Días antes de su muerte, acaecida este 28 de enero del presente año, el poeta de lengua maya quiché nos envió esta selección de poemas para La Otra. Desafortunamente no verá sus versos circulando por los ojos puestos en La Otra, pero en cada lectura revivirá su canto. Descanse en paz el poeta
Humberto Ak’abal nació Guatemala en 1952. Poeta de la etnia Maya K’iche’. Piensa y escribe sus poemas en idioma K’iche’ y se autotraduce al español. En la actualidad es uno de los poetas guatemaltecos más conocidos en: Europa y Sudamérica. Sus obras han sido traducidas a múltiples idiomas.
Sus poemas han sido publicados en periódicos y revistas de Guatemala, Centro América, México, EstadosUnidos, Venezuela, Brasil, Colombia, Líbano, Japón, España, Francia, Austria, Suiza, Alemania, Holanda e Italia.
Humberto Ak-abal
El canto viejo de la sangre
El canto viejo de la sangre
Yo no mamé la lengua castellana
cuando llegue al mundo.
Mi lengua nació entre arboles
y tiene sabor de tierra;
la lengua de mis abuelos es mi casa.
Y si uso esta lengua que no es mía,
lo hago como quien usa una llave nueva
y abre otra puerta y entra a otro mundo
donde las palabras tienen otra voz
y otro modo de sentir la tierra.
Esta lengua es el recuerdo de un dolor
y la hablo sin temor ni vergüenza
porque fue comprada
con la sangre de mis ancestros.
En esta nueva lengua
te muestro las flores de mi canto,
te traigo el sabor de otras tristezas
y el color de otras alegrías…
Esta lengua es solo una llave más
para cantar el canto viejo de mi sangre.
De vez en cuando
De vez en cuando
camino al revés,
es mi modo de recordar.
Si caminara solo hacia adelante,
te podría contar
cómo es el olvido.
Tortillera
Sonrojada frente a tu comal
le aplaudes al fuego.
Amasas la masa
y tus manos parecen jugar
entre la cazuela.
Tus manos, esas bellas manos
comienzan a tortear
y la tortilla sale redonda
como la luna llena.
Cómo me gustan tus tortillas
porque tienen la caricia de tus manos,
y porque con cada tortilla
siento que me acaricias el alma.
La atolera
Chapuda y galana,
rechula.
Sobre su cabeza
un yagual,
sobre el yagual
la olla de atol.
¡Ay! Atolera,
yo quisiera tomar
pero de tu boca.
El sabor
El sabor de aquella calle
era una panadería.
Y la tristeza de aquel niño,
era como la del enamorado
que se conformaba con ver el camino
que conducía a la casa de su amada…
El consuelo de aquellos años,
era pasar por aquella calle
oliendo el pan…
El aliento
Ella me dio el aliento
para que mi voz resonara por el mundo,
jamás caminó a mi lado
para taparse con mi sombra.
Suficiente tuvo
con haber sido mi madre
y que yo,
fuera a donde fuera,
no era un hongo,
porque no había brotado de la nada.
La buscona
Cuando la luna se cansa
de andar por el cielo,
dicen que se vuelve puta,
su pelo largo le cubre las nalgas
y le cubre los pechos,
solo se le ven los pies.
Los muchachos le tienen miedo,
saben que si alguno cae en sus manos
y se acuesta con ella,
ya no despertará
porque la luna le come el alma.
Por eso,
cuando no hay luna en el cielo,
es que ella anda por aquí
en el pueblo, buscando,
y el que esté mal parado,
se lo llevó la chingada.
La comidera
Cada vez que te veo
cocinando,
se encienden tus mejillas.
Con una paleta remueves
y remueves
el contenido de la olla
y dejas caer unas gotas
sobre la palma de tu mano,
te la llevas a la lengua
mmmmmmmmmm…,
no le falta ni le sobra sal.
El aroma me llega a la nariz
y no puedo pasar de largo
sin que se me alborote el apetito.
Y te miro,
miro tus ojos,
miro tus manos,
pienso en tu lengua;
porque sin tu lengua
esta comida no tendría sazón.
Por eso, cada bocadito
de este recado colorado,
la acompaño con el sueño
de estar comiendo
en el guacalito de tu lengua.
El espanto
Una vez vi la sombra de un espanto
alargado sobre una pared recién encalada.
La luna se escondió detrás de mí
y yo temblaba de miedo.
Sobre mis pies
sentí caer un chorrito de agua caliente
y creí que el espanto me había orinado.
Piedras
No es que las piedras sean mudas,
solo guardan silencio.
El peso de las palabras
Cuando hablés
pesá tus palabras,
no vaya a ser
que tengás que cargarlas
y terminés cayéndote debajo de ellas.
El agua y el fuego
Yo no olvido la imagen
de aquella cocina encendida,
el humo ardía en los ojos
y era amargo en la lengua…
Las sombras en las paredes
eran espantos negros.
El fuego enloquecido
devoraba los leños…
Y el agua hirviendo
parecía un animal rabioso
rascando dentro de la olla.
Un hoyo
Cuando yo era chiquito
creía que la luna era un hoyo
y que detrás de la noche había luz.
Flores de muerto
Qué bellas las flores de muerto
que plantaste en tu jardín, me dijo ella.
Allí será mi tumba, le dije,
así que cuando tú vengas
ya sólo tendrás que traer las lágrimas.
La enferma
Para que la luna
no se sintiera sola,
salí a acompañarla.
Era la una de la madrugada.
Qué soledad,
qué tristeza,
qué silencio…
Y recordé mi niñez,
cada vez que la luna se enfermaba
salíamos a darle ánimos
tocando tambores,
encendiendo antorchas
y cantando a gritos…
Y esta noche,
pareciera que en el pueblo
ya solo yo quedara vivo…
Y si en mi afan…
Y si en mi afán
de hacer las cosas bien
me equivoco,
déjenme aprender,
pero no me digan
cómo tengo que pensar.
Portazo
Ella estaba ardiendo,
solo faltaba un soplo
para apagar su fuego.
Y yo, con esa timidez
que me vuelve ausencia,
me quedé sin aliento…
¡Ponete las enaguas de tu mamá!
El portazo reverberó en mi alma
como el eco del trueno por los barrancos.
En Coyoacán
¿De quién serían aquellos ojos
que me miraron en Coyoacán,
aquella mañana cuando mi alma
yacía postrada?
Esa mañana
en la que casi sin aliento
de pronto fui levantado
por el brillo de esos ojos,
que al entrar
por la puerta de aquel café,
dirigieron su mirada
hacia mí.
Aquella mirada suya
me devolvió el aliento.
¿De quién serían aquellos ojos,
color de almendra,
que me miraron en Coyoacán?
Pájaro de pueblo
Yo te he mirado muchas veces
y ni siquiera te has dado cuenta.
Por supuesto que otros te ven
con ojos bellos
de otros colores,
con otras miradas.
Los míos son ojos de desvelo,
ojos de pájaro de pueblo,
ojos color de lodo,
ojos de indio.
Entre nosotros,
allá con mi gente,
con una mirada es suficiente:
sí o no.
Pero con vos,
ya me arden los ojos de tanto mirarte,
y nada…
El cuerito
Miraste para todos lados
y creíste que no había nadie.
Te quitaste la ropa
y te metiste en el río.
Yo estaba entre las ramas
de aquel árbol de tulup,
y al verte desnuda
mi corazón comenzó a temblar
y de un salto
se me paró el cuerito.
Soñé
Soñé con escribir
un poema que no dijera nada.
Simplemente
que me recordara algo,
alguien…
Desnuda
como la primera vez.
Ser alguien
Leé un libro
y estarás entre los pocos
que sostienen el mundo.
Que no te llegue la muerte
sin haber soñado,
ni soñés sin haber leído.
No dejés
que se te escape la vida
sin haber viajado con un libro.
Cuando la eternidad
te pida cuentas
¿Qué le responderás
si no has leído nada?
La ignorancia
es una muerte anticipada.
Con un libro sos alguien,
sin un libro
no sos nada.
La izquierda
Cuando la derecha se paralizó
me refugié en la izquierda.
Si no fuera por la izquierda
estaría arrastrándome con la derecha.
Me he apoyado en la izquierda
para trasladarme de un lugar a otro.
El día que me falte la izquierda
se habrán acabado mis ilusiones.
¡Bendita sea mi pierna izquierda!