Con “Desentierra el amanecer”, publicado por la editorial La Rumeur Libre en Francia, Michel Cassir no ofrece una simple antología, sino que compone una vasta geografía textual donde se entrecruzan la memoria, la historia y las lenguas.
Desde las primeras páginas, el lector se ve arrastrado por una escritura nómada, que atraviesa continentes, voces y épocas. La pluma parece hurgar en los estratos de la tierra en busca de una claridad enterrada bajo las ruinas de las guerras, el estruendo contemporáneo y los desastres de nuestro tiempo.

Es difícil comprender plenamente este horizonte sin detenerse en la trayectoria de su autor. Michel Cassir pertenece a esa rara categoría de poetas que no pueden reducirse a un solo origen. Francés de origen libanés nacido en Egipto, ha tejido a lo largo de las décadas un vínculo profundo con los imaginarios de América Latina. Esta pluralidad no aparece como un mero telón de fondo cultural: constituye la materia misma de su creación. Cassir escribe desde una zona de paso permanente, desde fronteras abiertas a múltiples memorias y múltiples visiones de la existencia.
Por eso, “Desentierra el amanecer” se lee menos como una yuxtaposición de textos que como las etapas de una misma travesía interior. Los poemas, a pesar de su diversidad formal, hacen parte de un movimiento común. Entre desiertos y océanos, ciudades lejanas y figuras desaparecidas, recuerdos personales y heridas colectivas, se afirma una búsqueda obstinada de sentido en medio de las fracturas.

El título mismo alude a un acto casi imposible: desenterrar el amanecer. La ambición es inmensa. La luz naciente no es un simple momento del día; es una fuerza de resistencia que se opone a la oscuridad. Esta dimensión ética se impone desde el inicio de la obra.
La dedicatoria a Farah y Fátima, dos niñas asesinadas durante los bombardeos en Beirut en 2024, le confiere al libro una gravedad particular. La pregunta que plantea el poeta —«¿Qué puede hacer la poesía, vana y sublime ante la violencia despiadada?»— resuena de principio a fin de la obra, sin caer nunca en el eslogan o en el discurso militante.
En los textos dedicados a la guerra, Cassir se mantiene alejado de la retórica de los bandos y de las certezas ideológicas. La serie titulada “Esto no es la guerra” aborda la fascinación de las sociedades por las armas, las mitologías heroicas y los espejismos de la victoria. El enemigo ya no es una figura claramente identificable, sino una imagen tóxica que prolifera en las conciencias. Uno de los grandes méritos de estos textos es sustituir el léxico militar por un lenguaje de la duda y la reflexión. El poeta hace un llamado a huir de las lógicas del odio antes de que se arraiguen, recuperando así la función primordial de la poesía: defender lo humano contra los mecanismos que lo aplastan.
Pero la guerra es solo una de las caras de la violencia. Cassir también apunta a las formas contemporáneas de dominación que se ocultan tras los discursos mediáticos, económicos o tecnológicos. Sus poemas nos muestran un mundo en el que la frontera entre lo real y su representación se asfixia, donde las propias palabras se convierten en un campo de batalla. Desde esta perspectiva, la escritura se convierte en la herramienta para recuperar la mirada crítica.

El viaje constituye el otro eje principal de la obra. Los conjuntos dedicados a Chile, México, Dax o incluso al agua nunca se asemejan a un diario de viaje turístico. Buscan captar el alma de los lugares más que describir su superficie. Las ciudades, las montañas, los desiertos o las islas se elevan al rango de verdaderos personajes, portadores de un imaginario propio. Santiago, Oaxaca, Atacama, Calama o los horizontes marinos actúan como espejos en los que se reflejan las inquietudes del autor. Viajar no significa simplemente desplazarse en el espacio: cada territorio constituye una experiencia espiritual y cognitiva que obliga al sujeto a reconsiderar su relación con el mundo. Así, las escenas de viaje se entremezclan con meditaciones existenciales, y las observaciones cotidianas se entrelazan con visiones metafóricas. El poeta no visita tanto los lugares sino que los escucha.
Es en esta escucha atenta donde se inscribe su relación privilegiada con América Latina. Chile y México aparecen como prolongaciones naturales de su universo interior. Las mitologías indígenas nativas, los rituales populares, los jaguares, los cóndores o los cactus dialogan con reflexiones sobre la modernidad, las desigualdades sociales o las mutaciones tecnológicas. Esta coexistencia entre lo real y lo legendario confiere a ciertos poemas un tono cercano al realismo mágico, sin encerrarse nunca en esta fórmula. Sobre todo, la mirada de Cassir se aleja del folclore. Se mantiene atento a la belleza y la extrañeza de los lugares, al tiempo que explora sus profundas contradicciones, sus fracturas sociales, sus formas de exclusión y pobreza. De ahí surge una poesía que va mucho más allá del simple encanto del paisaje.

El desierto ocupa un lugar preponderante. Presente desde Atacama hasta el Sáhara, reaparece como una figura insistente. Sin embargo, nunca se asocia con el vacío o la muerte: se erige como un laboratorio de metamorfosis interiores. Bajo la arena siempre subyace la posibilidad del agua; tras la aridez persiste la promesa de una vida secreta. En “Buscador de agua”, el sondeo de la fuente se convierte en una metáfora de la búsqueda del sentido. Excavar la tierra se asemeja a excavar el lenguaje. Ambos procesos exigen paciencia, escucha y resistencia a las exigencias de la velocidad contemporánea.
Esta visión del desierto se une a la experiencia biográfica del poeta. Heredero de culturas marcadas por el exilio, los desplazamientos y las fronteras cambiantes, Cassir lo convierte tanto en un estado de ánimo como en un espacio geográfico: un lugar de despojamiento, contemplación y redescubrimiento de uno mismo.

La naturaleza, en su conjunto, desempeña un papel esencial. Los árboles, los pájaros, los ríos o los animales nunca sirven de adorno, sino que participan activamente en la construcción de la mirada. Las fronteras entre lo humano y lo vivo tienden a desvanecerse. Lobos, águilas, llamas, cabras o escorpiones adquieren una presencia a la vez simbólica y concreta, y el poeta parece restablecer un sentido de pertenencia primitivo frente a una civilización desconectada de sus raíces. Pero esta naturaleza no tiene nada de un paraíso idealizado. Sigue atravesada por fuerzas contradictorias donde las imágenes de fertilidad conviven con las de volcanes, sequías o tormentas, conservando su misterio y su parte de inquietante extrañeza.

Más allá de los temas, la fuerza de “Desentierra el amanecer” reside en su trabajo con el verbo. Cassir manifiesta un gusto constante por los desplazamientos de sentido, los juegos sonoros y las experimentaciones verbales. Algunos textos deconstruyen las palabras para recomponerlas mejor; otros exploran los recursos rítmicos de la frase. En este libro alternan poemas breves, anotaciones, cantos, fragmentos meditativos o formas cercanas a la prosa. Esta diversidad rompe toda monotonía y da testimonio de un deseo permanente de renovación.
Una aventura lingüística como esta revela una confianza inquebrantable en la capacidad de la poesía para reinventar sus herramientas. El lenguaje no es un simple instrumento destinado a transmitir un contenido, sino que se despliega como un espacio de sorpresa. Las palabras parecen nacer ante los ojos del lector, con el objetivo de liberarse de los usos que las congelan.
Es a la luz de esta libertad que surge la cuestión tecnológica. Varios textos expresan una incertidumbre ante una época en la que la memoria se transforma en datos y las relaciones en pantallas. El poema “¡A nosotros la libertad!” defiende el cuerpo, la danza, el contacto y la presencia frente a la frialdad digital. En un sentido más amplio, Cassir vincula el futuro de la poesía con aquello que permanece irreductible a toda programación: el amor, la pérdida, el asombro o el miedo.

La música también ocupa un lugar privilegiado. Tambores, violines, guitarras, canciones populares y ritmos latinoamericanos laten con regularidad a lo largo de las páginas. A menudo, se impone como un lenguaje paralelo cuando las palabras llegan a sus límites. El espacio se convierte entonces en un conjunto de vibraciones y resonancias, más que de objetos inmóviles.
La obra también incluye varios diálogos con la ausencia, dedicados a figuras que marcaron la vida del poeta, entre ellas Alain Minot, Dominique Ottavi o el físico Louis de Broglie. Aquí, la muerte nunca constituye un cierre definitivo, sino otra forma de presencia, mientras que la memoria sigue actuando como una fuerza creadora.
Michel Cassir logra así combinar la densidad de la imagen y la fluidez del movimiento. Algunos poemas evocan el haiku por su concisión; otros se desarrollan en largas meditaciones. Esta apertura formal le da al libro su energía singular y refuerza la impresión de un recorrido abierto más que de un conjunto estrictamente organizado. Las cuestiones de la libertad, el exilio, el cuerpo, el tiempo y el recuerdo reaparecen en múltiples formas y aseguran la unidad profunda de la obra. Ahí radica su mayor logro: dar cabida a una multitud de mundos sin perder nunca su propia voz.

 

* M. Cassir, “Desentierra el amanecer”, Ed. “La Rumeur libre”, Francia, 2006

 

Antoine Jockey, nacido en El Libano en 1966, Antoine Jockey vivió en París entre 1990 y 2016. En la actualidad reside entre Sète y Nueva York. Traductor al francés de reconocidos poetas árabes como Wadih Saadeh, Abdul Kader El-Janabi, Paul Chaoul, Abbas Beydoun, Sargon Boulus y Salim Barakat, es también crítico literario en el diario árabe Al-Hayat y miembro del comité internacional del festival de poesía «Voix vives de Méditerranée». Gran conocedor de la poesía surrealista.