Les ofrecemos un cuento de Luisa Valenzuela, destacada escritora y periodista argentina, autora de más de treinta libros, cuya obra fue galardonada con múltiples premios internacionales, entre otros, el Premio Carlos Fuentes otorgado por la Secretaría de Cultura de México (2019). El cuento forma parte de la antología Diario de máscaras, publicada por la Ratona Cartonera en 2019.
La Tierra sin Mal
Luisa Valenzuela
Sé más sobre el viaje que las miles y miles de millas que he recorrido, pero no puedo escribirlo. En la escritura, generalmente, se debe tomar partido y sólo me gustaría subrayar la riqueza, la multiplicidad de situaciones aparentemente contradictorias o excluyentes. La paradoja, como en las máscaras, parecería ser el terreno de la escritura y también el terreno del viaje.
En ambas actividades nos está permitido acceder a un atisbo de crecimiento, de conocimiento. Y mientras avanzamos sin fijarnos una meta demasiado precisa, sin forzar los acontecimientos de la acción o de la creación, quizá tengamos la fortuna de tropezar con un verdadero hallazgo. “Yo no busco, encuentro”, dijo Picasso amparándose en su genio y también en su muy masculina autosuficiencia. A las mujeres quizá nos convenga más la recomendación de los nativos americanos, quienes aconsejan no salir a cazar un animal en particular porque se corre el riesgo de dejar pasar todos aquellos que no se buscan. Son formas del estar disponibles sin forzar la mano. Disponibles y atentas. Al igual que en el hondo viaje llamado escritura.
En el recorrido -real o imaginario, por la página o por la tierra- no sólo no hay camino, Machado ya nos advirtió, sino que no podemos volver sobre el camino que hicimos al andar.
El presente texto es un texto en movimiento, sobre el moverse. La idea de viajar, de escribir en viaje me lanza en todas las direcciones. Volviendo a la cosmovisión amerindia, me gustaría pintarme la cara de amarillo, pintármela de negro, de rojo, de blanco; los colores de los cuatro puntos cardinales.
Después podré dejar que los vientos me empujen (en la escritura) hacia el este, el sur, el oeste y el norte. O podré ser escrita al atardecer y borrada al alba como una pintura de arena Navajo, o podré elegir dirigirme hacia una de las cuatro veneradas direcciones al elegir uno solo de los cuatro tonos.
Colón hubiera recomendado un viaje de este a oeste abriéndoles el camino a los conquistadores. Desde entonces no me gustan los conquistadores que se creen dueños del mundo, elijo cambiar de rumbo y viajar hacia el este, hermanándome así con los Tupí Guaraníes en su mítica búsqueda de la Tierra sin Mal.
Leyendo a Alfred Métraux sé de los indios Tupí Guaraníes y de sus karaís, los visionarios sacerdotes o shamanes que impulsaron y guiaron a las tribus en la busca incesante de la Tierra sin Mal.
Los Tupí Guaraníes del norte de Argentina, Paraguay y parte del Brasil llevaron su búsqueda hasta las últimas consecuencias. Nunca encontraron un lugar donde asentarse porque no iban en pos de un sitio concreto sino de un sueño. Incluso sin poseer la palabra, ignorando el concepto, se vieron forzados a marchar y marchar en pos del Paraíso. Un paraíso terrenal donde la gente sólo habría de beber, cantar y bailar y sería feliz para siempre.
Ésa era la Tierra sin Mal, y la palabra mal no tenía connotaciones de maldad, hablaba de los demonios que habitan en todos nosotros: la enfermedad, el hambre, la pobreza, el aburrimiento, la muerte, esas inevitables maldiciones humanas.
Y los buscadores no estaban obligados a la buena conducta para ganarse el paraíso terrenal. Sólo debían permanecer en perpetuo movimiento, siempre andando, eternamente buscando. La Tierra sin Mal estaba derrideanamente siempre-ya un poco más allá, hacia el este, y la única obligación de los Tupí Guaraníes era llegar a ella, la muy esquiva.
Los karaís, encargados de velar para que se cumpliera el sagrado designio, dondequiera que la tribu fundara un pueblo comenzaban una danza enloquecida para aprovechar el impulso y poner a todos en marcha, siempre hacia el lugar de donde sale el sol. Ningún asentamiento podía sobrevivir bajo tamaño mandato; los Tupí Guaraníes debían caminar y caminar y buscar lo imposible (lo único que vale la pena ser buscado). De esta manera cuando los españoles llegaron a su territorio no encontraron signos de civilización. Para los Tupí la civilización estaba en la mente.
Alfred Métraux nos dice que incluso durante el siglo XX algunas pequeñas tribus continuaban la búsqueda. Y llegaron por fin al océano. Y se sentaron a esperar la muerte porque no les quedaba ya nada por desear.
Podemos decir que el escritor y la escritora también están buscando una Tierra sin Mal por el simple hecho de enhebrar palabras una tras otra a la espera de alcanzar un significado, una forma de comprensión o de entendimiento que logre ir más allá del contenido de las frases. A veces la búsqueda nos derriba, nos succiona hacia el mundo subterráneo; habría que recordar a Gilgamesh, a Démeter y Perséfone, la primera parte de La Divina Comedia. Mucha de la mejor literatura de todos los tiempos está hecha en el infierno.
Orfeo está por siempre buscando. Siempre descendiendo al Hades, siempre dándose vuelta y perdiendo a Eurídice. Siempre cantando. Él es la música pero, en esencia, Orfeo es un escritor. Todos somos Orfeo y somos Eurídice: una y la misma cosa, permanentemente perdiendo y encontrando y volviendo a perder, perdiéndonos en nosotras mismas. Y buscando, como todos.
¿Qué estamos buscando tan desesperadamente? ¿Vamos a extremos para encontrar qué?
¿Acaso el conocimiento?
No ignoramos el alto precio que se debe pagar por tan perecedera e inalcanzable mercancía. Cierto tipo de escritores y escritoras están dispuestos a pagarlo aunque algunos son más buscadores que otros.
No se trata necesariamente de quienes escriben o escribieron novelas de la ruta (Kerouac) ni novelas de viaje que responden a la tradición anglosajona (Theroux, Chadwin). Más bien pienso en ciertas novelas que nacieron sin guía, siendo ellas mismas un viaje, un viaje hacia la trama, hacia el significado, hacia la revelación de un mundo desconocido -incluso para quien las escribe.
Reconozco la sensación y comprendo el vértigo cuando una frase parece acuñarse por cuenta propia. Nace bien redondeada, la frase, con la forma de un huevo, y de repente se resquebraja y de ahí en más empieza a fluir una historia que no existía tres minutos antes. Una debe correr, atrapar la historia y seguirla, seguirla sin prestar atención a las piedras, a las espinas, a los torrentes o los precipicios que brotan en el camino.
Por eso mismo creo que escribir y viajar están profundamente relacionados. Porque creo en escribir con el cuerpo, poniendo cada una de las células en movimiento en el proceso de creación, que es a su vez un proceso de descubrimiento.
Desde que me hice viajera siempre quise escribir literatura de viajes, un libro de bitácora de idas y venidas y exploraciones por el mundo. Pero siento que el mundo y la palabra están demasiado cercanos entre sí como para permitirme caminar a lo largo del uno mientras inscribo (¿o petrifico?) la otra. Todo está moviéndose, todo fluye, y no me siento capaz de congelar el mundo escribiéndolo mientras viajo. O viceversa. Congelar la palabra subordinándola al otro movimiento, el viaje, privándola de su propio movimiento, su propio viaje.
Al usar la palabra como vehículo el viaje puede volverse mítico, psicológico o interior. A veces, incluso, como declaró Carlos Argentino Danieri el pomposo poeta creado por Borges en “El Aleph”, el viaje puede efectuarse «autour de ma chambre».
Pero siempre hay un viaje.
¿Se tratará acaso de una búsqueda de la identidad? ¿De las raíces?
El exilio no puede ser considerado como un viaje: es una calamidad, es el constante anhelo de retornar al hogar cuando el retorno es imposible o prohibido. Un viajero, en cambio, conoce sólo un hogar: el camino. Así como la escritora conoce sólo un hogar: el texto. Y ambos son blancos móviles.
Los Tupí Guaraníes sólo apuntan a blancos móviles. Caminan y caminan y caminan a través de los siglos en busca de una versión personal de la vasija de oro al pie del arco iris.
La escritura de la busca, sin embargo, el proceso de imprimir con los pies andantes sobre el papel, no fue realizada por ellos sino por los aztecas en sus códices. Ésta podría ser considerada la primera literatura americana de viajes, la de los códices con dibujitos de pies descalzos que narran las vicisitudes en la vida de una nación a la que le llevó más de doscientos años encontrar el lugar para asentarse. Si bien fantasiosos, los aztecas conocían lo que estaban buscando: el legendario, pero muy concreto sitio donde un águila sobre un nopal estaría comiendo una serpiente. El paseo de los Tupí Guaraníes era más puro. No estaban en busca de una visión o de una profecía, no buscaban una memoria o una nostalgia, deambulaban tras un sueño imposible. Nunca volvían sobre sus pasos o intentaban retornar a lo conocido, se encaminaban siempre hacia lo absolutamente desconocido. Como una novelista escribiendo una novela, como un aborigen australiano cantando para que el mundo exista, más que un acto de recreación, la búsqueda de la Tierra sin Mal fue un acto de creación. Los Tupí Guaraníes no eran posmodernos. Cada paso era un sumergirse aún más en lo desconocido, donde el miedo y la inseguridad estaban siempre al acecho. Un perfecto «escribir con el cuerpo». Sobre viajes que de tan descarnadamente reales se hicieron imaginarios.
Me pregunto dónde estará la máscara en toda esta larga perorata. Y encuentro una respuesta: en cada una de las líneas.
El secreto
Al igual que la mayoría de los pueblos orientales, los pueblos originarios de América consideran que vivimos en un universo donde todos los seres y las cosas funcionan en interdependencia, unidos entre sí por invisibles energías de vida, como la red de Indradel budismo Mahayana. Algo que en la actualidad podría ser equivalente a los llamados entrelazamientos cuánticos que investiga la microfísica, o al campo de neutrinos y la resonancia mórfica sobre los cuales teoriza el bioquímico Rupert Sheldrake.
Son sistemas de pensamiento que entre legos escapan a la lógica occidental y judeocristiana, pero que los lacandones de Guatemala, por ejemplo, explican en relación con la tala de los grandes árboles que debe llevarse a cabo con todo respeto y consideración, porque cada vez que un gigante del bosque cae en esta tierra, en el firmamento cae una estrella.
Partiendo de este concepto es que me detengo a reflexionar una vez más sobre el tema del secreto/los secretos. Y creo entender o detectar una diferencia sustancial en la calidad de los mismos en relación con las cosmogonías unificadoras. En ese orden de cosas puede hacerse una diferenciación entre un tipo de secreto personal, impuro, que nos avergüenza y nos separa de la comunidad y los otros secretos, los que confieren poder y constituyen parte del tejido social.
El primero contamina al individuo y lo aísla de la comunidad. Por eso mismo se impone entregarlo, es decir contarlo en confesión pública, para liberarse de él y limpiarse, ateniéndose a las consecuencias que pueden ser fastas y a la vez peligrosas. Los payasos sagrados son claro ejemplo de esa consubstanciación de la risa con el peligro.
Los secretos compartidos, esos que organizan un corpus de conocimiento, son muy otra cosa. Enriquecen a la comunidad y le confieren a sus adeptos una forma de poder, muchas veces una capacidad curativa que beneficia a toda la tribu.
Muchas sociedades secretas africanas, como la Poro de hombres y la Sande de mujeres entre los Senufo, están concebidas para mantener el orden en la tribu sembrando el miedo.
Los nativos americanos, como llaman en Estados Unidos a sus pueblos originarios, en cambio, se escudan en el secreto para conservar un territorio espiritual que les pertenece sólo a ellos, habiendo sido despojados de sus territorios terrenales. Cabe recordar la famosa carta de Seattle, cacique de los Suwamish, al presidente Franklin Pierce que en 1855 había ofrecido comprarle sus tierras:
¿Como podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Se nos hace extraña esta idea. No son nuestros el frescor del aire ni los reflejos del agua. ¿Cómo podrían ser comprados? Lo decidiremos más adelante. Tendríais que saber que mi pueblo tiene por sagrado cada rincón de esta tierra. La hoja resplandeciente; la arenosa playa; la niebla dentro del bosque; el claro en la arboleda y el zumbido del insecto son experiencias sagradas y memorias de mi pueblo. La savia que sube por los árboles lleva recuerdos del hombre de piel roja.
Y más adelante agrega:
Hemos de meditar su ofrecimiento. No se nos presenta nada fácil ya que las tierras son sagradas. El agua de nuestros ríos y pantanos no es sólo agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si os vendiésemos las tierras, haría falta que recordaseis que son sagradas y lo tendríais que enseñar a vuestros hijos y que los reflejos misteriosos de las aguas claras de los lagos narran hechos de la vida de mi pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.
Al orden de los secretos en defensa de la propia cosmogonía pertenecen las máscaras de los chapayecas yaqui, y sobre todo las kachinas de los Hopi de Nuevo México. Estas máscaras, representantes de ancestrales espíritus mediadores entre hombres y dioses, son tan cilíndricas y bellas como abstractas. Aparecen en las ceremonias para traer la lluvia y las buenas cosechas y no pueden ser vistas por los afuereños, al punto que han debido ser retiradas de todos los museos.
Joseph Mora, uruguayo de nacimiento criado en USA encontró una afinidad profunda con los indios hopi en Arizona. Fotógrafo y pintor, llegó por primera vez a las reservaciones para asistir a la Danza de la Serpiente que le despertó un entusiasmo tal por la gente, sus costumbres y rituales, que se quedó a vivir con ellos durante un par de años, de 1904 a 1906. Son las últimas fotos existentes de los rituales sagrados. Mora no sólo fotografió estas representaciones de seres sobrenaturales, las dibujó con delicado trazo y las describió en detalle, “como mi objetivo al registrar esta colección de kachina es el de mostrar la mayor variedad posible, elegí desde los sujetos más harapientos hasta los más suntuosos”. Los harapientos siendo, como explicó, los seres “entremedios”.
Son tan tan ricas en iconografía e imaginación estas máscaras, que seguramente hacen empalidecer a más de un pintor surrealista. Ha.ha-ee-wuch-tee es el nombre de la Madre de las Kachinas que tiene funciones sacerdotales en importantes ceremonias. De ella dijo Mora:
“Esta es muy complicada y me alegra ser el pintor y no el mitólogo. La he visto dándole de mamar a las grandes serpientes, y también como la madre de un monstruo aterrador a sus pies. Agradezco a Dios que mi labor consiste en retratar esasKachinas exactamente como son cuando las veo en acción, haciendo lo que deben hacer. Estoy feliz de no tener que averiguar por qué hicieron esto y no aquello”.
Cabe conjeturar que por eso mismo, por su entrega artística y renuncia a la curiosidad, le fue permitido a Joseph Mora registrar estos seres de otro mundo: los extrañísimos dioses Kachina y los payasos que de ellos se burlan, ennobleciéndolos.
Porque ya en 1911 los Hopi prohibieron terminantemente la fotografía durante cualquiera de sus ceremonias.
Hoy en día sólo se pueden ver, representar y conseguir kachinadolls, esas pequeñas esculturas de madera con todos los atavíos, que nos cuentan la historia de antepasados míticos y llevan nombres mágicos tales como Angwusnasomtaka, “madre cuervo”. Tengo algunas de las llamadas muñecas Hopi en mi sencilla colección, y también un Anahoho Zuni que tiene una mano impresa en el pecho. Con la impresión de la mano que ahuyenta el mal tengo también una pieza bastante única y secreta, aunque seguramente no consagrada: una máscara de cuero de ciervo de los navajo para la celebración del Yeibichai, el muy curativo Cántico de la Noche. “Camino en belleza, Camino en armonía” entonan los navajo, un pueblo para el cual todo acto ceremonial debe realizarse de forma impecable, cosa de mantener el equilibrio entre el propio ser y el complejo universo cargado de vida.
Luisa Valenzuela, reconocida escritora y periodista argentina, nació en 1938. Es autora de más 30 libros de narrativa. Desde 1972 hasta 1974 vivió entre México, París y Barcelona, con una breve permanencia en Nueva York, donde investigó aspectos de la literatura marginal norteamericana como becaria del Fondo Nacional de las Artes. Fue Escritora en Residencia en el Center for Interamerican Relations y en las universidades de Nueva York y Columbia, donde durante diez años dictó diversos seminarios y talleres de escritura. Obtuvo la Beca Guggenheim en 1983. Entre los premios otorgados a Luisa Valenzuela destacan la Medalla Machado de Assis de la Academia Brasilera de Letras, el Premio Astralba otorgado a la totalidad de su obra por la Universidad de Puerto Rico, el Gran Premio de Honor de la SADE. Es Doctora Honoris Causa de la Universidad Nacional de San Martín. En 2019 le fue otorgado el Premio Carlos Fuentes, de la Secretaría de Cultura de México