Renato Tinajero, poeta mexicano, galardonado en 2017 con el Premio Aguascalientes, nos comparte una selección de sus nuevos poemas.

El día que murió Christopher Reeve

Renato Tinajero

EL DÍA QUE MURIÓ CHRISTOPHER REEVE

El día que murió Christopher Reeve,

los diarios anunciaban el descubrimiento de una especie

de gigantescos simios —dos metros de altura, capaces de matar leones—

y los economistas del Nobel pregonaban

—viejo vino en odres nuevos— la teoría de los ciclos,

como si en círculos el mundo se moviera

y no existiera más remedio que volver a los comienzos,

a la infancia, el axioma, la semilla,

el libro aquel, la calle en que vivimos,

para encontrar el propósito de todo.

¿Es que el comienzo alguna vez dejamos?

El día de hoy es la suma de los días

acumulados. De sus instantes nimios. De la virginidad perdida.

De nuestro escepticismo, repartido en iguales cantidades

con nuestra ingenuidad.

La hora que ahora cuento en mi reloj, las 11:36 de la mañana,

contiene cada una de las horas de sueño y de vigilia

que la precedieron y que en ella desembocan.

No hay camino de retorno. Cuando mucho, como un eco del big bang,

el renacer simulado en el orgasmo,

el nombre Superman garabateado en el cuaderno (aun antes de saber la diferencia

que va desde la S hasta la u ni la importancia de los nombres y de sus adjetivos),

el viejo cuerpo, el viejo ir y venir del aire en los pulmones,

la metamorfosis de la pera o la manzana en el estómago

que es el mismo desde entonces. Nada más. Y esta mañana en que nazco y me despierto:

ora lunes, ora martes, ora los siete días simultáneos,

mientras que Wall Street cotiza (también lo leo en los diarios)

los metales de siempre y el dólar inmutable,

antes y después y el mismo día

que murió Christopher Reeve.

TRAZOS

La mano ha sido siempre la de un niño

y de niño son los dedos que sostienen el lápiz minucioso.

Dios es una hoja en blanco

recién arrancada del cuaderno.

Dios va llenándose de líneas,

sombras,

superficies

y huellas digitales impresas al carbón.

Manchada su inhóspita pureza,

Dios se asemeja a una casa de ladrillos,

a una cuchara y a un triángulo,

y a los demás objetos

que sobre el papel han quedado dibujados.

Hay un dejo de secreta gratitud en la manera como el niño

levanta el lápiz

y contempla los dibujos.

Nos recuerda a la joven que se detiene a mirar

los vestidos de novia en los aparadores,

y a la que descubre el nombre del amado

en el remitente de la carta.

No es posible medir la distancia

que va desde los ojos al objeto contemplado. El niño ríe.

La hoja es una sábana infinita

ideal para el sueño del ángel y del gato.

Mapa de sencilla geometría,

indica el sitio exacto dónde encontrarse a sí misma,

tesoro preciosísimo,

abandonado,

como un Dios que pacientemente aguarda

debajo de la cama.

ESTATUARIA

¡Ah! Los pájaros.

Qué lejos. Qué duro.

Qué recio y primitivo mármol mudo.

Qué apetito de ríos congelados.

Qué definitiva última palabra,

siempre tan última, siempre tan a punto

de dictar el manifiesto y pronunciarse

a favor de la mayor verdad o la mayor mentira.

Qué manos para asirse en el desastre de este mundo.

Qué ganas de acobardarse y sólo asirse

y arrebujarse y esperar a que la piedra dicte su sentencia.

Ante estos pies nadie quiere más milagros.

Será como subir a la atalaya y mirar el horizonte,

y mirar más allá y encontrar más horizonte,

y más allá, hasta que el círculo se cierra

y a nosotros mismos nos hallamos nuevamente, atónitos y extraños,

como quien parte de viaje y vuelve exhausto

y encuentra las mismas casas y los mismos rostros,

pero se demora unos segundos en comprender que son los mismos.

Y la roca se llena una vez más de pájaros.

Y damos media vuelta. Y la página se vuelve

y arriba a la derecha bien se lee: capítulo segundo.

CUANDO DIGO HUMANIDAD PIENSO EN LOS HUESOS

La amorosa clavícula, larga como un palmo–

De un pulmón su textura más secreta–

La complicidad paralela de las rótulas–

La celebrada longitud del fémur–

Los escépticos ojos–

La médula que medra entre las sombras–

El connubio de un riñón y su gemelo–

La alambrada espinosa de los vasos capilares–

Cuando digo humanidad pienso en los huesos

YORICK

Habla Yorick, el bufón de Dinamarca:

“He soñado, Su Majestad, mi calavera

repleta de lodo, en manos del sepulturero.

Y es el sepulturero un mentecato

a quien he roto en la cabeza una botella

—vino del Rin, por cierto nada malo—,

cierta ocasión, en una riña de taberna.

El truhán, en venganza, ha dado fuerte

con la pala en mi indefensa calavera.

La ha tomado luego y la ha arrojado

a los pies de dos hombres que pasaban.

Uno de ellos me ha reconocido.

En parte, quizás, porque el sepulturero

ha dicho mi nombre. Quizás también, en parte,

porque la calavera repite mis ademanes de bufón:

salta del hoyo ejecutando una cabriola

y abre, dislocando, las mandíbulas

en la mueca de una carcajada”.

Dicho esto, ejecuta una cabriola

y prorrumpe en instantánea carcajada.

El rey celebra la chanza de su Yorick.

Ríe con gusto. Ríen también los comensales.

Yorick agradece el beneplácito

con una profunda reverencia.

Cuando levanta la cara

está llorando.

“No crea, Su Majestad –dice el bufón—,

mis falsas lágrimas.

Imito a la muerte, poco seria.

La bribona, como un falso comerciante

que disfraza la verdadera mercancía,

hace pasar por tragedia

el curso y fin normal de los objetos.

Que un humano muriendo es sólo esto: reloj desvencijado.

Yorick está muerto. Se oxidaron sus engranes.

Reventó la cuerda que le daba movimiento.

Que se sepa en toda Dinamarca:

a Yorick le han echado tierra encima

para que acabe de envejecer en el subsuelo.

Y ahí estoy, envejeciendo. Calvo, y además

aficionado al tedio y con caries en los huesos.

Nada permanece entre los vivos

como nada entre los muertos permanece.

Otro bufón habrá llegado a este palacio

y otro muerto a ocupar mi sepultura.

El hombre que en sueños me desenterraba

cavaba la tumba de una virgen noble.

A otro agujero los huesos del bufón, que no busque

calentarse el esqueleto junto a un cuerpo de doncella.

Y allá va la calavera,

de mano en mano y luego a tumbos entre tumbas

hasta la vera del camino. Mi sueño ahí concluye.

Imagino un final para esta historia,

piadoso y a la vez digno de Yorick:

la calavera lavada por la lluvia

y después en las manos de un buscón.

La coloca en su mochila. Sigue su camino

y allá vamos los dos por este reino,

a pie, a solas y sin rumbo.

El hombre aquel me habla y yo lo escucho.

Planea conmigo imaginarias fechorías

que pocas veces cumple. No es mal hombre,

poco dado al trabajo y en el fondo un melancólico

que prefiere los caminos solitarios.

Soy su copa en las posadas. En mí se hace servir

el mejor vino. Juega a los dados y a las cartas

y a veces soy el objeto de la apuesta.

No conoce mi nombre, me llama compañero,

camarada y amigo. Cuando la noche nos alcanza a la intemperie,

prende un fuego y conversamos.

Me habla de su vida, de mujeres y aventuras.

Yo, con mi presencia, parece que le hablo de la muerte.

Lo he visto entregarse al llanto por temor a la oscuridad

y a veces sin motivo. El camino que recorre tiene fin

y él lo sabe. En descampado, un bandido, un cuchillo

y el cuerpo de mi dueño en una zanja.

Trasto sin valor, me han dejado junto al hombre que agoniza.

Caiga el polvo sobre el polvo.

Que en polvo estén mudándose su cuerpo y mi cabeza

y que nada se sepa más de Yorick. Ha encontrado su cráneo blanda arcilla

dónde recostar la sien. Dejadlo al fin dormir”.

Así habló Yorick, el bufón de Dinamarca.

TIRO PENAL

Una tarde, el portero ante la meta

y el vuelo instantáneo del balón

rasgando el aire.

Entre el golpe del pie y el punto de llegada,

una silueta fugitiva, circular.

Itinerario: la parábola.

Sin escalas. En picado

más allá de la línea blanca

dibujada sobre el césped.

¿Ha imaginado el portero

el ronco tañer de una campana

en el instante en que la bola alcanza el cénit de su vuelo?

Dos tiempos hay, piensa el portero,

en la trayectoria inexorable de la esfera:

el tiempo en que resuena el golpe que la ha lanzado al aire

y el tiempo en que la suerte, propicia o adversa, ha sido echada.

En medio, el tañer del bronce

que nadie más, sólo él, puede escuchar.

El balón es la presa. La bestia agazapada saltará al encuentro.

Puede, por un momento, decidir.

Acudir al encuentro del balón

y enfrentar a campo abierto el golpe del enemigo.

O plegarse, en cambio, en retirada:

que la esfera cumpla el veredicto de la suerte.

La realidad abre un paréntesis en el vuelo.

El salto del portero, al encuentro o en retirada del balón,

es un salto de fe. No cabe la razón en el paréntesis.

El portero lo sabe, es un hombre enterado

del azar o el designio que gobiernan todas las cosas.

Una voz sin palabras le ha dictado cómo proceder.

Hay una verdad más allá del balón que se aproxima.

Más honda, más ardua. Simple en apariencia

como el salto del portero.

Estrecho es el instante que conduce a la verdad.

La llegada del balón cierra la puerta. De golpe.

Lo que viene después ya nada importa.

La multitud, la tarde, la presencia.

LOS DESNUDOS

Los bares. Los hoteles. Las camas

donde yacen los desnudos.

Desnudo el hombre. La mujer desnuda.

La luz que fosforece en los vestíbulos

de madrugada. El portero detrás del mostrador

está mirando en la televisión una película.

Se rasca el cuello y se levanta. Alarga el libro de los nombres

y una llave mugrienta.

Huele la habitación a alcohol y encierro.

Alguien vomitó en el baño. Las sábanas se pegan a la piel. Afuera

se escuchan los rudos motores de los trailers

y una mano que deja

caer una botella.

En el techo de la habitación se ve un rastro azul rojizo

reflejarse. La luz de un carro de la policía.

El portero del hotel discute

con alguien por algunos minutos

y la discusión termina

con el portazo que hizo cimbrarse a las ventanas,

en el momento justo en que te derramabas

en el sexo de la amante.

Y fue el golpe de la puerta la mano que te trajo

de regreso, empapado y tembloroso

como un gato rescatado de las aguas.

Huele tu orgasmo a alcohol, huele a tabaco,

a sexo de mujer, ácido y dulce.

Encogido de rodillas, en posición fetal, devotamente,

estás agradeciendo la existencia de los bares

abiertos hasta la madrugada.

Después te acercas. En su hombro te recargas

mientras ella acaricia tu cabeza.

El mismo hotel no visitaban dos veces.

Las camas en el Reino de los Cielos

no tienen cuenta ni fin. Son como las conchas en la playa

(el mismo mar no se escucha en todas ellas).

Qué gozo despertar en una habitación extraña

al mediodía, con el sol derramándose a raudales

en los rostros. Y no reconocer el escenario, tan poco familiar,

y detenerse al borde de la cama, creyendo recordar la calle

a donde los llevaron los pasos de la noche anterior.

Vestirse de prisa. Tomarse de la mano. Andar a tientas.

Y en el mapa de la mente, simultáneos,

tachar dos veces el sitio que abandonan,

tacharlo con indeleble pensamiento.

No retornar. Al mismo lecho nunca retornar.

ZAMBULLIDA

                                (sobre un cuadro de David Hockney)

Agua de arterias rotas.

Bisturí de luz que la penetra.

Fogonazo de esquirlas elevándose al sol.

Y el sol allá, invisible,

como el hombre bajo la superficie.

Aquí y ahora sólo nos queda el agua

en su inmediato fulgor.

Indicio del tiempo que corre. Pista única

del acertijo que indaga por el antes y el después.

La verdad del agua es el agua misma.

Agua perenne entre los muros.

Agua abierta, agua dispuesta, agua femenina.

Agua para mirarse y sumergirse. Agua que no se bebe.

Agua que vuelve a la calma y es de nuevo superficie.

Agua espejo. Falso mar.

No busques más.

Del hombre bajo el agua (¿es un hombre?)

nada se puede decir.

Alrededor de la casa acecha el mundo

y el horizonte no acaba tras aquellas palmas. Más allá, más allá.

Siempre la pregunta por la causa o el contexto. Basta.

También tú debes buscar las aguas quietas

y penetrar en ellas.

También tú desaparecerás de la vista de los otros

y serás uno con el aquí y el ahora.

¿Placer o dolor? Cierra los ojos.

El agua te rodea con sus brazos transparentes.

Ahora puedes invocar tu niñez.

INCENDIARIA

Puede que ya no exista.

Puede que el incendio.

Puede que sí, puede que pronto y nunca.

Puede.

(Siete veces

repetir en vano los versos anteriores).

Y si la hormiga? su paciencia?

Y si una piedra junto a otra y junto a otra?

Y si de pronto el humo?

Y si el temor?

Y si la niña?

  1. EDIFICIO

Helo ahí:

el moderno edificio de oficinas.

Rectangulares muros, pulidos cristales,

blancas luces, largos escritorios, verticales

ascensores.

Excelente trabajo el de los arquitectos que lo diseñaron,

un hombre y una mujer

(alguna vez fueron amantes,

pero esa historia no será contada aquí).

Diligentes albañiles:

una veintena de pisos en tres meses.

Los sábados iban a emborracharse. Uno de ellos bebió de más.

Golpeó a su hijo. Su hijo ya lo odia. El albañil no lo sabe.

Colocó trescientos metros

de techo falso a la semana siguiente.

Los ascensores ya están en su lugar.

Los cuatro técnicos que los instalaron

morirán por diversas causas

en un lapso de seis meses, pero no viene al caso decir esto.

Está claro que no existe relación entre las circunstancias de sus muertes

y el hecho de haber instalado los ascensores.

Hace una semana fueron colocados

la pintura y los cristales.

Un trabajador, el más fuerte de todos

(El Toro, lo apodaban)

ha caído de una altura de tres pisos

y no volverá a caminar.

Aquí está el edificio,

columna para pendones y trofeos.

Las ventanas espejean al sol.

Se le ve a kilómetros,

desde todas las avenidas que conducen al centro de la ciudad.

Tan alto es

y tan magnífico.

En el penúltimo piso, diez de la noche,

en las calles la primera helada del invierno,

una mujer recorre las teclas de su computadora

como un pianista que ejecuta una fuga de Bach.

COMO LA MANSEDUMBRE DE LA AMANTE

Como la mansedumbre de la amante al final de la noche,

cuando, en silencio, la cabeza

recarga en el hombro del amado,

así es la calma de los que nada preguntan,

así el descanso de los que nada pueden ya temer.

He aquí la desdicha

del amado:

la entrega de la amante le es ajena.

También él calla

y su silencio

es la pausa del que duda

enfrentado a la evidencia de la carne.

Nadie encenderá las luces de la habitación.

Los cabellos de la amante

reposan,

tristes,

en el hombro del amado. Son grises los muros

al amanecer.

El cuerpo de la amante es una nave que naufraga

encallada en el cuerpo del amado.

Tras el cristal de la ventana una inminencia de luz.

Desnudez de los dos, bajo la claridad,

más evidente.

Lejos de cualquier playa,

lejos del muelle en que zarparon,

los cuerpos flotan en un mar sin horizonte.

Flotan y se hunden. La amante nada teme.

El día ilumina los muros de la habitación,

blancos de espuma,

lisos como un mar en permanente calma.

Renato Tinajero (Ciudad Victoria, Tamaulipas, 1976) estudió filosofía en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es autor de poemas, cuentos y ensayos, profesor universitario y coordinador de talleres literarios. Vive en Apodaca, Nuevo León.

Entre sus libros se cuentan Yorick, Fábulas e historias de estrategas, El mal de Samsa y Adiós al dodo. En el año 2012 fue becario del FONCA en la especialidad de poesía. En 2017 su libro Fábulas obtuvo el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes.

Publica de manera regular en su sitio web La biblioteca de Yorick: www.labibliotecadeyorick.org