Les ofrecemos una selección de poemas nacidos en el «cruce de naciones» de Françoise Roy, originaria de Québec radicada en Guadalajara, poeta, narradora, traductora, galardonada con múltiples premios internacionales, así como con el premio nacional de México Alonso Vidal (2007) y el Premio Nacional de Traducción Literaria en Poesía ((INBA,1997).
Libro de horas sobre papel arroz
Françoise Roy
Libro de horas sobre papel arroz
Por mucho que el cielo, caritativo, quiera auscultar la Tierra,
nada puede contra la lluvia a contrapié,
el clareo de la frondosa pelambre,
y mucho menos sabe guiar al ave migratoria, proel de las nubes,
norteada en su cambalache de estaciones trastocadas.
Poco sabe el ángel del dialecto ignorado de los árboles,
de la vida sexual del puerco espín,
del gusto del camaleón por las tonalidades del arco iris,
del solar lleco cartografiado por sus pozos de diamantes,
de los parlamentos del petricor con el bosque en brama,
si apenas le toca a Dios hacer de testigo presencial,
sin voz ni sable para detener el esquilmo
de pedrerías y pieles, marfil y brazos, seda y orquídea,
para detener la vendimia de trigo y combustible.
No está más en sus designios socorrer a la madreporita
drapeada en la concha nácar de su luenga memoria,
ni renovar a los habitantes del bestiario, heridos de muerte,
ni envidiar a la Tierra las bellas cifras de su escora sideral.
El azud de los siglos ha traído en el surco de las horas
huestes lapidarias enloquecidas por la artiga,
rebaños de girasoles con labios en forma de brocal
volteando al unísono hacia los espectaculares
donde se anuncia paisajismo con césped artificial,
y pastillas milagrosas,
y florestas con follaje de plástico y bibliotecas desiertas.
De la rueda de las catástrofes desembarcaron ufanos
los majos conquistadores de la Luna y de Marte
que ocultan en la funda de sus guantes blancos
la piel de sus manos quemadas.
¿Habría que escardar, se preguntan las nubes que apacientan en el azur,
la tierra firme y la mar océana,
librándola de la tenaz ortiga que son los hombres?
Ah, ésos de corazón foral, ésos que estarcen su pisada en el polo,
plantan banderas en el erial, ésos que en noches de plenilunio,
afiebrados hojean su repertorio de sandeces
en busca de palabras nuevas para nombrar lo que otros cantaran?
¿Quién para escribir todavía cartas de amor al páramo de Sonora
llamándolo al oído, con soplo de enamorado, su muy suya “jaula del sol”
su comarca feral donde silba “el aire reo y loco de la ausencia” […]?
Música sacra
El Panis Angelicus que Marie, tu hija mayor, quería dedicarle a su madre // en esta capilla donde no se encontraba ningún cuerpo // es el coro del cielo quien lo tocó en silencio.
¿Hay algo más triste que un funeral sin cuerpo? [Los músicos de la orquesta, sin difunta que honrar (dónde la misa de cuerpo presente), se habían ido a beber: [tequila // agua bendita // cinzanos // champaña o martinis, qué importa, a esas alturas, la denominación de origen.]
El poema de W.H. Auden, mamá, que yo, tu hija menor, le dediqué a mi madre // en esta capilla donde no se encontraba ningún cuerpo // mana de la pluma fuente de la sangre: como tu hija menor, lo transcribo aún en la gran página de la vida.
La sangre es más gruesa que el agua
// como lo sabe cualquiera que haya probado ambas.
Silva para unos quintillizos muertos
a Alejandra Negrete, Rubén Espinosa, Nadia Vera,
Mile Virginia Martín y Yesenia Quiroz, asesinados
el 31 de julio 2015 en la Ciudad de México
in memoriam
Azul sangre y rojo cielo a 19 grados arriba del Ecuador. Un departamento, antes y después del azul, 5 sangres, Yesenia, Rubén, Nadia, Mile Virginia y Alejandra. Nudo gordiano atado en sus gargantas, the nooze, nudo nada náutico (el cuerpo nao sin quilla) sino el de la asfixia, no, mejor, más eficiente, es la carnicería, la yugular abierta como un pan entre dos manos, el tiro de gracia (la carne relámpago se abre, pero no se cierra). Alabado sea el blando resorte del gatillo, pero antes, eso sí, Alejandra trapeaba pisos y tendía camas para gente viva; Mile Virginia modelaba; Rubén tomaba fotos; Yesenia pintaba párpados; y Nadia —hoy a la vera de Cristo— blandía la vera cruz de la lengua. De ahora en adelante, Alejandra ha de sacudir los muebles del Paraíso; Rubén de retratar a los querubines (qué majos son los ángeles); Yesenia de retocar los bucles de Santa Úrsula, ponerle rubor en las mejillas, espolvorear de rojo la cara de la Virgen de Guadalupe (rojo rubí que no sangre, para que Ella, tan celestial, esboce una sonrisa hacia los verdugos de la calle Luz Saviñón 1909, porque seguirán acomodando sus posaderas en las sillas mágicas del Congreso que son remedos de cajeros automáticos); y Mile Virginia habrá de practicar el zapateado en la pasarela flotante a los lados de la cual están formados los Seres de luz, muy arriba de las nubes. Ay ustedes cinco que se asomaron a la mirilla, ¿escucharon acaso la mano velluda descorrer el pestillo? ¿Quién fue primero? (Rubén es la cereza sobre el pastel del Estado, guardemos a Rubén para el final) ¿Qué vecino oyó lloroso los lloros llamando a los santos, qué sordo escuchó el laúd de la voz tocando las notas del santoral con sus cuerdas de henequén? ¿Qué dirán los medios de aquella catástrofe?: fue un ladrón, un malabarista, un malviviente, y se llevó los diamantes de veinte quilates de Alejandra // se llevó la cámara de colección de Rubén para tomar fotos de gente honorable // se llevó las plumas delineadoras de cejas Mont Blanc de Yesenia // se llevó la libreta de apuntes incunable de Nadia que pertenece a un museo de alta seguridad // se llevó los zapatos de cristal y el traje de crinolina con botones de esmeraldas de Mile Viginia, la colombiana. ¿Quién te oye gritar, Yesenia-Mile-Vera-Rubén-Alejandra, quién entre la gente mucha que no se digna en abrir la boca? No hay para donde correr aquí, concierto para piélago y conquista, exilio interior a la mexicana. La escoba de Alejandra, hoy, vuela lejos de los brujos patrios; el obturador de Rubén corta de tajo el aire jarocho; la pluma de Nadia escribe Yo soy el muerto 132, 132 solamente hoy del Río Bravo al Usumacinta, Ya me cansé dice el procurador Murillo Karam (el armisticio lo firmarán en 1909 años cuando se hayan roto todos los relojes de arena); los pinceles de maquillaje de Yesenia pintan un cuadro donde no figuran los anatomistas de Rembrandt, sólo el cadáver; y los vestidos de Mile Virginia ondean ligeros a media asta. En tu ataúd de cristal, Yesenia-Mile-Vera-Rubén-Alejandra, ¿verás desfilar de menos el cielo de Tenochtitlán? Ése es un cuento de hadas al revés: el beso del príncipe mata, la reina perversa sube al trono con todo y huso envenenado. El rostro de Rubén tasajeado, mascarón de proa rumbo a la tempestad, uno de cinco rostros siguiendo como girasoles la luz de las alturas porque aquí abajo luz no hay, México un cuartoscuro, México un proceso sin juicio.
De telones y candilejas
Colgaduras y arambel: listo el escenario,
los actores proscritos aparecen
al abrirse el telón de terciopelo rojo.
We must cultivate, all of us,
a certain ignorance, a certain blindness,
or society will not be tolerable.
El público de los irreprochables,
catalejo en mano y lupa en el bolsillo,
aplaude hasta desangrarse las palmas.
Si el ángel supiera.
Si el sol supiera.
Y él, con todos sus conocimientos soterrados en una recámara secreta. Tierra virgen corazón adentro; piernas quebradas por todas esas carreras a través de las edades; cabeza inclinada por toda esa
gente huida que ignoran sol y ángel. Helos —saber, cuerpo del pasado, recuerdo de ese lugar, seres queridos olvidados desde entonces— palpitando ahora en él, lanzado por una honda en pleno Trópico, con sus voces, murmullo cuyo volumen aumenta paulatinamente.
Velada bajo una luna casi felina. Noche con su sueño formado en medio de las valvas de nácar, perla cuyo cascarón se romperá para derramar su tropel de imágenes.
La luna es la que sabe, la luna y su soplo retenido.
Poema forense
Te lo pedirán.
Te pedirán su cepillo de dientes.
Te pedirán su cepillo de pelo, a no ser el peine que él usaba.
Te pedirán el cepillo de dientes, el de pelo o el peine de tu hijo.
Te pedirán el cepillo de dientes, el de pelo o el peine de tu hijo muerto.
Pero no muerto de muerte natural sino muerte artificial,
la que reparte como el as de trébol en la mano de barajas
el homo cartelensis, el que tiene por extremidad una pistola,
comparte con los paramecios una mente de dos neuronas
y goza de trozar cadáveres para hacer rompecabezas.
El médico forense te lo pedirá.
Te pedirá el cepillo – dentadura o cabellos, qué importa,
pues qué variado y portentoso es el armazón
perfectamente armado del cuerpo humano,
con el marfil blanco hueso de los huesos
y la seda de la sedosa cabellera.
Te pedirá el cepillo, pues, de tu hijo de veinte años
disuelto en ácido porque en el sendero del azar,
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
Tu hijo muerto que se topó de frente con su verdugo
como cualquiera se topa con un roble en el bosque,
una piedra en la senda silvestre de un paseo dominguero.
No te devolverán el cuerpo, mujer, porque ya no hay cuerpo.
Abril 2018 en Beijing
Sauces llorones:
qué razón tendrían ellos para llorar
en esa espléndida tarde primaveral de abril 2018,
en aquella Beijing que aún no lo sabe,
pero en febrero 2020 será ciudad fantasma
habitada por copos de nieve y estelas de viento.
Caminé al parque desde la estación de metro Xilipu,
y la muerte venidera era entonces muy poco papalote
comparada con el vuelo de mi alma
que tampoco sabía, oh inocente criatura,
y se inclinó igual que los brazos verdes del sauce
sobre el espejo bruñido de las aguas.
Conversión de las sábanas
Sábanas de granos diminutos.
El mar brama cerca de ahí, la pleamar junta sus yeguas para el galope líquido que habrá de carcomer el litoral con su derrame, carcoma leve que al compás de la resaca repite la crecida, plumazo que al reacomodar el arenero no le hace mella al roquedal.
Sábanas que de lienzo nupcial se convierten en mortajas se convierten en hamaca se convierten en banderas ondeando al viento de mar acariciando barcos empavesados para el triunfo o el naufragio se convierten en pañuelos donde secar nuestras lágrimas se convierten en vestiduras que unas cuantas horas —oh las visitaciones del tiempo, una chispa en el ojo negro, trino de una sola nota— bastan para deshilachar por completo.
La Perla
a Edgardo López Ferrer
Edgardo es de una isla plantada en la greda azul del Caribe
donde está colgado a flor de barrancas
el cementerio más hermoso de la Tierra.
¿Con qué peces coloridos soñarán los muertos ahí,
aferrados sus huesos al acantilado que los separa del mar?
Visité aquel cementerio hace años, sin conocer ahí a ningún difunto,
pero si la muerte tiene alhajas, esta colección de lápidas
cuelga de su cuello enjuto como collar de perlas,
la joya mayor del antillano reino.
Treinta y cinco años después, un cementerio nevado
—no aquél, sino el distante camposanto de Plessisville
donde yacen en gélida paz mis abuelos Laliberté—
crece como mala hierba dentro de mi corazón tropical.
Cruce de naciones
El 31 de mayo de 2018, desde el asiento de un autobús, vi el mar Adriático bordear por primera vez la carretera. Por la hora que marcaba el reloj (calculando cuánto faltaba para llega a Ljubljana) supuse que estábamos cerca de Trieste. Supe que habíamos cruzado la frontera italiana al ver anuncios en esloveno. El paisaje se desenrollaba como cinta de película antigua, y no hay un lápiz, un muro, que en el suelo separe un país de otro.
Entonces pensé en ti, mamá. ¿En qué momento durante tu vuelo cambiaron los letreros del idioma de las lágrimas a la lengua de los felices? ¿Lo entendiste, ese nuevo lenguaje? ¿Te llamaron con palabras nuevas, y en vez de decirte «Venga por aquí, señora», te dijeron «Cotalú berenesis zaxa»?
No hay metamorfosis al cambiar de estado, madre, si sólo fue la lengua la que cambió. Las nubes, tal vez, siguieron iguales, aunque adquirieran formas y colores desconocidos para ti.
Françoise Roy nació en Québec, Canadá, pero vive en Guadalajara, México, desde 1992. Poeta, traductora, narradora y fotógrafa, Maestra en Geografía con un diplomado en Estudios Hispánicos (University of Florida, M.A., 1983) y diplomados en Traducción (O.M.T., 2000) y Fotografía (CFO, 2013), ha publicado una quincena de poemarios además de tres plaquetas de poesía, un libro de ensayos, tres libros de cuentos y tres novelas, en francés y/o español. Ha ganado, entre otros, el Premio Nacional de Traducción Literaria en Poesía (INBA, México D.F., 1997), el Premio Jacqueline Déry-Mochon de novela (Québec, 2006), los premios nacionales de poesía Alonso Vidal (Sonora, México, 2007) y Tijuana 2015, el DJS Translation Award, así como los premios internacionales de poesía Ditët e Naimit (Macedonia, 2008), Poetry Nights of Curtea de Arges (Rumania, 2011) y el Premio 2019 en poesía de la Academia Europea de Ciencias, Artes y Letras (AESAL). Ha sido artista residente en Argentina, Canadá y China, y ha sido invitada a festivales de poesía en numerosos países de cuatro continentes. Ha traducido más de setenta libros.