Al calor de los acontecimientos, del ánimo de ruptura y de trasgresión que dejaron los años sesenta en los setenta, surgió ese movimiento oculto y a veces negado de voces de perro en el desierto.

PÁJAROS DE CALOR. EL AMOR Y LA JAULA INFRARREALISTA

Roberto Javier Acuña Gutiérrez

En 1976, Juan Cervera publica por primera vez en la plaquette Pájaro de calor a 8 jóvenes irredentos que serán llamados Infrarrealistas. Esta generación crece a la par con las demandas y movimientos estudiantiles de los sesentas que se suscitaron en el mundo. En México, el totalitarismo de Gustavo Díaz Ordaz tuvo su máxima expresión en la represión y asesinato de un gran número de estudiantes en 1968; unos años después en 1971 se desató  el Halconazo o “La matanza del jueves de Corpus”, ejecutada por el gobierno de Luis Echeverría.

        La relación entre cultura y Estado vivió uno de sus momentos más difíciles por las decisiones de dichos presidentes; como consecuencia se dio “una mayor libertad de prensa y de expresión” y otros grupos políticos y sociales y organizaciones obreras y campesinas fueron apareciendo a lo largo y ancho del país.        

        Juan Cervera, poeta español llega a México y encuentra en este grupo de jóvenes lo que él mismo buscaba: embriaguez, explosión sensitiva, libertad; aunque ésta se dé desde un encierro: “El infrarrealismo […] es un aire dionisíaco […] cruzado por una intensa vocación de ser libres. Estos jóvenes nos enseñan a ser libres […] desde sus propias cárceles”.1 

        Para Cervera la carne, el erotismo serán los ejes de estos 8 jóvenes: “Poesía hecha a fuerza de bocados sobre la carne viva, nunca apoyada en lucientes imágenes nada más”.2 La poesía será pulpa y sentido, no simple significante, será una vorágine sobre el cuerpo, como la propia ciudad que rodea al poeta.

        La nómina de Pájaro de calor es la siguiente: José Vicente Anaya, Roberto Bolaño, Mara Larrosa, Cuauhtémoc Méndez, Bruno Montane, Rubén Medina, José Peguero, Mario Santiago.

        El poeta más conocido de ellos, y uno de los que hizo manifiesto, es sin lugar a dudas José Vicente Anaya, quien escribe en la plaquette: “Los recuerdos no son de la esperanza, Mirella”. Se trata de un poema de amor no correspondido; el cual es un paseo por la ciudad, pero también dentro de la memoria, cultural y política que hicieron mella en estos jóvenes de la segunda mitad del siglo XX, como son: Rayuela y su Maga; y el asesinato de Trotsky. Pero también es un recorrido por el terror en el que vive la sociedad: “Algunos amigos murieron/ reventados por el odio/ de los asesinos cotidianos”… Pero será la violencia del amor quien termine confinando al yo lírico en un sanatorio mental: “quedé atrapado/ en los hospitales psiquiátricos […] atrapado/ entre el amor que no me das y/ te declaro”…3 La libertad se da a través de la imagen del Eros, de su memoria, es inasible como Mirella, pero tan libre como la imaginación que se tiene de ella; la ciudad y los hechos culturales e históricos le dan su forma, aprisionan la experiencia amorosa hasta hacinarla en los barrotes de la memoria.

        El escritor chileno Roberto Bolaño es la figura más icónica del movimiento, sobre todo por su novela Los detectives salvajes (1998), presenta cinco poemas, el primero se construye a través de las anáforas y el catálogo, lleva por título “Enséñame a bailar”, el yo lírico se supedita al ser amado, cuya acción se reduce a un anhelo de instrucción que ya prefigura el título, en este sentido él mismo busca estar encerrado en el otro ser, pero éste es sólo un anhelo, pues jamás se concreta. El poema parte desde una infancia metaforizada hasta la muerte: pues la enseñanza va, desde el aprendizaje de mover las manos hasta un aparente final: “enséñame a dormir, esto es el fin”. En los demás poemas juega con el poema en prosa, con la disposición de los versos en la hoja, con el poema breve, etc. Quizá el mejor de la serie sea el segundo: “Generación de los párpados eléctricos / Irlandesa Nº 2 Constelación Sanjines”. Desde el título notamos los juegos vanguardistas. Escrito en un tono coloquial y descarnado, muy narrativo; la ciudad es un espacio feroz que aniquila el arte, la poesía, la sensibilidad de las personas que la habitan y las conduce inexorablemente a una prisión mental: esa muchacha que estudia el último semestre de biología y cena/ en el Maxim’s del subdesarrollo […] esa vieja ocupada en su manicomio/, sintiendo próxima su muerte y que en realidad/ quisiera volver atrás […] pudo haber sido una gran poeta”.4 El sexo cumple un fin utilitario, es un desfogue, una necesidad y por tanto, el cuerpo será estéril, desechable y tarde o temprano se convertirá en una diana para la violencia: “su cuerpo blanco se mecerá […] mientras un falo va abriendo su vagina se mecerá se mecerá/ sus ojos serán un desierto” y “pudo galopar de cierta manera/ libre hasta que la hubieran derribado de un balazo entre los senos”.5

        Mara Larrosa tiene dos poemas en la antología y ambos miran hacia el pasado infantil como crisol de la experiencia poética, pero a diferencia de Proust el recuerdo de la sexualidad es atroz, su marca, el paso de su piel y sus deseos, el reconocimiento del otro ante la cópula le es negado, la ciudad borra a este yo lírico, lo niega, sólo queda el espacio imperturbable, mudo, impersonal: “Después de […] chillar en los baños de la primaria, de besar el pene de Juan Pablo a los 10 años […] Ni mi voz ni mi cuerpo han desordenado el espacio […]”6 En “Todas las mañanas podíamos besarnos y por eso empezar a tener fe en la tierra”, la poeta recuerda su primaria como el lugar de sus descubrimientos, de su desarrollo humano que finalmente también es aniquilado pero ahora, no por la ciudad misma, sino por la violencia militar: “[…] SOLDADOS ENLOQUECIDOS POR LA SOLEDAD ¿no escuchan con frecuencia en cualquier parte del país el doloroso llanto de los niños, no están mirando sus cuerpos perdidos por la inercia?”7 Una pregunta sin respuesta que en sí misma se responde. El vacío ante el cuestionamiento es la violencia sin palabras, es la constatación de que no hay huella humana que dure; el accionar de la violencia carece de discurso y de pasado, es el golpe, ese instante que liquida las paredes pintadas de la escuela, el patio del recreo; la destrucción carece de pretérito y futuro y por tanto de reflexión, de memoria.

        Cuauhtémoc Méndez presenta tres poemas cortos, estos se podrían resumir en uno de sus versos: “los buenos versos pasan ensalivando nuestros cuerpos”.8 Es una poesía del instante, vitalista, que está más en los transportes de la carne que en la escritura misma, cuya realidad aplasta, socaba y se impone a la misma poesía.

        La anécdota también juega un papel importante en Bruno Montane, para ejemplo el poema: “En los hoteles de letrero rojo”, en ese texto aparece una niña sentada en un café y ésta será el crisol que desate el ejercicio imaginativo del poeta, muy al estilo de Baudelaire en sus poemas en prosa o de Gutiérrez Nájera en “La novela del tranvía”, su poesía es una crónica de la ciudad y de los barrotes del deseo erguidos en ella: “[…] recuerdo apoyado en la pared de la fábrica,/ con blanco pijama atravesado por rayas negras […]”9

        Rubén Medina es uno de los poetas más sobresalientes de la antología, en “Retamariana” la lluvia será el molcajete de la imaginación, del Eros que se teje, como en todos los poetas aquí antologados, por la ciudad. En “Retamariana” la ausencia será una calle vacía, el león del zoológico será la cara del día, las metáforas se formarán con elementos cotidianos, ya sea de la cultura o de la misma urbe, pero el espacio y la cultura no serán más que los motores que enciendan el auto del regreso, de la memoria, de la introspección. En el segundo poema “Jacques Prevert” encontramos también esa cotidianeidad y sencillez. El amor será la trinchera hacia la violencia citadina, el poema en prosa fluye como un río que en un instante es un tráfico y una Babel donde el inglés y el español dialogan en un canto que empieza a enturbiarse con la presencia de los sobrevivientes del alba yendo hacia las fábricas; sólo el amor, el salir fortalecido de sus trabajos logra regresar al yo lírico a la escritura, esto es al mundo del arte, de la poesía: “[…] después de hacer el amor me he levantado a escribir con la frescura de una lluvia en un bosque de olivos hoy en la noche”.10

        En “José Peguero” trata de definir al amor, en éste las menciones de la ciudad son mínimas. El encuentro de los cuerpos es visto como un espacio fértil, donde la naturaleza y lo sagrado y todos los tiempos y espacios copularán. “El descuartizado a consigna” me parece el poema más relevante, es una especie de poética o manifiesto donde se señala cómo se debe de ser un escritor o un “descuartizado a consigna” –título del poema: “La pluma debe ser un elemento fácil de manejar, como un autobús al chofer, como la madera al carpintero, como el pene al masturbador […]”11 El chofer como el carpintero nos remiten a un oficio que es útil para la sociedad y que está relacionado intrínsecamente a ella, como lo debe de ser la escritura. El erotismo, por otra parte, es esencial para la poesía, pues éste permite imaginar, crear y, al mismo tiempo, escindirse de la realidad, confrontarla. En los poemas de esta selección el amor permite un escape del ruido del tráfico, de las fábricas, sólo por medio de éste el poeta encuentra su trascendencia.

        Mario Santiago Papasquiaro, pseudónimo de José Alfredo Zendejas, quizá es el poeta más icónico de los infrarrealistas12, presenta tres poemas con los que se cierra la antología: “Daria todo todo todo”, “Memoria histérica” y “Simphonie D’ Sang” (fragmento). El primer poema semeja una road-movie o un homenaje a En el camino (1957) de Kerouak, es un viaje erótico donde el cuerpo es imagen del mundo y de los deseos, entre los cuales los mayores están en morir prendido a los labios de la amada “vestidos los 2 de milicianos cubanos o juglares medievales y cantando a Dylan si quieres y bailando con Hendrix y haciendo el amor”.13

        Los fragmentos de “Simphonie D’ Sang” a mi parecer son lo mejor de la selección, son poemas que tienen la velocidad futurista y el uso de las máquinas para crear imágenes innovadoras, pero también está la concentración y hondura del poema breve, casi un haiku que se aquilata en la sordidez de la urbe, de la convulsión de los setentas y que tiene su trascendencia en las trincheras del cuerpo, del erotismo o de la locura, únicos medios para tumbar las barricadas de la ciudad.  “Dejamos de ser el sótanos del Kosmos/ las venas nos parpadeaban como submarinos/ en el fondo de mares revueltos/ /mi esperma en tus manos/ relampagueante vía láctea/ y a dúo al nihilismo harakiri le dijimos No”.14 o “La locura pulverizó las rutas a los manicomios”.15

        En esta primera muestra infrarrealista tenemos al Eros como centro, la urbe intenta sepultarlo y la única manera de conservar todo ese amor es por medio de un exilio, ya sea hacia el interior del yo lírico como recuerdo o al escindirse éste de la realidad a través de la locura; por otra parte, en los textos que muestran las intenciones de esta vanguardia tenemos el aspecto social, no sólo representado por la figura de Trotski, sino en la manera en que es descrita la sociedad; el yo lírico de los distintos poemas se posiciona del lado de los desposeídos, observa la animalización de los obreros rumbo a las fábricas, de la bestialidad del tráfico; los poemas son un eco contra la deshumanización del mundo, ese es su oficio, serlo. Hiram Barrios lo deja claro: “[…] es en el trasfondo de sus actividades contestatarias donde radica la importancia del movimiento […]16

        Esta actividad contestataria los hará ser un grupo relegado de la cultura oficial. Jaime Jaramillo Escobar, poeta nadaísta escribe: “Al que se decide a escaparse lo insultan con el calificativo de paria. Hasta que esa palabra pase a denotar independencia y audacia”.17

        Independencia y audacia serían dos calificativos que muy bien pudiéramos suscribir a esta vanguardia; los infrarrealistas de esta primera antología buscaban una libertad, aunque sea quebradiza, parcial, aunque los condujera hacia la locura. Para ellos este concepto está cifrado en el Eros, no sólo en el sentido amoroso sino fraterno, presente en todos los poemas de la antología, los cuales han sido dilapidados por la ciudad y por nuestro propio tiempo.

Semblanza

Roberto Javier Acuña Gutiérrez (Ciudad de México). Es escritor, profesor universitario en la UNAM y maestro cervecero en Chupamirto Casa Cervecera. Recientemente publicó el poemario Tarde en recordar (2017), editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha obtenido algunos premios literarios y ha colaborado en distintos medios de difusión cultural como El periódico de poesía de la UNAM o la revista Ritmo.

  1.         Juan Cervera, Pájaro de calor. Ocho poetas infrarealistas, México-Lora del Río, Asunción Sanchís, 1976. p.3. ↩
  2.          Idem. ↩
  3.          Ibidem., p. 7. ↩
  4.          Ibidem., pp. 10-11. ↩
  5.          Ibidem., p. 10. ↩
  6.          Ibidem., p. 12. ↩
  7.          Ibidem., p. 14. ↩
  8.          Ibidem., p. 15. ↩
  9.          Ibidem., p.  18. ↩
  10.          Ibidem., p. 21 ↩
  11.          Ibidem., p. 24. ↩
  12.          En el caso de José Vicente Anaya su labor poética no se reduce a la estética infrarrealista por ello no lo considero la figura poética más destacada del grupo, pero sí el mejor poeta de esta generación. ↩
  13.          Ibidem., p. 26. ↩
  14.          Ibidem., p. 29. ↩
  15.          Ibidem., p. 30. ↩
  16.          Hiram Barrios, Las otras vanguardias, Nuevo León, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2016,  p. 27 ↩
  17.          Jaime Jaramillo Escobar, Método fácil y rápido para ser poeta, México, La Otra, 2013. p. 58. ↩