Les presentamos al poeta mexicano Adán Brand, que nos comparte una selección de su libro Animalaria, galardonado con el Premio de Poesía Joaquín Xirau Icaza (2019).

Nigromancia

Adán Brand

Nigromancia

                                                    A mi madre y mis siete hermanas.

Nos visitó la muerte y se ha quedado

Enrique González Martínez

De niño vi la muerte,

el enigma de su arbitrario método

que a veces detenía el corazón

de los recién nacidos

y a veces se olvidaba de un anciano.

Cobré conciencia de ello

esa inusual mañana de relámpagos

cuando mis ojos asombrados vieron

las crías de mi gata

inertes: algodones empapados

de sangre, de saliva

y de placenta. Mi madre me cubrió

con la oscura tibieza de su vientre

y yo sentí en mi sien

la yegua de su corazón pateando.

Debajo de la lluvia,

debajo de los goterones negros

que vencían al dique de sus párpados,

entendí que mi madre

no ahogaba sus sollozos por los gatos,

ni me abrazaba a mí

al abrazarme: casi hecha un ovillo,

repetía el nombre de su hija Celia,

la niña primogénita,

la casi púrpura sietemesina

que falleció en sus brazos.

Detrás del ventanal,

los ojos blancos de mi bisabuelo

nos oteaban, y aunque eran solo nubes,

sombras lo que veía,

lograba vislumbrar el infortunio.

Decían que era brujo,

que tenía tratos con el demonio,

que vendió el alma para no morir.

Pero todo era falso:

cualquier progenitor que entierra a un hijo

muere más de una vez,

y mi bisabuelo asistió, absorto,

a los funerales de los tres suyos.

Ausente aunque de pie,

anclado a su bastón como árbol seco

que no fue derribado,

nos miraba a través de los cristales

de la sala, del vidrio esmerilado

del alcohol y del llanto.

Envuelto en el ovillo de mi madre,

por un resquicio apenas

yo miraba el aguijón de la muerte,

como se mira en sueños.

Lejos de mi familia, del terruño,

del niño tímido que fui hace tanto,

reconstruyo el recuerdo

como aquel que se observa de soslayo

en un espejo turbio,

enmohecido por la humedad y el tiempo.

La imagen, ya deforme,

que retorna hasta mí desde la infancia,

me permite contemplar los ocultos,

sutiles abalorios de la muerte,

no en la sangre vertida de los gatos,

ni en la tumba de Celia,

sino en la sed etílica,

infatigable, de mi bisabuelo;

en la obstinada afasia de mi madre,

que permanentemente

se refería a mí como su hija

para luego abrazarme

y corregir hijo, mijo, miijito,

y en su grave obsesión

por concebir, multiplicar su estirpe…

¡Cuántas veces murió mi bisabuelo!

¿Cuántas veces fallecerá mi madre?

¿Y cuánto he de morir

mientras me quede vida?

Exhumo los cadáveres

de mi niñez para mirarme viejo,

para sentir la angustia,

anticipada, de quien tiene hijos:

su no querer morir, y sin embargo,

su íntimo terror

a que se toquen las campanas fúnebres

primero por su prole que por ellos.

Me conjuro por eso a ser infértil

e invoco a quien decide los destinos

para que me conceda

ser quien cierre los ojos de mi madre,

mientras sienta (aterrado y complacido)

el potro de mi corazón pateando.

Médanos

Porque algo tiene de promesa el fin del mundo,

porque algo aún tenía de niña

adicta a las historias de terror,

mi madre nos leía con su voz teatral,

de monstruo venido de ultratumba,

pasajes del Apocalipsis.

A mí San Juan no me impactaba,

o no como escuchar en cambio el Éxodo:

siempre me pasmó la historia de Moisés,

el de la doble casta:

hebreo educado por egipcios,

navegante de los médanos que atravesó

el Nilo dulce de los faraones

y el vasto mar de los esclavos.

Hombre hecho de arena

al que le fue negada toda gloria,

toda tierra prometida.

Hombre que vivió la salvación

como una plaga,

como un desierto interminable,

con su fondo siempre de espejismo:

siempre la promesa: el manantial,

la miel, los árboles,

la tierra fértil.

Bajo este sol que pesa ya sobre los hombros,

viene a mí esa historia

y entiendo que no hay forma de pertenecer

a un sitio donde no te entregas:

no hay forma de pasar por un trabajo, un río,

un abrazo, una pareja, si no sumerges todo,

si sus aguas no te envuelven y te curan,

o te ahogan.

Y madre, tú lo sabes bien:

agua que va al agua,

fuiste para mí el ejemplo de la entrega,

de ese ser que se disuelve en otro cuerpo

por amor y pierde

y ya no es más la luz en solitario

sino una sombra triste, agua gris,

fantasma de mujer que teje en la cocina,

vigila el caldo del arroz y llora,

despacito, su pasado.

Cruzados

Escribo frente al mar.

Ayer miré toda la noche la constancia

de las olas, su promesa

de cubrirlo todo un día inevitable.

Hace años, mi madre me habló

de la cruzada de los niños.

Anoche los soñé despierto:

miles de ellos recorriendo Génova,

seguros de la fuerza de su fe,

ciertos de que Dios dividiría el océano

para que llegaran al Sepulcro Santo.

Ella fue también quien me leyó

que un grano de fe podía mover montañas.

Crecí por mucho tiempo imaginando

a los infantes caminar entre las aguas;

crecí pensando que en el cielo

el ojo omnipotente

que libró a Moisés de los egipcios,

miraba complacido a estos cruzados.

Mi madre no me dijo el resto de la historia:

los meses que anduvieron esos niños

mendigando, las muertes por inanición,

la esclavitud,

las naos mercantes que los recogieron,

los naufragios.

La historia de mi madre es el camino,

la ilusión, la pura búsqueda

de fe (como un granito de mostaza).

Anoche,

frente a este mar oscuro

de recuerdos, pensé en ella,

aferrando su vida a la esperanza

de un final distinto.

Ojalá pudiese yo aliviar su angustia,

ojalá pudiese alcanzar su oído

y susurrarle esa verdad que teme

(mas secretamente necesita):

Madre: si a la enorme convicción

de ese ejército de niños

no le fue posible

mover unos centímetros las aguas,        

¿qué puede esperarse de nosotros?

Si no corría en ellos a la par

el agua dulce de su fe y el agua turbia,

¿por qué el mar sólo se abrió para tragarlos?

Umbrales

Perdóname, Señor, pero no creo

                      Vladimir Holan

Hay padres como olas

que arrasan todo a su paso

                         Christian Peña

No puedo hablar contigo.

Si estuvieses aquí

la arcilla de mi lengua

se endurecería de pronto

y mi cuerpo temblaría

vencido por el peso

marrón de tu mirada.  

De pie, frente a un portón de catedral,

junto a una tosca estatua de Juan Pablo

─cobre fundido de incontables llaves─

pienso que no existe forma

de abrir aquel candado

y ver ese reverso de tu puerta,

el oscuro lugar desde el que miras.

La estatua,

su fragmentaria procedencia,

simboliza una fe que yo no tengo;

aunque ha crecido la raíz

de aquello que enterraste

en mi pecho desde niño:

aún vengo a rezar;

aún tengo temor de irme al infierno.

***

El mundo queda atravesado y dividido

ante la breve espada,

el eje móvil de una llave.

En sus dientes va grabada una historia:

sin mí cada puerta es un muro

un enigma   la conciencia

del exilio o del encierro

el saber del abandono

la clausura de esa casa

que se torna piedra

¿Y a mí de que me sirve

rezar frente a una piedra;

de qué pedir frente a estos muros,

si la única respuesta será el eco

distorsionado de mi voz?

Y ahora me pregunto

por qué guardo las llaves de tu casa:

si dijera que no creo

aquel portón se tornaría muro.

Después, bajo la sombra imprecisa

del mezquite que regamos juntos,

verías marchitarse tu jardín:

la verde luz que fui de niño.

***

Cuántas ocasiones crucé el umbral

de un templo, remolcado por tu voz,

apresando tu anular con mis dedos,

o años después, con más dificultades,

sintiendo caer sobre mis hombros tu mirada.

Hoy no me hace falta sentir tu cercanía:

llego hasta el portón cada domingo

y me detengo aquí, junto a estas llaves,

a esperar que toquen las campanas.

***

Y Tú, Señor,

que allá adentro me esperas

clavado en un madero hecho de olivos;

Tú que has sido la llave, la entrada, la verdad

y la muerte y la duda, el odio y el amor;

Tú que has sido la guerra, la esperanza

para tantos ¿existes de verdad

como Dios, no solo como hombre?

¿Sabrás, si eres la puerta,

que la puerta es la que elige, no el hombre;

que yo he venido hasta aquí arrastrado por la duda;

que el árbol del saber es conocerse atado

a una soledad que no termina?

Tú sabrás si eso que he perdido era la llave

o era mi voz.

Si es verdad lo que dicen,

sabrás que sólo puedo hablarte con otras voces,

como un endemoniado:

son otras lenguas las que aquí te hablan,

las que habrán de blasfemar y de insultarte;

pero soy yo el que te pide entrar,

el que quiere arrancarse de sí mismo.

Por eso, si algo tuyo queda en mí,

si en este dolor que me anonada está tu rostro,

Tú debes entender que me detenga

en el umbral

y me demore

por miedo a ver que allá en la cruz,

en el altar,

sólo pende tu cuerpo de resina.

***

Ya se rompe la tibia membrana de silencio,

ya se cimbran las piedras de estos muros.

En el suave rumor de las palomas

también está la sensación del cobre,

del acústico vacío de la campana:

porque no suena nada más el borde

al tañido constante del badajo;

vibra el espacio interior del instrumento

como una afirmación y una pregunta.

Yo también, como campana, voy sonando:

retumba en mí el badajo de la duda

─tal vez,

tal vez,

tal vez─

y entonces una luz cimbra mi pecho.

Porque bien pensadas las cosas,

comprendiendo que no puedo renunciar a ti,

papá, ni a Ti, Señor;

que a mi pobre raciocinio no le alcanza

para cortar de tajo estas raíces

pero tampoco le es posible fortalecerlas,

cobra sentido este ritual,

este peregrinaje de domingo,

esta oración frente al tosco monumento.

La multitud de mí,

todas las voces que he sido, que soy,

confluyen en el eco de estos muros:

así suena la voz de mis temores,

la voz de un niño que obedece a ciegas,

la del ángel que repite no te serviré,

la de un adolescente confundido,

la del Cristo agónico que clama Padre,

por qué me has abandonado,

la voz del Iscariote

que en la rabia amorosa de su beso

vierte la contradicción del corazón humano,

la del Pedro que repite yo no lo conozco,

también la del Tomás que exige pruebas

para medir lo divino en términos carnales,

finalmente, la voz de un hombre incrédulo

que sin embargo reza

o se persigna cuando siente miedo.

Todo esto que habla por mi lengua,

esta legión de voces que chocan entre sí,

que al mezclarse se anulan y confunden,

forman el umbral, los signos de interrogación

en los que estoy parado.

Ahora sé que solo puedo hablarles desde aquí,

Señor, desde la puerta; desde aquí

papá, desde el silencio.

***

Vuelve el atrio a un murmullo de palomas;

el campanario a su mutismo;

asciende el sacerdote al presbiterio.

Respiro hondo.

        Doy un paso.

                Y me arrodillo aquí,

en el umbral:

con las plantas de los pies hacia la luz de fuera

                                                y el rostro hacia la oscuridad del templo.

Adán Brand (Aguascalientes, 1984). Maestro en Lingüística Aplicada por la UNAM y Licenciado en Letras Hispánicas por la UAA. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el área de poesía. En 2019 obtuvo el Premio de Poesía Joaquín Xirau Icaza (COLMEX) por su poemario Animalaria (Eximia 2018); en 2013 le fue otorgada la Medalla Alfonso Caso al Mérito Académico (UNAM) y en 2008 ganó el Premio de Poesía Desiderio Macías Silva (UAA). Ha sido conferencista, ponente y lector invitado en encuentros de lingüística o literatura en Brasil, España, Argentina y diversas ciudades de México. Obra suya ha aparecido en medios impresos, digitales y televisivos de los países mencionados. Además de Animalaria, es autor de Soy más humano cuando como vegetales (Eximia 2015), así como editor y co-autor de otros libros.