Les ofrecemos una selección de poemas del libro Las espadas de Dios del poeta y ensayista colombiano Carlos Fajardo Fajardo. Sobre la poética de escritor ensaya su compatriota escritor Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz.
Un diálogo a lo divino y a lo humano
Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz
De Animales a dioses es el título de un libro ameno, controvertido y ambicioso del escritor judío Yuval Harari; en él se apela al diálogo con la historia, se muestran nuestros logros y vicisitudes, desde que dimos el salto colosal de homínidos a sapiens. En un momento declara, en una mezcla de futurismo, desparpajo y herejía, que hasta ahora la muerte es una enfermedad incurable. Quizás en un futuro, ¡no!… lo que ampliaría el espectro de la lucha de clases, pues la sociedad se dividiría entre inmortales potentados y mortales desposeídos. Mientras esa utopía se realice no nos queda más, a los efímeros viajeros del planeta Tierra, que seguir dialogando con los textos, encontrar en ellos alguna respuesta, pero quizás, con más tino, muchas preguntas sobre la complejidad de la condición humana. Nos rige la ficción en su forma corpórea de textos; ellos han marcado la historia del hombre, sus creencias, arraigos, pasiones, vehemencias. Por ciertos textos vivimos y hasta damos la vida; díganlo si no, La Biblia, El Corán, El Capital, Las Encíclicas, Los Códigos, desde Hammurabi, hasta los deleznables contemporáneos, las constituciones y los himnos nacionales, los contratos notariales… Pero hay otro lado: el de la Poesía, ese secreto compartimento que nos acerca a las claves de la historia subyacente –tal vez la más genuina– la que prodiga su belleza, pero no la ve, como en la rosa de Borges.
Si quieren saber del inconsciente, pregúntenle a los poetas señaló Freud con acierto. Si quieren saber del país que nos ha tocado, con sus quinientos años de soledad, del tiempo que nos devora, de la infancia y sus nostalgias reinventadas, de las ruinas generadas por las guerras primas y fratricidas, de cárceles, despojos y persecuciones, pero también de la esperanza y el amor, como última trinchera, preguntémosle al poeta Carlos Fajardo Fajardo, quien ha convocado en su Ínsula del Viento, a un manojo de voces, que se entreveran con su propia voz, para reclamarle a Dios por sus espadas, tal vez como Damocles, en ese límite insondable entre su libertad y su condena.
Desde el título, uno piensa en otros memorables deicidas, como Nietzsche, como César Vallejo, equilibrista entre su fe cristiana ancestral y su marxismo militante:
Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
Hoy supieras ser Dios;
Pero tú, que estuviste siempre bien,
No sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!
(De Los dados eternos)
Yo nací un día
Que Dios estuvo enfermo
Grave
(De Espergesia)
Y entonces uno siente el impulso de parafrasear la sentencia: Después de Auschwitz, ¿para qué poesía? y declarar, Después de Auschwitz ¿para qué Dios? con sus espadas flamígeras, como ausente, como indiferente al dolor de sus propias criaturas.
Las palabras del poeta Fajardo nos reflejan en una pantalla color sepia a Nazim Hikmet, encarcelado en Estambul, escribiendo sus poemas testimoniales en el cuero de su cinturón, a falta de papel; o nos hace encontrar en una calle de casas blancas, sin bufones, ni reinas, con Giovanni Quessep, para decirle, “poeta, algo nos falta”; y en otra calle, como si se tratara de una foto surrealista, con Alejandra Pizarnik, vieja niña con su camisa en llamas. Y en algún recodo de un trópico perenne, con Ledo Ivo, para inventar el mar, con su palabra primigenia, antes de que regresen los murciélagos, a recordarnos que vamos ciegos, como ellos, chocando con las blancas paredes del desamor. Y así, sucesivamente, con otras voces, que nos marcaron la memoria a hierro candente: Cesare Pavese, Paul Eluard, Vladimir Holan, Ana Ajmátova, Paul Celan, navegante de un Sena sin retorno.
Las Espadas de Dios, un espejo de donde emerge la relectura seria, sobria, de algunos hermeneutas de nuestra precaria realidad, pero también, como si se tratara de un corifeo, lúcido y comprometido, la voz propia de Carlos Fajardo Fajardo, quien nos alerta del presente aciago y nos previene de un futuro, escaso de ilusión:
De nuevo la guerra
Si pudiera detener al mensajero antes de que llegue
al otro lado.
Si sólo pudiera prevenirle. Pero no.
Al otro lado ellos también se preparan
y esperan noticias.
deben saber si han dado en el blanco.
(Poema 10)
No hay nada que hacer.
el viento silba en los guácimos
y en las armas de los guardianes.
Alguien debe pagar por esto, se dicen unos a otros.
Alguien que está señalado en la frente morirá con el alba,
uno menos en la lista negra de Dios.
(Poema 11)
El resto, desocupado lector, tiene que ver con su ánimo para desempolvar su escudo y enfrentar, como pueda, el embate apocalíptico de Las Espadas de Dios.
Las espadas de Dios
Carlos Fajardo Fajardo
Poema a Nazim Hikmet
Hoy que llueve sobre Bogotá
leo tus poemas Nazim Hikmet, tus cartas desde las cuatro cárceles,
el recuerdo de los patios sonoros en Istambul,
el lento pero seguro avance de tu angina de pecho.
No me desilusiono ni lloro.
Tampoco soy un simple desesperanzado.
Sin embargo, Nazim, mi país es una cárcel mayor,
mayor que la de tu Ankara, más fría que la de Cankiri,
más insoportable que la de Bursa.
Todas tus cuatro cárceles reunidas son apenas recintos con jardín.
Como tú, turco naciente,
en el nombre de esta tierra tomo la palabra
y malas noticias me llegan con lluvia matutina,
malas noticias sobre un país cerrado donde nadie nos deja cantar.
Prisionero, exiliado eterno,
con quince heridas, según decías,
escribo en torno a estas paredes deseando ver una luz.
Escucha Hikmet este poema compuesto por varias manos
con despedazadas uñas de tanto escarbar.
También estamos incomunicados como lo estuviste en Ankara
donde te prohibían ver el cielo azul
y un árbol silvestre plantado en algún sitio.
También hablamos con nosotros mismos
en siniestras ciudades
y nos dan ganas de llorar sobre algún seno
llorar o insultar temblando en la lluvia.
Destrozados, solos con el vaivén de lentas horas,
vigilados desde los cuatro costados,
se abre nuestra ira como una gran verdad
y en las torres del aire
lanzamos gritos por oscuras ventanas.
Nazim Hikmet, llueve sobre Bogotá.
Yo releo tu poema a Taranta-babu
pero no puedo hacer un himno para beberme el sol,
no puedo estrechar mi pecho y darme alegría.
¿Cuándo cesará esta llama que a todos calcina?
A pesar de la muerte
Escúchame Giovanni Quessep
seguiré feliz a pesar de la muerte
que me asecha desde las araucarias,
seguiremos felices,
nadie nos quitará la gratitud de ver un nuevo día
tan mísero y sin jardín.
Aquí la alegría no alcanza para todos.
Estamos cansados.
Hemos habitado por años casas de gran oscuridad,
fornicado en sus estrechos espacios,
bebido en las noches íntimas,
no ha sido suficiente.
Algo nos falta.
Se ha podido gritar y callar,
crear momentos de silencio,
poblar la vida con palabras.
Pero no. Algo nos falta.
La muerte vigila desde las araucarias
y en sus largos dedos
enreda hilos de una madeja siniestra.
Alguien susurra:
Carlos, Carlos,
estos malos tiempos pasarán
El sueño de la muerte
Recibe este rostro mío,
mudo, mendigo
Alejandra Pizarnik
Alejandra
la muerte siempre al lado, decías,
todo para morir de tanta vida.
Nadie te ocultó del combate,
ni las mismas palabras.
vieja niña con tu camisa en llamas.
¿Quién te entiende ahora?
¿Quién lee tu misterioso y sombrío abecedario?
¿Quién recita tu poema de ausente, tu jardín prohibido?
Ahora las lilas colorean vientos
y todavía hay mucho abismo como el que abarcaste,
mucha pesadilla en la luz,
sombras muertas petrificadas en los muros.
Que nadie te hable
y dejen dormir tu noche eterna
Para Lêdo Ivo
También Lêdo Ivo he sentido como tú
la belleza y el horror en una nerviosa lagartija.
Vi en sus ojos de diamante
el sufrimiento celeste,
esa luz que pronto se apagaría
y entre piedras, mangos, higuerillas,
salí a recorrer el pequeño-ancho mundo.
También he bebido la sangre de mis semejantes.
Han pasado sobre mí girasoles marchitos cansados del sol,
he pactado con las Hadas,
visto en el mar otro mar cercano y terrible.
Me escondo de Dios, de sus invisibles latidos.
Corro por corredores de sombra tras mi sombra.
Sin brújula que me ampare
lanzo al mar mi infancia y algo se muere
dejando a este hombre viudo de niñez.
La poesía Lêdo es nuestro reino,
Ángel y Daimon que se oculta bajo el ropaje del dolor,
un rito supremo para detener la muerte.
Duro ha sido el tiempo de vivir.
Se derrumban muros y ventanas.
Algo perdura entre los matorrales,
algo que no es delirio de la muerte
sino tus poemas resistiendo al fuego,
al buitre de la realidad sonora y triste.
Recibe hoy estas palabras recientes,
mis versos repetidos para no morir,
secretos a voces pronunciados entre amigos
que como murciélagos sedientos
chocan locos
contra las blancas paredes del amor
Dueño de prisiones y de torres
A cada cual su palabra.
A cada cual la palabra que cantó para él
cuando la jauría le atacó por la espalda.
Paul Celan
Una luna última no te salva Paul Celán,
sólo esa idea de morir tan joven
junto el poema que escribiste
a una madre muerta.
Si pudieras ahora escucharme
sabrías que la realidad se ha transformado en lodo
y que no existe salvación en algún misterio no revelado.
Pero eso es metafísica de ingratas horas.
Sabes que tus poemas son una cortina de bruma
para no ver lo que se enciende de veras en tu imagen.
Entonces miras el mar que no es mar
sino tu despedida.
Sueñas viajar hacia la fatalidad sin promesas
con una palabra o con una mujer de palabras precisas
y te arrojas a las heladas aguas del Sena
arrancándote el pellejo del día.
Bebo mucho, hasta que mi corazón te oscurece, escribiste.
Hablabas como entre símbolos,
cartografías secretas para los grandes descifradores,
poetas que leen santos y señas en medio del asalto
y revelan códigos en el tallo de la noche.
El tiempo aún te tiene entre sus manos.
Nadie desterrará tus sufrientes versos
escritos como voraces cuchillos.
Nadie te quitará esas razones para ser y vivir
lleno de Amapola y Memoria
de Umbral en Umbral
lanzándote a la perpetua fuga de la muerte
dueño de prisiones y de torres
Algo y para siempre
Hemos perdido algo para siempre
Serguei Esenin
Culpable o no
pierdo todos los días algo y para siempre.
Igual a ti, Serguei Esenin,
quiero salir por los caminos,
colgarme el morral,
dejarme barba.
Pero estos caminos Serguei están secos
y no hay una sola hectárea en mi tierra sin un grito.
Sus silencios no son los del alivio,
sino los del espanto.
Cansada de vivir en estas nubes
la luna patalea sobre vencidos ardores.
La muerte se entierra aquí,
escarba, escarba,
se lleva toda el alma en un suspiro,
perdiendo Serguei
algo y para siempre
Las espadas de Dios
1
La otra parte, ¿dónde está mi otra parte?
Alguien me quita la vista del día, roba mis sábados de los almanaques, los fuertes vientos de las terrazas.
Alguien detiene el sol y lo destierra de mis ventanas.
No es posible gritar. Se puede aullar a la luna, pero la han suprimido de mis cielos.
La otra parte. ¿Dónde está mi otra parte? Aquella saludable y tierna, la que escribió poemas de calles con soles y frondosos árboles; la que habló del verano ¿dónde está?
Alguien quita la tranquilidad de mi luz, deja sombras allí donde antes existían barrios de infancia.
Alguien que soy yo mismo, y otros invitados, han abierto agujeros en los que sólo veo pasadizos sin fin.
¿Adónde fueron los poemas de amor y soledad de mí?
2
Mis deudas con este siglo no han sido pagadas
ni las pagaré.
¿Para qué pagar deudas cuando todo se nos debe?
La vida ha sido vendida
y no han cumplido con el plazo previsto.
La muerte viene a escarbar mis vísceras.
El reloj que aferro a la muñeca también es mi condena
y escucho voces anunciando tiempos de fin.
¿Quién dijo que los poetas construyen sueños?
La estirpe que los signa
es un largo cortejo de vacíos,
apuntan palabras para poder soportarse,
desean palpar lo que no se puede palpar,
sus poemas son secos paisajes en un país abrupto,
muy pocos para mencionar tantas penas.
Saben que han de morir
eso es lo exacto.
Su felicidad no alcanza para todos
4
Es frío el mundo.
¿Qué desierto es éste donde vine a posar mis pies?
¿A qué arena de circo me han traído?
Ah país, la herida que me has dejado,
la sangre que te robas,
la pasión que no mereces
7
Los muertos
no tienen donde esconderse
Yannis Ritsos
Los muertos no dicen nada,
se les ve tan callados.
Demasiadas palabras dijeron,
ahora no hablan.
Es difícil para ellos ocultar lo que les dejó el tiempo,
la línea de la vida.
Si pudieran hablar,
pero no.
Cuánta desilusión nos han evitado conocer,
cuánta verdad.
Aquel silencio ha hecho inventar espejismos,
un futuro de fábulas.
Que no hablen
y nos dejen aquí
adivinándolos
9
¿Alguien llama?
¿Alguien pide su auxilio de sombra?
Bajo este vaho de luna
sólo algunos se atreven a vivir
teñidos con el color de los sudarios.
Nadie duerme.
Cada muro es un paredón donde gotea sangre de vencido.
Sientes el agitar de banderas negras.
¿Quién grita?
Este aire batiendo alas de murciélagos
10
De nuevo la guerra.
Si pudiera detener al mensajero antes de que llegue
al otro lado.
Si sólo pudiera prevenirle. Pero no.
Al otro lado ellos también se preparan y esperan noticias.
Desean saber si han dado en el blanco.
No saben que aquí sólo hay tempestad de hambre
y un día nervioso que se asom
20
La única bandera que poseía ha sido saqueada
y no tengo otra para abrigar mis ruinas.
Horrorizado
escribo palabras que no deberían existir.
Vivo entre destrozadas flores,
enmohecidos muros,
esquinas de sobresalto.
Hay una luna llorosa
en esta oscura ciudad
como su cielo.
No pido salvación.
Pues esto no es un castigo de Dios,
sino su escupitajo