediata observación de lo contingente. La reflexión del propio poema mirándose en medio del caos, la transición entre vida y el ojo crítico de la misma materia que explora, crea transiciones tan inesperadas como afortunadas. El resultado es siempre sorprendente porque en esta síntesis su potencia imaginativa logra la creación no solo de un lenguaje propio, sino de experiencias intelectuales sensibles refractarias a los culteranismos estériles. Pero me he ido muy lejos ¿de qué trata esta obra reunida? Esa es la pregunta que los autores no pueden saber sino cuando han recorrido el largo y a veces sinuoso camino de la escritura a lo largo de décadas, cuando el tiempo ha pasado y uno descubre lo que hizo, lo que hubiera querido hacer, lo que sucedió: es entonces cuando se revela el verdadero sentido de la obra. Porque la escritura es una forma de descubrimiento y de creación del mismo camino que explora, como lo señala el mismo poeta en sus poemas continuamente. Ante lo ignoto, Landa creó pequeños monumentos de sentido que con el paso del tiempo han cobrado la altura que el sol en pleno mediodía no nos permitía ver. La inevitable reflexión del tiempo perdido, de la infancia, de la familia aparecen en estos poemas con lucidez y fuerza, así como la amargura del descubrimiento del paso del tiempo, la soledad del camino una vez transcurrida la juventud, y hasta la pérdida de la memoria misma. ¿Quiénes somos, entonces, si somos incapaces de recordar con nitidez quiénes fuimos? parece preguntarse el poeta, en el libro “Aunque murmure el frío”, publicado en 2019 poco antes de la llegada de la pandemia. Años después publicará un libro de magia y de conjuros lumínicos para religar al mundo que años antes parecía ser solamente un amargo descubrimiento. El último libro “El telar del infinito” es la celebración de las cosas, una vez ordenado el mundo tras la catástrofe. Un libro luminoso, sereno y profundo. Una resignación, en el sentido literal: un re-significación capaz de convertir al mango en cuerpo y a la mesa de madera en ataúd sonriente.
El lector que se aventure en este largo viaje encontrará las contingencias de la vida exploradas libro tras libro, pero también las preocupaciones intelectuales y los ambiciosos empeños de un poeta que lo mismo explora apasionadamente a Santa Teresa que asola una ciudad imaginaria que bien puede ser la Ciudad de México o Tijuana, libros y poemas que a su vez crean nuevas formas plásticas para extender el universo textual y sensible de la poesía. Ante todo, encontrará la biografía vital e intelectual del autor más prolífico de mi generación y probablemente de varias generaciones de poetas mexicanos. Porque para José Landa el mundo, el minuto, el mango, en fin, todas las cosas que pueblan el universo son materia del poema. Cuando uno lo lee tiene la sensación de estar ante una fuerza arrebatada, una voluntad de decirlo todo y si no se puede, crearlo. Lo notable, sin embargo, no es solo la extensión de su escritura, el despliegue verbal, sino el rigor, y la feliz hechura de cada una de sus aventuras poéticas, porque eso son, aventuras. Nada hay antes de estos poemas, sino silencio estruendoso esperando a que el poeta cree sobre él un universo más de significación. Y es que, a Landa, las musas decidieron hablarle al oído, dictarle incesantemente sus revelaciones a lo largo de toda su vida. No, nuestro poeta no es un advenedizo, ni un diletante, tampoco un voluntarioso, es literalmente un poeta asediado por la poesía, por sus imagines, sus sueños y desvelos. Es más, casi diría sometido por ella. Esto, sin embargo, no debe entenderse a la manera de un arrebato whitmaniano, sino como un sosegado pero continuo uso de la voz: la desmesurada empresa que a lo largo de los años le permitió, como a Teseo, no perder el hilo y ser comido por el olvido y la fatuidad como suele ocurrirles a muchos poetas con el paso del tiempo, y le posibilitó ahondar en su materia para construir una obra intensa, rigurosa, y honda, entre lo mejor de la poesía mexicana.
Estamos pues ante una vida y un don, ante un regalo y ¿no es ese el sentido más puro de la obra de arte? Estoy segura que esta obra y las que vendrán de la mano, el corazón y la sapiencia de José Landa, seguirán hablando muchos, muchos años por venir y alimentarán futuras generaciones de poetas que, como nosotros lo hicimos, se arremolinarán como cardúmenes hambrientos ante el festín de la poesía.

* Texto leído durante la presentación del libro No pido compasión para mis quejas –Reunión poética 1993-2023, en la Feria del Libro de la UACM, el 21 de agosto de 2026.

 

 

María Rivera (Ciudad de México, 1 de junio de 1971) es autora de los libros Traslación de dominio (Conaculta/Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2000), Hay batallas (Joaquín Mortiz, México, 2005) y Rota (Edau, México, 2007). Ha ganado los premios Bellas Artes de Poesía Aguascalientes (2005) y Nacional de Poesía Joven Elías Nandino (2000). Ha sido becaria del Centro Mexicano de Escritores, del FONCA-JC y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA). Su obra ha sido traducida al inglés y aparece en numerosas antologías de poesía.