Agustín Monsreal, escritor mexicano, cuyo nombre lleva el Premio de Cuento de Mérida, nos comparte su relato, donde para un joven de dieciséis años llega el tiempo de enfrentar "el caos de su ser".

Yo, este porvenir tan viejo

Agustín Monsreal

Empezaba yo a subir la cuesta de los dieciséis años. Me gustaba mucho ir al cine y caminar, sobre todo caminar, despaciosamente, sin rumbo fijo. Temprano, de ocho a doce, las horas más concurridas en el mercado, ayudaba a atender el mostrador en la tienda de abarrotes de un español. Un domingo, él y su esposa fueron a comer a mi casa invitados por mi padre, había no sé qué tratos comerciales entre ellos. A la hora de los postres, en lo más animado de la conversación, alguien propuso que para que no estuviese yo vagando y adquiriendo vaya Dios a saber qué malos hábitos por ahí, podría ir a ayudar un rato en la tienda. De inmediato acudió a mi mente el montón de hurañeces que desde chicos nos enseñan en el colegio acerca de los españoles, y ya andaba buscando qué pretexto recolectar para negarme, cuando la señora esposa del español me miró con unos ojos así de azules y tiernos. ¿Te gustaría? Me estremecí. Una emoción proveniente de algún sitio indefinido se instaló en el mero centro de mi estómago y se puso a calibrar burbujitas. Claro que me gustaría, señora. Sí, claro que sí. A la mañana siguiente, entre los dos, se aplicaron a enseñarme la maña para pesar los kilos de azúcar, de avena, de frijol. Por las tardes asistía yo a la escuela. Era un alumno regular en todas las asignaturas menos en la de historia, en la que destacaba por algún oculto designio. Además, era el caballito de batalla en los festivales del día de la madre, de la bandera, del maestro y de cualquier otro día conmemorativo por el estilo. En tales actos me tocaba salir de artista en las escenificaciones teatrales, o a recitar. Supongo que debido a esto último me empezó a dar por la versificación, y también porque el profesor de literatura era poeta y bueno como nadie para contagiar el gusto por el misterio de los crepúsculos.

Los sábados, el tío Guayo iba por mí a la casa y pedía permiso para llevarme al cine; la verdad es que íbamos a un teatro donde bailaban mujeres casi desnudas de sus partes y abundantes de atractivo por el ángulo que se les viese. A la salida, mi tío y yo recalábamos en el restaurante de costumbre a tomar café con leche, después nos poníamos a callejear de aquí para allá, y después volvíamos a mi casa. ¿Nos vemos el sábado que viene? Sí, tío, nos vemos. En términos generales, hablábamos poco; él solía permanecer callado y atónito largos periodos; era parco para conversar, y muy lento, denso, hasta desesperante, aunque compensaba el silencio siendo un excelente observador, un testigo de extremada sensibilidad y calidez. Tenía cerca de cuarenta años, y era partidario sentimental de la soltería, un hombre triste de hábitos austeros, aislado, taciturno, de aspecto inaccesible, una naturaleza difícil de comprender. Por motivos que yo ignoraba, me había tomado bajo su protección y me daba un trato de igual a igual. Era el modelo para mi conducta. Una tarde —había empezado a llover y yo disfrutaba viendo la caída del agua desde el corredor, pensando en salir al patio a mojarme—, se acercó mi madre, deslizó sus dedos por mis mejillas, despacito, y dijo que cómo me parecía a su hermano. Creo que lo dijo con mucha admiración, incluso con alegría. El sábado se lo comenté a él y él repuso, con una convicción trémula, que ojalá que no. Mi padre, que poseía una fachada ruidosa, llena de aspavientos, de locuacidad y de acción, señaló alguna vez que el problema de mi tío consistía en que exageraba demasiado las cosas negativas de la vida. En el fondo, mi padre escondía a un sujeto bastante rígido, de principios concretos, de reglas inamovibles, apegadas a la tradición, a lo que debe de ser. No admitía cambios de vía ni nada por el estilo. Lo aprendido es lo aprendido, decretaba. Yo, por inclinación natural de mi carácter, me identificaba menos con él que con mi tío. Al español, en cuanto comencé a trabajar en su tienda, se le metió entre lo cerrado de las cejas el querer convencerme para que fuera yo torero, y yo mientras tanto le había escrito mis primeros versos clandestinos a la señora esposa del español:

Te he dado mi amor,

bien dado y por completo,

sin el estorbo del cuerpo,

sin un asomo de beso.

Esta composición, y otras muchas que sin descanso escribía por aquella época, las guardaba en calidad de íntima vergüenza, y cuando María del Pilar, que así se llamaba la dueña de esos iniciales delitos amorosos, me colmaba del inmenso azul tierno de sus ojos, fantaseaba que ella estaba al tanto de mi secreto y que en algún recodo de su alma lo compartía. Por supuesto, me cuidaba bien de mostrar actitudes sospechosas que delataran mi sentimiento. Lo malo era que el planeta entero parecía darse cuenta. De por sí los adultos le vigilan a uno todo lo que hace, se la pasan de suspicaces espiándole los movimientos, fíjate que si ya cambió de peinado, que si ya le salió un grano en la cara, que si hoy no quiso hacer ejercicio, que si está comiendo muy poco, que si las ojeras que trae, de seguro está enamorado, bromean a costa de uno, se burlan, te dan consejos y te lastiman con sus comentarios, te ofenden, y haga lo que haga siempre queda uno mal parado. Los dieciséis años es una etapa ardua, no me explico cómo ciertas gentes se empeñan en afirmar que es una edad maravillosa. Mi padre, por ejemplo, a quien enloquecían las simplificaciones, o el condenado del español, que se agrietaba la garganta poniéndome la sonaja de que si por él fuera ya sería yo un auténtico matador de toros. Sólo mi tío advertía más o menos por dónde apuntaba el origen de mi andar desueñado y afligido en serio por la melancolía. Una noche a la salida del teatro, ante mis titubeos y tribulaciones, puso a mi disposición unos billetes, dándome palmaditas en la espalda. Tienes que aprender por ti mismo, me indicó con esa su pausada manera de hablar, no hay de otra; te espero en el café dentro de una hora. Anduve sin rumbo durante un rato, procurándole vueltas y más vueltas a la situación, resolviendo qué hacer porque no se trataba de eso, mi cuerpo quería otra cosa, así que regresé, le devolví el dinero y sospecho que, con aspecto sombrío, le expuse que mi dilema marchaba en dirección distinta, que era diferente la carencia que me traía tan lastimados el juicio y el ánimo. El me ofreció disculpas por su gran torpeza. Te comprendo perfectamente, se sinceró, juzgué que había llegado el momento, y no, todavía no, pero ya llegará, no te preocupes. Creo que le agradaron mis dudas y mis escrúpulos, ya que caminamos un poco más de lo habitual y me dio a fumar mi primer cigarro. Estás cambiando, aseveró en tono confortante, y eso es bueno. Nos despedimos ya en la madrugada, bajo una luna insólita de tan intensa. Al otro día mi madre, cuando estábamos solos, y haciéndose la muy quitada de la pena, mencionó que había manzanas sucias de gusanos por dentro y disfrazadas de lindura por fuera, que había que tener cuidado con ellas. En seguida se puso completamente arrebolada y se le apretujaron los ojos de lágrimas. Yo la abracé y la besé y admití que a pesar de que la metáfora era ingenua, me gustaba. Ella puchereó que qué cosa era metáfora y los dos nos soltamos a reírnos. Si algo me encantaba de su manera de ser era que siempre mostraba limpiamente lo que sucedía en su corazón, y a veces yo pensaba que ella nunca había hecho nada malo, que no tenía idea alguna del pecado, o que su idea del pecado era de una grandísima candidez, igual que su dulzura, y sus ensueños. El profesor de literatura andaba por aquellos días con la sangre pesada a causa de la profesora de historia que había preferido al profesor de botánica que era asimismo maestro de educación física. Vinieron las vacaciones y mi padre trató de persuadirme para que fuese con mis abuelos, que habían adquirido una hacienda en el norte del estado y la estaban restaurando. En otra circunstancia no me lo hubiera dicho dos veces, sin embargo, ahora preferí quedarme y asistir a la tienda también en el horario vespertino. La señora María del Pilar se puso tan radiante por mi decisión y se intensificó tanto el azul de su mirada tierna, que di por hecho que era idéntico el secreto que nos unía, idéntica la herida abierta de lo imposible la que nos laceraba. Con esta creencia encajada y dándose de frentazos contra lo más duro de mi cabeza, acomodé en mi cuaderno este canto:

Vamos,

a fuerza de estarnos quietos,

inventando el tiempo lento,

el sin sentido, suelto,

el que se deja pasar,

así nomás, por pasar el tiempo.

En ocasiones, al anochecer, hacía yo ronda con los amigos de la escuela para ir a la nevería de don Beto, donde tomábamos sodas, poníamos los discos de moda en el aparato de monedas y planeábamos cómo cortejar a nuestras enamoradas. Para no pocos de ellos, juventud era sinónimo de superficialidad, de tontería, y las sodas, los discos y los planes que casi nunca llevaban a cabo, lo único que en este ambiente chato, sin gracia, podía realizarse en las noches. Las compañeras que frecuentaban la nevería vestían uniforme, calzaban tobilleras y debían estar en casa a las ocho a más tardar. Las muchachas mayores se reunían en las cafeterías de los portales, formaban grupos de seis o siete y a ver quién era el valiente que se les acercaba. Yo, sabiendo que mis torpezas corrían al parejo de mis timideces, daba un rodeo por atrás cuando iba a las funciones del cine del centro. La sala de cine ha sido, desde que recuerdo, la isla promisoria donde me refugio. En cierta oportunidad me cercaron a la entrada, formaron un círculo en torno mío encadenándose con los brazos y me obligaron a declamarles una poesía. Tuve la impresión de que la iniciativa corrió por cuenta de Gladys, una rubita a la vez candorosa y descarada que se distinguía lo mismo por su hermosura que por su simpatía, y por una tendencia a la provocación que colmaba de horror a mis prejuicios románticos y poéticos y hacía que me espinaran por dentro la consternación, el temor, la inquietud, los anhelos. Antes, cuando aún no crecíamos, jugábamos y practicábamos travesuras juntos; después, yo me aparté de eso, dejé de lado su amistad y a ella le dio por fastidiarme, y si era delante de sus amistades, con más ganas. Algunas veces, ya para quedarme dormido, imaginaba fugazmente cómo sería el revuelo de sus besos, si sus labios sabrían a decencia o a pecado, si su boca se abriría audaz, certera, voluptuosa. No obstante, mi veneración por la señora María del Pilar expandía sus límites, seguía siendo bálsamo para mí, un lánguido suspenso, y los mejores frutos de mi inspiración amanecían dedicados a ella:

Es la marea de tu cuerpo

aciclonándome la sangre,

es el brillo de tu luz marina

desfondándome los ojos,

es tu grito abierto

apagando mi gemido:

eres tú,

devastadora implacable,

trepando en el recuerdo,

avasallándome la memoria:

suprema tempestad

anclándome a la sombra,

enterrándome en el fondo,

suprimiéndome.

Acaso buscando sacarme de encima el peso de la obsesión, y de las fantasías e impedimentos particulares de los dieciséis años, reuní todo mi coraje y procuré mi primera aventura carnal con una mujer. Pero fallé en la elección. El episodio produjo el efecto contrario al que esperaba. Resultó un desastre, una peripecia escandalosa, fea, desagradable; aquel remedo de pulpo, creyendo adularme con la desmesura de sus fórmulas artificiales, con su impudicia gastada, torpe ya de tan repetida, carente en absoluto de espontaneidad, me provocó mortificación, desamparo, incertidumbre. La ilusión incubada en mi interior rodó por tierra semejante a un ángel lamentable. Mi entusiasmo se vio afectado seriamente. La consecuencia fue que durante un buen rato me creí negado para tal tipo de descargos. Una incomodidad moral y física, una desdicha inexacta me acometía. Incursioné entonces en la oscuridad y la pena turbia del acto solitario, el cual, una vez agotado el placer momentáneo que proporcionaba, me hundía en un padecer interno intolerable. Uno quisiera poder contarle a alguien cómo el cuerpo se le daña nomás de tanto como lo acosan las visiones guarecidas en lo más profundo del sueño y la ansiedad. Sólo que uno es de carácter ambiguo y no sabe sino tapiarse los ojos y remolinear en ellos las basuritas que poco a poco le van desmejorando los colores y volviendo neblinoso el universo. Y mi tío Guayo, que sin mediar una palabra adivinó mi fracaso en la lucha contra el pulpo y esbozó una sonrisa amarga mientras tomábamos café con leche. Después, en un tono casual, me puso al corriente sobre quién había sido Onán y cómo pasaba este buen señor por ser el más diestro en el furtivo arte del amor siniestro. Es una experiencia inevitable el amor en grado de fuerza con uno mismo, declaró con un énfasis doliente, pedregoso, como si algún desperdicio le estuviera estorbando ahí donde el aire se hace voz en la laringe. No obstante, lo limpió en un dos por tres con una carcajada magnífica y se burló de la espantosa solemnidad que había empleado, y de mí por la cara que había puesto. Ya le encontrarás sentido al abecé de tus deseos, sentenció simpáticamente.

En la temporada de vacaciones, la señora María del Pilar se fue a España, donde se quedaría de dos a tres meses. Se despidió de mí con un abrazo rápido y cálido. Al contrario de lo que imaginé, no me mató su ausencia. Es más, requería de un prolijo esfuerzo acordarme de sus facciones, su figura pequeña y esbelta, su tez tan blanca, y tan sedosa. Salió de mis pensamientos con una facilidad que no dejó de provocarme cierta extrañeza. Entre lo escasamente recordable que aún me servía de vínculo con ella, estaba un florero chiquito al que le ponía flores nuevas dos veces por semana, un tímido oasis disimulado entre latas de galletas y de sardinas, en el que descansaba su vista cada que la monotonía se tornaba insoportable. Ella se encargaba de llevar en una libreta de cuadrícula las cuentas del dinero y de las mercancías que se gastaban y que iba siendo indispensable reponer. Y de pronto, sus ojos azul tierno se despegaban de las hojas cuadriculadas y se concentraban en las flores, se olvidaban del mundo, o más bien creaban su mundo aparte, y ella quedaba como protegida en su burbuja, sola, ausente, y yo tenía la impresión de que creaba a su alrededor una quietud, un silencio desmesurado, inaccesible. ¿A dónde se escapaba, a qué noble refugio, a qué exilio? Se trataba de unos segundos que podían contener completa la eternidad. Y yo era el único que lo sabía, el único capaz de compartir esos instantes. Cuando regresaba a la realidad de sus quehaceres ordinarios, yo intentaba intuir cuándo se daría la próxima fuga. Jamás acerté. Era en aquellos momentos cuando más me cautivaba, cuando me figuraba amarla más hondamente, cuando la consideraba imprescindible para vivir. Y ahora, al cabo de sólo unos cuantos días sin tenerla cerca, apenas si conseguía atrapar un gironcito de su imagen que sin darme cuenta se desvanecía, se alejaba, me dejaba con una sensación de casi absoluta indiferencia. Gladys, por el contrario, rebosaba el espacio desocupado de mis desvelos, transformando en apremio mis necesidades.

En eso andaba cuando, súbita, inesperadamente, me topé a la mujer con la cual mi inocencia terminaría de salir del cascarón. La conocí en La casa de los tulipanes, una de las cuatro casas de remanso que había en la ciudad, y la que gozaba de mayor prestigio. Según los decires detrás de la puerta, se trataba de uno de los negocios del presidente municipal. Yo no puedo ni afirmarlo ni negarlo, buena fama de pródiga y desbozalada para el rumoreo tiene la ociosidad de la gente, aunque también son de público dominio los desplantes de generosidad a favor propio de que hacen gala los mandamases políticos. La casa de los tulipanes representaba un negocio menor, por supuesto. Mi tío Guayo me llevó allá un domingo por la tarde. Los domingos, por ser día de sagrado descanso y de estar con la familia, escaseaba la concurrencia. Mi tío, que sabía más o menos la línea de mujeres que despertaba mis inquietudes y acentuaba mis debilidades, pidió sin más trámite que nos la mandaran a ella. Ella vino y se sentó entre nosotros, con adiestrada sencillez. Era joven y bonita, distinta de las demás. Me quedé sin habla, atontado por completo, sólo contemplándola cómo me sonreía y me inspeccionaba, por una parte, como jugando a burlarse de mí, por otra como dándome confianza. Y de golpe, con la seguridad de quien va a tomar un fruto que le pertenece, adelantó con malicia y lentitud una mano y empezó a acariciarme la nuca, el pelo, las sienes; en seguida, aproximó la cara y frotó su piel con la mía, lo indispensable para sentirnos, pero lo suficiente para que se pintaran en mi semblante los colores ladinos de la excitación y el asombro. La sangre se me acumuló en las orejas. Tuve que tensar los músculos y apretujar las mandíbulas para encubrir a medias que estaba temblando. Ella, sin dejar de contemplarme, aquerenció una de mis manos y la colocó sobre una de sus piernas; la angustia que me cimbraba se tornó incontrolable. Encajé sin querer mis dedos en su carne y ella susurró, con abrumadora suavidad, vamos, mi chiquito, pareces un ratoncito asustado, no, más bien un mosquito. Y es que ella era muy alta, robusta, positivamente desproporcionada, inaudita, semejante a las mujeres del teatro y las de las películas. Mi tío Guayo, sin duda para no forzar la situación, se despidió de mí y se le acercó a una señorita que lo estuvo cocoreando desde que llegamos. La que se encontraba conmigo me confió que para él no existía otro atractivo en la casa que aquella señorita, y luego, llena de regocijo, con remilgos de muchacha, me llevó al piso de arriba, a un cuarto donde había dos ventiladores eléctricos, espejos en las paredes y en el techo y una hamaca además de la cama. Para disimular mi conmoción, indagué que para qué eran los espejos y la hamaca; ella desdeñó que para los hombres que les gusta hacer difícil lo sencillo. No entendí bien, pero igual me quedé callado. Sin más, me besó en la boca, lo que me sorprendió y aumentó mi frenesí. Según tenía entendido, las profesionales que ejercen ese oficio no acostumbran besarlo a uno en la boca. Mis reacciones la divertían mucho, le sonsacaban una risa franca, confiada. Me pidió que desabotonara su vestido y me preguntó, graciosa, juguetona, matizando con cuidado su curiosidad, si era mi primera vez. Contesté que sí. No mentía, lo del pulpo no había sido más que un suplicio, una farsa, un episodio grotesco. Mi nombre de trabajo es Palmira, apuntó. Delia es el verdadero. ¿Te gusta? Quiero ser Delia para ti. Y sin otro trámite se puso a enseñarme, de buen grado y con audaces fingimientos, la temeraria industria de su cuerpo. Y con ese cariño especial que suelen prodigar las mujeres cuando conocen que el hombre que está a su lado se inicia en los fervores de la carne, Delia me retuvo anclado en ella hasta que alumbró el amanecer, guiándome con su paciencia, sus perspicacias, sus movimientos, complaciente, sabia, cumpliendo uno a uno los antojos que mi apetito insaciable le pedía. La fortuna estaba de mi lado, y llegué a casa antes de que mis padres despertaran y advirtieran el vacío de mi cama. Traía impregnada la exaltación por todas partes. Un impulso irrefrenable recorría mis venas, una euforia irreconocible, genuina, una felicidad insumisa, retobona, suprema. Me sentía cansado, pero grande, fuerte, poderoso, dueño de una energía inusitada, que montó guardia perpetua en mis nervios, en mis músculos, en mi mente, en cada uno de mis sentidos, y escasamente me permitió dormir.  

Toda la semana estuve repasando el sabor de los aromas que me quedaron de esa jornada. Deseaba volver a sentirla, olerla, tocarla, regodearme en sus senos, sus caricias, refrendar mis besos en sus besos, explorar sus muslos, hincharme dentro de ella, arder en el anheloso interior de su vientre, dominarla a fondo. Para el anochecer del sábado, con la sangre corriéndome desbocada, enfermo de ansias, y malherido el entendimiento de tanto machacar en Delia, fui a La casa de los tulipanes. Le hablé y pareció apenarse de veras, me pidió que la disculpara, que no sabía que iba yo a ir, ya le había dado su palabra a otro individuo, y ella respetaba su palabra, lo sentía en el alma, que escogiera a otra de las compañeras y me recomendaba para que me tratara bien. Yo le protesté que había ido sólo por ella, y ella se montó las manos sobre las caderas. Un rayito como de contento le brillaba en los ojos. Ah, qué caray, consideró meneando la cabeza. Bueno, mira, si quieres nos vemos mañana en la tardecita y nos vamos a platicar un rato por ahí, para irnos conociendo. O a tomarnos un helado, si lo prefieres. ¿Qué dices? Recelé que trataba de tomarme el pelo, pero no me dejaba más salida y asentí. Se lo dije a mi tío y él se mostró preocupado, incluso molesto, aunque no puso ninguna objeción ni trató de disuadirme. Le pedí dinero prestado, sólo por si las dudas, porque estaba casi seguro de que me tiraría la plancha.

Sin embargo, fue. Nos encontramos justo a las cuatro y media, en la puerta del Parque Centenario, bajo el luminoso desenfado del cielo y el bullicio de los pájaros. Traía puesto un vestido rojo, de vuelo amplio, sin mangas, que acentuaba su cintura y la opulencia de sus pechos altivos, demasiado visibles a través de la tela ligera. Su larga melena lustrosa, amarillenta, iridiscente, derramada sobre la espalda, semejaba una llama al revés. Los zapatos de charol negro y tacones muy pequeños resaltaban el jubileo macizo de sus piernas. Había arreglado sus uñas y casi no traía maquillaje. A la luz del día no resultaba atractiva, era menos joven y menos bonita. Una especie de fondo ilegítimo opacaba el brillo de sus pupilas, que parecían lejanas, vaciadas de vida. Noté el ancho vulgar de sus labios, lo espeso de sus cejas; reparé en su estatura notable, en la enorme fuerza de atracción que ejercían sus proporciones exageradas. Un brusco desasosiego empezó a crecer en mis adentros. La desenvoltura, el descaro inocultable de su aspecto, los marcados hábitos de su oficio rompían de continuo sus vanas pretensiones de naturalidad, y me perturbaban, me empujaban al desconcierto, al aturdimiento, al reniego. Mi seguridad corroída, resquebrajada, rodaba por la acera. Miré aprensivamente a mi alrededor. Tenía la impresión de que toda la impertinencia de la gente se acumulaba contra mí. Me asustó la posibilidad de que el alfiler de sus lenguas mordaces se encajara en mi piel, de que cualquiera de los conocidos de mi familia pudiese verme con ella. Cogió mi mano para caminar, y yo me dejé conducir entre la multitud y el bullicio, plagado de azoro, en un estado de absoluta estupidez. Desde un autobús en marcha nos arrojaron una broma que estalló brutalmente entre nosotros y puso al descubierto mi pánico, mi vulnerabilidad. Sentí que me derretía de espanto; me sentí desamparado, y acobardado. Percibí que su ordinariez empañaba todo, me manchaba; su perfume me producía náuseas; su boca no paraba de reír, se abría inmensa, aborrecible; su lascivia depositada en mi rostro resultaba un insulto. Mi tolerancia se hallaba a punto de reventar. El vértigo había enajenado mi cerebro. Estaba paralizado, al borde del llanto. Mi amor, mi admiración, mi deseo, se habían convertido en asco, en desprecio. La empujé violentamente, la herí con una palabra artera y empecé a retroceder, a apartarme de ella como de algo maloliente, sucio. Por fin, di media vuelta y pegué la carrera, despavorido, hui como quien huye para salvar la vida, dejándola a mitad de la calle, desteñida por la sorpresa, incapaz de entender, fulminada por la humillación, hecha un grito mudo, una súplica idiotizada, indigna, masticando una rabia de perra furiosa.

Unos días más tarde vencí mis resistencias y le dije a mi tío que estaba metido en un conflicto terrible; le conté lo que había ocurrido; le confesé cuánto me importó lo que pudiesen pensar y decir los demás, que sentí muchísima vergüenza, que ahora el caos dominaba todo mi ser, la confusión y la culpa no me dejaban vivir en paz, mi actitud y mi comportamiento no fueron precisamente los de un enamorado, los de un héroe, los de un amante rendido. Mi tío cortó mis deploraciones con una autoridad y una firmeza desconocidas para mí y me ordenó dejarme de estupideces, no tenía por qué andar con remordimientos, que me diera cuenta de quién era ella y quién era yo, no es cosa de valor o cobardía, no lo conviertas en una tragedia; además, afirmó con un ademán de superioridad, seco, severo, sólido, anclado en la tierra, un error no es un fracaso, el sol no se va caer por una minucia, te aseguro que cualquier hombre de bien hubiera hecho lo mismo. Y con algo que ignoro si fue una orden o un consejo, concluyó: Olvídate de eso. Lo obedecí, en realidad sin mayor esfuerzo; en menos de lo que hubiese pensado ya me había olvidado del asunto. Olvidé también el manojo de breves sobresaltos, de ocultas alegrías que me provocaban los amores inofensivos de María del Pilar y de Gladys, tan próximas y tan fuera de mi alcance, tan lejos de mi afán, y regresé a las pláticas con el profesor de literatura, que me llevaba muchos años, pero con quien mantenía algún tipo de afinidad, y a las salidas furtivas con mi tío Guayo, mi amigo, mi mejor respaldo. Y seguí creciendo, salvando los obstáculos de la cuesta de los dieciséis años, y ocupando cada vez más mi lugar, mi verdadero lugar en el mundo.

Agustín Monsreal (Mérida, Yuc. 1941) En 1995 se instituyó en la ciudad de Mérida el Premio de Cuento Agustín Monsreal. En 2016 se creó en la revista LA OTRA revista de poesía el premio internacional de minificciones mínimas (Pigmeísmos) Agustín Monsreal.

Ha obtenido, entre otras distinciones importantes, el Premio Nacional de Cuento del INJM en 1971 y el Premio Nacional de Cuento INBA-San Luis Potosí, en 1978; el Premio Nacional de Periodismo, en 1983, y en dos ocasiones, 1987 y 1996, el Premio Antonio Mediz Bolio. Asimismo, ha sido distinguido con los principales reconocimientos que otorgan el Poder  Ejecutivo y el Poder Legislativo de su Estado natal: La Medalla Yucatán, en 1999, y la Medalla Héctor Victoria Aguilar en 2009. En 2018 obtuvo el Premio Iberoamericano de Minificción que otorga la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.