Les ofrecemos poemas del libro Leer después de quemar del poeta madrileño Rafael Soler, donde «la música que predomina, el pulso que expande su decir versal, es poderosamente yámbico» y celebra «la primacía de la vida vivida como material del verso»,»un espesor real de haber estado, de haber existido como carne antes que como tinta», en términos del escritor Pedro Larrea.
Leer después de quemar
Rafael Soler
Leer después de quemar. Rafael Soler. Olé Libros, 2019.
Al encontrarme por primera vez con la obra de Rafael Soler en su colección Maneras de volver, que marcó el regreso a la publicación de su poesía después de un hiato elegido por el propio autor, surgieron en mi lectura dos cualidades que han vuelto a aparecer al imbuirme en Leer después de quemar. La primera de ellas, formal, es que en Rafael Soler el ritmo es poderosamente yámbico. No es que el poeta se restrinja sin sentido al uso sistemático de un ritmo de ese tipo en cada uno de sus versos, sino que, en el recitado en voz alta de sus composiciones, la música que predomina, el pulso que expande su decir versal, es poderosamente yámbico: es “la oscura luminosa soledad,” “un testimo accidental definitivo,” “la pluma y mi navaja para verte,” en versos propios del poeta Este rasgo formal está directamente asociado con la segunda cualidad, temática y tonal, que resaltó en aquella primera lectura mía: la primacía de la vida vivida como material del verso, la ausencia de un vacío decir, la presencia de un espesor real de haber estado, de haber existido como carne antes que como tinta. De ahí, deduzco, el título de esta antología, Leer después de quemar. Creo haber recordado en otro lugar una carta de Juan Ramón Jiménez a José Bergamín en que el premio Nobel de Moguer afirmaba la existencia de dos tipos fundamentales de poetas: en primer lugar, aquellos cuya escritura se origina en el exterior, en el mundo, que es entonces filtrado por el yo; y, en segundo lugar, aquellos que arrancan de su adentro la ignición de su voz poética para arrojarla al mundo y a la respuesta de la realidad externa. Sin perder de vista la simplificación que este tipo de afirmaciones suele conllevar, creo que “leer después de quemar” implica “quemar antes de escribir” y, por tanto, sitúa a Rafael Soler en la corriente vitalista del arte literario: aquel que necesita vivirse antes de ser transformado en material, aquel que no se limita a “ser convertido” en poesía, sino a “traducirse” en otra poesía, pues ya lo era en el acto de vivir. El poema “No te acompañe nadie en este viaje” es revelador en este sentido. El poeta recomienda: “con decisión actúa / y con templanza rectifica / para tomar impulso.” Y he aquí, meridianamente en cuanto al estilo de Soler, las tres etapas del proceso lírico: de la vida, de su arrolladora abundancia, a la escritura, templada por el arte, para desembocar en una nueva expresión más certera, proyectada sobre la misma vida después de la renovación y la lección estéticas.
Estos dos aspectos, el yambo y la carne, no pueden sino estar indisolublemente ligados. En el estudio del teatro isabelino inglés en general, y muy claramente en el de Shakespeare en particular, el pentámetro yámbico se asocia con el latido del corazón y con el ritmo natural de la respiración humana. La dicción de Soler está dentro de esta esfera, en que el ritmo es significación y se asocia directamente con la acción de vivir, de haber vivido antes de la articulación fónica. Hasta en sus poemas más amargamente irónicos, como “Manual de caza,” Soler mantiene a raya al desengaño desde la trinchera del ritmo, de la música. A ese compromiso con la vitalidad hasta en la derrota, responden siempre la paradoja (“No pierdas la costumbre de perder”), la frase hecha deshecha (“perder con empeño a pierna suelta”) el oxímoron amortiguado (“no pierdas la costumbre / de ser el primero en las derrotas”) o la cruda aliteración (“un verso que viva porque bebe”). Que la expresión de Soler sea diáfana no significa que sea simple. He leído en otros lugares que se le ha aplicado la etiqueta, ya odiosa, de “poesía de la experiencia.” Nada más inexacto. El poeta no habla aquí sobre duendes, cierto, pero eso no significa que no lo haga con duende. Es el estilo y la voz, no la temática o el mensaje, lo que marca la diferencia en la articulación de esta poesía. Sí, hay tabernas, y prostitutas, y copas, y noches, y vicios. Da igual. También los había, implícitos o explícitos, en Catulo, en los goliardos, en Villon, en Baudelaire, en Burroughs, en Rodríguez. Hay aquí además un alto sentido del código poético, de la vida vivida no sólo como “vividor” sino como “lector” riguroso. Soler demuestra un gran talento para combinar ámbitos diversos, como en el poema titulado “Para comer un dulce a oscuras,” donde el poeta es un peatón del siglo XXI pero puede emular la voz de Gutierre de Cetina. En el empuje de esta poética, en su animar al vitalismo tanto del triunfo como de la derrota, pero siempre desde la celebración, creo distinguir la construcción sobre otras altas voces: quizá el resultado sea la marea de Walt Whitman en la elegante sordina de Ricardo Reis. Esta antología prueba que la obra de Soler no puede encasillarse en escuela alguna, y basta leer un texto como “Desprendimiento indoloro de un cercano tóxico,” de los más potentes del conjunto, para descubrir su hibridismo. Aquí encontramos a un poeta pletórico en su asimilación de tradiciones muy diversas, donde se ha dado cabida armónica a una gran variedad de técnicas, al verso amplio, al corto, al silencio, a la frase hecha que no lo es, al pasaje simbólico, a la metáfora casi no figurativa, al ritmo renacentista, al corte contemporáneo del fragmento. Y todo ello posee un sonido sencillo, directo, de una sofisticación lírica difícil de pasar por alto.
Otra gran cualidad de esta colección es la riqueza de tonos y voces, perceptibles y presentes en cada una de las cinco partes en que se ha dividido la antología. En ella, también se da cabida a la reflexión filosófica desde distintos enunciados, como en el poema de la primera sección “Sin agua en la mesilla,” de raigambre senequista; o en la segunda, tan impregnada de hedonismo elegíaco en sus mujeres y amantes que hablan en múltiples voces, más allá de un yo que restrinja. La tercera parte es una apertura a diferentes escenarios que enmarcan un lirismo dramático, incluso en el sentido teatral del término, como en el poema titulado “Reservado con permiso el derecho de admisión,” donde una serie de personas (en la obra de Soler no hay meros personajes) conforman un espacio difícil de especificar de tan ricamente ambiguo que es su diseño: hospital, bar, prostíbulo, o pensión, la voz que enuncia los deja así, crudos, frente a los ojos del lector, a los que se presenta con un mero tajo descriptivo de dos, tres palabras, suficiente para hacerlos reales, humanos. En “Para un acto final sin veredicto,” hay una breve descripción impresionista, casi fotográficamente objetiva, de un asilo de ancianos donde la cercanía de la muerte es tan evidente que el lector no puede sino apagarse con el resto de internos. En “La falsa pulcritud de los escombros,” donde el espacio recuerda al de un sanatorio psiquiátrico, y la voz no es la del poeta, sino la de su amante, que se incluye y le incluye en el catálogo de locos, con un golpe de mano final en que amor y manicomio quedan confundidos. Porque he aquí otra cualidad de esta poesía, acentuada en sus últimas secciones: el saber tratar temas y emplear discursos de gran cultivo convencional en la lírica sin caer en finales consabidamente climáticos o anticlimáticos, ni en ñoñerías decadentes para llamar tramposamente la atención, ni en meros efectos de rapidez cancioneril. Es cierto que Soler camina a menudo por esa cuerda floja de lo popular, pero muy rara vez cae en el populismo o en lo “pop”, pues su expresión es culta, coloquial solamente en la superficie de un lenguaje de mayor profundidad imaginativa de lo que sugiere su apariencia, su sencillo acceso. Quizá éste sea al gran acierto general de la poesía de Rafael Soler: el aunamiento de los ambientes realistas, “experienciales” si se quiere, con un desarrollo lingüístico resistente a lo consabido, abierto positivamente a la expresión simbólica, y sin descartar de modo absoluto la frontera, a veces, de lo no figurativo.
Leer después de quemar es una declaración global y práctica de la pericia técnica y del control del oficio de su autor. No se trata de una antología en que parezca primar lo cronológico, o lo teóricamente representativo, de la obra de Soler, sino de una colección compuesta desde la seguridad del poeta no sólo maduro, sino además madurado, vasto en su mira, poderoso en su alcance. En “Un batir de mandíbulas que viene de lo alto,” uno de los textos más rotundos del libro, se ofrece una imagen pertinentísima de la labor poética: “el indefenso escribe en la pared una plegaria.” Ese indefenso es el poeta y el lector, esa pared es este libro, y esa plegaria el verso, la oración compartida. Rafael Soler nos ofrece en esta antología su paseo original y yámbico por una realidad furiosa, no trascendida por un místico enjuto, sino aceptada, sufrida y celebrada como por un trovador contemporáneo de alta alcurnia, pero de voz y cartera generosas.
Pedro Larrea
Conste en acta
A quien corresponda lego mi petaca
mi manual para perder al póker
y los zapatos que compré en París
y que todos los viernes me abandonan
a mis deudos
el cortés beneficio del olvido
a Lucas otra ronda
al notario que hizo acta y mantel de mi inocencia
el curso de alemán de tapas verdes
y contenido inescrutable
a la Bolsa disculpas
a mi orilla los pies que necesite
para aliviar el luto
consuelo a mi butaca
y el nombre que no puse
al río que nació conmigo
lego mi tos y mi dieta
al primero que aparezca
y a mis tres hijos la lluvia
para que crucen indemnes el otoño
y sus besos de agua
repentinos
limpien de tristeza
la frente de los cuatro.
(Maneras de volver)
Entre mis sábanas de piedra no te espero
Hubiera preferido un final
con mantelesdesplegados
Fellini por ejemplo
y un río haciendo de frontera
por pedir y poco pido
que un golpe de viento
me derribara un hombro
y caer al fin honestamente
al encuentro de la tierra feraz
entero el labio
y haciendo las hormigas comisura
un fin como se ve
de los que bien merecen
una historia contada al salir
entre murmullos
el cuello del abrigo levantado
las butacas tibias
cada pie al encuentro de su lunes
y John Fitzgerald Kennedy
la voz de Marilyn
en blanco y negro.
(Maneras de volver)
Receta para una biopsia consentida
Tomad la víscera completa
desprovista de piel y de esperanza
digamos por ejemplo el tiempo incompleto
de una vida
que corra el agua
limpiando con esmero su pasado
la válvula espinal de los reproches
cualquier rastro de besos y de hambre
cortad después en láminas severas
el lado más oscuro del rencor
los entresijos solemnes del orgullo
la huella que dejaron los errores
pronunciando en voz baja la palabra corazón
entero vuestro ajado corazón
perdido corazón
hasta doscientas veces.
(Las cartas que debía)
Gólgota
Las toses los salmos el silencio
los brazos indelebles
la nube y su congoja el viento arrepentido
la boca que pone en la cima su palabra
que parece que masculla
y que masculla
el alto sol
que a todos nos inmola con su lanza
menos tú
agónico sereno
Tú
el que por todos habla
cuando calla.
(Las cartas que debía)
Desprendimiento indoloro de un cercano tóxico
El amarillo es algo más que un indicio hepático
o el jubiloso corazón de un girasol en llamas
o la camisa de agosto para el trigo
hay tipos amarillos
como hay bancos cargados de intención
y naves vacías de interés
y préstamos a ciento veinte vidas
que no se cobran nunca
tipos de tersa faz sin una greña
hidratados solventes decididos
y amarillos
tipos en suma a su manera dialogantes
uncidos a un reproche como otros a la nieve
tramitadores de afectos calculados
hereditario el beso
parca la saliva
tipos solidariamente amargos
decretando la expulsión de los ausentes
en la boca ortogonal una sintaxis
que nunca dice toma
faltos de lumbre
fingirán el entusiasmo con que nace la sed
aunque luego se desfonden al conocer el agua
y severamente tóxicos
recibirán un día tu saludo en navidad
su lengua de membrillo desconchada
y sus hombros con espalda a tus espaldas.
(Ácido almíbar)
Guía para un lector necesitado
Como al descuido avance
hasta el verso noveno donde dice
final feroz del que se marcha mudo
sin preguntar por qué pues no conoce
su íntimo motivo
y acaba de llegar a este poema
que ahora es todo suyo
cuando lea
final feroz del que se marcha mudo
usted no sabe todavía
el nombre y la estatura del sujeto
la última razón de su desplante
intuye un eclipse indeseado
y se pregunta qué esconde la palabra feroz
feroz precisamente
precisamente mudo
resista
no aparte los ojos
ni busque consuelo en el tabaco
ni evoque temerario
un rostro difuso en su memoria
este poema es solo suyo
y nunca hablará se lo prometo
de quién tanto le amó y poco tuvo
hasta marcharse un día
desprovisto de usted
feroz
y mudo.
(Ácido almíbar)
La falsa pulcritud de los escombros
De espalda a la pared
los locos crónicos son de natural pacífico
y muy conversadores
cargan con difusa dignidad a su difunto
que conocen bien
supervivientes póstumos del otro que fueron una vez
ilustres académicos de número
bailarinas eméritas
altos magistrados padres de la patria
un loco crónico
alza sus brazos para llamar al sol
y aunque viva perseguido de invisibles amenazas
enquistado tenaz en su rutina
puede sorprenderte con un don inesperado
multiplicar digamos mil quinientos doce
por tu matrícula de coche
y salir indemne del empeño
aunque lleve en el bolsillo una pinza de colgar
hay más categorías
tristes paranoicos
esquizofrénicos agudos
que cierran los ojos para que no les vean
histéricas con un destornillador entre los dientes
y luego estoy yo
tu bailarina emérita
de mantis religiosa en el altar vestida
y luego estás tú
a la pared pegado
mientras llega el enlace nupcial de la saliva.
(No eres nadie hasta que te disparan)
El viaje es lo que importa
Vamos al Sena decidiste
sin apretar la boca
y yo acepté
pues siempre fuimos dos y somos uno
de camino
un antipático taxista
nos dio la noticia en pésimo francés
flotando indiferentes a la lluvia
dos jóvenes de edades parecidas a las nuestras
alcanzaban la rivegauche de madrugada
ella lucía el collar que te compré
en el duty free del aeropuerto
y pálido también en su abandono
él llevaba mis zapatos de tafilete oscuro
todo callaron cuando un bombero anónimo
encomendó sus cuerpos
con la urgencia eficaz del funcionario
ahogados de la mano
ajenos al desvarío azul de las sirenas
nuestros labios compartían un único deseo
que nadie supo descifrar
pero esa es otra historia
que segó mi descuido y tu pistola.
(No eres nadie hasta que te disparan)
Las veces que me dejaste un hueco
Establezcamos antes
un protocolo que nos guíe
conciso en sus órdenes precisas
algo así como
prohibido mencionar el corazón
nada de excusas
beber pausadamente en cada pausa
un manual sencillo de combate que defina
quién habla primero
el turno de preguntas
por qué están prohibidas las pistolas
hay charlas que duran un suspiro
suspiros que valen una vida
vidas a punto de empezar
cuando terminan
lo nuestro es diferente
bien lo sabes
alguna discusión pelillos a la mar
el conato de una bronca quién lo diría
aquel silencio que nos duró tres meses
ancho como las espaldas de tu padre
turbio como el mío
pero volvamos al asunto central
de este poema
un protocolo decía
manual de combate si prefieres
cualquier ordenada estratagema
que establezca
un final a cuatro manos con las mías
ropero bidón y gasolina
para pasar a fuego amor mío
nuestra vida.
(Leer después de quemar)
Lapsus linguae decir que volvería
Un estribillo tarambana taburete
la timba a todo y nada de los jueves
y los mitones con que otros
fumaban mi tabaco
todo eso y un chaleco salvavidas
perdí al encontrarte
así que literariamente hablando
ha sido el mío podríamos decir
un buen negocio
cambiar los naipes por un banco
la petaca por dos ibuprofenos
el libro que empecé
por esta correcta fonación
del futuro suspensivo
donde me encuentro yo
donde me buscas tú
de bar en bar
asomada a los espejos.
(Leer después de quemar)
Rafael Soler (Valencia, 1947) ha trabajado durante más de treinta años como profesor en la Universidad Politécnica de Madrid.
Se dio a conocer como poeta en febrero de 1979, en el ciclo “Poetas Nuevos” organizado por el Aula de Poesía del Ateneo de Madrid. En diciembre de ese año quedó finalista del premio Adonais con el libro “Los sitios interiores (sonata urgente)”, que ganaría en 1981 el accésit del V Premio Nacional Juan Ramón Jiménez al mejor libro publicado por autores de menos de cuarenta años, patrocinado por el Ministerio de Cultura.
Autor de cinco libros de poesía y seis novelas.