Investigadora francesa, Cathy Fourez reflexiona sobre la violencia en la literatura y en la sociedad mexicana, analizando la novela Contrabando, de Víctor Hugo Rascón Banda.
“Por la carretera de la ‘narcotredad’:
historias de pueblos secuestrados en la novela Contrabando
de Víctor Hugo Rascón Banda”
Cathy Fourez
Según el informe anual de Amnistía Internacional, El estado de los derechos en el mundo, en el año 2010, hubo, en México, “más de 15 mil muertes violentas relacionadas con bandas criminales, sobre todo en los Estados del Norte1”. Estas muertes son no sólo el fruto podrido de los conflictos entre los cárteles – de Sinaloa, Tijuana, Juárez, del Golfo, de la Familia Michoacana –, sino también las graves consecuencias de los enfrentamientos entre las organizaciones criminales, las fuerzas policiales y el ejército. Así, en el Estado de Sinaloa, la llamada « guerra contra el narco », sostenida por un dispositivo excepcional de efectivos militares y policiales, arrojó un saldo de alrededor de 700 personas asesinadas a balazos entre enero y mayo del 20112. El « narco » constituye, hoy en día, en el territorio mexicano, un Estado que logró asentar con firmeza una economía subterránea. Se manifiesta como una organización hábilmente estructurada que hizo suyas las prácticas y los modelos de desarrollo del comercio preconizados por el sistema capitalista. Por muy clandestino y fraudulento que sea, es regido, como cualquier negocio, por las normas del mercado, y legitima, de un modo ejemplar, sus actividades al blanquear su dinero sucio en proyectos inmobiliarios, en el sector agrícola – particularmente en la producción lechera así como el cultivo de jitomates en la región de Sinaloa –, o al invertir en cadenas de restaurantes, bares, complejos hoteleros. Michel Kokoreff, especialista en los mundos de la droga, subraya que “el narcotráfico asimiló a la perfección las normas y los valores del ultraliberalismo basados en la competencia y el capital, en el triunfo mediante el dinero y todos sus signos3”. En México, el narcotráfico se ramifica en otras economías delictivas tales como el tráfico de personas, la trata de blancas, los secuestros, las extorsiones. El periodista Jesús Blancornelas, en su ensayo El Cártel (2002), precisa que “La mafia no existiría si la policía actuara; por eso la corrupción es la madre del narcotráfico4”. En mayo de 2011, el Secretario de Seguridad Pública Municipal de Ciudad Juárez, Julián Leyzaola Pérez declaró que el 25% de sus agentes estaban coludidos con la delincuencia organizada en dicha localidad fronteriza5. El narcoestado, que se ha implantado sólidamente y que siembra el terror y la psicosis anunciando las balaceras del día – mediante narcomantas6 o las redes sociales (twitter, facebook) – se sustituye, en varias partes del país, al Estado Legal; mientras que éste – en gran parte igual de mafioso – se revela libre de toda conducta moral y de espíritu de justicia, pervertido por la corrupción y su colusión con grupos delictivos.
La principal zona productora de mariguana y amapola, conocida como el “Triángulo Dorado del Narcotráfico”, se ubica en la confluencia de los estados de Chihuahua, Durango y Sinaloa. Desde el fin del sexenio de José López Portillo (1976-1982), durante el cual se toleró la instauración intensificada de redes que facilitaban el transporte de cáñamo de la región de Sinaloa hasta los Estados Unidos pasando por Tijuana, y sobre todo desde la presidencia de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), cuyas relaciones con notorios capos se hicieron públicas estos últimos años – hasta musicalizadas por Los Tigres del Norte en su corrido “El circo7” –, el narcotráfico logró convertir estas regiones en imperios delictivos. A fin de consolidar y ampliar sus fuerzas de producción, distribución, comercialización y exportación de drogas, las narcoempresas no vacilan en imponer, a sangre y fuego, un contrapoder que dinamita el control de parte del Gobierno Federal mexicano. En este contexto, los diferentes cárteles, involucrados en una dinámica de conquista de nuevos territorios, geográfica y económicamente atractivos, han trastornado, en la actualidad, la vida de muchos pueblos del Norte hundiéndolos en escenarios de una brutalidad extrema. Sin embargo, contrario a lo que se podría pensar, la creciente disputa por plazas estratégicas y rutas de contrabando más rentables así como el arraigamiento conflictivo de la droga en la vida social del país no datan de hoy y no se limitan solamente a las grandes ciudades: ajustes de cuentas entre bandas rivales, tráfico de armas para uso exclusivo del Ejército, cargamentos de estupefacientes, connivencia entre Autoridades y criminales, homicidios, asesinatos colectivos, se desatan, desde hace más de 40 años, en lejanas aldeas.
Víctor Hugo Rascón Banda, en su novela póstuma, Contrabando8, publicada en 2008 pero escrita en 1991, retrata, en el Estado de Chihuahua, y mediante abundantes huellas autobiográficas cruzadas por una narración polifónica, lo cotidiano de varios poblados sumisos al yugo de la estructura criminal y a los abusos de las Autoridades. El núcleo narrativo estriba en una voz a la vez auto y homodiegética, y, en este caso, en un escritor que huye “los sobresaltos de México” (24) y regresa a su pueblo natal (Santa Rosa), a casa de sus padres, “donde no hay luz eléctrica ni teléfono” (24), para descansar y redactar el guión de una película. Aquí, la vida del narrador se confunde con la del propio autor (Víctor Hugo Rascón Banda), mientras que Santa Rosa se presenta como el soporte ficticio de Uruachi, pueblo de la Sierra Tarahumara ritmado por el trabajo de los mineros, los arrieros y las lavanderas. La quietud tan anhelada, desde la ciudad “terrible” (24) del D.F., se va a esfumar de manera fulminante frente al régimen marcial que domina en las crónicas de esta comarca. Aunque no evoluciona en una línea cronológica explícita, es muy probable que la trama, por los indicios diseminados a lo largo del texto, se desarrolle entre mediados de los años 70 y los años 809. Este período corresponde a la “Operación Cóndor”, primera gran empresa represiva en contra del narcotráfico, conducida por el Gobierno Federal con el apoyo de monumentales efectivos militares, de agentes de la Policía Judicial Federal10 y de la Procuraduría General de la República. Sin embargo, esta estrategia, por muchas fumigaciones de sembradíos de adormidera y marihuana, por muchas destrucciones de cultivos ilícitos que se realizaran, se saldó por un serio fracaso: los principales cárteles salvados de tangibles amenazas – que pudieron haber puesto en peligro sus redes de distribución, sus estructuras financieras y sus operaciones bancarias – no sólo resistieron sino que prosperaron; los campesinos serranos, entonces sin tierras, se vieron forzados al éxodo masivo hacia las ciudades; y se registraron numerosos casos de tortura y violaciones de los Derechos Humanos:
El saldo de esta operación – comenta Javier Valdez Cárdenas – fue más escandaloso. La Operación Cóndor, dijeron los jefes militares y políticos enquistados en el gobierno, fue un “éxito” porque lograron destruir alrededor de 15 millones 800 mil metros cuadrados de cultivos de amapola y mariguana, en los Estados de Chihuahua, Durango y Sinaloa, que conforman el llamado Triángulo Dorado.
Cientos de personas fueron arrestadas, torturadas y consignadas ante el Ministerio Público. No eran grandes capos, jefes, ni operadores. Su error fue haber estado ahí, en su casa, sus comunidades, junto a su esposa e hijos. Frente a los menores, muchos padres fueron torturados y abatidos a tiros, algunos hijos que intercedieron fueron también muertos. Las esposas e hijas, violadas. Pueblos incendiados, borrados de la serranía, igual que pequeñas parcelas de maíz y frijol. Las pocas pertenencias, ropa y algunos muebles, fueron robados o también consumidos por el fuego. Cientos, miles de familias, huyeron a las ciudades cercanas, y abandonaron sus pueblos11.
En el microcosmos pueblerino y rural de Contrabando, digno de un sitio de guerra donde los habitantes, sin excepción, conviven con vidas abortadas por la crueldad y los crímenes fáciles, se destaca la implantación de una violencia, a priori, reservada a las zonas urbanas, la cual se define ante todo por la práctica de la velocidad, las colisiones, las detonaciones y las desapariciones. Dicha novela muestra la disgregación de estos espacios locales administrados por la acústica de las balas, el zumbido de las camionetas negras que auguran la llegada de coches fúnebres. Es en este contexto en el que Víctor Hugo Rascón Banda junta testimonios supeditados duramente a la desarticulación; pero al mismo tiempo los recompone en la aniquilación del significado y en la inestabilidad de la locución, para tratar de explicar al sujeto que vive en y con la narcoviolencia. Las 23 secciones, que forjan la intriga, se explayan en una sucesión de cuadros que marcan cambios espaciales y variaciones en el acto de narrar; desplazamientos geográficos y vocales dispares que puntean la espinosa dificultad de acotar ese ecosistema bélico que oprime al Norte de México. Al principio de la novela, el narrador, luego de aterrizar al aeropuerto de Chihuahua, se marcha al pueblo minero de Santa Rosa. Durante su trayecto en coche, cruza las curvas áridas y accidentadas de la Sierra, percibe el fragor de los ríos encajonados y la pesadez de los caminos apretados de rocas; una geografía difusa que camufla la orgía sanguinaria presente. A continuación, el narrador prueba la calidez casera que, en el transcurrir de los capítulos, se hiela repentinamente en el furor circundante del duelo, como lo ilustra ese tremendo momento en que asiste a la irrupción de un enjambre vampírico de helicópteros que sueltan lluvias de metralletas y cavan, cerca de un río de pescadores, un sinfín de ataúdes como en:
las películas de guerra cuando los aviones enemigos arrasan los campamentos, así caía la gente que corría en los arenales buscando refugio entre árboles y piedras. Así caían hombres y mujeres, grandes y niños (100).
A la estancia familiar del narrador se trasplantan relatos de vida gangrenados por la radical rentabilidad del comercio de la droga que conduce a la fulgurante conquista de la tierra y del dinero. Las drogas, trofeos ambicionados para quienes la vida se pone en juego, son, tal cual lo canta el Grupo Exterminador, “las novias del traficante12”. Son las que embellecen, como por encanto, las sórdidas existencias y metamorfosean la descarnada choza en palacio de Disneyland gracias a la cocaína, llamada en Chihuahua “Blancanieves”. Pero el cuento de hadas, como en toda pasión y adicción, no puede consolidar lo brillante y lo peligroso en un proyecto de vida autónoma y serena, y bifurca cruentamente, y sin mediación, hacia el colapso sin retorno. Estas narcovidas, que ensayaron prestamente tanto el lujo y el poder como la derrota de su business, se permutan, se entrecortan, se percuten, desolladas y sacudidas por sollozos, en un frenesí estético del montaje narrativo. Responden a la brutalidad de ese mundo y moduladas como sostenidos – los gritos quejumbrosos y desesperados de la familias que lloran a sus prójimos asesinados o desaparecidos – y bemoles – la desfiguración y trivialización de lo sucedido feroz en los expedientes firmados por las Autoridades – exaltan o desvalorizan, desvelan o aminoran el peso y la magnitud de los crímenes perpetrados por el narcotráfico. Así, inmortalizados como epitafios y transcritos como repercusiones antagónicas de los narcocorridos, peregrinan: “re-corridos” de mujeres y de hombres que huelen a pavor y a carroña, y que refutan las recurrentes representaciones deificadas del narcotraficante que sale de ciertos canales mediáticos; confesiones criminales fosilizadas en escrituras epistolares que relatan, en la pena, existencias crapulosas; obras de teatro y guiones de película cuyas intrigas amorosas se ven condicionadas por la batalla de los plantíos de mariguana y de amapola; palabras telefónicas, radiofónicas o escapadas de una grabadora que muerden la realidad de la ley del talión y que tartamudean unos mensajes narcocodificados, la vida desestimada y abominada del indocumentado, el tránsito desenfrenado de la piratería de pasaportes; oficiales parlamentos propagandísticos que desacreditan a las víctimas y amordazan a la Ley en aras de lo todo securitario y del Estado de Excepción. Esta perturbación polifónica dibuja una continuidad sinuosa de voces que desclavan la firmeza de los testimonios, y les inyecta entonaciones distorsionadas que enturbian la visibilidad y encarrilan la percepción de los significados hacia una niebla constante. Estos hipos incesantes del “desdecir”, “maldecir”, “contradecir” y “no decir” abocan necesariamente a lo inacabado de la verdad; no son más que los sismógrafos de la catástrofe presente, y, aquí, la memoria del contrabando. Las historias de Contrabando no dejan de decirse y de escribirse, en la narcotredad, o sea otramente por venir de la heterogeneidad y de los temblores, tal como lo patentiza el título de la novela.
* Una estructura narrativa edificada desde la “narcocultura”
El título “Contrabando” no se focaliza solamente en el narcotráfico sino que expresa la memoria de los comercios y de las producciones ilegales de mercancías prohibidas por la Ley. Lo ilustra el primer capítulo a través de los retenes de judiciales encargados de detectar la circulación ilícita de armas y de licor, y de las tropas de soldados comisionados para interceptar el tráfico de narcóticos en los caminos escarpados y polvorientos de la Sierra. Pese a todo, como en el serpenteo dilatado del acordeón, tocado por las bandas norteñas y que acompaña los narcocorridos, el vocablo “contrabando” emite un abanico de historias que comparten los temas de las canciones dedicadas al tráfico de drogas; melodías, fuera de la ley, enraizadas en los usos y costumbres de la población chihuahuense que las escucha tanto en la casa como en la troca13, o en las fiestas locales y nacionales. Así, a lo largo de la narración, retumban, de manera subliminal, algunos versos de estas composiciones musicales que dictan, con toques épicos, el brutal y arriesgado modo de vivir de grandes capos, quienes, cueste lo que cueste y a costa de lo que sea, y dentro de una ética que reta a la muerte, acrecientan sus comercios de cultivos ilegales por el terror a las armas, despiadadas pugnas y pactos estratégicos: “Es bonito el contrabando / se gana mucho dinero14” celebra el narcocorrido, El contrabando del Paso, que haría eco, en la ficción, a las narcobiografías del obrero Cutberto Daniel, de la campesina Consuelo San Miguel, del viejo minero Baudilio Royval, del profesor de escuela Lino Lagarde y del ranchero Adalberto Romo. Estos retratos, a la vez atraídos y matados por el comercio de drogas, indican, por su diversidad social y profesional, que el delito se aclimata a cualquier perfil y pasa por las insignias más insustanciales. En efecto, en él se cimientan familias completas, negocios endogámicos, pueblos enteros, y de ahí germinan, desde los bajos fondos hasta la elite política, encrucijadas existenciales que gozan, en el Estado paralelo de la mafia, de una movilidad económica, impensable en el Estado legal. “Narco”, en el imaginario colectivo, rima con riquezas que irrumpen de la noche a la mañana. Si bien aquel que se enreda en el narco se condena, también se excluye, con frecuencia y rápidamente de la miseria. “El dinero aunque esté muy sucio / quita el hambre / analícenlo bien15” finaliza una de las estrofas de El cártel de a kilo, señalando que los gobiernos estatal y federal no proporcionan los recursos adecuados para superar los altos índices de pobreza. Por lo tanto, todos los personajes, mencionados anteriormente, sin fronteras entre el sexo, la edad y la profesión, para escaparse de la pobreza o por no poder ascender en la escala social honestamente, “decidieron hacer lo que vieron que hacían otros con éxito” (57): consiguieron semillitas, las sembraron, las regaron, las recolectaron y se metieron de “chutamero16”, dado que las drogas son una industria prontamente fructífera e incontestablemente rentable; “y les fue bien al principio” (55), recalca la madre del narrador, al recitar, desde el cementerio, la elegía de estas voces, ahora, de ultratumbas. En efecto, no disfrutan de su prosperidad para la vida… sino para la muerte, ya que si cualquiera puede entrar en los negocios sucios, no cualquiera es capaz de preservarse. Dicha integración en el éxito material se lleva a cabo por medio de una precoz desintegración; “de la mafia y el destino / nunca nadie ha escapado17” entona Contrabando y robo: lo confirman los siete balazos que acabaron con Cutberto, la violación de Consuelo, el infarto de Baudilio que nunca pudo sacar provecho de su “carguita valiosa” (57); a Lino lo venadearon y a Romo lo levantaron y lo ejecutaron. Además, conforme a los principios hampescos, el que delata, paga con su vida; “La traición y el contrabando / son cosas incompartidas18”, moraliza Contrabando y traición. Este verso evidenciaría, en el libro, el asesinato de Rubén Mendoza, quien fue pillado grabando la conversación que tuvo con un amigo suyo metido en negocios sospechosos. El texto, de hecho, se puebla de una variedad de “yo” chihuahuenses cuyas historias personales convergen, sin dejar de ser diferentes, en la de un vecino, de una madre, de un alcalde…, y comparten la Institución de la droga como un recurso vital fundamental. Por consiguiente, estos “otros similares” encarnan una multiplicidad social que refuta la lógica de una palabra política que totaliza de manera maniquea – el narco es el malo – la complejidad del narcofenómeno. La novela muestra que esta concepción dicotómica del asunto no puede interrumpir la marcha de los delitos; los negocios ilícitos contaminan todas las relaciones sociales y sus caras criminales resultan cada vez menos identificables, por renovarse constantemente.
Esta figura de la regeneración delincuencial, que reincide bajo aspectos híbridos, se capta en la técnica de nexos escogida por el autor para articular sus capítulos. Cada palabra final de un movimiento compone el título de la sección siguiente y da origen al primer párrafo:
Principio del capítulo I “El camino a Santa Rosa”: Es medianoche a Santa Rosa (7).
Final del mismo capítulo: Para que no se olvide la masacre de Yepachi (13).
Principio del capítulo II “La masacre de Yepachi”: El rancho de Yepachi, donde pasó todo, […] (14).
Final del mismo capítulo: Entonces, recordé las razones del viaje (23).
Principio del capítulo III “Las razones del viaje”: Vine a Santa Rosa por dos motivos (24).
Final del mismo capítulo: Yo soy, Jacinta, Jacinta primera (28).
Principio del capítulo IV “Jacinta Primera”: Sí, yo soy, Jacinta Primera (29).
Final del mismo capítulo: […], y yo me fui a la casa pensando en ella y en la desaparición de Julián (39).
Título del capítulo V “La desaparición de Julián” (40)…
Esta disposición, que remite al tropo de la anadiplosis y que se repercute por empalme morfológico y semántico, indica que los capítulos, y por ampliación los discursos expuestos, dotados de una gran autonomía, no se encierran sobre sí mismos sino que vuelven a replicar y/o a crecer, por raíces verbales, en otros discursos. ¿Por qué? Porque como lo comenta uno de los protagonistas de Bernardo Fernández en Tiempo de alacranes (2005) “el narco es como la hidra, monstruo mitológico, al que cortarle la cabeza le surgen otras siete19”. Contrabando y violencia – resortes de lo ordinario en Chihuahua – , conviven generosa y desesperadamente en muchas familias, pueblos y administraciones. La forma declinante y entrelazada de los episodios se refiere a la imagen del nopal, que brota en el corazón de la novela, en la parte dedicada a la boda de un narcotraficante, celebración, aquí, metafórica de las alianzas y de los divorcios de las mafias:
Las gentes y las parentelas son como las raíces de los encinos, que crecen y crecen y se tocan debajo de la tierra y se juntan. Son como las nopaleras tupidas. Uno no sabe dónde acaba un nopal y dónde empieza el otro. Así se mezcla la gente. Familias enemigas terminan siendo amigas por una boda, como pasó con los Salcido, que aclararon en la de Valente el robo de un ganado y sanseacabó la enemistad; y familias amigas acaban de enemigas cuando les cae el luto por un muerto imprevisto que les ensombrece las vidas de repente. Yo creo que doña Filomena y don Darío Armenta nunca imaginaron el destino de sus hijos, nietos, nueras y yernos. Unos viven todavía, otros descansan en el panteón y algunos están en capilla por culpa de la chutama. Unos andan libres, otros están entre cuatro paredes y muchos viven huyendo (106).
Narcoaldeas, narcoparientes, narcofiestas, narcotrabajadores, narcopolíticos… El prefijo “narco”, pone de realce el sociólogo Luis Astorga, “funciona como un multiplicador lexicológico20”; invade efectivamente los lazos parentescos, las vecindades, las actividades laborales y ociosas. Igual que los nopales que se propagan “naturalmente” por brotes o fragmentos, el narco se esparce por el extenso Estado de Chihuahua desde la miseria hasta la opulencia, y sirve de soporte nutritivo y de agente hostil de una gran parte de la población. Simboliza, como el nopal, la cultura de la paradoja: ofrece “tunas – tenochtl – rojas como el corazón del hombre21”, según el verso de Salvador Novo; pero es también, para plagiar a José Revueltas, “el cacto doloroso del pueblo cubierto de espinas22”. Ahora bien, el narco vive de y en esta contradicción que es la vez supervivencia y herida. Los narconegocios, en estos charcos de sangre, colman, a veces y desde el crimen, las fallas del Estado con el gastar de varios de sus capitales en el bienestar de su pueblo; el lavado de dinero invertido en narcoobras financia la construcción de edificios administrativos, hospitales y escuelas para el conjunto de la comunidad; la contratación de los campesinos en cultivos prohibidos permite que el hambre de muchos pobres se mate con la producción y comercialización de enervantes, destinados a destruir la salud de sus futuros consumidores. La imagen del nopal, cuyas pencas se amontonan unas sobre otras y crecen en un desorden colosal, personifica por una parte el sistema económico del narco en el funcionamiento del Estado de Chihuahua. Por otra parte, insiste en la índole heterogénea y nebulosa de esta economía informal y de sus amplias y cruciales consecuencias en el resplandor y la supervivencia de algunos sectores del país como los agroalimentarios, los bancarios, los de la construcción o del automóvil de lujo; todos contagiados por las narcofinanzas. Por fin, estos nopales frondosos que se entremezclan y que brincan, sin transición de un tallo a otro, resaltan tanto el carácter transitorio y aleatorio de la vida como el poder de unas condiciones imprevistas que estimulan al hombre a estar y actuar fuera de la ley.
* La tragedia del aeropuerto: Apertura especular de la novela
El primer capítulo se lee no sólo como el índice de la novela, sino también como el preludio de una de las piezas teatrales de Víctor Hugo Rascón Banda. En este sentido, la sección inicial del aeropuerto resulta una especie de plataforma para instaurar los principales ingredientes de la narración principal y presagiar las futuros ocasos. Equivale a la prótasis, la cual, en la poesía dramática de la Antigüedad, exponía el tema a punto de ser desarrollado y tenía como función, la de abrir el drama. El narrador, quien, recién llegado al aeropuerto de Chihuahua, está aguardando a su padre, se convierte en el testigo ocular de gestos, al parecer anodinos, pero que, de hecho, delatan una crisis inminente. En la fila para viajar a uno de los territorios fronterizos y más conflictivos de la República, Ciudad Juárez, el narrador se concentra en dos jóvenes sobre quienes proyecta una eventual identidad así como una trayectoria de vida: la de instalarse en los Estados Unidos. Tal como un detective, y mediante un inventario que recuerda las convenciones de un interrogatorio policial, deduce su edad (“de 25 y 30 años” (7)), analiza su comportamiento agitado (“nerviosismo” (8)), sus breves intercambios intermitentes (“hablando a veces, entre los dos, las mínimas palabras, con monosílabos y silencios que expresan más que una conversación” (8)), sus miradas furtivas (“miraban constantemente hacia la entrada de la sala y hacia el avión que aguardaba en la pista” (7)), su indumentaria llamativa (“relojes dorados, anillos ostentosos y sus cadenas de oro al cuello” (8)), su restringido equipaje (“unas bolsas deportivas” (7)). Estos elementos que pasan desapercibidos, por pertenecer al tradicional ambiente heteróclito y ruidoso de una sala de espera de un transporte colectivo, se tornan en indicios en la mirada defeña, y por lo tanto exterior, del narrador. Esta presentación intuitiva, ya apunta los múltiples roles que va a interpretar el narrador durante su estancia en la tierra familiar: el de receptor de una realidad explosiva que choca con el paisaje serrano camuflado por una aparente tranquilidad, y que hace frente a la paz a la cual aspira para su trabajo de escritor; el de observador, casi quirúrgico, que disecciona la anatomía de una región que palpita y se consuma en el plomo y la sangre; el de copista de existencias atroces, destripadas, enmudecidas por las represalias y condenadas por una Justicia desfigurada. Víctor Hugo Rascón Banda, quien siempre consideró la literatura como el portavoz de lo que vive y soporta la gente más humilde y lastimada, convalida, en Contrabando, esta concepción de la escritura. En efecto, su narrador atribuye a los dos muchachos del aeropuerto los virtuales nombres de “Rubén y Santos” (7); el segundo alude a Santos Rodríguez, un chamaco de 12 años, de origen mexicano asesinado por un policía estadounidense en la ciudad de Dallas, Texas, el 24 de julio de 1973; mientras que el primero se refiere a Rubén Sandoval, el abogado méxico-americano de la familia Rodríguez. Al principio de la novela de Víctor Hugo Rascón Banda, ambos nombres, que son una obvia alusión a aquel crimen racista, soporte referencial de su obra de teatro, Homicidio calificado23 – publicada en 1994 y cuya primera versión, El caso Santos saldrá en 1993 –, auguran una tragedia inmediata… y otras más. El pequeño aeropuerto de Chihuahua pierde súbitamente su bullicio provinciano para hundirse en una caza al hombre y una fuga en la que sólo se puede morir. Una docena de hombres “armados con metralletas” (8) llegan bruscamente y, sin entablar diálogo, persiguen a los dos jovencitos. Pero, cuando el diálogo se desvanece, todo se suspende y empieza entonces el caos. La tormenta violenta que se abate en la sala se narra, en el texto, con una celeridad fotográfica, como si cada movimiento determinante se inmortalizara en un cliché para ilustrar una nota roja. Las veloces etapas, que van a conducir a la muerte de los dos mozos, se cristalizan en expresiones impersonales (“se oyeron”, “se escucharon” (8)) que traducen la perspectiva distante, hasta aséptica, de una reseña periodística. Cada momento decisivo se ve captado por la impetuosidad de frases de amplitud desigual, entrecortadas por el asíndeton y el polisíndeton, que relatan una batida sin respiro. El tumulto, avivado por las órdenes y los disparos del comando, por los gritos de mujeres y niños, se termina en camisas acribilladas, metonimia de la sangre, no como flujo vital, sino como la mácula última de la violencia irreparable y sin remisión.
La mancha de la muerte inmunda coagula en el leitmotiv “asesinos” (9). Dicha interjección – la cual perfora, con la misma agilidad que las carabinas de los ejecutores, la integralidad del párrafo –, la suelta, en una simetría de la anáfora y de la epífora, un tríptico de voces de mujeres. Éstas desgranan, al final de la secuencia y con un ritmo ternario, el vocablo “asesino” con el que se había iniciado el fragmento. Es en esta sofocante estructura circular donde se va reciclando, en la confusión y la tensión del acontecimiento, una palabra contestataria, acusadora, denunciadora. Esta palabra del estallido de la ira y del despecho, la sostienen mujeres que se alejan del tono sobrio y comedido del narrador, y atraviesan las diferentes edades de la vida; el grito febril de la consternación se pronuncia en el timbre de aquellas que pudieron haber sido la hermana, la esposa, la madre de los dos chicos matados. Estas voces, que se superponen en el meollo de la enunciación y que finalmente se entretejen para formar un triptongo de dolores y de protestas, reorientan la frialdad de la ejecución hacia la matriz hogareña. En su discordancia temporal, estas tres mujeres, como las Tres Marías en la tumba de Cristo, armonizan su aflicción para que se archive su desasosiego frente a una prueba en la que la figura del hombre se ve, en todas partes, hostigada. Esta percusión de quejas, aplastantes para los “verdugos”, está provista narrativamente de la función orgánica de los Choréutes24 de la tragedia griega, en el sentido de que, estas voces apenadas de mujeres anticipan, a coro, los crímenes y las lamentaciones de los próximos capítulos. Ahora bien, la “tragedia”, supervisa la estructura de la novela. Así la narración se desliza, entre otros artefactos, hacia monólogos de mujeres, atormentadas por el sufrir, que lloran a sus prójimos inmolados por y para el narcotráfico; el sacrificio, al cual fueron sometidas estas mujeres, resuena ardorosa y perpetuamente en sus entrañas, conforme a una de las acepciones lingüísticas de la “tragedia”, es decir “el canto atroz del macho cabrío al ser traspasado por el arma25”; cantos ásperos del llanto que recitan, en una dramática frecuencia, historias de masacres y de catafalcos.
El aeropuerto, primer lugar de acción de Contrabando, sugiere toda una serie de transgresiones. Si bien es cierto que, como lugar binario, se abre a un “aquí” cerrado que oscila entre el anonimato de los pasajeros – quienes, muchas veces en una gran soledad, se cruzan únicamente para separarse – y los controles aduaneros que inspeccionan la identidad de los viajeros, se exterioriza también hacia un “afuera” abierto a lo remoto, lo nuevo indeterminado, lo todo posible. En el contexto chihuahuense de la novela, el aeropuerto posee otras peculiaridades directamente conectadas con el contrabando. La zona aérea patentiza, en primer lugar, las colosales superficies que distancian la capital del Estado de Chihuahua del Distrito Federal, y, dentro de su configuración geográfica, de sus otros centros urbanos y pueblerinos, transformando estos espacios habitados en islotes. La escabrosa topografía obstaculiza la difusión de las informaciones desde el interior de la provincia hasta su cabeza administrativa, en particular en caso de denuncias de agravios y de ataques, como lo ilustran las voces heridas y sin ecos de Yepachi y de Santa Rosa, y fortalece, así, el ejercicio de la impunidad. En segundo lugar, confirma la movilización del ejército, por aparcar “las naves militares en el hangar de las avionetas que vuelan a la Sierra” (8) que acechan, desde el cielo, los caminos rurales para rastrear, acorde a las directivas, los vaivenes del contrabando. En tercer lugar, el tratamiento de los costales de drogas, elaborados en una naturaleza hostil que no facilita la circulación, requiere una sofisticada tecnología como lo nota el Corrido del Capy de la Banda Guamúchil: “Escuchen este corrido / de un piloto de Chihuahua / que aterriza en la Sierra / allá con los tarahumaras / a levantar la cosecha / de colas empaquetadas26”. El aeropuerto se asocia al modo operativo del narcotráfico, como sitio de recepción y de importación de los cargamentos de droga, a partir de un mecanismo de cooptación para evitar la revisión de la aduana. Las mercancías, que se mandan al Norte, pasan principalmente por avionetas, que despegan y aterrizan también desde y en pistas clandestinas; las más famosas fueron las de la flotilla de los 12 Boeing 727 del difunto capo del Cártel de Juárez Amado Carrillo, apodado “El Señor de los Cielos”. Estos métodos de traslación revelan la lógica empresarial que guía los narconegocios cuyos puntos de venta son ante todo transnacionales, como lo canta Fiden Astor en La denuncia de Chihuahua: “De la Sierra Tarahumara / […] / Volaban las avionetas / con cargas de hierba mala / una para Houston Texas / otras allá para Tijuana27”. El eco de estos versos se encuentra en el comentario del Ventarrón – el minero que le sirve de chofer al padre del narrador – dirigido al retén de soldados que les inmovilizan la troca en los llanos verdes de Memelichic “la droga se saca de la sierra, no se mete” (10). Esta observación sobreentiende la ineficiencia, en la supuesta lucha contra el nacotráfico, del despliegue de las tropas nacionales, omnipresentes, desde la salida del aeropuerto hasta el pueblo de Santa Rosa.
* Chihuahua: territorio de represión
El itinerario está esmaltado de frases mosaicos que listan un inventario del diversificado paisaje chihuahuense. Desde las ventanillas de la troca del padre que emite corridos prohibidos por el gobernador, florecen, anárquicamente, la agreste horizontalidad esmeralda, la verticalidad erosionada de las barrancas, los enmarañados bosques de pinos y encinos, los desiertos arenosos, la atmósfera aceitosa y la tenaz sequedad del clima del sureste. El polimorfismo medioambiental enfatiza una fértil heterogeneidad, la que, sin embargo, sujeta al hombre a condiciones de adaptación ingratas. Difícil controlar un Estado que representa el 13% del territorio nacional perforado por la persistencia de los vacíos, de profundidades lujuriantes y declives abruptos. Esta geografía, tan apartada del mundo urbano, a primera vista, parece todavía bajo la influencia del espíritu de los tarahumaras – etnia de indios rojos – que fascinaron tanto a Antonin Artaud y a propósito de quienes dijo en 1937 que “viven ahí, en un estado como antes del diluvio. Son un desafío a este mundo en el que no se habla más que del progreso, seguramente porque se desespera por progresar28”. Pero, el progreso del mundo, aquí, es el movimiento del comercio fraudulento y de su cohorte de crímenes que hacen triunfar una atmósfera predadora como lo traduce la negación iterativa “ni” asociada, durante el trayecto hacia Santa Rosa, a cada imagen de la región; el narrador la describe con una mirada totalmente martirizada por los dos muertos del aeropuerto, de “esos dos hombres acorralados en medio de la gente sorprendida por la persecución” (9). Estas muertes, que no pasan, asaltan al narrador, quien descifra el paisaje que se va presentando a él como una discontinuidad fúnebre. La sensación del hombre que se ensaña con el hombre arrecia con la presencia, en el camino, de la Policía Judicial y del ejército. Ambos anquilosan la circulación con sus uniformes, sus equipamientos militares y la presión de su burocracia; mientras que sus gruñidos de conminaciones quebrantan el mutismo de la noche cuya oscuridad, en la mecánica belicosa, sirve para husmear mejor las armas, el alcohol y los estupefacientes. Esta desunión entre los hombres y esta consolidación de un país en combate se confortan en el alarde de metralletas de los soldados y de las pistolas de los policías, en sus frases lapidarias que laceran como navajas, y en el cateo, casi “pornográfico”, al vehículo que trae al narrador. La perquisición, realizada con un efectivo exponencial y un material de defensa digno de una ofensiva de gran envergadura, contrasta con los objetos y utensilios de la vida cotidiana recuperados en la camioneta, totalmente desmenuzados por los militares, y cuyo examen se textualiza, en la novela, por verbos que dicen la profanación (“meter”, “sacar”, “levantar, “voltear” (10)). En las dos paradas forzadas, se libra una batalla de réplicas que hace del trayecto rumbo a casa una carrera de trabas. La troca se ve inmovilizada por motivos ajenos a la lucha contra el crimen organizado: “es chueca y aquí se queda” (10). Entonces, estallan, de rebote y en un engranaje de cantos / contracantos – pero también de campos / contracampos – intercambios entre el narrador y los soldados, donde las respuestas y las preguntas se pierden porque los actores de esta escena no se entienden sobre el sentido de las palabras, sobre lo que una palabra significa para el narrador y sobre lo que esta misma palabra significará siempre otra cosa para los soldados. Sólo un término, en un contexto de una discusión imposible, es siempre más que un término: o sea “la amenaza”:
Retírese. Hable en Chihuahua. Retírese. Es ilegal. Retírese. A veces, la defensa más inocente e ingenua tiene su efecto. Soy escritor. Voy a mi casa en Santa Rosa. Vivo en México. Escribo en Proceso. Denunciaré todo. Y santo remedio. Aventaron los papeles sobre el asiento y nos dejaron ir (11).
Aquí, para levantar y colocar su voz, es menester dar con la última palabra: la que condena a lo extremo, la que se muestra y priva al otro del poder de contestar, la de la intimidación, sobre todo en un país donde la Justicia es maltratada por las propias Autoridades encargadas de aplicar la Ley, y que no vacilan en cometer abusos durante su participación en actividades de Seguridad Pública. La novela está repleta de casos que desvelan las relaciones estrechas y veladas entre la Administración, el Orden Estatal y el crimen organizado, y que desmontan la relojería de la manipulación y del ocultamiento.
“Leemos muy mal lo que pasa en provincia, es un país secreto29” declara uno de los personajes de Juan Villoro en El testigo (2004); así se designaría la desdicha de Damiana, una conocida del narrador principal de Contrabando, que nos enseña que su pueblo, Yepachi, es un “país” de lágrimas desconocidas. Una gran parte de la familia de esta mujer fue masacrada por un grupo de hombres – identificados, por el uniforme que lucían, como unos Judiciales Federales – una madrugada en el rancho de su cuñado, sospechoso de dirigir una peligrosa célula del narcotráfico. El rancho – lugar de trabajo en comunidad, de hospitalidad casera, de convivencia doméstica, de refugio contra las intemperies – se despertó, un día y súbitamente, para sangrar, expirar como venado y parir un ataúd que iba a cubrir toda la propiedad. Las faenas rurales, empezadas desde el alba, tales como “ordeñar las vacas”, “herrar y vender el ganado”, “cuajar quesos”, “envasar duraznos”, “cuidar los rosales de California”, “regar los árboles y los veranos” (21-22) se astillaron bajo el impacto de los proyectiles de los “rifles, metralletas, pistolas” (18) de unos veinte hombres que estaban aquí para liquidar. Dicha intervención, supuestamente supervisada por órganos oficiales de la Justicia de la República, se aparenta a la de un comando cuyos autos blindados y tecnología de punta contribuyen a explayar el terror. Como si la violencia fuese el orden natural del mundo, estos probables Judiciales Federales adoptaron en su praxis, una táctica de espejo, actuando igual que los sicarios que salen a las calles a vengarse y a matar… y con frecuencia a morir. El desfase desmesurado y desproporcionado entre los motivos que condujeron al drama y su letal desenlace, se percibe no sólo en el saldo de “24 muertos y 9 heridos” (21) – saldo que oculta en su plural impersonal la muerte de jovencitas embarazadas, madres, chamaquitos y viejitos –, sino también en la captura de Damiana, quien alarmada, desde su domicilio de los Táscates, por el estrépito de las balas, alcanzó el rancho junto con unos Judiciales del Estado de Chihuahua. Al llegar, dichos policías locales fueron automáticamente eliminados por sus supuestos colegas Federales. “Supuestos”, porque ignoramos si los ejecutores pertenecían realmente a las Autoridades y obedecían formalmente a las consignas de su jerarquía, o si actuaban en connivencia con las redes criminales, o si ellos mismos formaban una red criminal. En cambio, lo que resulta irrefutable, es el hecho de que estos homicidios revelan, por una parte, la rivalidad y la escisión entre los diferentes componentes de las Fuerzas del Orden en México que intentan, en ciertas situaciones, enlodar la reputación y la eficacia profesional de una de las estructuras de la corporación por cuestiones de dinero y control de territorios; por otra parte, la corrupción que hace capitular los deberes de muchos agentes, o sea hacer imperar el Orden Público y aplicar la Ley; por fin, estos crímenes muestran que la industria delictuosa goza de un inmenso poder financiero y logístico para adoctrinar a las Autoridades30 y criminalizarlas.
Sola y vulnerable, Damiana se halló clavada en sus propias tierras en la postura desoladora e irrevocable del mártir, concentrando en sí misma toda la infracción moral y corporal padecida por sus prójimos exterminados. Tiranizada por los golpazos y el martilleo de las botas, ella transpiró el naufragio bajo las avalanchas de insultos endurecidos por la acometida cacofónica de las oclusivas dentales y velares, el vómito de las labiales – “Órale, cabrona, levántate”, “pinche vieja” (18); “hija de la chingada”, “pendeja” (20) –, y perdió contacto con lo que había sido, hasta ahora, su realidad. El oído sufrió este alboroto metálico que llevaba en sí el mensaje del matadero y que revolcó el rancho familiar en la hediondez de la vida saqueada. En el transcurso de la confesión que Damiana le entregó al narrador, se abren, como bajo la impulsión de un travelín, todas las puerta de la casa de Yepachi; se va dibujando en los diferentes cuartos un decorado de lápidas que gimen un velorio fúnebre sin fin. Los cuerpos fueron inmolados en el realizar de sus quehaceres hogareños o agrarios: los botes llenos de leche, el café calientito en la cocina, las monturas en el piso, el aseo de unos, las oraciones de otros no son más que los rastros de un cotidiano banal, sorprendido en su despertar por los marcadores de una verdadera expedición guerrera. La conjunción “que” unida al verbo “me contó” (21) hace desfilar, a partir de breves secuencias mortuorias y en una escansión repetitiva, unos cadáveres que momifican un amanecer en el trabajo, muy lejos de las escenas campesinas. La pose letal del cuñado de Damiana, dueño del rancho, encontrado “en paños menores”, – a punto de lavarse – pero con “sus armas en la mano” (21), revela una escenografía de la simulación para disfrazar la matanza gratuita. Esta teatralidad, que nubla lo que pasó y que se apoya en una visibilidad truncada, se repercute en el arresto y la condena a prisión de Damiana, única sobreviviente de esta hecatombe. Durante el interrogatorio, la mujer sabía que todavía no había tocado el fondo supremo de la atrocidad y que su caída estaba provisionalmente en vilo. Agachada en la luz tenebrosa de su celda, ella balbuceó su incomprensión – “No. No. No sé” (20) –; monosílabos, si bien no le sirvieron de escudo frente a las injurias y a los maltratos que le infligieron, la ayudaron, a pesar de todo, a sentirse aún viva. Sin embargo, el poder sicológico de las palabras, intensificado por las ofensas corporales, venció su resistencia y la empujó, bajo el efecto de las sevicias, a firmar su culpabilidad, en un asunto de contrabando, en una hoja de papel que equivalió para ella, analfabeta, a la espesura del viento. La escenografía de esta memoria asesinada alcanza su clímax con el retrato “narcotraficado” de Damiana “agarrando la cacha […] y poniendo el dedo en el gatillo, como si fuera a disparar” (20); fotografía que la presentó como si fuera un desalmado matón e hizo de ella la comidilla de la prensa amarillista. Su proceso y la sentencia arbitraria que le fue dictaminada, la condenaron a muerte sin matarla, por mancharle para siempre el nombre de su familia en el hecho real deshecho y rehecho en la fabulación. El significante fabricado derrota al significado original, y convalida que la impostura, respaldada por las armas, opera mejor que la Ley.
* La violencia: entre negligencia y gritos
“La modernidad de una ciudad se mide en las armas que truenan en sus calles31” asegura Edgar “el Zurdo” Mendieta, el detective de Élmer Mendoza, en Balas de plata (2008). Semejante modernidad en la performance del matar no se limita a las grandes megalópolis; como lo patentiza el caso de Damiana, saca también toda su vitalidad de los interiores campesinos del país, fervientemente codiciados por sus tierras propicias para la sementera y el cultivo de drogas. En el capítulo “Una noche en Santa Rosa”, el narrador se detiene en la descripción de una persecución ocurrida durante une noche pueblerina:
Los judiciales de la Federal, o quienes hayan sido, porque a estas alturas no se puede saber si fueron narcos con credenciales de la Judicial o judiciales con facha de narcos, llegaron a la plaza, bajaron de sus camionetas, sacaron sus pistolas y sus cuernos de chivo, rodearon a la gente que divisaba el baile o que daba vueltas al quiosco y preguntaron por los fugitivos (87).
La fiesta celebrada en Santa Rosa, con sus tragos de cerveza en la cantina de Silvestre Maturano y sus partidas de billar, se pulveriza en tiroteos, en chorros de casquillos, en paredes descarapeladas, en pólvora quemada, en violaciones y expira con “dieciséis muertos y más de veinte heridos” (86). El saqueo – como táctica imprevisible, móvil e imperceptible –, secuestra la fogosidad jocosa y nocturna del pueblo. El campo léxico del combate desabrido no deja de exacerbarse en frases que se agobian en algo que es más fuerte que la muerte, y que es la magnitud del morir en el horror. El vértigo de las armas de fuego revienta la vida y siembra en todas partes grietas. Cuanto más penetramos las fisuras, más se imponen los vestigios, más imposible se hace el espacio público para verbos pragmáticos como “mover”, “salir”, “entrar”, “incorporarse”, “sentarse”. Santa Rosa se va volviendo en un territorio inválido, asediado por fuerzas que edifican un espacio del pánico32; el pánico anula, por el miedo, toda vida comunitaria, todo debate público como lo afirma Damiana:
La traición y el contrabando terminan con muchas vidas. Acaban también con pueblos. Santa Rosa es ahora un pueblo de puertas cerradas. Un caserío de antenas parabólicas por donde pasa el dinero mal habido. Un mundo de extraños que no se saludan en la calle. Y cuánta soledad hay en las almas. Santa Rosa de Lima tiene lágrimas, pero no son de cera. Está llorando (89).
En una economía del peligro, de la amenaza y del dolor, los habitantes saben que la preservación del vínculo social requiere valentía, hasta un acto heroico, dentro de un sistema que toma como rehén el derecho a la vida. En la novela, el Estado de Chihuahua se organiza alrededor de territorios en los que unos hombres se adueñan del poder y crean sus propios mecanismos de autodefensa y de inmunidad para defender e incrementar sus intereses gremiales. Y la tierra se “narcotiza”, y lo que crece ahí ya no son mazorcas de maíz, sino paquetes de cocaína escoltados por ráfagas de armas automáticas que hacen de la infracción y del desenfreno de la brutalidad, su Ley – y por consiguiente la Ley –, que se apropian de la autoridad sobre la sociedad y desclasifican al sujeto “ciudadano” hacia la categoría de cautivo, sin voz ni derechos. Lo que nos dice Víctor Hugo rascón Banda, – en el contexto de los años 70/80, pero que se comprueba en la actualidad, hasta de manera amplificada – es que el Estado Legal participa copiosamente en esa epidemia de violencia. “[…]
A todo lo sucedido en Santa Rosa le llamaban simplemente el incidente” (91); esta expresión “incidente” la profiere el responsable de los Judiciales Federales cuya misión consiste, teóricamente, en la persecución de los delitos. Fueron sus hombres quienes, como vándalos, asolaron al pueblo de Santa Rosa, y fue él quien desplazó las quejas de los vecinos hacia las denuncias calumniosas. Pero, “¿Cómo se puede creer las palabras y hacer mentir los ojos?33” se pregunta el escritor libanés Elias Khouri en su libro Yalo (2002)… El jefe de los Judiciales, desde su despacho defeño, desvencija el terrible acontecimiento al minimizarlo, al “resemantizarlo” como un epifenómeno. Petrifica los hechos criminales en un relato oficial cosido de elipsis y de simulacros, infamando así la palabra de las víctimas, molida por la máquina judicial que debería defenderlas. Esta lectura “administrativa” del drama de Santa Rosa, además, se despacha a partir de una línea telefónica que recorre más de mil kilómetros desde Chihuahua hasta la capital mexicana, como si la distancia contribuyera a la edulcoración de la abyecta realidad. En los flojos cables, la comunicación, que se entabla entre uno de los representantes nacionales de las Fuerzas del Orden y el posible gobernador del Estado de Chihuahua, se muestra a la vez defectuosa y deficitaria:
“[…] mire usted, mis muchachos no son hermanitas de la caridad, porque esa gente, tras la que andamos tampoco son blancas palomas […] no, no, permítame, no justifico la violencia de ningún modo, simplemente creo que esa gente no se detiene ante la autoridad, ni se intimida con una credencial […] / […] se dicen muchas cosas de mis muchachos, se les acusa de todo lo malo que sucede en el país, bueno hasta de […] sí […] los asaltos y secuestros en las residencias de […] ese chisme que han armado los periodistas […] claro, por supuesto, detrás de todo están los intereses que hemos afectado, nunca como ahora se han dado tantos golpes al narcotráfico, ni han caído tantos mafiosos […] es natural […] afectamos a gente poderosa […] sí, gente […] criminales […] / inventaron eso […] de que mis muchachos entraron disparando y destruyeron todo […] lo del dinero es mentira […] cuánto cree usted que puede haber en la caja de una cantina de pueblo, y lo de los parroquianos […] pues sí, es lamentable, pero mis muchachos sólo respondieron la agresión […] no es fácil distinguir a un […] sí, a un […] o sea un ciudadano pacifico, vestido de norteño con camisa a cuadros, botas y tejana, de un narco, verdad, que se viste de la misma manera […] tampoco […] tampoco lo del salón de baile fue como lo cuentan […] sí, efectivamente […] encerraron a la gente del salón para poder entrar y buscar a los fugitivos […] cómo cree usted eso […] bueno, hasta risa me da […] ya imagino a la gente bailando encañonada toda la noche para que entregaran a los […] no le suena más bien a película o a novela […] / […] cuáles violaciones, digo […] perdóneme, pero ahora sí […] ahora sí que […] no le digo a usted que mis muchachos sean unos maricones […] sí […] como a todos los hombres, se les sube la calentura y arman sus desmadres en burdeles o en hoteles de paso, pero con mujeres de […]”, (92-95).
La enunciación del jefe de los Judiciales Federales se irrita frente a lo enunciado. En un discurso formateado para justificar los daños colaterales de la guerra contra el narcotráfico, se aflojan los comentarios de su interlocutor en una mareante verborrea que esteriliza por la ironía, la irrisión y el eufemismo, la menor protesta. El texto de Víctor Hugo Rascón Banda, empotrado en un pasado de unos treinta años atrás, resulta, en el contexto del México de hoy, de una inaudita actualidad. Recuerda el discurso sostenido por Genaro García Luna34, el Secretario de Seguridad Pública del Gobierno de Felipe Calderón, quien inciensa, dentro del marco de la lucha contra los cárteles, a los elementos de la Policía Federal35 atribuyéndoles el título de “héroes de la nación36”, capaces técnicamente de enfrentar al crimen organizado y proteger a los ciudadanos mexicanos, sabiendo que es una de las corporaciones más corruptas del país; o el discurso del Episcopado Mexicano que, pese a los picos de violencia en el país, calificó de “encomiable” y de “indispensable37” el combate de la Presidencia Nacional contra el narcotráfico:
Ante este enemigo hay quienes, de buena o mala fe, quisieran ver a nuestras tropas retroceder, a las instituciones bajar la guardia y darle simple y llanamente el paso a gavillas de criminales. Yo les digo que eso no puede y no va a ocurrir, porque tenemos la razón, porque tenemos la ley, y porque tenemos la fuerza vamos a ganar. No está a la altura de nuestro legado histórico la opción de rendirse y entregar al país38.
Así, se expresó en mayo del 2011, el Presidente Felipe Calderón para reafirmar la pertinencia de su política y responder a las críticas, en particular las formuladas por las Asociaciones Civiles, y a las declaraciones del poeta Javier Sicilia – cuyo hijo Juan Francisco fue encontrado asesinado en marzo del mismo año en el Estado de Morelos –, acerca de su visión errónea de la militarización del norte del país y de sus aparentes desastres en toda la República. Lo que señala finalmente el Presidente Felipe Calderón, es que sus conciudadanos no saben interpretar y mirar con “optimismo” a las más de 50.000 personas que perdieron la vida desde el inicio de esta guerra contra la industria del crimen; se olvidan, desde su acceso al poder, de las continuas detenciones de capos, del desmantelamiento de redes, la incautación de cargamentos de drogas y de armas de contrabando… Pero el señor Calderón se olvida de que es el protector constitucional de sus compatriotas y le ha quitado a su pueblo el derecho más fundamental, el derecho a la vida tal como se enuncia en el artículo I del Capítulo I de las Garantías Individuales en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.
Como en muchas partes del México del 2011, el pueblo de Santa Rosa, muy lesionado, soporta las fluctuaciones de una jerga institucional que lenifica, hasta normaliza, los atentados de las Fuerzas del Orden y documenta las protestas de las víctimas a través de rumores o malentendidos. La voz del interior – la de la acusación, propalada por el Congreso local de Chihuahua – se transcribe gráficamente en las palabras del representante de los Judiciales Federales, pero por toscos puntos suspensivos que tienen el mismo valor que una aféresis y no hacen audibles los testimonios de los habitantes de Santa Rosa. No obstante, sus quejas y su versión de los hechos, aunque callados, se adivinan a través de la voracidad de las respuestas coercitivas del responsable de la Policía que siega, a la manera de la alegoría de las tijeras de la Censura, las refutaciones del gobernador de Chihuahua. Esta puntuación perentoria anula así las voces enlutadas, las que, en su drama, se quedan solas, e igual que la voz de Casandra, se debilitan en la inconsistencia de la credibilidad porque se tropiezan con una “realidad” oficial que descriminaliza la violencia perpetrada por el propio Estado Legal. Las quejas se empeñan en sacar a la luz el terror vivido hacia un afuera que se complace en extenuarlas, al sustraerlas de su verdadera historia. Pero, en esta discusión de sentido unívoco, entre el jefe de los Judiciales Federales y el gobernador de Chihuahua, lo “inauténtico” se hace “auténtico” en toda su inautenticidad. En esta narcoplaga de incoherencias y de encarnizada brutalidad, “[…] en el narcotráfico lo único cierto son los muertos. Miles de cadáveres que llegan a los cementerios sin que pueda saberse en qué momento exacto se metieron en éstos39”. Esta conversación que debía, para las víctimas, decir “los restos visibles en restos audibles40”, según la formulación de Paul Celan, y de decirlos, de entrada, en términos de vida y de muerte, se sintetiza, al fin y al cabo, en un parlamento porfiado y parcial que niega la realidad. Dicho parlamento dispara, desde la red de la legalidad, máscaras de palabras para contrarrestar las acusaciones, y rechaza las barreras del lenguaje oíble y escuchable para desarmar las voces antitéticas y reducirlas a voces de vapor. Con formación de jurista, Víctor Hugo Rascón Banda revela el grado elevado de manipulaciones ejercidas por funcionarios – que tendrían que estar en conformidad con la Ley –, que no vacilan en desnaturalizar la lectura de historias locales tintas de sangre, emblemas no sólo de la degradación del tejido social y del fracaso de la política securitaria en el país de aquel entonces, sino también en el de ahora.
La novela Contrabando plantea también la pregunta de ¿Cómo regresar a la vida cuando uno se ha sentido ser una parte de la muerte, cuando uno ha sido desalojado de su historia? El narrador-escritor, al azar de sus itinerarios, recoge los testimonios, entre otros, de tres mujeres, a quienes conoció en su juventud pero cuyos estragos de la vida las hicieron irreconocibles: La de Jacinta Primera, ex reina de belleza, coronada gracias a la narcocompra de los votos del concurso, pero destronada por las transacciones de lavado de dinero de su esposo polígamo; entró jovencita y hermosa en estas historias de narcotraficantes, pero salió de ellas destituida, abandonada y precozmente arrugada. La de Conrada que se desahoga al relatar la muerte de su hijo asesinado por ser sembrador de amapolas; trabajo que el muchacho aceptó para que su madre dejara de “comer quelites”, de “andar pidiendo fiado en las tiendas” y para que sus hermanos volvieran a la escuela (70). Y la de Damiana, quien, desde una madrugada, lleva eternamente en su pecho la blancura marmórea de la tumba, y quien desde entonces, como Catalina Ivanovna en Crimen et castigo (1866), “se fue a buscar la Justicia a alguna parte41”; es decir una Justicia íntegra, compasiva, reparadora, y no fingida que difama a la víctima. Su enclenque silueta va apresurada, se arrastra de oficina en oficina, se tropieza con la sordera de un Derecho que habla contra ella. La sombra nómada de esta mujer tan endeble comparte rasgos comunes con las madres, las esposas y las hermanas que, en el contexto de hoy, perdieron, pierden a un pariente en la narcoviolencia; aquellas a quienes la socióloga Teresa Incháustegui llaman “las Antígonas modernas” porque llevan incansablemente meses, hasta años, de resistencia para encontrar al hijo, al marido, al hermano desaparecido y ofrecerles una sepultura decente. Aunque estas tres voces de mujeres, fracturadas y desveladas, andan desamparadas, se liberan del espacio doméstico en el que han sido confinadas; desafían un territorio saturado de agresiones e injusticias para librar una batalla a favor de una verdad, al son de palabras que se acuerdan de la muerte del marido y / o de sus hijos; y por sí solas, van conquistando el escenario de la pronunciación y de la emisión a fin de que la lengua del dolor dé con un destino distinto de la condena a la desaparición. Sus palabras otorgadas al narrador, quien adquiere el estatuto de confidente, se presentan a la vez como autobiografías (nos dicen lo que vivieron y lo que viven) y testimonios (dan cuenta de una realidad vivida para aclarar a la Justicia). Su cadencia monológica e irreprimible suscita un efecto catártico que les permite, si no aceptar, por lo menos vivir con el luto y la ausencia. Al experimentar el ejercicio de la presencia del otro y de su escucha, recuperan la conciencia y la consistencia de sí mismas, así como esta capacidad de enunciar su historia con el empleo de la primera persona; vuelven a descubrirse actrices de su vida, después de haber sido despojadas de ella. Todas aspiran a un lugar en el recuerdo; por eso, Damiana le ruega al narrador que le escriba un corrido “para que no se olvide la masacre de Yepachi” (13). Estas composiciones musicales impregnan la vida pueblerina y ocupan, en los pueblos chihuahuenses de la época, una gran parte de su espacio noticiero. Este soporte informativo, puesto a la disposición de la analfabeta Damiana, se nutre de notas (rojas) insólitas que propulsan la realidad hacia la leyenda; y la leyenda, según la etimología latina, es no sólo “lo que debe ser leído”, es decir leer lo que está escrito, lo que deja una evidencia, sino que es también el texto, la inscripción que acompaña la imagen para clarificar su sentido. Damiana, rechazada por la Justicia de su país sólo ha encontrado como lugar de memoria y como lugar de aclaraciones de la violencia de la que ha sido víctima, un ilícito medio de comunicación que ha educado su relación al mundo. Su solicitud parece tener como modelo de expresión la estrofa de Pistolas de Sinaloa: “Voy a escribir unos versos / y para contarlos / voy a hacer memoria / de pistoleros famosos42”. No obstante, si bien los narcocorridos, interpretados esencialmente por hombres, mitifican al narcotráfico, lo subliman como un destino digno de admiración – que se mueve “entre plomo y plata43” y que reside en no vivir viejo sino intensa y furiosamente –, los que podrían escucharse desde la boca de estas mujeres serían “amargocorridos”; plantearían la experiencia del desastre que las ha situado definitivamente fuera del mundo de los vivos y han hecho de ellas pacientes de una desgarradura infinita.
* Conclusión
Salpicado de ramas autobiográficas, el microcosmos literaturizado de Contrabando da palabra a personajes tatuados por la época terrible de los 70-80 en la primera guerra contra el narcotráfico… “Terrible” porque así fue la vida real; y en la vida real, la actualidad mexicana es una tremenda y prolífica realidad de la extrarrealidad criminal presente en la novela. Según datos de la Fiscalía General de Chihuahua, en este mismo Estado – militarizado dentro del marco de “la guerra contra el narco” –, se registró durante el año de 2010 un total de 7.209 homicidios, una cantidad siete veces superior a la registrada hace cuatro años – 2006 corresponde a la llegada al poder de Felipe Calderón – y el doble de los asesinatos ocurridos en 200944. Las historias que nos ficcionaliza Víctor Hugo Rascón Banda, en las que la vida y la muerte, decididamente, ya no se distinguen, están inmersas en una cotidianeidad de lo extremo; historias de su aldea natal que el escritor recuperó y las incrustó en la literatura porque la Literatura está en el corazón del hecho de la vida. Si la Literatura no dice, tal vez, más la realidad que la propia realidad, por lo menos emociona, cuestiona, escandaliza, y provoca aquí un debate, el del impacto del narcotráfico en la región chihuahuense; impacto que supera lo local por sus devastaciones en toda la República mexicana, y por ser los Estados Unidos y Europa los principales consumidores de drogas producidas en América latina45. En Contrabando, caen muertos aquí… caen muertos allá … pero en México caen – siempre y cada vez más – muertos por homicidios en esta desastrosa contienda contra los cárteles sin que sepamos, en esa inundación macabra, quién murió, cómo, dónde, por qué, para qué… Si en su novela, Víctor Hugo Rascón Banda enseña la inercia de la Humanidad y la efervescencia de la inhumanidad, va también por estos muertos para que no desaparezcan totalmente y para que no se les anule, a las familias afectadas, la memoria de sus desaparecidos. Víctor Hugo Rascón Banda escribía la crueldad para no acostumbrarse a ella, para creer todavía – un poco – en el ser humano, a fin de que no se perdiera en el progreso de su propia ruina. Sabía, finalmente, que todo comentario escrito y divulgado, por muy desilusionado que sea, es ya de por sí un movimiento de rebelión.
La novela, galardonada con el Premio Juan Rulfo en 1991, se publicó por primera vez y de manera póstuma en 2008, unos meses después de la desaparición del autor. Todos los fragmentos mencionados fueron sacados de dicha edición; las páginas se indicarán entre paréntesis en el texto de nuestro análisis.
Por otra parte, en la novela, el Jefe de la PJF declara “[…] claro, por supuesto, detrás de todo están los intereses que hemos afectado, nunca como ahora se han dado tantos golpes al narcotráfico, ni han caído tantos mafiosos” (93). Dicho comentario alude la primera campaña antidrogas, conocida como “Operación Cóndor”, que empezó en realidad en noviembre de 1975 y se terminó en enero de 1987 en los estados de Sinaloa, Chihuahua y Durango.
- “Al cumplir 50 años, el organismo presenta hoy informe sobre 2010”, en Periódico La Jornada, Viernes 13 de Mayo de 2011, p. 2. ↩
- Javier Valdez Cárdenas, “Restaurantes y bares de Sinaloa no podrán difundir narcocorridos”, en Periódico La Jornada, Jueves 19 de Mayo de 2011, p. 7. ↩
- “Le narcotrafic a parfaitement intériorisé les normes et les valeurs de l’ultralibéralisme, fondées sur la concurrence et la performance, la réussite par l’argent et ses signes”, en Michel Kokoreff, “La désindustrialisation a contribué à l’implantation de cette économie”, en L’Humanité, Mercredi 20 avril 2011, p. 4. ↩
- Jesús Blancornelas, El Cártel, Ensayo Crónica (2002), Editorial Mondadori, De Bolsillo, México, D.F., p.39-40. ↩
- “Reconocen corrupción en Policía juarense”, en El Informador, Guadalajara / Jalisco, Miércoles 11 de Mayo de 2011. ↩
- Las narcomantas son mensajes – que vehiculan insultos, amenazas o anuncios atractivos para contratar a sicarios – difundidos por ciertas organizaciones criminales, y desplegadas en trozos de tela o en cartulinas con letras negras y/o rojas en áreas de circulación intensiva. Ahí van unos ejemplos sacados del ensayo de Sergio González Rodríguez, El hombre sin cabeza (Editorial Anagrama, Barcelona, 2009): “‘Ésta es una de cal por dos de arena, por cada elemento que nos maten les vamos a matar a diez. Atte. Ya sabe quién’”. […] “‘Éste es un héroe. Va pa los dedos y soplones. Ver, oír, callar si quieres vivir. Bye’”, p. 41 ; 62. ↩
- Ver y escuchar el Corrido “El circo”, en Los Tigres del Norte, Álbum, Unidos para siempre, 1996. ↩
- Víctor Hugo Rascón Banda, Contrabando (1991), Editorial Planeta Mexicana, México, D.F., 2008. ↩
- La novela se refiere a los operativos de los policías judiciales federales. Ahora bien, por el deterioro y el soborno que afectaron a la Policía Judicial Federal que investigaba los crímenes, los delitos y las contravenciones, “la Agencia Federal de Investigación (ahora llamada Policía Ministerial Investigadora) se creó por Decreto del Ejecutivo de la Unión el 1° de noviembre de 2001. La creación de la AFI, es una política pública del gobierno federal que responde a la necesidad de evolucionar el esquema que había operado la Policía Judicial Federal como policía reactiva, para dar paso a una policía investigadora basada en métodos y procedimientos específicos y bajo un perfil profesional que garantice eficiencia y eficacia en el combate a las estructuras delincuenciales, abatir la impunidad y coadyuvar para lograr una procuración de justicia pronta y expedita”, en http://www.pgr.gob.mx. ↩
- La Policía Judicial Federal (PJF), apoyo del Ministerio Público Federal, investigaba los crímenes federales tales como los secuestros o el tráfico de drogas. Contaminada por la corrupción, desapareció en 2001 en beneficio de la Agencia Federal de Investigación (AFI), también reemplazada en 2009 por la Policía Federal Ministerial (PFM), con el objetivo, según el Presidente Felipe Calderón y su Gobierno, de mejorar la profesionalización de los agentes, modernizar científicamente sus métodos, y entablar una visible y estrecha coordinación regional y nacional en las investigaciones en derecho penal. ↩
- Javier Valdez Cárdenas, Miss Narco. Belleza, poder y violencia, Santillana Ediciones Generales, Aguilar, México, D.F., 2009, p. 35. ↩
- Corrido mencionado por José Manuel Valenzuela, Jefe de jefes. Corridos y narcocultura en México, Plaza y Janés Editores, México, D.F., 2002, p. 119-120. ↩
- “Troca. F. pop/coloq. Camioneta de trabajo pesado que puede incluir cajón para cargas”, in Diccionario de Mexicanismos, Academia Mexicana de la Lengua, Siglo Veintiuno Editores, México, D.F., 2010, p. 599. ↩
- El contrabando del Paso, Corrido popular de Mariano Reséndez mencionado por José Manuel Valenzuela, op. cit., p. 35. ↩
- El cártel de a kilo, Corrido de Los Tucanes de Tijuana mencionado por José Manuel Valenzuela, op. cit., p. 107. ↩
- Chutamero o gomero: Alguien que se dedica tanto al cultivo de amapola como el tráfico de goma de opio. ↩
- Contrabando y robo, Corrido de Los Tigres del Norte, mencionado por José Manuel Valenzuela, op. cit., p. 268. ↩
- Contrabando y traición, Corrido de Estanislao Rivera V., y Angel González (1975), Corrido mencionado por Luis A. Astorga A., Mitología del narcotraficante en México (1995), Plaza y Valdés, México, D.F., 2004, p. 127-128. ↩
- Bernardo Fernández, Tiempo de alacranes, Editorial Joaquín Mortiz, México, D.F., 2005, p. 127. ↩
- Luis A. Astorga A., op. cit., p. 41. ↩
- Mencionado por Ernesto Velázquez, El Nopal y su historia, Revista Clío, México, D.F., 1998, p. 11. ↩
- José Revueltas, El luto humano (1943), Ediciones Era, México, D.F., 1980, p. 35. ↩
- Víctor Hugo Rascón Banda, Homicidio calificado / El ausente, Teatro del crimen: sueño que se vuelve pesadilla, dolor e injusticia, Editores Mexicanos Unidos, México, D.F., 2003 ↩
- Agnès Pierron, “Chœur”, en Dictionnaire de la Langue du Théâtre. Mots et mœurs du théâtre,Dictionnaire Le Robert, Paris, 2002, p. 115. ↩
- “le chant atroce du bouc au moment où l’arme le transperçait”, Frase de Daniel Mesguich mencionada por Agnès Pierron, en “Tragédie”, ibid., p. 573. ↩
- Corrido del Capy, Corrido de la Banda Guamúchil mencionado por José Manuel Valenzuela, op. cit., p. 121. ↩
- La denuncia de Chihuahua, Corrido de Fiden Astor, ibid., p. 190. ↩
- “Ils vivent là, dans un état comme avant le déluge. Ils sont un défi à ce monde où l’on ne parle tant de progrès que parce que, sans doute, on désespère de progresser”, en Antonin Artaud, “La race des hommes perdus” (1937), en Les Tarahumaras, L’Arbalète, Décines (Isère), 1963, p. 137. ↩
- Juan Villoro, El testigo, Editorial Anagrama, Barcelona, 2004, p. 171. ↩
- La actitud fraudulenta de las Instituciones descrita por Víctor Hugo Rascón Banda, en los años 70/80, fue el mantillo de esta “guerra” que está viviendo actualmente México. En la Casa de América de Madrid, en junio de 2011, dentro del marco de un encuentro académico sobre la violencia en México, Edgardo Buscaglia, especialista en seguridad y crimen organizado y asesor de la Organización de Naciones Unidas, comentó que: “La delincuencia organizada mexicana es de Estado. No se puede comprender este fenómeno sin entender al sistema político mexicano y su evolución desde el partido único que prevaleció 70 años, hacia lo que es hoy, un Estado fragmentado y semicapturado por grupos criminales diversos. Hoy el Estado mexicano es un rompecabezas donde cada fragmento le responde y le pertenece a un grupo criminal diferente. En este sentido se explica que se haya convertido en algo habitual ver en México situaciones que se asemejan a una guerra civil, en donde policías del mismo estado se están tiroteando entre ellos. Hay batallas entre el Ejército y policías, entre policías de diferentes municipios, porque distintos pedazos del Estado están trabajando para diferentes grupos criminales”, en Armando G. Tejeda, “México, rompecabezas del crimen e inmerso casi en guerra civil”, Periódico La Jornada, Viernes 17 de junio de 2011, p. 7. ↩
- Élmer Mendoza, Balas de plata, Tuquets Editores, México, D.F., 2008, p. 11. ↩
- Expresión empleada por Sergio González Rodríguez, en su ensayo El hombre sin cabeza (2009). ↩
- “Comment peut-on croire les mots et faire mentir les yeux?”, en Elias Khoury, en Yalo (2002), Éditions Actes Sud, Paris, 2004, p. 85. ↩
- Genaro García Luna fue tachado por Edgardo Buscaglia de “incompetente e inepto” y de “arquitecto del fracaso y de la tragedia mexicana”, en Armando G. Tejeda, “México, rompecabezas del crimen e inmerso casi en guerra civil”, op. cit., p. 7. ↩
- La Policía Federal fue creada en 2008, 2 años después de la llegada al poder de Felipe Calderón, en la lucha contra el crimen organizado. ↩
- « Narcoviolencia / Insta Calderón a hacer del trabajo policíaco un sacerdocio cívico », en Periódico La Jornada, Viernes 3 de Junio de 2011, p. 2. ↩
- Carolina Gómez Mena, “La CEM alaba la lucha antinarco, pero lamenta los costos en sangre”, en Periódico La Jornada, Viernes 3 de Junio de 2011, p. 4. ↩
- Claudia Herrera, “Ejército seguirá contra narco”, en Periódico La Jornada, Jueves 5 de Mayo de 2011. ↩
- Héctor de Mauleón, “Viento rojo”, en Viento Rojo. Diez historias del narco en México, Libro Colectivo, Random House Mondadori, México, D.F., 2004, p.135. ↩
- “Les restes visibles en restes audibles”. ↩
- “Elle est partie chercher la justice quelque part”, en Fiodor Dostoïevski, Crime et châtiment (1866), Livre de Poche Classique, Éditions de Jean-Louis Backès, Paris, 2008, p. 507. ↩
- Pistolas de Sinaloa, Corrido de Fiden Astor mencionado por Luis A. Astorga A., op. cit., p. 97. ↩
- Jesús Blancornelas, El cártel (2002), Ensayo – Crónica, Random House Mondadori, Debolsillo, México, D.F., 2004. ↩
- Paco Roda, « Ciudad Juárez, el gran silencio del mundo », 3 de Junio del 2011, http://www.rebelion.org/noticia. ↩
- Luis Astorga, Drogas sin fronteras, Editorial Grijalbo, México, D.F., 2003. ↩