Ricardo Venegas, escritor y periodista mexicano, entrevista al poeta Tomás Calvillo, perteneciente a la Generación de los 50’, y nos ofrece una muestra de su poesía.
Tomás Calvillo
Galería de promesas
La imagen del río es más precisa
Entrevista a Tomás Calvillo
Ricardo Venegas
En su poemario Tabing Dagat/ Junto al mar dice: “el océano medita en los humores del cuerpo”, ¿cómo advierte esta conexión entre el hombre y el exterior?
Descubrimiento, asombro, conocimiento, experiencia interior; disciplina.
¿El poeta ve más que los demás?
No; sólo su lenguaje es distinto:
ve con las palabras.
¿Hay vasos comunicantes entre los poetas de una misma generación?
La Generación de los 50’,
como toda generación vive un contexto
y hereda cultura.
¿Cómo convivir con el peso de la tradición?
Se convive y ya.
Deja de verse como un peso;
la imagen del río es más precisa.
¿En qué lugar de la tradición se ubica? ¿Quiénes son sus referentes?
La globalización en boga
tuvo antecedentes en la literatura.
La poesía no tiene fronteras,
nunca las ha tenido,
es uno de sus poderes,
sus visas son las metáforas.
¿Puede describirnos su proceso creativo?
En cualquier lugar y a cualquier hora;
proviene de una disciplina interior; estar despierto.
En un intento por asir el poema Octavio Paz identifica tres aspectos fundamentales: el ritmo, la metáfora y el lenguaje. ¿Cree que alguno de estos elementos es más importante que otro? ¿Hay un equilibrio de éstos en la forma?
Es difícil separarlos:
la metáfora los articula.
Tomás Calvillo
Galería de promesas
El cubismo está en tu rostro;
la geométrica nariz de la vida y su vuelo
su química chapeada
de mejillas silvestres;
el pez delirante río arriba
donde cruzan los caminos
que ya son piernas
los labios adquiridos en el mercado,
la irremediable sandía del esteta mexicano,
su oriental caligrafía— las aves como aplausos—
La sonrisa templada de quien lleva la semilla,
anónimo cartero de si mismo,
sin sombrero, sin corbata.
El crisol de los dientes
y su venerada leche solar.
Las orejas siempre amenazantes
por salirse del marco;
la frente imaginada del mediodía,
sus asombrados limones
ocultos en la garganta
de un cuello acusativo.
Las huellas circulares
del destino que no se cumple
al extraviarse el As de bastos
en el laberinto de las pretensiones,
sus sogas que anudan el horizonte.
Los hombros que alcanza el niño
y su precoz inquietud
al asomarse al pozo del deseo
El azul como presente
para agradecer la altura
donde todo inicia.
Los ojos como acentos, inamovibles
fijos en el acuoso fluir de la especie.
Los tenis triunfantes del regalo
sus cintas blancas al caminar,
festivos a cualquier precio
balo la túnica al umbral de la oración.
La espalda mojada del verde;
El adiós de siempre de un viento irrevocable,
asistido por el paisaje generoso dispuesto a ser sendero.
El súbito sueño de los ángulos, triángulo, círculos,
en los márgenes de la pesadilla zigzagueante y veloz
que deja la escarcha de los sinsabores
entre los vellos de la piel.
La mesa que resta de la larga noche,
sus incisiones en la madera: adelantado cobre
y tabla de salvación en el naufragio
de las fiestas orientadas por el alcohol.
Las mancuernillas
de las mañanas perdidas.
El crucial deleite del corazón,
fatalmente rojo,
salpicando su vitalidad
entre los intentos del acomodo.
El pañuelo celeste
de una lágrima furtiva
al compás del sentimiento
y aquel rezo que dice así:
Soy ese lector ferviente que aún cree en el, Padre Nuestro
de los versos en sus doradas letras capitulares
que se atesoran bajo los párpados a manera de presagios;
en el Ave María de la cintura, en su magistral enseñanza de infinito
a través del tacto y el aroma presentido de la orquídea
y su bondadosa tertulia, casi infantil, a no ser por su escondido fuego;
en el confesionario de la alcoba que despoja al mundo de sus dolores;
en la penitencia del amanecer y su compasiva luz de resurrección;
en el Rosario de la humedad y sus murmullos virtuosos .
Soy el lector ferviente,
el devoto aspirante al amor
que reescribe el antiguo texto de los padres idos,
y descubre la lúdica desnudez de los cuerpos;
su bella dignidad al estar descalzos en esta galería de promesas.
Las nubes están henchidas de naranjas
y el olor de las limas esparce sus óleos
cuando el sueño se desboca y nos despierta;
la plata se pasa de peso y se convierte en metal precioso,
monedas al aire destellan y por momentos sueltas.
Y si se pierde el tintero por antiguo y perenne
agitaré mis horas y la adolescente parranda
vendrá de regreso; aunque pudiera ser distinto
y la sola conciencia detone sus nucleares átomos del idioma.
La pintura
vuelve a su juego
de ser ventana
Ahí estaba Lopez Velarde como un mago poniendo cursivas a sus días
y saltando desde un trampolín en los baños San José para recordar que al fondo de la alberca los mosaicos fijos mantienen el orden , el mismo que el vate zacatecano en su estancia en San Luis, supo sacudir para explorar con sus metáforas el, paisaje de una infancia que se desliza precoz; la, premura de saberse atraído por el celeste sulfuroso de una mirada y los pechos en flor de una pubertad superada…
cuántas notas alcalcé en ese cubismo incierto
del mantel de cuadros negros y blancos bordados por reyes y reinas,
sin súbditos ya que obedezcan en una República de sables, pólvora y sangre.
El cubismo del que hablábamos, al principio de los principios,
son los dados de la fábrica que impuso su dominio y alteró nuestra memoria disolviendo la eternidad convertida en humo turbio
de inmensas chimeneas de ladrillos amarradas
por el serpentino silbato de los trenes
en la madrugada estruendosa de morados y naranjas
que alinea a millones estrujados en sus overoles de mezclilla azul,
con el cisne bordado a la altura del corazón.
Que tiempo este de alcázares electrónicos
que disipan cualquier horizonte plausible y cegan la razón,
la despojan de su tiempo esculpido entre el puño y el mentón;
tal vez solo en la nuca se conserve el nicho
donde perdura intacta la imagen de aquel primer poema
sus tintes dorados y la silueta del ser.
La veladora de diciembre
La hoguera
en el vientre
de la Virgen.
Es el amor
más infinito.
Su viento
atraviesa siglos
Ondea
en rojo
ese fuego
de la Rosa
que es carne
viva
Encendidas
llamas del maguey
alumbran la noche.
De su manto
el azul
de un abrazo
Como
Un espejo
en ella parpadean
las verdes estrellas
El soplo de la Luz
la consume
eternamente
en este cónico
vitral
de la veladora
que despeja
Y asiste
la madrugada.
Una vasija
de vidrio
Todo cuerpo enamorado
resplandece
Al amanecer
Es un altar
Ella en su pasión
De ser
Nos abriga.
El cuchillo
De la vida
En su filo
Luminoso
Corta
una y otra vez
este cordón
La orfandad
de nuestras huellas.
Nos interroga.
Rojo incendio
del corazón
precisa oración
pronunciada.
Cuando nos separamos
Porque nos separamos.
La quemadura
del tiempo
que nos consume
en tu aroma
presentido
es la promesa
del silencio
Tan tuyo
esta incomprensible
Dulzura que nos enamora.
Un presagio
el palpitar de tu sangre
ese hilo rubí
Que ya es un río
El carmesí
Impregnado de oro
Punzada que tejen
ambiciones
antiguas cenizas
que sacudes.
Amada nuestra
El secreto de tu vientre
Tiene un solo nombre
Resurrección.
Solo está agua tuya
Apaga nuestra sed.
Y esa incandescencia
de la tierra al pisar
nuestros sueños y pesadillas serpientes y dragones
En tu tenue sonrisa
Son solo
La media luna que balancea
Su polaridad
Que el bravo mar
Sostiene
Tu danza interior
La de tus llamas
que pureza
esta orquídea
que nos entregas.
Ahora entiendo
El sentido
De mi propia ofrenda.
Heme aquí
En la oscuridad
Admirándote
Qué sabiduría
La tuya
Al descifrar la semilla.
Presencia de amor.
Tu fortaleza es mi inmersión.
Sin aspavientos
Así en tu airado estar
Acompañando a quien te mira
Y sabe callar.
El lugar de la resistencia.
Es un respiro en la madrugada
y si fuera con mayúsculas
seríamos la puntuación:
el cielo, el árbol, el río
ese ir del agua y nosotros;
y si el silencio lo permitiera,
la tertulia de lo cotidiano,
de lo que lleva cada uno,
se despojaría de su quehacer;
y en esa ambrosía del tiempo desnudado
la inmensa gratuidad donde nos alojamos
palpitaría.
Olvidamos esta hondura
esta presencia
al inhalar y exhalar
cuando se expresa
el extravío de pretender ser
más que los dioses.
Es también luz microscópica
la certeza de sabernos
en los poros de la conciencia
Somos una historia de resonancias
apenas percibimos sus relieves,
y todavía pretendemos apropiarnos
de lo ajeno fuera y dentro.
La humildad es el registro
de la infinitud que nos aproxima,
a esa fuerza de atracción
donde transcurren nuestros días.
Solemos olvidar ese tránsito,
solemos involucrarnos de más;
y así perdemos el sutil tacto
que sostiene los amarres
del tiempo y sus cosas.
El altar de la vida
Y se fue el tiempo,
Nos restan parcelas de sentimiento,
Orquídeas de atrevimientos
Sueños sueltos como siempre
Horas ya sin peso alguno
Mañanas en instantes
Un saberse abrumado
De las ciudades del deseo
Aspiraciones inalcanzables
Una tras otra ya millones;
Qué algarabía extraviada
Qué pretensión tan estúpida
Qué abismo en cada uno
Qué incapacidad de tender la mano
Qué engaño, qué gusto por el engaño
Así la hemos llevado
Justos e injustos
Mujeres y hombres
Una especie fascinante e ilusa
Cada vez más lejana de su origen
Ausente, apegada a sus temores
Esquiva
Absorta en sus conocimientos
Engreída
Y de pronto la muerte de tu abuelo a las 430,
Jorge Isaac
A la hora del remolino frío que velo al sol,
Nos hizo releer en voz baja:
La ternura inmanente que conforma el mundo
El mundo nuestro de cada día;
Estoy cierto
Que en sus ojos pronunció esa última luz
La primera luz que olvidamos, sutil fortaleza;
Una pizca de eternidad
Tal vez ni eso sea necesario
Eso le toca a la muerte, es su tarea
El desprendimiento total, completo
Que nos permita, incluso,
Saber que ya no estamos vivos
La partida suya es una bella enseñanza
La última que nos dejó y suficiente
Puede llover una vez
Puede llover otra vez
Puede llover dos veces
Y más…
Tomás Calvillo nació en la Ciudad de México en 1955. Ensayista, narrador y poeta. Radica en San Luis Potosí. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y la Maestría en Historia en la UIA. Doctor en Ciencias Sociales por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social Occidente. Profesor e investigador en El Colegio de San Luis. Fundador de El Zaguán. Ha sido miembro del consejo editorial de Ixtus, así como fundador y presidente de El Colegio de San Luis. Becario del Center for U. S. Mexican Studies, Universidad de San Diego, California.