Les ofrecemos una selección de poemas de Jorge Ortega, poeta y ensayista mexicano, cuya obra obtuvo varios reconocimientos, entre ellos, el Premio Nacional de Poesía Tijuana y el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines.
Constelación del caos
Jorge Ortega
Anónimo
La poesía debe ser hecha por todos. No por uno.
LAUTRÉAMONT
Para qué el santo y seña
si la clave
está en otra parte,
si lo que interesa
o salta el cerco
está después del nombre
o antes, esa zona
en que la acción prospera
despojada de toda fijeza.
Habla. Qué importa
si lo que se diga
lo dices tú
o el vecino.
Algo quiere ser dicho.
Algo pretende
desesperadamente
un ápice de tinta
para ingresar al mundo.
Gesta. Suceso. Catedral en marcha. Incisión de vida
en la corteza inerme que poblamos
y ya no se renueva.
Arden en la cabeza unas palabras
y tratas de ordenar esos rescoldos
que por ahora sólo a ti te sirven
pero quizá más tarde, cuando menos lo esperes,
tiñan de anaranjado la espesura,
calcinen los alerces.
Bagajes, contenidos, abundancias
de la totalidad y de ninguno, de la suma
y el cero.
Obra: constelación del caos.
Autor: desconocido.
Cátedra de geología
Una localidad que no conozco
me aguarda con las alas de sus desfiladeros
tendidas como un ángel de roca corroída
o envuelta por el paño de la bruma.
Ciudad, pueblo o aldea
pero estación al cabo
para los entreactos de la errancia, para clavar la pica de la tregua
al vencer
una cuesta
cubierta de encendidas amapolas.
Ya imagino ese sitio
izarse en el poniente,
ya lo presiento hendir los pinares del cielo, la fronda de las nubes
con sus campanarios limados por el frío
de la calva meseta.
Queman leña muy cerca
y rueda una corriente
por donde no se ve de tan profunda,
despeñadero
abajo.
Hay vida entonces
por aquí
o me aproximo a ella.
Es el caudal tallando el mineral
con su batido fango de cristales quirúrgicos,
la presurosa linfa que lava las paredes, enjuaga sus renglones, horada el continente, araña
alguna esencia
sin asirla,
cincela lentamente un panorama en los flancos sombríos
y anota sobre el hueso inexorable
al ritmo cadencioso de nuestros humores.
Así tú y yo
al repetir los hábitos del agua
para llegar al fin,
hasta llegar al fin.
Poesía de circunstancia
He intentado escribir el Paraíso.
No quepo aquí, gota de agua
en que nada la hormiga, vaso
que naufraga
en la molécula
de una gota de agua.
Memoria es dimensión,
lugar con fecha
y sello
de la casa, descenso
a la pinacoteca
de las reminiscencias indelebles
que desenrollan sorpresivamente
su viacrucis de papiroflexia.
Oh deriva inhóspita,
cápsula de tiempo
vedada a la intemperie:
no blindes tu placenta de cristal
sino asílame dentro
⸺en tus jugos nocivos⸺
para volverme inmune
a lo que dures.
Me resta mucha tela por cortar
o he retornado demasiado pronto,
antes incluso de que los guijarros
empiecen a moverse en la llanura.
Redacto estos renglones
a mitad del camino de la vida.
No sé si está ya en mí
pensar en escribir el paraíso.
Diálogo de sordos
Busco en el recuerdo. Soy lo que perdí.
Nadie riñe por mí
ni quién diga tu nombre
o luche
por nosotros
en los baldíos del atardecer.
El dorso de la sombra se arquea lentamente
sembrando una oquedad que nos perturba.
Morirás de espera. Terminaré muriendo
de darme lo que no llega. Moriremos
de sernos
a causa de quien en vano
aguardas.
Soy mi padre y mi madre,
mis hermanos,
la simiente y el fruto, el tallo
y la raíz
a fuerza de encarnar lo que dimite
a su mejor pasado.
Licor de transparencia:
no retires tu dosis de compasiva amnesia
y haznos descuidar lo que no vemos,
consiente que olvidemos lo que nos ha olvidado.
Mecánica celeste
Al fondo
el mar,
el sobrio mar de fondo
que se nos desdibuja.
Entre robles y helechos
la espiral de roca no pulida,
las furtivas
y onduladas
terrazas del musgo.
La espuma de la hiedra
trepando por los troncos,
los vados de hojarasca
crujiendo bajo una pisada en falso.
Rampas. Escalones
pacientemente relamidos
por el inofensivo alud del vaho.
Y el final en dónde o para cuándo:
la cumbre se escabulle a la mirada,
antiguo mausoleo borrado por la selva
en una distracción.
A mayor esfuerzo, menor agotamiento,
mejor la nitidez de los confines
o pronta la llegada.
El poema se hace en el ascenso,
trata lo que tardamos
en procurar la cima
y descubrir ahí
lo perseguido en vano,
la veleidad del aire, el resbaloso pez de las alturas.
La hora elemental
Del mundo me apartó con sus hechizos
El minero supremo.
El pez bajo la estrella
en la noche polar.
Fluye sordo, adentro
y en zigzag,
arando el espesor del silencio abisal
como un remo que mueve
inadvertidamente
la pesadez de las aguas.
Afuera el estupor del universo
erizado de estigmas luminosos
refleja en su pizarra
los fervores de la vigilia,
el atlas submarino de tesoros
dispersos en el mar,
monedas fulgurantes
en un estanque
turbio.
Aislado en su habitáculo,
cromado por el frío de la hondonada
el pez alado monta el dorso del abismo
sin derramar el vaso de la visión más pura
y su ardiente primicia.
Navegue o vuele, da lo mismo.
En el espacio incierto
cultivado de trazos imprecisos
persiste la luciérnaga.
Tardor
Vuelvo a mis apartados aposentos
que están del lado opuesto al que tú vas.
Sobre los dos, arriba,
la chamuscada teja del crepúsculo
nos mira despedirnos
hasta la incertidumbre de una próxima vez.
Tú retornas al núcleo
y yo a la periferia. Tú
al corazón del círculo, la médula estridente. Yo
al filo de la esfera, el taciturno barrio.
Y me disipo en el hollín del día,
por donde la melena del plátano de sombra
empequeñece con el surgimiento
de la corona del anochecer
en el oriente de las avenidas.
Te digo adiós y salgo
en dirección contraria a la del centro.
Nos damos la mano
y medio abrazo
y en lo que tú te pones en marcha hacia el ocaso
⸺la parte menos fosca y más iluminada⸺
yo saludo el frescor del extrarradio
o voy entrando despaciosamente
a la tibia comarca de otro minuto inédito
guiado por los faroles encendidos
del riesgo que me arropa.
Kilómetro cero
Como un ciervo en el bosque
entrar en la ciudad.
Andarse a tientas
por la deriva oculta,
la innominada calle
que no sale en el mapa.
Seguir siendo el ausente,
el que se fue y no ha vuelto,
el que huyó a la espesura de los márgenes
metiéndose en lo oscuro
y no ha salido aún,
linterna en mano.
Habituado al despiste de los otros,
a no ser visto más en la taberna,
dejarse asimilar por el tatuaje
de las bardas comidas por la lluvia
sin que nadie lo note,
procurar
adecuarse de nuevo al viejo rumbo,
las diez cuadras de aquel feudo de antaño
o esa ilusión de patio que perdimos
al traspasar las murallas.
Con la partida se ha alterado un orden,
la órbita se ha roto.
Tus futuros verdugos
te esperan o buscan
para llevarte al patíbulo
acusado de tránsfuga
y alambicamiento.
Es más difícil regresar que irse.
Empiezas a saberlo.
Romanza del cotillón
Entrar a un año es salir de ese año
si la puerta es la misma:
el día bisagra, el día-gozne, el día
de días
que desmenuza y une
la interminable riada de los días.
Mucho ha quedado atrás
y suma y sigue.
Lo mismo que ha pasado
nos falta por vivir.
O dicho de otro modo, lo que ha pasado pesa
lo mismo que el futuro.
Hay una isla en medio del océano
de todas estas aguas concurrentes.
No la moja el mañana
ni el ayer, el nunca
ni el quizá.
Es el aquí y el hoy, esa ranura
en la muralla de la realidad
amenazada por el sol creciente
y promisorio
de otro repuntar
o la prosperidad de la resaca
de lo no consumado.
Al caer la centella de la aurora, incendiando el oriente,
al restaurar ahí su furia de evidencias,
el gastado semblante de las cosas
exhibe una vez más
el tiempo que nos resta.
Epopeya de los confines
Caminas entre las nervudas raíces que asoman del subsuelo como boas en torno al laurel de exuberante copa que presidía las barbacoas de la niñez. Que emergen, que despuntan sobre el candente rastrojo del desiert oaliviado por sombras transitorias. Y un soplo tibio se desprende de porestos páramos y resbala hacia el repecho de la frente, ese blando paredónen que se curvan los augurios, rizando incluso más el impalpable rizo de las evocaciones. A un centenar de metros un establo, una caseta o un almacén intrascendente que el espejismo semeja disolver en los austeros latifundios de la arcilla, resulta irónicamente llamativo en un paisaje barrido por su árida monotonía. A la redonda el pastizal reseco del invierno, la brizna quemada por la escarcha. Piensas: “la dorada pelambre de la maleza, el jaramago de los campos hispalenses alisado por el peso milenario de un capitel que ha rodado como una cabeza en la emboscada”. Indiscutibles pruebas de la permanencia. Cuerpos sólidos de toda laya esparcidos adiestra y siniestra durante la excursión de la memoria. Fragmentos de una demolida arquitecturaque el conciliábulo del tiempo ha diseminado en el ilimitado jardín de las estatuas. Bajo el aceitunado bulbo del follaje el principio y el final son visibles. De ahí se aprecia bien la escuela ala que fuiste y la arboleda del cementerio al que te diriges apaso de tortuga.
Jorge Ortega es poeta y ensayista nacido en Mexicali, Baja California, en 1972. Doctor en Filología por la Universidad Autónoma de Barcelona y, desde 2007, miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Autor de varios libros de poesía. Su poesía ha sido traducida al inglés, chino, alemán, portugués, francés e italiano, y forma parte de múltiples antologías de poesía mexicana reciente. Asimismo, ha sido Profesor Visitante o Scholar Artist en universidades de California. Su libro Dévotion pour la pierresalió a la luz en Québec en 2018 en Les Éditions de La Grenouillèreen versión al francés de Françoise Roy, y en 2020 el sello romano Fili d´Aquilone editó una antología de su obra poética titulada Luce sotto le pietre, traducida al italiano por Alessio Brandolini. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio Estatal de Literatura de Baja California en los géneros de poesía y ensayo, el Premio Nacional de Poesía Tijuana, y el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines.