1
Fue al llevar ceñida la distancia a la cintura
que me llamaste desde los olivos y yo distraída
confundiendo la colina con el monte
no atiné a bien saber si era tu voz
o era la mía desordenándose a lo lejos
Y así
mientras echabas unas migajas
que picoteaban las palomas
con las alas escondidas
simplemente esperaba
y lo que ocurría era la tarde en su oscurecer
la tierra seca entre el plumaje
y el cuerpo acunándose en su vientre
imaginando ceibas y campos de estrellas
alcobas con sábanas y lirios luminosos
que quedaban en signo de tres veces tu nombre
y es que se me iba rompiendo la voz
se me hacía extrañeza y fuente vacía
y en el subiendo te contemplaba
cargar a cuestas la madera de los olivos
es que ahora estoy vencida
porque traigo ceñido tu cardo
y me he detenido en el huerto
donde llamaste tres veces mi nombre
y por tres veces quedé adormida
al pie de los olivos
te llamé al infinito por tres veces
y por no saber ser herida
no crucé la anchura
para subir la cuesta contigo
y te miré desde lejos
llegar a la cima
sembrando a tu paso
un cordón de amapolas
y luego sobrevino el vendaval
y después el silencio antes del mar
que levó las anclas de un barco
que esperaba el empuje de la borrasca
y las palomas picoteando la rojedad
y la madera en ceniza del día
bajando por el monte hasta mis manos
y yo esperaba
esperaba a que los panes y los peces
el agua y el vino
fueran más que palabras apresadas
esperaba a que se abriera el mar.
2
De una extraña manera
atados por lazos oscuros
siempre nos fuimos siguiendo
quizá era la presencia
que entreveía bajar
por la sombra del muro
que iba a beber el agua fresca
del salmo silente de tus labios
extasiada por la visión
la punzada en el costado
era el prodigio
de cuando el corazón
desfallece para retoñar
y sucedía el tiempo
que distraías con pequeñeces
ajustabas los lazos de tus sandalias
o escribías en el polvo
lo que tu dedo atestiguaba
las playas eran de arena gruesa
y las caracolas y las piedras
eran animales meciéndose
en la lejanía de sus olas
y la mujer andaba con paso ligero
llevándote aún niño de la mano
y yo perpleja no atinaba a responder
sobre aquello perdido en el horizonte
porque los caminos eran una encrucijada
donde las piedras eran peces
y los peces nubes escapando por el cielo
qué hago aquí entre estos montes
que no son los míos
galopan entre sus redes los caballos
que invaden mi sueño
y esa lluvia bajando a borbotones
anunciando el cenizal en su atronar
aquí el sol enceguece los ojos
y la imagen se ahonda
donde la luz
la flama incendia
y el silencio
y el camino de arenisca
y los caracoles
con los que tus dedos
entretienen la tarde.
3
Era una noche después
de aquella en el huerto
los claroscuros alargaban sus hojas
trayendo consigo una ausencia mayor
Nada
Ni un secreto
Sólo la cuesta y el peso de lo hondo
y la música bajando del huerto
y la noche aromada por el incienso
Recuerdo que abría la primavera
y subimos al terrazo hacia la tarde
para sentir el frescor de la brisa
la ciudad parecía más pequeña
y tu nombre era un pez atrapado
en la sed de un laberinto imaginario
y tu sayal en lucero de escamas
yacía entre sus anzuelos
todo se rompía
y la flama de los cirios
en estigma de lo albo
era una pluma desasida
que a tu paso
ahuyentaba la oscuridad.
Del libro Era la luz antes de la lluvia, Libros del Aire, cantabria, españa, 2026.
Era la luz antes de la lluvia brota a manera de una letanía ante dos hechos que confluyen circunstancialmente. Uno es la presencia de esas mujeres que han perdido a algún ser querido y que salen a buscarlos ante el fracaso de las instituciones. El otro fue el envío, a través de un medio electrónico, de una «Anunciación».
Nunca supe quién era el pintor, pero llamó mi atención porque la Virgen, aún niña, leía absorta sin alzar la vista ante el ofrecimiento del lirio. Mi imaginación se sacudió ante esta imago mundi. El observador que había en mí se desdobló para ofrecer testimonio de una madre que mira oculta a su hija rechazar el mensaje del ángel, pero no el del libro en cuyas líneas el destino ha sido trazado.
Nudo poético, red simbólica o enredo metafórico, desolador habrá sido saber que la vida tan amada de un hijo habría de perderse bajo el extremo del sinsentido. No hay argumento contra esa devastación. El amor es una antorcha que a veces condena la esperanza, y otras sostiene inexplicablemente al corazón frente a la desmesura y al horror.
En mi país a esas mujeres las llamamos «Las Buscadoras». ¿Qué las mueve a cruzar la sierra y los desiertos; abrir brechas y buscar lo inencontrable?
Quede entre nosotros el silencio.

Mariana Bernárdez, (1964, ciudad de México) poeta y ensayista, tiene el grado de maestría y doctorado en Letras Modernas y de maestría en Filosofía; aborda una tradición de autores para quienes la poesía sobrepasa la orilla del lenguaje eficiente y comunicativo. Sus diferentes oficios le han acercado a autores definitivos en la literatura mexicana como Dolores Castro, Ramón Xirau, Raúl Renán, Angelina Muñiz Huberman, entre otros. Su trayectoria enlaza la creación poética con el ámbito académico y el editorial. Imparte seminarios y talleres en diversas instituciones sobre el tema de “poesía y conocimiento”. Es una de las voces más singulares de su generación por su concepción metafórico-simbólica. Ha sido traducida al inglés, italiano, portugués, francés, rumano y griego moderno; cuenta con más de una treintena de libros publicados entre poesía y ensayo.
Algunos títulos suyos de poesía: Nervadura del relámpago, 2013, reeditado en 2019. Escríbeme en los ojos, 2013, traducido al portugués por Nuno Júdice, Lisboa, 2015; En el pozo de mis ojos, 2015; Aliento, 2017, traducido al portugués por Nuno Júdice, Lisboa, 2018, con el que obtuvo al Mención Honorífica Única del Fuentes Mares (2020); Rumor de niebla, 2020 (finalista en el XXXII Premio Loewe), traducido al italiano por Emilio Coco, 2021, reeditado en 2025; y Era la luz antes de la lluvia, 2026. En ensayo, El lápiz de Tuningi, 2021; Angostura: en defensa del leer, 2021; Memorial del fulgor, 2022; y Cuaderno Bermejo, 2023.