Alexis Gómez-Rosa
Poemas
Mala costumbre
De mi casa, a la guarida mortal del prestamista,
llevo sumados 874 pasos.
Pocos pasos, sin lugar a dudas
para empeñar mi subjetividad, que algunos ilusos
consideran belleza,
y otros, con los pies en la tierra,
sitúan en los melódicos predios
de Narciso:
único atributo para vergüenza dejar
a un lado, convertida la burla en corbata
de mi desvarío.
Por supuesto que nada de lo anteriormente
dicho tiene nada que ver con ese sujeto que bien
tipificara Ezra Pound
en su tratado sobre la usura.
Se llama no importa el nombre se debe hallar
en una ficha policial donde cohabitan
mansos y cimarrones:
el tíguere gallo y el tíguere pantera,
juntos al manso becerro que se mama su teta
y aquella del que duerme.
Lo conocí una mañana de plomo, por pesada,
no por el gris,
común a todas las derivaciones invasivas
de ese metal deletéreo.
Me bastaron dos minutos quince segundos
para penetrar su naturaleza de mucílago
que lleva pegadas al cuerpo,
cientos de moscas epistolares;
moscas que tan sólo son ojos.
Si buscara un símil en intento de descripción,
diría que es un pithecanthropus,
con armas de persuasión
de un millón de megatones.
¿Y entonces?
¿Por qué hacer ese recorrido
a la incertidumbre pautado
por broncas luces que bestias administran?
¿Por qué tan largo el vacío en la boca
del estómago?
Porque son los exhibicionistas
del músculo que advirtiera Kavafis;
con su enorme correr, es su poder,
desafiar la estabilidad del comercio
es su negocio.
874 pasos invertí y ahora me regreso
a casa, más endemoniado y más perdido
que el famoso hijo de Lindbergh.
Septiembre 8 de 2019
Los patinadores
Los patinadores con su velocidad,
me aceleran la cena
que arrastra postre y sobremesa.
Cruzan veloces frente a mí,
y de un ojo al otro
se me pierden provocando el remolino
de lo ausente;
porque se mudaron a otros ojos,
a otra constelación de inveterada geometría,
bajan en trulla los patinadores a exhibir
sus últimos peinados full color,
para borrar el último wao
del paraíso, alante alante,
arrollan los inabordables
patinadores recién importados
de un suburbio maligno; cosa es muy cierta.
Un suburbio que parece un hongo,
es un ombligo,
hecho de cal viva y bahareque como
de mala poesía en madriguera:
engorda un raterismo de palabras
cariadas: rotos los labios en picada
del narcótico caserío.
Ya se escucha el celaje,
por ahí vienen en concierto de aguerridos
metales rodando,
van fumando un húmedo
petardo embriagados crean su filigrana
embalados, los patinadores vuelan
sobre los hidrantes y andenes
frente al puerto, hacen esquina
con la muerte alegre.
La muerte inerte,
porque nunca los sorprende.
Septiembre 10 de 2019
A Julio Cortázar: sordina para un trompetista
La trompeta caída; los ojos en sobre-
vuelo, se derraman en la trompeta.
La trompeta caída en el suelo; los ojos
de serpiente, en el suelo también.
La trompeta en el sueño se ha caído,
los ojos la escuchan en el duelo.
La trompeta, en alto vuelo despierta,
levanta los ojos que la sueñan.
La trompeta se halla en el suelo;
no hay ojos que presten su atención.
La trompeta se halla en el ruedo;
los ojos de Miles Davis enceguecen.
La trompeta en su óxido callada.
El trompetista hoy quiso
hacer de boxeador.
De segunda mano
Compré un teléfono para matar los domingos.
Un teléfono de timbre amable y portentoso
como para enfrentar un día descolorido porque
así mi tradición lo enmarca: descosido, después
de las doce, descorre la tarde una tanda gloriosa
de melodías que se juegan y enjugan el luto.
Es un teléfono verde, sordo y antiguo más verde
que antiguo, porque en él rebotan las llamadas
que ella me quiere hacer generando feas ideas,
igual que los endemoniados domingos,
en los que religiosamente cumple con la familia;
porque me soltó en banda, mi pana, porque allí
(en mi casa), no tiene nada que hacer.
Debo decirles que mi teléfono antiguo y verde
nunca ha timbrado y no fue (no es) para mí sorpresa,
pues únicamente busca alimentar una ilusión
cortesía de la línea de productos Revlon: toda
la frescura de la naturaleza en tu piel.
Lo compré para engañar mi soledad de un día frío,
de plomo, aunque un sol derrame en pepitas de oro
la esperanza de una llamada que nunca llegará
a iluminar esta casa, dado que ella es una mentira,
un espejismo almibarado en el que bajo a beber
las verdades de su cuento.
A quien nadie esperaba
Abro la puerta
y entra en mí la vida del que pasa,
con su talega de muerte
y su retahíla de resecos dolores
que olvidos almacenan.
Tú me dirías: pues déjala pasar
y todo tranquilo;
pero eso no es tan fácil porque ahora
ese sujeto me invade con su dolor
de muela y su hepatitis,
su mujer que dejó en la esquina
arreando las bestias los tablones
con los que levantar cobijo a su indigencia
y a su problemática prole,
que todo lo persigue y engulle
con deportivo entusiasmo.
Entonces qué me queda más allá
de domeñar el diluvio
que aguarda en mi cabeza
almacenando un montón de cicatrices?
Bueno, ahora diría:
ahorrarle a la muerte
su trabajo abriendo otra puerta
por donde pase
la vida enamorada de su creación.
Allí me sentaré en ese agujero
que da al patio de algarrobos,
a mirar el corazón
de los vencidos.
Alexis Gómez Rosa
Autor de poemas emblemáticos de la poesía latinoamericana contemporánea, como Adagio cornuto (2000) y La tregua de los mamíferos (2005), Alexis Gómez Rosa (Santo Domingo, 1950), tiene el mérito de hacer dialogar oriente y occidente en la dinámica de su proceso creador –sorprendente, por su irreverencia–, al inaugurar, en Casa de Teatro (julio de 1977), la primera exposición de poesía concreta en República Dominicana e introducir, con la publicación de High Quality, Ltd, en septiembre de 1985, dos conocidas y antiguas modalidades de escritura japonesa: el haiku y el tanka. Entre una expresión y otra, la obra poética de Alexis Gómez Rosa ha sumado diversos registros escriturales agrupados en El festín: obras completas (2011), que contiene toda su producción desde aquel poema iniciático de 1968, «La palabra vulnerada», publicado en Destello, órgano del grupo cultural «La antorcha», hasta la publicación del conjunto de su obra poética en 2011.
Veamos: Oficio de post-muerte (Williamsburg Printshop, Brooklyn, New York, 1973; segunda edición, Alfa & Omega, Santo Domingo, 1976); Pluróscopo (plaquette de la revista ¡Ahora!, Santo Domingo, 1977); High Quality, Ltd. (Colección «Luna Cabeza Caliente», Santo Domingo, 1985; segunda edición Editorial Gente, Santo Domingo, 2004); Contra la pluma la espuma (contiene: Opio territorio y Cabeza de alquiler, Editora Taller, Santo Domingo, 1990); New York City en tránsito de pie quebrado (Premio de poesía Casa de Teatro 1990; Editora Taller,1993); Si Dios quiere y otros versos por encargo (Premio Nacional de Poesía «Salomé Ureña de Henríquez» 1991; Editora Búho, Santo Domingo, 1997; Self Service Poems –Ahora disponible en su versión castellana– (Premio de Poesía «Casa de Teatro» 1996, Editora Taller, Santo Domingo, 1997; segunda edición Editorial Huerga & Fierro, Madrid, 2000); Adagio cornuto (Ediciones Bangó, Santo Domingo, 2000); Lápida circa y otros epitafios de la torre abolida (Editorial Manatí, Santo Domingo, 2004); La tregua de los mamíferos (Secretaría de Estado de Cultura, Santo Domingo, 2005); El festín: (S)obras completas (Editora Amigo del Hogar, Santo Domingo, 2011); Trueno Robado (Editora Gente, Santo Domingo, 2013) y Prosas de un peso welter –147 libras en formato de libro– (Editorial Gente, Santo Domingo, 2014).