Jorge Eduardo Alcalá, escritor mexicano, nos invita a la lectura de su nuevo cuento.

Ucronía manual

Jorge Eduardo Alcalá 

I 1998

La última vez fue tedioso, casi un lugar común, como si en vez de una misa de cuerpo presente se tratara de una película de terror predecible y mala. Los miedos –las suspicacias— ya eran cosa del pasado. Presidencia les había advertido que las cosas no eran normales. La abuela (para efectos de la Historia, la nieta del general) ratificó el plan y sus hijas (las biznietas del general) la secundaron: no había marcha atrás, los compromisos se cumplirían conforme lo preparado y se llevarían a cabo como si no hubiera ocurrido nada extraordinario (a pesar de que, contando el último, eran ya seis eventos en los últimos días y el contenedor se había vaciado una semana antes, como constaba en los documentos oficiales). Por si fuera poco, el engreído Presidente de la República presionaba a través de su secretario particular para que la ceremonia se llevara a cabo, sin contratiempos ni pretextos, por más extraños o sobrenaturales que fueran los eventos. No era momento para otro escándalo en el noticiario nocturno de Televisa.

Las mujeres de la familia, vestidas de negro, vigilaban a los niños más pequeños que jugaban –más bien se sacudían el aburrimiento— con los tulipanes y con crisantemos.

La única persona que se sorprendió por un momento fue el cura que oficiaba la misa, porque carecía de antecedentes y no había vivido ni escuchado nada parecido y recordando su enfebrecida juventud en la que la película El exorcista lo llevó a ordenarse jesuita veinte años atrás, se dirigió a la abuela y le dijo:

— Señora… Mire usted…

— Nada nuevo. No se detenga.

— Pero, señora, puede ser El Maligno.

— Con todo respeto, señor Cura, no sea pendejo. Ya le dije que siga adelante.

Hubo nuevos temblores leves, perceptibles.

— Pero, señora…

La abuela cortó cartucho con la mirada y dejó quieto al cura.

— Como usted ordene, Señora.

El cura rezó por lo bajo el Adversus Satanam y terminó el Amén con un gesto grandilocuente.

Minutos después, el pequeñísimo ataúd, que antes se había sacudido como si enviara una señal, era introducido al horno crematorio.

La abuela le dijo a Graciela, su hija: Su puta madre. Ni muerto nos deja en paz tu bisabuelo. Estoy segura, segurísima de que ni Lenin dio tanta pinche lata a sus descendientes. Pero ¿sabes qué? Qué bueno que ya acabó. Mejor así que expuesto al público. Era horrible que los niños vieran esto. Qué asco. Por favor, hija, que no se te vaya el Señor Secretario sin dejarte el cheque.

El Secretario Particular del Presidente hizo una llamada telefónica confirmando que la ceremonia había terminado en paz y se despidió de la familia dejando en manos de Graciela un sobre, sin más protocolo que el saludo personal.

La abuela bufó y pidió que se llevaran al cura cuando éste se acercó e intentó explicarle los aspectos sobrenaturales de lo que había ocurrido y cómo, en su opinión, constituían una manifestación del Demonio, según Tritemio.

— Señor cura, ahorita no estamos para mamadas.

— Pero señora.

— ¿Ya Leonorcita le dio el sobre con el cañonazo de a veinte mil?

— Sí, señora. Su nieta me dio esto. Y le estoy muy agrade….

— Pues sus servicios ya no son requeridos. Órale. A chingar a su madre – respondió la abuela y le señaló la puerta.

El cura, indignado y cabizbajo, se encaminó derrotado hacia la salida.

— Abu, ¿por qué no permitiste que viniera la prensa? Tal vez a él le hubiera gustado… Mucha gente todavía lo recuerda y lo quiere. Fue el fundador del Partido…

— Sí, claro, Leonor. ¡Qué buena idea! ¡Y de paso, traemos a un caricaturista! ¡Y nos echamos encima al ejército, que tuvo que fingir un funeral de estado! ¡Y al pendejo de Zedillo! ¿Qué te parece? –dijo la abuela— De veras, Leonor, no eres más pendeja porque no eres panista.

—Perdón, Abu.  Tienes razón.

La abuela miró hacia el retrato presidencial, dueño de una altísima y serena dignidad, inexistente en los retratos de los presidentes posteriores.

— Perdóneme, General –musitó en voz baja— A mí también me tienen harta estos hijos de su puta madre—.

Enseguida, se dirigió a la sala de estar.

—Graciela, hija. Ven un segundo.

—Dime, Mamá.

—De veras que tu hija está bien pendeja. A ver si la mandas a vivir conmigo un tiempo, ¿eh? Para que espabile.

—Pero, Mamá…

— Unos meses. Unos meses nada más. Estoy sola. Desde que se murió Doña Amparo Portes Gil no tengo a nadie con quién platicar.

— Déjame hablarlo con Manuel.

— La echaron a perder, tú y el imbécil de tu marido.  Dame el cheque, hija, por favor.

La abuela, repitiendo un gesto que había repetido muchas veces durante los últimos 50 años, se guardó el sobre entre los senos.

II Días antes

El timbre sonó, seco, en el interior de la sala clínica del SEMEFO donde trabajaba Samuel Cárdenas, técnico forense. El pequeño motor de la sierrase detuvo y la pierna del cadáver de un civil que había quedado atrapado en medio de una balacera en Iztapalapa y que ahora yacía en una de las  mesas de trabajo, quedó colgando del resto del cuerpo, sólo sostenida por un pellejo. El olor a amoniaco picaba la nariz.

Samuel se acercó a la puerta y miró por la rejilla: reconoció entonces a Gustavo Borrego, camarista desde hacía 20 años.

— Pásale, Gustavo. ¿Qué me trajiste?

— Pura vida.        

Samuel se tardó un poco en entender el chiste, pero se rió de buena gana.

— Mira, si otra vez vienes con tus mamadas le puedes decir a tu jefe que nel, que los AFIs tienen su propio forense y que aquí no arreglamos sus pinches cosas.

— No, mi Sammy. Esta vez vienen órdenes de arriba.

— Ah, cabrón. ¿Militares? ¿La cagaron otra vez?

— No, güey. De más arriba. De Presidencia. De la SEDENA.

— No mames.

— Sí.

— ¿Y eso?

— Una chamba fácil, pero muy delicada, güey. No te apendejes. Se trata de drenar esto.

Gustavo sacó de la camilla un frasco grande de vidriolleno de formol en el cual flotaba un cuerpo extraño y verdoso, largo, como una pie con las uñas crecidas. Lo colocó en una mesa de trabajo de acero. En la otra mesa, el pellejo finalmente se rompió y la pierna del cadáver cayó al piso, creando un charquito de sangre. Samuel miró la botella.

— Ay, cabrón.  ¿Qué es esto, Gustavo?

— ¿No sabes?

— No. ¿Es un animal?

— Ni idea. Nosotros tampoco sabemos. Lleva así un chingo de tiempo, porque si te fijas ya está hinchado y tiene las venas reventadas.

Samuel examinó la botella a contraluz.

— ¿Sabes qué, mai? No vayas a tomar ni una pinche foto. Llévate las cámaras.

— Cámara. Bueno, ahí te dejo, mi Sammy. Regreso en un rato por el dictamen.

— Sí, está bien.

Quince minutos más tarde, Samuel tenía rasguños en la cara, la bata hecha jirones y la expresión perturbada. Había vidrios rotos por doquier. Una criatura viscosa se arrastraba velozmente por el piso de baldosas del SEMEFO, eludiendo a Samuel.

— Hija de tu puta madre, ahorita vas a ver, cabrona.

Samuel sacó de un archivero una pistola calibre 22. Sonó el timbre.

— ¿Qué pedo, qué quieren? – gritó Samuel mientras cargaba el arma.

— ¿Qué pasó, mi Sammy? Soy yo –contestó Gustavo.

— Pásale, güey. Está abierto. Con mucho cuidado, cabrón… No se vaya a salir esa chingadera y entonces sí, chingó a su madre todo.

Gustavo entró al quirófano y dijo.

— No mames, ¿qué te pasó?

— Mira tus chingaderas, cabrón. ¿Qué me trajiste? ¿Qué es eso??

Gustavo se quedó quieto por un momento, más confundido que asustado. Gustavo señaló con el cañón de la 22 hacia la pared del fondo. El brazo se arrastraba hacia un rincón dejando un rastro líquido tras de sí.

— ¿Qué pedo, Samuel, qué es eso?

— Tú me lo trajiste, cabrón. No te hagas pendejo.

— Sí, pero ¿qué es?

— Una mano. Una mano. Hijos de su puta madre, de Presidencia nos mandaron una mano medio viva. ¿Qué mierda es eso?

— Agarra esa chingadera – dijo Gustavo – a mí me vale qué sea. A mí no me regresas eso. A mí me das un dictamen, una autopsia y el cuerpo en un ataúd, cabrón.

Samuel disparó un par de veces, sin éxito.

— Óyeme ¿qué te dije, pendejo? Presidencia no quiere daños.

— Me vale verga lo que Presidencia quiera o diga.

— No, cabrón. NO. Esa chingadera debe quedar intacta. Te pedí autopsia, no balazos.

— Hija de la chingada, ya se metió debajo de la mesa de operaciones.

El conocido rumor de un motor dejó por un momento quietos a los dos técnicos.

— Me lleva la verga. Ya prendió la sierra.

La mano salió a toda velocidad del escondite y persiguió con la sierra por un momento a Samuel y a Gustavo por la sala, hasta que se subieron a una de las mesas de trabajo, al lado de un segundo cadáver serruchado. Samuel disparó de nuevo, con pésima puntería.

— ¿No hay un switch maestro?

— ¡Chilo! –gritó Samuel– ¡Bájame el puto switch del quirófano 2!

El quirófano quedó en penumbras y en silencio. La cacería continuó y entre ambos tardaron media hora en someter a la criatura que se escurría como si tuviera entrenamiento militar  —que en cierto sentido, lo tenía —.

En el informe final se omitió toda información comprometedora, se indicó que el pequeño ataúd debía ser manejado con precauciones extremas y se recomendaba su cremación inmediata.

III Días antes

— ¿Lupita?

— Sí, licenciado. El Secretario de Gobernación, Licenciado Leandro Ríos por la línea 2.

— Gracias, Lupita. Adelante, Señor Secretario.

— Jacobo, buenas noches a ti y a tu auditorio.

— Buenas noches. ¿Qué nos puede decir del rumor de que la mano del general Álvaro Obregón se mueve? ¿Es un milagro?

— No, Jacobo. Tenemos el reporte, pero, como tú bien indicas, se trata de un rumor. Por otro lado, quiero comentarte que la Presidencia de la República ha entablado ya diálogo directo con los maestros de Guerrero para que se reanuden las clases el próximo lunes y que la niñez mexicana tenga asegurada la educación, que es la gran prioridad de este gobierno.

— Entendemos, Señor Secretario y muchas gracias por la información sobre Guerrero, pero hubo testigos.

— Sí, Jacobo. Mira, no descartamos que algún movimiento inesperado en la sala haya causado la confusión. Déjame continuar con la situación en el sureste….

— Un momento, señor Secretario. ¿Y los testimonios? Al mostrarle una fotografía del Presidente, la mano hizo el gesto del dedo medio, señor y frente a la foto del Arzobispo Primado, Monseñor Ernesto Corripio Ahumada, hizo una mueca también de grosería. ¿El gobierno tiene alguna postura oficial?

— Con toda certeza, las imágenes son trucadas, Jacobo. Nuestros técnicos así lo han indicado y las campañas de desprestigio nunca faltan. Ya ves que vienen elecciones, y los partidos de oposición buscan sembrar el miedo, el descrédito y nosotros no les daremos motivos. Ahora bien, en Guerrero se librarán varias órdenes de aprehensión en contra de algunos líderes sindicales corruptos.

— Señor Secretario (estamos con el Secretario de Gobernación, Leandro Ríos, hablando del supuesto movimiento de la mano de Álvaro Obregón), ¿qué nos puede decir del hecho de que se desplegó la AFI en el monumento?

— Se debe al mantenimiento, Jacobo. La modernización de la plaza estaba planeada desde el año pasado. Lo puedes verificar con el delegado. De hecho, en este gobierno hemos invertido más de 50 mil millones de pesos en infraestructura en esa delegación, para el bienestar delasfamilias, lo que no hizo ningún gobierno antes.

— ¿Es una casualidad, Señor Secretario? ¿La remodelación y el que la mano de Obregón se mueva?

— Por supuesto. Déjame decirte, Jacobo, que las obras de este gobierno no pararán sólo porque los grupos opositores quieran ver que nuestro partido fracase. Porque¿sabes qué? Nos da gusto que ese sea su deseo, porque serán derrotados, y nada más nos dará más gusto que sigamos haciendo que México sea tan grande como sus habitantes. Las familias…

— ¿Y la mano, Señor?

— Sí. El gobierno hará lo que tenga que hacer. De ninguna manera quedará en resguardo de otro partido político, por más que ahora gobiernen la ciudad y reclamen ese derecho. Nosotros hablaremos con la mano o con quien sea su dueño, para que no se repitan los bochornosos episodios del dedo.

— ¿Hablarán con la familia, señor Secretario?

— Con quien sea necesario, Jacobo. Que el pueblo tenga la seguridad de que trabajaremos por la niñez de Guerrero y la de todo México.

— Muchas gracias, Señor Secretario.

— Gracias a ti, Jacobo. Y buenas noches a tu auditorio.

La llamada terminó y el Secretario se dirigió a su Coordinador de Asesores.

— ¿La puta mano le puso dedo a la foto del Presidente?

— Sí, señor.

— Chingada madre. ¿Sabes qué? ¿Podemos encarcelar a la mano de Obregón? Fue opositor, ¿verdad?

— No, señor. De hecho fue uno de los fundadores del Partido. Y no, no la podemos encarcelar, es una parte de un cuerpo, no el probable responsable de un delito.

— Me carga la…  ¿Y al arzobispo? ¿Le pintó mocos, verdad?

— Sí, señor.

— ¿Y se puede saber por qué? – el Secretario gritó, exaltado.

— Es que un fanático católico lo mató, señor.

— ¿A quién?

— A Obregón, señor.

— Carajo. Lo que necesitábamos. Hazme un informe de quién huevos fue Obregón y cómo perdió la mano y por qué madres sigue allí.

— Sí, señor.

— Va a haber pedo. Un pedo muy cabrón. A ver cómo chingados contenemos esto. Por lo pronto, manda esa… cosa al SEMEFO. Dile al General Cervantes. Él sabrá cómo detener este pinche pedo. Hay que quemar esa cosa.

En la botella de formol, la mano de Obregón recuperaba la movilidad, aprobaba con el pulgar hacia arriba cuando le mostraban fotos del campo mexicano, saludaba formalmente a los militares, le pintaba dedo a Cárdenas y a los presidentes posteriores e incluso había fracturado de un puñetazo el vidrio de la botella que la contenía ante de foto de José de León Toral, por lo que los policías decidieron taparla con manto negro, para que ya no mostrara señales de vida.

IV Epílogo

En el funeral de estado se habían cremado restos falsos, porque la familia consideró que era más propia de su alcurnia una ceremonia discreta, sin presencia de la prensa y el Presidente había accedido a ello, con un generoso cheque de por medio. Semanas después, en varias tumbas de expresidentes hubo temblores leves de tierra, debido a que algunos habían perdido la cabeza durante su mandato, pero estando ya en puro hueso, a diferencia de la mano de Obregón, carecían del músculo suficiente para emprender una nueva vida o encabezar una protesta por el estado actual del país.

Las cenizas de la mano fueron esparcidas en una de las múltiples haciendas familiares cerca de Hermosillo. A la fecha, la abuela lamenta esa decisión, porque no le redituó interés alguno.

Samuel renunció al SEMEFO y trabaja en una carnicería. Básicamente es lo mismo, señala  y ríe cuando corta costillas de cerdo.

Gustavo sigue trabajando como camarista. Sólo puede dormir si tiene un machete junto a él y ocasionalmente tiene pesadillas en las que un ejército de miembros amputados lo persigue.

Jorge Eduardo Alcalá (CDMX, 1967). Estudios de posgrado en Humanidades por la Universidad Anáhuac. Autor de los libros de cuento Viajes en el tren de los deseos, editado en España por la Editorial AMG, (ganador del premio de Narrativa Bretón y Pacharán La Navarra en Logroño, 1997) y Sin Justicia ni Gabrielas desnudas (editora Groppe).

Su obra ha sido publicada en distintas antologías y revistas como El Cuento, Páramo, Editorial Ocaso, La Otra y recientemente, en la Antología de cuento fantástico 2019, Mujer que teje de noche (Editorial Cuentacuentos, Guadalajara).