Vincenzo Guarracino y Ana María Pinedo López comparten con los lectores de La Otra poemas de este gran poeta italiano y nos aproximan a su comprensión y conocimiento.
GIOVANNI PASCOLI
el poeta italiano del misterio doliente de la Naturaleza
(a cargo de Vincenzo Guarracino y Ana Maria Pinedo Lopez)
Giovanni Pascoli nace el 31 de diciembre de 1855, cuarto de 8 hijos, en San Mauro di Romagna, donde el padre Ruggero Pascoli es administrador de la hacienda “La Torre” de los príncipes Torlonia.
En 1862, junto a los hermanos Giacomo y Luigi, entra en el colegio Raffaello de los padres Escolapios en Urbino y permanece allí hasta el 71, recibiendo una óptima educación sobre todo en lenguas clásicas, bajo la guía de óptimos maestros, de los que conservará durante toda la vida una viva memoria.
En 1867, el 10 de agosto, día de San Lorenzo, sucede el acontecimiento capital de su vida: el padre, mientras regresaba a casa en calesa, es asesinado por alguien desconocido y su homicidio permanecerá siempre impune. Del hecho encontraremos un trágico eco en al menos dos líricas, X de agosto (en la antología Myricae) y La yegua pía (en la antología Cantos de Castelvecchio).
Fue el inicio de un periodo de miseria y desventuras que alteraron y dispersaron el nido familiar: después de que el hermano mayor, Giacomo, fuese constreñido a abandonar los estudios para suceder al padre en las atribuciones de cabeza de familia, en el 68 muere una hermana, la primogénita Margherita, de tifus y a continuación, de infarto, la madre y sucesivamente, en el 71, apenas terminada la enseñanza secundaria, muere el más joven, Luigi, de meningitis, mientras las hermanas menores Ida y Maria se trasladan a casa de tíos maternos en Sogliano al Rubicone.
Constreñido a dejar el colegio de Urbino a causa de los ingentes gastos, Giovanni, prosigue los estudios, no sin dificultad, primero en Rimini, después en Florencia y al final en Cesena, para concluirlos finalmente en el 73, inscribiéndose en la facultad de Letras de la Universidad de Bolonia gracias a la ayuda de un ex-profesor que le hizo obtener una beca de estudios. Con las 600 liras anuales de la beca, comienza a frecuentar los cursos universitarios, y en particular las lecciones de Giosue Carducci, célebre poeta y fascinante Maestro.
En el 76 murió el hermano Giacomo, el “pequeño padre”, que había intentado reconstruir el nido familiar. Para Giovanni, en tanto, en Bolonia comenzó un periodo de desorientación con la frecuentación de tascas y ambientes políticos anrquistas en los que conoció a Andrea Costa, participando activamente en los movimientos anarcosindicalistas y terminando, incluso, siendo privado de la beca de estudios. Fue realmente un periodo de la vida de pendoneo que se prolongará hasta el 79, cuando a causa de de su participación en las manifestaciones contra el arresto del anarquista lucano Giovanni Passannante, que había atentado contra la vida del rey Umbero I (por cuya circunstancia compuso una oda, de la que quedan sólo dos versos, los últimos, “¡con el gorro del cocinero haremos una bandera!”), fue arrestado y después liberado tras tres meses, gracias a la intercesión de Carducci, su profesor en la Universidad.
Salido finalmente de la cárcel, Pascoli entra en una fase de depresión en la que más de una vez pensó en el suicidio. Se sentía un fracasado, incapaz de recomenzar a vivir y retomar los estudios.
Recuperada la beca de estudios en el 80, después de haber optado de nuevo a ella, y reemprendidos los estudios, en 1882 se licencia con la nota máxima discutiendo una tesis sobre el poeta griego Alceo, obteniendo poco después el encargo de enseñar latín y griego en el gimnasio-liceo de Matera en Basilicata.
En 1884 obtiene el traslado al liceo de Massa donde, en el 85, se le unen sus hermanas Ida y María, que aceptan vivir con él coronando, así, su sueño de reconstruir el nido familiar tantas veces idealizado y cantado en tantas líricas como El nido (en Myricae) o La encina caída (en Primeros poemitas) en las cuales, bajo forma de sugestivos cuadritos campestres, toma cuerpo el tema de la casa acechada y destruida por el Mal. Fue el inicio de un periodo finalmente sereno en la vida del poeta que coincidió con un lenguaje poético nuevo y original cargado de afabilidad y ternura como nadie antes había tanteado en la poesía italiana.
En 1886, con ocasión de la boda del amigo Severino Ferrari, que enseñaba en la vecina La Spezia y con el que mantenía una relación asidua, compone una serie de madrigales con título de El último paseo, que constituyen un núcleo importante de la futura antología Myricae.
En 1887, por diversos motivos, entre ellos la boda del hermano Raffaele con Angiola Quadri, ven la luz diversos textos, destinados después todos ellos a la antología Myricae, mientras que entre tanto un decreto lo traslada a Livorno.
En el 91, en la editorial de Giusti de Livorno, con ocasión del enlace Gelmi-Marcovigi, aparece finalmente la primera edición de Myricae, que comprende 22 poesías, en cien ejemplares. El título Myricae es el nombre latino de un humilde arbusto siempre verde recuperado de un verso de las Bucólicas del poeta latino Virgilio (“Non omnes arbusta iuvant humilesque myricae”, IV), para simbolizar una poesía simple hecha de pequeñas cosas.
En tanto, en marzo del mismo año, de Amsterdam recibe un telegrama que le comunica que un poemita suyo en latín, Veianus, ha ganado el primer premio del célebre certamen Hoeufftianum. Es el primero de una larga serie de premios (13 en total) que se concederán a su actividad de escritor en latín.
El 30 de septiembre del año siguiente, 1885, Ida, la hermana menor, tras un breve noviazgo, durante el cual Giovanni llora y se desespera por el peligro que entreve para la integridad del “nido” familiar, finalmente se casa con Salvatore Berti.
En tanto, después de la salida en “Convinto” del poemita Gog e Magog, que después entrará a formar parte de los Poemas convivales (1904), en otoño, coge en alquiler una casa rústica, con jardín y granja, en Castelvecchio di Barga, provincia de Lucca, donde se establece con su hermana María.
Nombrado profesor de Gramática griega y latina en la Universidad de Bolonia, inicia en enero del 96 sus clases con una lección magistral titulada El regreso.
En el mismo año, para preservar la integridad del “nido”, deja caer un enésimo proyecto matrimonial: esta vez con la prima Imelde Morri, a pesar de que ella estaba dispuesta a la boda. El 19 de agosto publica en la revista “Il Marzocco” la poesía X de agosto, compuesta en memoria del padre y que después entrara a formar parte de la cuarta edición de Myricae como uno de sus textos más conmovedores y significativos.
En enero del año siguiente ven la luz los Poemitas con el editor Paggi de Florencia, y con Giusti primero la antología latina Epos, dedicada a Carducci, y después una nueva edición de Myricae, mientras entre enero y abril en “Marzocco” se publican los Pensamientos de arte poética, que representan la primera redacción de las prosas tituladas a continuación El chavalillo.
Por méritos especiales es nombrado ordinario de Literatura latina en la Universidad de Messina y se quedará allí hasta 1903, que será nombrado profesor de Gramática griega y latina en la Universidad de Pisa.
En enero del año siguiente se traslada finalmente a Messina con su hermana María y con el perro Gulì e incia sus clases con una lección magistral titulada Iter siculum, que toma el motivo en un poemita del poeta latino Lucilio.
Al final del año, después de un periodo estival trascurrido en su casa de Castelvecchio, enferma de tifus y la ocasión le sugiere la composición Mi enfermedad, comprendida después en la antología Cantos de Castelvecchio (1903).
Finalmente, en el año siguiente, 1902, gracias a las presiones y a las ayudas de sus amigos de Barga, se decide a comprar a plazos la casa de Castelnuovo, y para hacer frente a la adquisición venderá las medallas de Amsterdam.
En 1903, en abril, estampados por el tipógrafo luquese Marchi por cuenta del editor Zanichelli de Bolonia, salen los Cantos de Castelvecchio, que apenas pocos meses depués, en agosto, son reestampados con un glosario para aclarar los muchos términos de uso local que contenía y mientras salía la sexta edición de Myricae con incisiones de Adolfo De Carolis.
En octubre, consiguía finalmente el anhelado acercamiento a casa: con decreto del ministerio, era nombrado profesor de Gramática griega y latina en la Universidad de Pisa e inauguraba sus clases con la lección magistral Mi escuela de gramática.
En tanto, en noviembre de 1905, tras el retiro de la docencia de Giosue Carducci, es llamado a sucederle en la cátedra de Literatura italiana en la Universidad de Bolonia.
A principios de enero se traslada a Bolonia junto a su hermana Maria, aunque sin renunciar a pasar largos periodos en Castelvecchio, que consideraba verdaderamente su morada principal.
El 16 de febrero de 1908, en la Universidad de Bolonia, celebra una conmemoración de Carducci, en el primer aniversario de la muerte, con el discurso El poeta del segundo Resurgimiento.
El 26 de noviembre es invitado a dar, en el Teatro de los Differenti de Barga, el discurso El gran proletariado ha sido sacudido, en apoyo a la guerra de Libia, en el que sostiene, como muchos socialistas de la época, la necesidad de una guerra como aquella apenas emprendida por Italia, la “grande proletaria”, para dar un desahogo a sus hijos en nombre de la civilización más allá de los confines de la patria, hacia tierras que antiguamente habían sido colonizadas por los Romanos y por lo que podían ser legítimamente reivindicadas.
Al comienzo del nuevo año, en enero, una grave crisis de cirrosis hepática lo postra en cama. El diagnóstico de un ilustre médico, el profesor Augusto Murri, fue incluso más inclemente: tumor en el estómago. Trasladado a Bolonia muere el 6 de abril, sábado santo. El 9, tras los funerales, es sepultado en Castalvecchio.
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Pateadura
Se oye un galope lejano
(¿es la…?),
que viene, que corre en el llano
con trémula velocidad.
Un llano desierto, infinito;
todo amplio, todo árido, igual:
alguna sombra de ave perdida
que se desliza como un flechar:
nada más. Ellas huyen
de alguna remota ruina;
no lo sabe ni la tierra ni el cielo,
ni cual sea, ni donde él esté.
Se oye un galope lejano
más fuerte,
que viene, que corre en el llano:
¡la Muerte! ¡la Muerte! ¡la Muerte!
Entonces
Entonces…lejano fue un tiempo
en que feliz fui mucho; no ahora;
¡pero cuanta dulzura mantengo
de tanto como fue dulce esa hora!
¡Aquel año! ¡por años que después
huyeron, tambien que huirán,
no puedes, mi pensar, no puedes
llevarte más que aquel año!
Un día fue aquel, que es sin
compañero, que es sin retorno;
¡la vida fue vana apariencia
antes y después de aquel día!
¡Un punto!…tan pasajero,
que en verdad pasó de repente
¡pero tan bello, que mucho
feliz, fue feliz, ese instante!
La aguja
Por el valle negro el alba
esparció las greys blancas:
por la noche vuelven hartas
y cansadas trepan calmas
una estrella les conduce.
Vuelve por la via maestra
la camada, y pasa lenta:
algo blondo hay al ventanal
entre albahaca y una menta:
es María que cose y zurce.
¿Para quién y para qué coses?
¿Una sábana? ¿Un blanco velo?
Todo el cielo es de color rosa,
rosa y oro, y todo el cielo
en la frente le reluce.
De la labor levanta el ojo
¿una lágrima? ¿una sonrisa?
Bajo el cielo rosa y oro,
gachos ojos, cara gacha,
ella zurce, cose, zurce.
Noche festiva
¡Oh! Mamá, ¡oh! Mamaíta, ¿has planchado
la camisa nueva de lino?
No estaba allí abajo en la colada
en el boj o en el albar espino
Sobre los ojos tienes las manos…
¿Por qué? ¿no sabes que mañana…?
din don dan, din don dan.
Se hablan los blancos parajes
cantando en un aire de rosa;
por la sombra de los montes salvajes
se oye una rumba armoniosa.
Tú tienes en los oídos las manos…
tú lloras; y es fiesta mañana…
din don dan, din don dan.
Tú piensas… ¡oh! Recuerdo: la ermita…
¿cuantos años hace ahora? Una noche…
el bebé estaba frío, de nieve;
el bebé estaba blanco, de cera:
entonces sonó la campana
(¿por qué no parecía lejana?)
din don dan, din don dan.
Tocaban a fiesta, como ahora,
por el ángel; el nuevo angelito
en el cielo volaba a esa hora;
pero tú lo querías protegido
con nosotros, al pecho, en la cuna:
gritabas; y arriba allí la campana…
din don dan, din don dan.
X de Agosto
San Lorenzo, yo lo sé porque tantas
estrellas por el aire tranquilo
arden y caen, porque tan grande un llanto
en el cóncavo cielo ya brilla.
Volvía una golondrina a su techo
la asesinaron: cayó entre espinos :
tenía en el pico un insecto:
la cena de sus pequeñinos.
Ahora está allí, como en cruz, tendiendo
el gusano a aquel cielo lejano;
y su nido está en la sombra, esperando,
piando siempre más piano.
Volvía un hombre también a su nido:
lo mataron: dijo: Perdono;
y quedó en los ojos abiertos un grito:
portaba dos muñecas en dono.
Ahora allá, en la casa aisladita
lo esperan, esperan en vano:
él, inmóvil, atónito, indica
las muñecas al cielo lejano.
Y tú, Cielo, de lo alto de los mundos
serenos, infinito, inmortal,
¡oh, de un llanto de estrellas inundas
este átomo opaco del Mal!
Mi ocaso
El día estuvo lleno de relámpagos;
mas ahora vendrán las estrellas,
las silenciosas estrellas. En los campos
hay un breve gre gre de ranillas.
Las trémulas hojas de los chopos
atraviesa un gozo ligero.
¡Qué rayos en el día! ¡qué estallidos!
¡Qué paz, el ocaso!
Se deben abrir las estrellas
en el cielo tan tierno y vivo.
Allí, entre las alegres ranillas,
solloza monótono un rio.
De todo aquel oscuro tumulto,
de toda esa dura tormenta
no queda más que un dulce singulto
en el húmedo ocaso.
Es, aquella infinita tormenta,
finita en arroyo canoro.
De los rayos frágiles restan
cirros de púrpura y oro.
Oh cansado dolor, ¡reposa!
La nube en el día más negra
fue aquella que veo más rosa
en el último ocaso.
¡Qué vuelos de alondras entorno!
¡qué gritos en el aire sereno!
El hambre de la pobre jornada
prolonga la gárrula cena.
La parte, tan chica, los nidos
en el día la tuvieron no entera.
Ni yo… y qué vuelos, qué gritos,
¡mi límpido ocaso!
Don … Don … y me dicen, ¡Duerme!
me cantan, ¡Duerme! susurran,
¡Duerme!, me dicen quedo, ¡Duerme!
Allá, voces de tiniebla azul…
Me parecen cantos de cuna,
que hacen que yo torne a como era…
sentía a mi madre… después nada…
en el hacer del ocaso.
La yegua pía
En la Torre el silencio era ya alto.
Susurraban los chopos del Río Salto.
Los caballos normandos en sus establos
rompían el forraje con rumor de costras.
Allí, al fondo, la yegua estaba, salvaje,
nacida entre pinos en la salobre playa;
que el roción en las narices tenia del mar
todavía, y los gritos en las orejas agudas.
Con sobre el pesebre un codo, ante ella
estaba mi madre; y le decía con voz queda:
“Oh mi yegüita, mi yegüita pía,
que portabas aquel que no retorna;
¡tú comprendías sus señales y sus dichos!
Èl ha dejado un hijo jovencito;
el primero de ocho entre mis hijos e hijas;
y su mano jamás no tocó bridas.
Tú que sientes a los lados el huracán,
tú obedeces a su pequeña mano.
Tú que tienes en el corazón la marina erial
tú haces caso a su voz juvenil”
Volvía la yegua su enjuta testa
hacia mi madre, que decía más triste:
“Oh mi yegüita, mi yegüita pía,
que portabas a quien jamás retorna;
¡lo sé, lo sé, que tu lo amabas fuerte!
Con él tú sola estabas y su muerte.
Oh nacida en selvas entre ondas y viento,
tú tuviste en el pecho tu propio aspaviento;
sintiendo laso en la boca el freno,
en el corazón veloz ralentizaste el trote:
despacio proseguiste por tu via,
para que hiciese en paz su agonia…”
la flaca y larga testa estaba junto
al dulce rostro de mi madre en llanto.
“Oh mi yegüita, mi yegüita pía,
que portabas a quien jamás retorna;
¡oh, dos palabras él, sí, debió decir!
Y tú comprendes pero no lo sabes contar.
Tú con las bridas sueltas entre las patas
con dentro de los ojos el fuego del disparo,
con el eco del estallido en las orejas,
seguiste el camino entre los altos chopos:
lo devolvias durante el morir del sol
para que escuchásemos sus palabras”.
Estaba atenta la larga testa brava.
Mi madre la abrazó por la crinera.
“¡Oh mi yegüita, mi yegüita pía,
que a su casa portabas a quien no retorna!
¡a mi, quien ya no retornará jamás!
Tú fuiste buena… ¡Mas no sabes hablar!
Tú no sabes, pobrecita; ni se atreven otros.
¡Oh, mas tú decirne debes una una cosa!
Tú has visto el hombre que lo mató:
él está aquí, en tus pupilas fijas.
¿Quien fue? ¿Quien es? Quiero decirte un nombre.
Y tú haz un signo. Dios te enseñe como”.
Ahora, no rompían los caballos ya el forraje.
Dormian soñando el blanco del viaje.
La paja no machacaban con los cascos hueros:
dormian soñando el traquetear de ruedas.
Mi madre alzó en el gran silencio un dedo:
dijo un nombre… Relinchó alto la yegua.
Por qué este poeta
“Quisiera que pensaseis conmigo que el misterio, en la vida, es grande y que lo mejor que podemos hacer es estar lo más estrechados posible a los otros a los que el mismo misterio ahoga y asusta. Y quisiera invitaros al campo”: es una afirmación contenida en la introducción a la antología Primeros poemitas y sintetiza bien el sentido mismo de la poesía como la entiende Giovanni Pascoli (1855-1912), el poeta italiano que más radicalmente ha contribuido al rejuvenecimiento de la lírica italiana en el tránsito entre el Ochocientos y el Novecientos.
Pascoli es un poeta italiano que retoma y sintetiza las grandes preguntas de la más inquieta modernidad, aquellas expresadas por ejemplo por la poesía de Leopardi, en su punto más neurálgico, es decir en enfrentamiento con el misterio doliente de la Naturaleza, para relanzarlas, más allá de su época, con respuestas y propuestas que revelan su esencial contemporaneidad y su correspondencia con nuestra sensibilidad: es esto lo que sustancialmente aparece a través del arco de toda su producción literaria, que constituye un paradigma ejemplar, además de uno de lo vértices más originales del Simbolismo europeo. Con Myricae de hecho se da un nuevo sentido alquímico y soñador al porqué de las cosas; con los Poemitas y los Cantos de Castelvecchio aquel misterio se abre en una belleza cristalina; con los Poemas convivales en definitiva se trata de reescribir a lo largo de esos mismos secretos la continuidad entre antiguo y moderno, entre el clasicismo y la modernidad.
Con un punto fijo, expresado en un texto teórico en prosa de gran sugestión titulado El chavalillo, claramente se sintetiza la responsabilidad del poeta: “Poesía es encontrar en las cosas, ¿como decirlo?, sus sonrisas y sus lágrimas; y esto se hace con dos ojos infantiles que miran simple y serenamente por detrás del oscuro tumulto de nuestra alma” (cap. VII).
Giovanni Pascoli
Portada de la obra Poesie