Jóvenes poetas mexicanos que estuvieron presentes este otoño de 2018 en el festival de Poesía de Trois Rivières, Québec, Canadá, acompañando a poetas de generaciones precedentes como Elsa Cross, José Ángel Leyva y Jorge Ortega. Aquí una muestra de su poesía.

Tres jóvenes poetas mexicanos en Trois Tiviéres, Québec, Canadá, 2018

Elisa Díaz Castelo, Fernando Carrera, y Ana  Vanderwelk estuvieron presentes este otoño de 2018 en el festival de Poesía de Trois Tiviéres, Québec, Canadá, acompañando a poetas mexicanos de generaciones precedentes como Elsa Cross, José Ángel Leyva y Jorge Ortega. Aquí una muestra de su poesía.

Elisa Díaz Castelo

Apogeo de sombra

Y el tema del último planeta,

        desterrado

al frío de la noche

        en algún sitio de octubre.

El hilo del que pendía

cortado sin arrepentimiento.

Se borró de cuadernos y sistemas,

        lo desaprendimos con esmero,

como ha de suceder con tantas cosas.

Cuando me lo dijo, estábamos en la oficina.

        La lluvia suavizaba su voz

en esta ciudad de estrellas apagadas.

Los planetas, sabía teóricamente, son estables,

        sus luces constantes y finísimas.

Me gustaban por eso.

Pero, después, saber con qué facilidad

se puede prescindir. Los objetos, los nombres,

        ceden sus amarras fantasmas sin agobio.

Un pájaro se resguardó de la lluvia

        en la oficina.

La pequeña bestia cantaba,

        revoloteando su voz tan tibia.

Dijimos

        que lo liberaríamos,

pero lo olvidamos.

El lunes ahí estaba,

helado,

un puño de alas oscuras.

Después de ese día,

        no hablamos más.

En algún sitio de mi cuerpo,

        se engendró una nueva oscuridad,

un hemisferio de pérdida bajo la piel.

Qué confusión,

        permanecer y cesar,

caminar las mismas calles

        y volverse invisible.

Miraba, desde el otro lado, la ventana.

Recorría mi trayecto errático de sombra,

los días que compartimos :

        aulas iluminadas, distantes

ecos de otra luz.  

Encendía sus palabras entre mis labios,

esquirlas abrasadas,

        parpadeantes.

La materia es, en ocasiones, más débil que la mente:

Yo no existía                pues se negaba a verme.         

Mi cuerpo

        levantaba su oscura obsolescencia.

Mi nombre,

        un trago de silencio en su garganta.

Y la ridícula tristeza,

        como si el planeta hubiera de hecho desaparecido,

erosionado, hundido en su apogeo de sombra,

        cerrado sobre sí mismo,

un camino que ya nadie recorre.

Alberca vacía

El universo es una alberca

vacía donde los niños juegan,

imitando las brazadas intrépidas

de los nadadores

o sostenidos a la orilla, en un intento

por conocer el agua en su ausencia.

El universo es una alberca vacía,

forma en descanso, cuatro esquinas

falsamente azules que no contienen

nada, en resumen,

un despropósito, eso,

y un querer estar ahí,

pero en otro sitio, adentro,

pero bajo otras reglas.

El universo es eso, una alberca

de hormigón armado, llena de grietas,

un hueco azul en el centro del jardín,

abandonado al peso de las horas,

al sol que cuartea los azulejos.

Qué desnivel absurdo, cada escalón

para llegar a ningún sitio.

Qué absurdos sus cimientos,

estuco y acabados. Qué absurdos

esos niños que observan la alberca

acumulando sombras en la noche.

El universo es eso

un lugar sin lugar, sitio a medias,

tumba de agua, de años luz,

apalabrada a sus vértices.

Y hay algo y lo sabemos

de entrada roto sobre el sitio.

No es que no haya nada dentro

del espacio al que los límites dan forma,

sólo no lo que queremos. Es el contorno

enardecido, impecable, que abarca

ese no estar ahí del agua,

la incisión de la falta y el ansia

por estar dentro y saberlo

que no hay un adentro, o no ese

sino otro.

El universo es esa alberca vacía.

Su rebaño de hojas secas

a veces se suspende, forma

frágiles constelaciones con el polvo.

En la resolana de la tarde, las motas

son estrellas desorbitadas, moribundas.

Sedimento. El universo es

esa alberca donde se pudren las hojas

y empieza el hedor de la catástrofe,

donde amanece una rata muerta

y los niños no pueden rescatarla.

El universo es eso: esa forma

de quitarse la forma: esa forma

sin uso ni contento: tan sólo una caja

horadada en la tierra: hendidura

de aire: ese deseo de agua, esa sed

en la piel, esas ganas

de no creer en la gravedad de las cosas,

de nadar suspendido a doble tiempo,

encontrando un cuerpo sin el cuerpo.

Es eso, saber que eso no pasa,

que la gravedad existe,

y es grave vivir en esa casa,

con esa alberca, grave

mirarla cada día y aprender que el vacío

también toma una forma, itinerante.

Mapa de cuerpos invisibles

Hay estrellas que son actos fallidos. Estrellas que nunca llegaron a serlo, que nunca llegaron a sí mismas. Por ser demasiado pequeñas desde un inicio no pudieron. Por ser demasiado densas la luz no pudo: se quedó quieta en el centro del cuerpo. Pequeños astros de sombra pueblan el vacío. Nadie los ve y sin embargo. Ensimismados y densos, pesadísimos, bailan su desequilibrio en el espacio. Son los fetos insomnes del universo. Son casi lo que serían, pero se abstienen. En el sueño tenía un tumor en el ovario, me lo decía mi madre en un susurro. Un cuerpo que era mío me había crecido adentro. Es el niño que no tuve, me dije. Ahora mismo, y aunque nadie los mire, esos astros brillan con su apenas luz. Son morados, rojos, vibran en tonalidades apagadas. A la distancia, invisibles. Uno de ellos se mece cerca del sistema solar. Moroso. Esquivo. Es el niño que no tuve, me dije. Giran y están llenos de huesos, buscando planetas que los adopten, queriendo ser el centro de algo. Quizá todos somos un poco como ellos: un aborto de nosotros mismos, una estrella fallida. Se quedaron a unos metros de su nombre. No han podido brillar y consumirse. En lugar de eso, se arrugan como una fruta en el refrigerador, se concentran en sus cuerpos, se enfrían. Muchos de ellos están a la temperatura de la piel humana. En el sueño, mi madre me decía el nombre, su casi nombre, pero yo no lo escuchaba. Soñé con el procedimiento. El código recto del cuchillo, la paloma negra, el cuerpo que se vuelve sólo cuerpo y brilla en su penumbra. Un tumor es quizá un hijo que no nace, cuerpo adentro, un hijo que insiste. Un sistema fallido. En el sueño, me daban el tumor redondo y yo lo sostenía entre mis manos. Somos lo que casi fuimos, dije. El niño que no tuve. También. En algún sitio, su cuerpo sin brillo, redondeado a una edad que nunca. Creció pero esférico y preciso, apenas tibio. Mi vida es un mapa de su ausencia. Una constelación de estrellas interrumpidas que insisten.

Acta de defunción        

Sabemos dónde acaba la vida:                arritmia

palidez                 respiración sin rumbo                 

danza de instrumentos                últimos auxilios

y el corazón                una caja de metal

    que se hunde en el océano.                 A las 22 horas

45 minutos                 exactamente.                 

Fibrilación                        paro respiratorio.

El oleaje de las sábanas       contra el costado                

   la colcha         continente de escarpadas montañas

el camisón blanco levantado hasta arriba        

                                    una soga al cuello

     los párpados anudados sobre los ojos.

Podemos decir                                Aquí

        empezaron los latidos a dialogar con la sombra.

Aquí                         acabó tu vida.                 

Aquí el corazón oscureció

hora y minuto                cerrándose por última vez.

Mapeamos tu muerte                con nuestra sangre profunda

como una astilla caliente.         

Para

detener nuestro asombro        

para recordar respirar.                 Marcamos

tu muerte con su momento dado                 referimos los datos          

de fallecida y fallecimiento                                        hora y minuto         

como se escriben las coordenadas

de una tierra fantástica                 una isla

        a la deriva                        

atamos un hilo al momento de tu muerte

y fuimos hacia adentro de nuestros días.                                                         Como si se pudiera

regresar.                 

        Adentro de tu cuerpo ya era afuera                        

 la sangre                        se te quedaba quieta.

                El corazón había perdido su gravedad.

Y me prometiste no morir.        Vivir

es prometer no morir                 amar es.

Todo el tiempo cumplimos         la ruptura de nuestras promesas.

        No dijiste que no morirías                    

pero tomaste mi mano                         y dibujamos juntas

caminamos         en el parque y leímos         

los nombres de los árboles.

        En el instante de tu muerte

cientos de pájaros se estamparon contra el vidrio

sus cuerpos redundantes                 de sangre.

En el instante de tu muerte

        se doblaron las cucharas en la cocina

y se cortó la leche.                         

El gato dejó un canario muerto a mis pies.

Por suerte                        se encuentran asentados

los datos de la finada: lugar

del fallecimiento

destino

del cadáver:

                inhumación.  

En el instante de tu muerte

me miró el Jesús que tenías colgado en la escalera.

        Las conchas que coleccionabas empezaron a sangrar sal.         

Masaje cardiaco         paro respiratorio.                 Vidriasis.                          

El reloj de la sala                 se detuvo.                 

Y sabemos

exactamente dónde      en cuál sitio del tiempo

       en qué momento del espacio                 moriste.

Si despertamos un día con la duda                

podemos de esa forma despejarla.

Elisa Díaz Castello. Poeta y traductora mexicana. Estudió Letras Inglesas en la Universidad Nacional Autónoma de México unam y cursó la Maestría en Literatura Creativa en la Universidad de Nueva York (nyu) con el apoyo de las becas Fullbright y Goldwater.

Fue becaria del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para las Culturas y las Artes fonca 2015. Además, recibió la beca en poesía de la Fundación para las Letras Mexicana (flm)2016.

Obtuvo el Poetry International Prize 2015 de la revista Poetry International y el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal 2017.

Ha publicado en revistas nacionales como Los Bárbaros, Periódico de poesía, Tierra Adentro y Sobremesa, entre otras. Sus poemas en inglés han aparecido en Tupelo Quartely Poetry International.

Fernando Carrera

Por árbol soy

marino

ave de agua

en el cuerpo en que navego

                              Por mástil

pude atravesar

                            lo húmedo

: sueño de un dios

que intuye

                           nos moja

Del agua

la madera surge

Erecto de ella el hombre

nombra

                                         “verga”

al gran árbol

que en su fronda          (dijo “velas”)

aprehendió los vientos

para entregarnos      

mar adentro

las palabras

Salto del ángel (muere Antínoo)

A la entrada un pedazo de madera y un vivo en bronce con la leyenda “Inferi”. Jardín o selva, detrás se extiende lo que se ignora     Un nombre en el centro de la frente, estigma y alfiler que todo une, gobierna, ejerce un comercio poderoso entre lo que fue, las grietas en la carne que acusan, y este anhelo en el pobre gesto de los ojos (todavía luz) que no escondo

¿Puede maltratarse la luz?

Me sé ansiedad de ser otra cosa. Una comezón en las piernas, como una luz roja, instintiva, me empuja a atravesar esta puerta sin muros     ¿Qué es el descenso sino un difuminarse vapor entre las piedras? ¿Qué es la caída sino agua hecha aire, apenas humedad que el viento sopla?      Soy el dios adolescente, bello como la tentación en el filo de un cuchillo: el que en la punta del deseo encontró la muerte y en ella el rostro de lo que no termina     Seré por siempre tu amado en el mediodía de un recuerdo/ memoria encarnada en ti, que no perdonas

Hacia el abismo voy, cantando                          

                                                                     Blanco en el vuelo, incorpóreo, me recuerdo mineral en la trama de la piedra. Al fin subo hasta el cielo de una mirada (esta que ves), ya cuerpo, mármol caliente: doble faro que recuerda, llama. A veces alguien acude

El último tren

Acaso el silencio extendido en la estación, la cantidad inverosímil de adioses acumulados en los ojos, en las arrugas de las manos o la duda que infunden los que dicen entregarse prontos al miedo de no ser más que uno. ¿Cuál es?     Escucho el paralelo rumor del hierro que anuncia el peso de la próxima presencia, ¿viene de donde no veo, o aún de la más cercana memoria?      Entre la ilusión y el milagro apenas una línea de agua, una poca neblina donde siluetas se insinúan

                                                                                              En mi país los trenes son pocos, como la muerte demasiado largos. Sobre sí llevan el comercio de las cosas que no duran. Como el amor, que a estas alturas es una bestia conocida, bienvenida e impredecible: palabra que alimenta el movimiento del próximo viaje, el ánimo por el que esperan, los que fabulan, el paso de ese vehículo incierto. Si el amor nace de una metáfora, su Big-Bang en ella, también por metáfora el miedo, su raíz obstinada

                                                 Destinado a consumirse  todo

No hay trenes, sólo cobardes. Últimos o primeros, el viaje continúa

Del libro “Fuego a voluntad” (Instituto Municipal de Cultura de Toluca, 2018).

Fernando Carrera

1983, Guadalajara, México. Es autor de los libros de poesía “Expresión de fuego” (Mantis Editores-Sec. de Cultura de Jalisco, 2007), “Donde el tacto” (ICA-Conaculta, 2011; “Là où le toucher/ Donde el tacto” segunda edición bilingüe, Mantis Editores-Écrits des Forges-Sec. de Cultura de Jalisco, 2015) y “Fuego a voluntad” (Instituto Municipal de Cultura de Toluca, 2018). Recibió el Premio Nal. de Poesía Horacio Zúñiga de los Juegos Florales de Toluca 2017 y el Premio Nal. de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos 2010. Recibió menciones honoríficas en el Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén 2009 y en el Premio Nal. de Poesía Efraín Huerta 2006. Becario del Programa de estímulo a la creación y al desarrollo artístico, del Conaculta y la Sec. de Cultura de Jalisco en 2008-2009 y en 2010-2011. Ha sido publicado en diversas antologías y en medios impresos y electrónicos a nivel nacional e internacional, tales como: Letras Libres, Revista Crítica, Revista de la Universidad de México, Confabulario-Suplemento del Periódico El Universal, Periódico de poesía de la UNAM, Revista Armas y Letras, Revista Tierra Adentro, Revista Punto de partida, Revista Luvina, Suplemento La Jornada semanal, y en publicaciones de Chile, Suecia, España, India, Grecia, Turquía, Eslovenia, Albania y Bangladesh entre otros. Libros y poemas de su autoría han sido traducidos al francés, inglés, turco,  griego, esloveno y albanés.

Ana Vanderwelk

Ana Francina Barrios Pintado, nació el 22 de febrero de 1988 en la Ciudad de México, Estudió la Lic. en Ciencias de la Comunicación y Artes Escénicas en la Universidad Autónoma de Querétaro y una Maestría en Arte y Literatura igual en la Universidad Autónoma de Querétaro. En el 2010 Cursó el diplomado de Creación Literaria en la Escuela de Escritores de Querétaro, antes SOGEM. En el 2008 publicó Del Vértigo al Vacío, con el Fondo Editorial del Estado de Querétaro, en el 2010 en la antología Cinco Siglos de Poesía Femenina en México, publicado por la Biblioteca del Bicentenario del Estado de México, editada por Maricruz Patiño. En el 2010 publicó Bienvenido al Arte, en el 2014 Bienvenido a las Ciencias Sociales, en el 2015-2016 apareció en la antología Lumbre entre Hojas publicada por la Secretaría de Cultura del Estado de Querétaro. Entre sus pasiones se hayan la música, la danza y la plástica, en especial el dibujo y la serigrafía.

22 de septiembre en la Ciudad de los Palacios. Después del Temblor

Rescato mis ojos
derrumbados
tu mano en medio del espacio
que duró segundos y al mismo tiempo siglos
donde estuvimos sin sabernos
tomados palma a palma

Rescato las calles caminando lado a lado
los autos detenidos en el estupor del no avance
la multitud ansiosa de probar que es útil
la voluntad enorme que arranca la parálisis y el miedo

Las venas de la ciudad se abren
son acciones:
útiles, inútiles, frustradas, heroicas, insólitas
volcada hacia sí misma como una célula única
reconformando su tejido poro a poro
herida enloquecida, rabiosa, trastocada
pulsando en contra de esa muerte insólita ,instantánea
que nos abraza a todos
la que alcanzó a tantos
la que sigue enterrando
la que sigue retando a los que luchan
aún
bajo los escombros

La ciudad se repasa en el ataque
inesperadamente anuncia que tiene brazos manos
fuerza puños y ojos
para mirarse compasiva

Rescato este momento
mi corazón me ha mostrado un rostro que pensé perdido
mi corazón – ciudad me mira
somos el mismo latido
sonriendo en la batalla

OTOÑO

Ya llegó el otoño con sus pasos de sal, con sus pasos de frío

Con su olor a café y su viento de guayaba

Llegó el otoño con sus vívidos colores,

Ha llegado a despertar con su muerte la vida

A incendiar las hojas antes de que mueran

Llegó el día en que tú te fuiste

Una mañana de palomas y paredes húmedas

SILENCIO

No digas nada que sea más hermoso que el silencio

Pocas cosas merecen romper el silencio,

Lo mejor está contenido en el silencio, una mirada, un beso, un abrazo,

Ma voix ne connait pas l’echo de mes paroles muettes

Avalant le vents

Je me suis nourri de silences

Mínventant une mémoire

Pour me rappeler de moi

Mi voz no conoce el eco de mis palabras silenciosas

Me estoy alimentando de silencios

Me estoy inventando una memoria

Para recordarme a mí misma.

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TIEMPO

“El pasado reciente es el enemigo, nos falta perspectiva para velo con claridad, las consecuencias se presentan hasta después” Alfonso reyes

Un caracol es el tiempo

Nadie se baña dos veces por el mismo río dijo Heráclito

El tiempo es un cuadro impresionista que solo se comprende desde lejos.

El tiempo es un mar de lunas quebradas y azules silencios

El tiempo es un sueño sin rostro en la niebla

El tiempo es un mar de suaves ausencias

La vida es una función, donde no hay tiempo para el ensayo.

La vida es una danza, donde solo queda la memoria del movimiento

Un caracol es el tiempo.

EL AMOR Y EL JAZZ

¿Habrá en la síncopa, una conexión con el desarreglo del destino?

Acostumbrarse al jazz, es tomar en cuenta que en todo momento hay un cambio de ritmo inevitable

Una pereza del orden

Quizás un respiro

Las palabras vuelan

Los sonidos estallan

Y el espacio entibiecido en el tiempo se destensa en fragmentos

«Yo me aventuro a decir que soy los libros que he leído, la pintura que he visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos triunfos, bastante fastidio. Uno es una suma mermada por infinitas restas. Uno está conformado por tiempo, adicciones y credos diferentes». Sergio Pitol

PRAGA

Praga es en sí misma un poema, sus relojes, edificios góticos y el serpenteante río que la atraviesa, conforman el río y la métrica de la ciudad, hasta los nombres de las revoluciones que se gestaron son versos, la primavera de 1968, o la revolución de terciopelo de 1989, una revolución artística y cultural contra el gobierno checo.

……..

La noche comenzó a hacerse en Praga. El mundo nuestro, que parecía promesa, quedó a oscuras desde entonces. Sin darte cuenta, pisé camino hacia la sombra. ¿Soportaré lo que vendrá? ¿desde dónde podré agarrarlo? ¿en qué momento una llama se confunde con la ausencia? ¿cómo asimilar lo que apenas se dibuja? ¿me sigues?

La noche de Praga, por supuesto, no era una evocación azarosa o puramente poética. En Praga se había desatado la maldición del desencuentro. El fallido tino de no coincidir, el brevísimo momento de una despedida que se volvería la última. Una distancia negra, un hoyo cósmico, había zanjado la historia que alguna vez prometió ser amor pero que derivó en una historia de luto. Una historia de búsqueda hacia el sentido, como pretendía serlo ahora, o una historia de honor al sinsentido, como seguramente terminaría siendo.

El hecho es que en medio de las llamaradas azules confundidas con letras, estaba Praga y estaba también Marcelo, detenido en uno de sus puentes. Mirándola venir hacia él, escondiéndose entre los vendedores de figuritas de vidrio soplado, cantando canciones en botellas de agua enfiladas como un exótico xilófono. En Praga estaban los laberintos Kafkianos cual marquesinas de la gran epopeya eslava de Mucha desfilando como un bosque imposible de formas pastelosas y sensuales que confundían la gesta heroica con la batalla de las estaciones en territorios ampliamente sugeridos.

Compendios de luces trasfiguradas por monumentales lienzos teatrales.

Praga había sido el fin del posible reencuentro y abría el umbral para un encuentro etéreo que empezó a gestarse una tibia noche de otoño donde nació un sueño aterrador. El sueño que había logrado escribir en una carta que nunca llegó a su destinatario pero que estaba al pie de la fogata. Ardiendo, como la ausencia.

PRAGA

Te dicen Bohemia

Y por ti curtieron el cielo los relojes

La música y la ciencia se miran en el espejo del tiempo

Las gárgolas y las sombras se diluyen en el misterio del río Moldava

Hermosa ciudad barroca

Mucha, Dvorak, Kundera, Kafka, se miran en el vitral de los espejos

Blanquea el alba

Llueven voces  como si estuvieran muertas hasta en el recuerdo

Cae la nieva

Ligera como un sueño enmudecido

Se ilumina lejano el barroco torturado

En sus dorados tiembla una semblanza ennegrecida

Y sobre el Puente Carlos las estatuas

Son pájaros de algún planeta muerto

En Praga pasa un vehículo

Es un caro arrastrado por un solo caballo

Ante el cementerio judío

El carro esta cargado con la nostalgia de otra ciudad

Y el jinete soy yo.  –