Desde el "futuro" el escritor colombiano Carlos Fajardo Fajardo nos comparte sus crónicas poéticas sobre el corona- u otros virus.

El año que el mundo se detuvo

Carlos Fajardo Fajardo

Sobre encierros y otros virus

Publicado en el mes de agosto del 2021, un año después de la pandemia.

Confinados y con la casa por cárcel ¿Por cuánto tiempo viviríamos?

¿Tendríamos nuestro hogar como firmamento?

Día a día nos hacíamos estas preguntas. Afuera estaba el enemigo, adentro habitábamos con nuestras sombras. A cielo abierto viajaban los recuerdos, los abrazos, los besos que alguna vez fueron furtivos. En nuestros cuartos los atardeceres naufragaban.

«El destino y la historia pronto dirán que pasó», nos decíamos. Mientras tanto el día y la noche se volvían más grises y los grises más negros, fundidos en una eterna efervescencia.

Vivíamos con la casa tomada y no había puerta que nos expulsara.

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Entonces la gente lloró y se refugió y no se dejó ver más. Todos se ocultaron. Los unos de los otros huyeron, cancelaron abrazos, besos, las delicias y el pronunciar palabras. En eso estábamos y en eso vivíamos, con la noche de la plaga rondando las calles, cuando el infierno con sus aspas nos cortó en mil pedazos, tanto que no pudimos luego de nuevo reunirlos.

Fue el año en que el mundo se detuvo. El año de la luna triste.

Un día tras otro y otro se fue oscureciendo el cielo y nadie dijo nada, solo escuchaba y obedecía. Todos en silencio nos alejamos a las madrigueras y el miedo se volvió pan cotidiano y el terror cobijo de la noche, como si nos abrazara la ira y una venganza se adueñara de nosotros.

Y nos azotaban también el hambre, el abandono, el frío, la intemperie. Eran nuestras cargas, el terrible odio hecho costumbre. Adentro todos cabalgaban hacia sí mismos; afuera, como potros desbocados pasaban seres hambrientos deseando tomar por asalto la gélida luna, alguna provocativa estancia.

Fue el año cuando se detuvo el mundo, el mismo donde entramos en pánico y la ciudad se llenó de nuestros miedos, y confinados vimos cómo en los relojes caía nuestra arena.

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Y casi nunca llovía, por lo que la sequía y el calor hicieron más duro el confinamiento, más cruel la ausencia. A medida que pasaban los días nos desesperábamos, pero en las redes digitales el humor servía de escudo, muro de contención que suspendía por instantes la desgracia.

Éramos los expulsados, no a la intemperie, sino a nuestra propia congoja.

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Cada día aumentaban los ermitaños, los silenciosos, los introspectivos, los desconfiados, los agresivos, los neuróticos, los psicóticos, los paranoicos, los flemáticos, los sanguíneos, los misóginos, los melancólicos, los ciclo rígidos, los neurasténicos, los depresivos, los maniacos, los compulsivos, los inconformes, los antisociales, los réprobos, los trúhanes, los zafios, los malandrines, cafres y malvados. En fin, toda una pléyade de infiernos. Y allí estábamos, añorando el mundo que se había esfumado, el mundo que de un momento a otro nos golpeaba con sus báculos.

Entonces comprendimos que la guerra estaba casi perdida.

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Sí, la guerra la teníamos casi perdida. Nos habían enclaustrado para derrotarnos. Encerrados ¿Cómo íbamos a exigir nuestros derechos? ¿De qué manera podíamos hacer escuchar nuestras voces si el encierro se las había tragado a casi todas? ¿Acaso desde la des-memoria fugaz, efímera de las redes? ¿Cómo detener al Leviatán de las políticas maléficas con sus estrategias infames? ¿Desde nuestros nichos de miedo?

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Al interior nuestros laberintos y terrores, nuestros infinitos interrogantes, la soledad sitiada, pero siempre como retruécano las incesantes preguntas: ¿Y esto por qué? ¿Y este vivir para qué? ¿Con qué propósito?

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Habíamos perdido nuestra capacidad de hablar, ¿O nos había contagiado el virus de la mudez y de la inutilidad?

Otro virus nos habitaba y todos sin armas para enfrentarlo. Lo fuimos aceptando lenta, paulatina y servilmente, mientras éramos inundados de falsas noticias, falaces promesas de sanación, inexistentes vacunas. Todos se daban el derecho a opinar, a lanzar conceptos, inventar quimeras. Así no pudimos saber, en medio de tantas palabras, dónde comenzaba lo cierto. Esos otros virus llenaban la casa.

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¿La idea era seguir así destrozándonos? Esta inquietud parecía cumplirse a medida que los meses pasaban y nos taladraban los días.

Cuando salíamos de compras (como sonámbulos extraterrestres, con la indumentaria de guantes, tapabocas, máscaras y demás dispositivos) la usura se tragaba en un santiamén todas nuestras hambres, nuestra petición de gozar un poco de los múltiples sentidos. La usura de los hipermercados, de los tenderos, del vendedor a granel. En esa escalada de precios cada cual trataba desalvarse.

Un día algunos no aguantaron y hordas con hambre surcaron las calles, con furia cayeron sobre la ciudad como otra peste, otra plaga, que reclamaba lo que les habían negado poraños.

Así vivimos la hecatombe, mientras las tardes y las noches sucedían, esfumándose lentas, junto a nuestra agonía.

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Estaba la otra peste, la que protegían los poderosos, la mimada por ellos, la endiosada, la que les daba seguridad, autoridad, poder y de ella se regocijaban, y en ella se mostraban, posaban. La otra peste que día a día nos aturdía, vigilaba, seducía, fascinaba.

Creer en ella era creer demencialmente. A través de ella aseguraban el odio, el pánico, la impotencia. Cuando la tarde iba cayendo y lentas se encendía una a una las luces como constantes cocuyos, también se encendían las noticias dando comienzo a esa otra peste rutinaria.

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«Quédate en casa» se repetía sin descanso, mientras la gran mayoría veía en ello su sentencia de muerte. «Quédate en casa» machacaban los medios, pero los desempleados, los zapateros, las modistas, los barberos, los indigentes, los peluqueros, los sastres, los vendedores de frutas, las prostitutas, los payasos, los saltimbanquis de los semáforos, los mendigos, los maromeros de los circos, los traga-fuegos, los emboladores, los vendedores de chucherías, los serenateros, las estatuas vivas y artistas callejeros, los cantantes y vendedores en los buses, los paga-diarios en los inquilinatos, los proveedores al detal… sentían cómo cada sílaba de aquella frase los liquidaba, los condenaba al silencio.

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Un día al fin llovió. La gente no dudó en salir a los balcones, asomarse a las ventanas, abrir con cautela las puertas para mirar caer la lluvia como por primera vez.

En medio del azote de la inactividad y la monotonía, un espectáculo así rompía el ritmo, registraba otros olores, cambiaba el color del día.

Durante los veinte minutos que apenas duró todos tratamos de retener aquella imagen que daba sensación de asepsia en medio de la peste. Respirábamos ese aire con olor a tierra mojada, trasmutado en agua que purificaba al virus maldito.

Nos hubiera gustado salir y correr bajo la lluvia, jugar entre los charcos, volver a la infancia primera, encantarnos con el fugaz deslumbramiento.

Cuando la lluvia cesó, nos quedamos viendo cómo se disipaban las nubes; cómo una a una las gotas se desprendían de los tejados, de los aleros, y cómo el viento sacudía los árboles trayendo de nuevo ese sonido tan grato y ancestral de la lluvia cayendo sobre la sequía del mundo, y llenos de tristeza nos retiramos al sonoro murmullo de nosotros mismos, a nuestra propia congoja.

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El miedo y el pánico eran los que más se volvían cotidianos. Aquel «no se acerque», «no se roce», «no acaricie»,»no toque paredes, ni ascensores», «no camine», «no huela», «no tosa», «no, no, no…»

Así la culpabilidad crecía y cada uno sentía que la llevaba como carga. Para todos «la culpa era indudable». La frase de un cuento de Kafka nos era normal, la asumimos de forma tranquila, sin queja, sin remordimiento. Era lo que sutilmente formateaba el orden oficial en nuestro cerebro, en la piel. «No salgas», «no toques», «no acaricies», «no olfatees», «no estornudes», «no hables», «no, no, no…». Si incumples tú eres el victimario.

Los rostros de los verdaderos culpables se ocultaban felices, agradecidos de estas falacias.

La angustia y el pánico hicieron nupcias, convenciéndonos de nuestra culpa, acabaron con la poca tranquilidad que nos quedaba. Mientras tanto, los dueños del capital, tranquilos desde sus sillones, veían cómo todos íbamos callando, y cayendo.

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¿Habría alguna salida? ¿Renaceríamos? ¿Tendríamos la fuerza suficiente para soportarnos y salir con nuevos bríos a enfrentar nuestros otros miedos?

No teníamos ninguna certeza, pero ensoñábamos que sí; que renacer, vivir de nuevo, vencer la sensación de la derrota era posible, y escribíamos poemas, canciones de esperanza, de resistencia; inventábamos seductoras prosas, inquietantes ensayos; producíamos vídeos con sentimentales cantos y mantras, rezos y plegarias…

Sí. Allí estábamos con el corazón en la mano tratando de cambiar el rumbo, nuestro rumbo, deseando que unas cuantas palabras bastaran para alimentarnos, ayudarnos, sanarnos en aquel año que el mundo se detuvo.

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La alegría no se había liquidado del todo. Reíamos aún, bailábamos, cantábamos, nos emborrachábamos. Algo de música se oía desde los cerrados cubículos, en los diminutos apartamentos, mientras el virus rondaba por las esquinas y la muerte se tomaba en serio su antiquísimo oficio.

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Los que morían se iban silenciosos; sólo el virus hacía su escándalo. El viento de la peste no se detenía. La ciudad estaba casi vacía. Ausentes los bares, los burdeles, los bailaderos, los antros de mala muerte, los cines, los teatros, las viejotecas, los moteles, la calle del pecado… Se diría que estaban en estado de invernadero.

Y en nuestros adentros era la nostalgia la que se movía en casa. Prisioneros de los recuerdos, tratamos de apaciguarlos con falsas noticias, aparentes vacunas, pócimas y remedios caseros, melosas canciones, ridículos juegos, simulacros de rumbas, videos domésticos, mediocres películas…

Al amanecer, las luces de la ciudad una a una se iban esfumando. El silbo de los pájaros se escuchaba más nítido y vimos con mayor detalle el misterio de su vuelo. El silencio de las calles les había permitido un aire más fresco y limpio, una ausencia de fragores y de ruidos. Sin embargo, allí seguía la amenaza y la ciudad contaminada nos asaltaba, asustaba, enclaustraba. En cualquier parte se podía adherir a nuestro cuerpo el bicho maldito, pegarse con sus múltiples tentáculos, volverse parte de nuestra sangre. Vaya ambigüedad: afuera el aire limpio reinando para los pájaros, pero también el imperio de la peste para los humanos.

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Todo se lo tragó el virus. Así la alcantarilla política del país podía seguir expandiendo su hedor y todos obligados a usar tapabocas, como si intentaran que no oliéramos su terrible podredumbre.

Cuando creíamos que se terminaba el encierro, nuevas disposiciones surgían. Ningún esfuerzo había sido suficiente y a otros meses nos someteríamos hasta vencer al Leviatán, lo que al parecer no iba a suceder nunca. Entre mes y mes los contagiados, los muertos, la desconfianza y la rabia crecían.

Y se detuvo el bullicio en las graderías de los espectáculos como si la peste inundara cada poro, cada átomo. Y los cuerpos quedaron confinados a moverse solo a deshoras, a destiempo, en casas o en cuartuchos al ritmo de sus llagas, de la propia muerte.

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Era el ágora destrozada, abandonada, fracasada. La palabra presencial enmudecida. Fue la virtualización digital la coronada, la que salió triunfante.

Claro, ello nos sirvió para encontrarnos en el telestudio, en los teletrabajos, televiajes, teleespectáculos, telemuseos, en el amor virtual, la amistad y los asuntos. Todo pantallizado, hasta que se fue volviendo norma, única posibilidad de existir.

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En torno a los aplausos de solidaridad, el fallecimiento de un familiar o de un amigo era todo un acontecimiento por el doble dolor que traía. Todos entramos solos a la muerte se sabe, pero bajo estas circunstancias, los deudos iban quedando más solos con su doble dolor a cuestas. No podían despedir a su pariente, amigo, conocido…

Todos los ritos funerarios fueron borrados por el viento de la plaga. Se volvieron mera añoranza, recuerdo, impotencia. El duelo se hacía a distancia con una reverencia secreta, más dolorosa que la misma presencia. Y los muertos aumentaban, día a día los despedíamos en silencio.

El 23 de marzo dimos un adiós virtual al dramaturgo colombiano, director del teatro La Candelaria, maestro Santiago García, y el 4 de abril al poeta, cantor, pintor, director de cine español Luis Eduardo Aute. Con admiración por sus obras les agradecimos, mientras las cifras mortales aumentaban despiadadas y abatidos despedíamos a los nuestros.

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La peste había logrado que al «otro» lo extrañáramos, pero al mismo tiempo, cuando podíamos de nuevo encontrarnos, nos mirábamos a distancia, en silencio. La peste liquidaba la capacidad de afecto, la necesidad de hallazgo y de misterio.

Como desconocidos caminábamos con pintorescos vestuarios diseñados para la ocasión. Personajes de una obra de teatro con nuestro disfraz de virus, igual a extraterrestres locales a quienes les ha dejado la nave espacial en una hora incierta.

Bajo este disfraz nos sentíamos protegidos, aun cuando ponerse tapabocas, guantes, máscaras de plástico y otros protectores, era como haber sido invitados a una fiesta a la que todo el mundo se apuraba para no llegar tarde a escuchar la fatal orquesta.

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La única ocupación inteligente que tal vez nos quedaba era «copiar un libro al revés», tal como lo propone el profesor Stephan, según se lee en los carnets de Camus sobre su novela La Peste.

Estar en casa vestido o no, poco importaba. En las telellamadas sólo nuestro rostro aparecía, negando así parte del cuerpo. Desplazamos al cuerpo, lo sustituimos por estudiados y simulados gestos frente a las cámaras. El resto de lo que somos quedaba en suspenso, y en la calle, bajo la peste, nadie se atrevía a lanzar juicios sobre nuestra apariencia. Todo se aceptaba. La peste y sus prohibiciones se volvieron norma, casi ley, casi moral y siempre una regla.

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También se contagiaban médicos, enfermeras, camilleros, conductores de ambulancias, paramédicos, administradores de hospitales, bomberos, y uno a uno sin equipos de protección se iban esfumando en medio de la desidia y la falta de apoyo de gobiernos que los desprotegieron poraños.

La tragedia, entonces, era peor y aumentaba. Los hospitales se reventaban sin camas ni equipos adecuados; los médicos, como oficiantes de la muerte, elegían quién merecía morir o quedarse. Camiones repletos de cadáveres, casas y habitaciones con olor a difunto; fosas comunes, calles infectadas, y nosotros transportando alguna remota esperanza por los pasadizos de la Parca.

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A medida que se propagaba el virus, la corrupción crecía al unísono de la catástrofe. Negocios torcidos del gobierno en la repartición de las ayudas, con cédulas inexistentes o de difuntos reclamando mercados y subsidios, y el Presidente y sus funcionarios diciéndonos con cierta risa maleva: “Vamos a investigar, pero estamos seguros de que no hay nada torcido, de eso pueden estar seguros, pero tranquilos, lo investigaremos».

La frase absurda, cínica y audaz, era una burla a cualquier serio raciocinio.

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Algunos decían: «Es que nos creen estúpidos». Y sí, ellos sabían que en un gran porcentaje la población era obediente, creyente, confiada y que todos los medios, puestos al servicio de construir una idiocia social, habían hecho bien su trabajo.

No sólo nos creían idiotas, en buena parte lo éramos y se aprovechaban. No había duda que en sus reuniones a carcajadas reían.

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La torre se derrumbaba como un castillo de naipes con todos adentro, y en tanto nos dedicábamos a protegernos y a detener su derrumbe, otros se dedicaban a liquidar a nuestros líderes que por años habían levantado la voz por su comunidad, su gente, su tierra y derechos. Uno a uno los iban callando, víctimas de esa otra plaga arrasadora que odia al que se enfrenta y exige; que se abraza con fervor a la cruz es vástica y a los señores de las sombras, con sus negras banderas.

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Cuando creíamos que ya nos habíamos salvado, muchos en sus casas sufrieron el “síndrome de la cabaña”, miedo al ágora, al afuera, a sus semejantes. Entonces, se quedaron encerrados, temerosos, con temblores de pánico al sólo saber que debían volverse multitud, muchedumbre, grito, saludo, compartida palabra.

Su temor y temblor eran tan contagiosos como el mismo virus, tan explosivos que los dejaba en la absoluta soledad, despojándolos de un mínimo sentido del abrazo.

Debido al síndrome transformaron sus pequeños nichos en templos y entidades de sanidad, libres del mal y de aquella peste sacrílega, protegiéndose del pecado del mundo.

Se encerraron en sí mismos, mientras afuera el día rodaba con la furia de un desquiciado.

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La noticia nos sorprendió de pronto, no solo por lo insólito, sino por la tragicomedia que contenía. Cinco hombres y cinco mujeres se habían quedado confinados en un prostíbulo de la metrópolis. Parece ser que en el mismo momento que se decretó la cuarentena, las cinco parejas no alcanzaron a satisfacer sus deseos y decidieron esperar a que pasara la peste.

Al cabo de 32 días seguían encerrados, tanto por su propia voluntad, como por el Demiurgo de la pandemia. Sólo basta imaginarse la pantagruélica vida que llevaron durante todos esos días con sus noches; cómo habrán sido aquellos convites, qué nuevo Decamerón se inventaron.

Al pasar de los días, a los varones los dieron por desaparecidos. Sus novias, esposas y familiares lloraron desconsolados.

Se cree que fue el agotamiento sensorial el que los sacó de la glotona estancia. Cierta mañana, cansados hasta la saciedad, abrieron la puerta del prostíbulo y uno a uno fueron azotados por los rayos del astro que hirió sus ojos hasta devolverlos a una realidad temporal y triste, retornándolos a la ciudad enferma de una peste bárbara.

En sus barrios corrió la noticia, y como el fuego de los chismes y chistes encienden las hogueras vecinales, todos cantaron en sus casas al unísono la estrofa del sinvergüenza: “no estaban muertos, estaban de parranda”, imaginándose el perpetuo y feliz bacanal.

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Las violaciones a las ordenanzas, a las disposiciones y decretos se hicieron pan de cada día. Eran tan normales que a casi nadie le importaba.

Aburrida del confinamiento, la gente salía de paseo a los ríos, realizaba bailes en casas, cantinas, bares y prostíbulos clandestinos.

Las calles estaban abarrotadas, los autobuses a reventar, los estornudos y las lágrimas se expandían a contracorriente.

De modo que violar las normas se convirtió en un salvavidas emocional contra la psicosis del contagio. Borracheras, escándalos, corrillos y hasta secretas serenatas de cumpleaños y aniversarios.

Fue la forma de afrontar la desesperación, junto a violentas peleas por defender las migas que quedaban de nuestros derechos.

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Crecía la corruptela en las entidades del gobierno, en el demoniaco centro que aprovechaba el caos, el pánico, el encierro para hacer sus negocios necrofílicos.

El montaje, el simulacro, les había salido muy bien, mejor imposible. La escenografía estaba instalada, el set totalmente organizado y los actores muy bien preparados para representar el drama mundial que se cargaba a sus muertos. Simulacro, representación y tragedia servían para manipular en secreto sus trampas oscuras, sangrientas, millonarias.

Entre más se infundía el pánico, los bancos globales soñaban con los préstamos y los dineros que se depositarían después de la virulencia en sus arcas.

Los banqueros sobándose las manos se regocijaban, mientras el hambre aumentaba, paralelo al ascenso de la mentira y la falacia.

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Un sábado santo falleció uno de los tantos médicos. Lo despidieron como héroe, aplaudiéndolo con las mismas manos que días antes lo expulsaban de almacenes, ascensores y le negaban el derecho de habitar su propia casa; manos manchadas de odio, de pavor, exclusión y rechazo.

No, no era un héroe; su condición lo convertía más en un mártir sacrificado, una víctima por el abandono del gobierno y de los burócratas mercaderes con su afán derapiña.

Fue un adiós triste, penoso para todos sus colegas, los cuales comprendieron qué tan solos estaban y qué tan cercana y posible se veía su pronta partida.

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Era la primera vez que nos pasaba, de ahí que poetas, cantantes, novelistas, pintores, cocineros, deportistas, actores, actrices, periodistas… desearan dejar su marca para presentarse, exhibirse. Quizás así combatían el terror a la muerte, detenían su inevitable poderío.

Todos, convocados por un demiurgo fatal, nos propusimos dejar registro, tatuar nuestra huella en un vaporoso aire lleno de ánimas y fantasmas.

Sin embargo, la Parca, indiferente a nuestros egos, hacía su trabajo.

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Y luego pasó la peste. Después de muchos meses éramos apenas humanos que nos sosteníamos temblando al pisar las calles, al atravesar los umbrales. Y era el miedo todavía el que recubría aquella piel donde el sol cobraba con fuerza su ausencia. Y eran las separaciones, el silencio, lo que reinaba.

Nos habíamos acostumbrado a no tocarnos, a no tenernos tan cerca. Así que nos fue difícil extender una mano para estrecharla, estirar los labios para coronar una mejilla.

Como zombis caminábamos, mientras la luz del medio día seguía su curso.

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¿Renunciaremos voluntariamente a nuestra libertad? ¿El miedo de nuevo nos vencerá?

(Meditar más sobre este aspecto…)

Hasta aquí el manuscrito que el autor dejó inconcluso muy probablemente hacia principios del 2021.

Carlos Fajardo Fajardo nació en Santiago de Cali, Colombia. Es poeta y ensayista. Magíster y Doctor en Literatura. Docente asociado de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, Bogotá. Colaborador del Periódico Le Monde diplomatique. Director de la Colección Pensamiento Estético Siglos XX y XXI y del seriado audiovisual Vida y obra de Artista, realizado y producido por Desdeabajo televisión (daTV). Autor de múltiples libros de poesía, ganador de varios premios nacionales. Poemas y ensayos suyos han sido traducidos al inglés, italiano, ruso, turco, francés, serbio, polaco y portugués.