El poeta argentino es entrevistado por su compatriota D’Alessandro con el objetivo de descubrir los objetivos de Boccanera no sólo en las numerosas antologías que ha elaborado desde su exilio, sino también su opinión sobre las que han realizado otros con diversos fines.
El oficio de acometer antologías
Entrevista a Jorge Boccanera
*Por Julián D’Alessandro
*Nació en Argentina en 1985. Profesor y Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Uno de sus temas de investigación es, precisamente, las antologías de poesía latinoamericana publicadas en el Siglo XX.
En paralelo a sus libros de poesía, Jorge Boccanera (Argentina, 1952), abordó diversos géneros –ensayo, crónica, teatro, letras de canciones– y coordinó numerosas antologías de poesía hispanoamericana en un afán por divulgar esta producción, que abarca además sus clases y talleres.
Esas antologías hechas para editoriales de México, Argentina y Costa Rica, se enfocan en distintas singularidades: por regiones, por temas, por franjas etarias, por género. Se suman sus compilaciones sobre un solo autor, entre ellas las de Federico García Lorca, Raúl González Tuñón, Antonio Cisneros, Juan Manuel Roca, Juan Gelman y Ernesto Cardenal; más selecciones breves de poesía publicadas en revistas y suplementos culturales.
Esta tarea la inició a finales de los años ’70 en México con una serie en seis volúmenes que en conjunto y hasta el 2000 habían rebasado los cien mil ejemplares. Algunos títulos: Poesía contemporánea de América Latina; Poesía rebelde en Latinoamérica (ambos preparados junto a Saul Ibargoyen) y Palabra de mujer (autoras de América Latina y España). Posteriormente preparó Voces y fragmentos. Poesía argentina de hoy, Poesía argentina joven; Tiros Libres: El fútbol en cuentos, poemas y crónicas; Anillo de silencio. Centroamérica en la poesía y Voces tatuadas, libro éste último que analiza la poesía costarricense y suma a la crítica una selección de textos.
El diálogo que sigue trata de analizar el tema desde ángulos diversos y descifrar tanto la especificidad de una tarea de valoración como los criterios utilizados, la idea de difusión y posibles lectores, entre otros tópicos.
–¿Qué función tiene una antología? ¿Hay una escala de importancia o utilidad de esas funciones?
–La antología es útil cuando da un panorama exhaustivo del tema o la región que enfoca, cuando como material de investigación pone en circulación nombres nuevos o desconocidos y resulta un aporte sustancial en los materiales seleccionados. La primera antología la “acometí” a los 26 años; fue una responsabilidad dividida con el poeta uruguayo Saúl Ibargoyen quien había dirigido una revista de poesía importante en su país antes de exiliarse y tenía un panorama bastante completo de la producción latinoamericana. Yo aportaba materiales recogidos en mis lecturas y viajes por Perú, Ecuador, Panamá, Costa Rica, Nicaragua y otros países que había atravesado antes de llegar a México, donde me exilié tras el golpe militar de 1976. Esos viajes fueron importantes por el contacto personal con los autores y por la bibliografía que conseguí. A 35 años de la edición de la primera antología editada —Poesía rebelde en Latinoamérica-– y de haber recogido luego opiniones diversas (la serie que publicó Editores Mexicanos Unidos, eran libros muy accesibles con una profusa distribución a nivel continental) pienso que acercaron un registro de voces diversas y representativas en un tiempo en que la llegada de libros de poesía era compleja entre nuestros países y estábamos bastante lejos del internet. Yo mismo en mi adolescencia era un lector febril de antologías y de revistas culturales. Entre las primeras recuerdo dos de las tantas del Centro Editor de América Latina, Poesía Latinoamericana del Siglo XX en dos tomitos, editado en 1970 y Poesía Social del Siglo XX, publicada en 1971.
-¿A qué tipo de lector estaban orientadas sus antologías?
-Con algunas limitantes –como el tema del espacio- tratamos, como dije, de ofrecer un panorama amplio que diera cuenta de la diversidad de voces y estilos que posee la poesía latinoamericana. Hacer una antología significa poner a funcionar un criterio; lo hicimos desestimando modas y tendencias, pensando incluso en un público lector amplio por fuera de los circuitos meramente culturales. Esos libros publicados por Editores Mexicanos Unidos estaban en librerías, pero además, y yo pude verlos, ofrecidos por vendedores ambulantes sobre una manta en las aceras, en mercados y tiendas. A inicios de los años ’80 recuerdo haber recibido una carta del poeta norteamericano John Oliver Simon, quien había comprado un par en un mercado popular y estaba interesado en tener las seis. Con Simon hicimos amistad y hoy pienso que le fueron de suma utilidad para sus clases de poesía en San Francisco, sus traducciones, sus viajes por esta parte del continente y el panorama que se había formado de la poesía latinoamericana, que fue tema por otra parte de varios de sus análisis literarios.
–¿Qué criterios o lineamientos sigue un antólogo a la hora de hacer una antología? ¿Hay parámetros objetivos?
-Esta pregunta está de alguna manera contestada más arriba. Es esencial conocer no sólo los nombres representativos, sino también el análisis de la obra de esos autores para determinar sus etapas, sus momentos más fuertes. Hay un criterio –por cierto mucho más allá del endeble “me gusta”- pero hay que fortalecerlo con la lectura constante, la investigación y el conocimiento de los materiales críticos que rondan producciones determinadas. Apenas un ejemplo de esto último: ningún antólogo interesado en la poesía de Nicaragua podría ignorar los ensayos de Julio Valle Castillo.
-¿En qué lugar coloca usted su trabajo de antólogo y cuáles fueron sus aportes?
-Ese lugar debe darlo el lector. Me satisface que hayan sido y sean todavía leídas y que figuren como bibliografía consultada en ensayos y análisis literarios varios. Los aportes, vistos ahora a la distancia, podrían ser: en Poesía rebelde en Latinoamérica haber especificado en el prólogo el valor de una literatura testimonial por fuera del poema panfleto; haber abierto una sección especial para poetas chicanos y haber incluido a poetas de grupos literarios de trabajadores como el “Primero de Mayo”, en Perú, poemas anónimos de presos políticos uruguayos, etc. Haber armado a finales de los ’70 un libro inusual hasta ese momento, La novísima poesía latinoamericana, que reúne autores de 20 países entre los 25 y los 35 años. Haber encarado una compilación de género como Palabra de mujer a inicios de los ’80 que pone en primer plano una producción de gran nivel, tantas veces postergada, y la insistencia en poner a circular poetas de los países de Centro América, una zona bastante ninguneada en las antologías.
–¿Una de las labores del antólogo sería la de ordenar la producción poética de un lugar o ámbito a través de periodizaciones?
-Bueno, es una posibilidad. Las labores, como dije, son múltiples para afinar el modo de ofrecerle al lector un registro acabado de la producción que se pretende enfocar. Y la clasificación cronológica que utiliza el concepto generacional es de las más frecuentes. Permite ubicar afinidades, rasgos de época, lecturas, influencias y debates en determinado marco social. Pero el concepto de “generación” debería revisarse hoy ante los modos de interactuar en el mundo globalizado.
–¿A qué razones responden las exclusiones que pueda haber en algunas compilaciones?
-En este punto debería hablarse de casos concretos. Es obvio que lo que define que esté o no un autor es la calidad. Asumo que existen libros con ausencias insalvables, y esto conduce a otra pregunta, ¿cualquier escritor está en condiciones de realizar una antología? Yo creo que no; como no todos tienen la capacidad de sacar una revista cultural, ser jurado en concursos o escribir letras para canciones. Claro que puede haber divergencia sobre el conjunto de nombres entre el autor y el lector; pero no es para tanto; quien coordina da un panorama representativo, no una totalidad. Y para nada es un entrenador de fútbol formando una selección. En general creo que una buena antología toma cuerpo a partir de las inclusiones, porque de algún modo viene a llenar un vacío.
– ¿A lo largo de su trabajo hubo lineamientos de algún tipo por parte de la editorial?
–No, nunca. Cuando a uno lo convocan para un trabajo así, se sobrentiende que confían en una manera de discernir y valorar.
–¿Debe un antólogo explicitar su gusto o aprecio por una tendencia o tipo de poesía?
–Seguimos en terrenos de la subjetividad. Me inclino por una pluralidad de voces y de estilos; el apego a una sola línea corre el riesgo de homogeneizar la totalidad. El antólogo no amontona, sino que selecciona en el sentido de quien espiga y en ese proceso interviene un trabajo de lectura y análisis. Un ejemplo de hacer primar una tendencia fue la Antología de la poesía viva latinoamericana preparada en los ’60 por Aldo Pellegrini, líder del movimiento surrealista en el continente (editó la revista surrealista Qué, en 1928). Su antología conlleva una visión unilateral; en el prólogo hace futurología acerca de los países que, según él, iban a ser vanguardia en el género, pero sus predicciones nunca se cumplieron.
–¿Qué diferencias hay entre una antología, una muestra de poesía y un panorama poético?
-Son distintas denominaciones de una misma intención: la antología muestra, la selección conforma una antología, quizá lo de panorama o muestra se avengan a conjuntos más breves publicados en diarios, revistas o suplementos culturales.
–¿Cuáles son los errores y deficiencias posibles que pueda presentar una antología?
-Repito que no todos los escritores están en condiciones de realizar una antología, como a veces se piensa. Tampoco todos los temas sirven como eje para dar una visión enriquecedora de tal o cual producción. Hace un tiempo me pidieron poemas para una compilación de poesía y cine, me dijeron “baste que en el texto se mencione a algún actor conocido”. Por supuesto que me negué, un libro así no aporta ni a la poesía ni al cine. He visto, claro, antologías surgidas del facilismo. En algunas, se percibe enseguida que el compilador nunca leyó la obra de un autor incluido, sino que optó por basarse en compilaciones anteriores o no fue más allá de algunos textos leídos en una revista. También pasa que hay selecciones muy desbalanceadas; recuerdo una del 70: Nueva Poesía de América, en la que Argentina está representada por 15 autores, mientras que igual número suman los poetas incluidos de Bolivia, Nicaragua, Colombia, Ecuador, Venezuela y México. Otro caso es el de la Antología básica contemporánea de la poesía latinoamericana de Daniel Barros, publicada en Buenos Aires en 1973.
-¿Tiene caídas?
-A mi ver, muchas. No se entiende su criterio de selección: amaga con dar a conocer voces nuevas, pero su conocimiento de la producción aludida es a todas luces deficiente; por otro lado afirma no querer ocuparse de los poetas más conocidos, y sin embargo incluye a Tuñón, Asturias, Cesaire, Paz, Murilo Mendes, Pellicer, Novo, Lezama Lima y otros. Dice que su idea es “actualizar” la antología de Pellegrini, pero adhiere a esa propuesta, por lo cual repite muchos textos y autores de aquel libro. Para colmo muchos de los textos que incluye los toma de revistas sin ir a las obras de los autores. También toma de otras antologías- especialmente de la mexicana Poesía en movimiento. Y las fichas bibliográficas son deficientes; autores fallecidos aparecen como vivos, lugares de nacimiento equivocados, etc. Barros no tiene empacho en confesar que tomó a un autor boliviano de una revista de La Rioja que a su vez tomó el texto de una antología; o de afirmar que no ha podido “ubicar año ni lugar de nacimiento” de un poeta ecuatoriano, o de expresar de un poeta centroamericano con ocho libros publicados: “sólo sabemos que es salvadoreño y contemporáneo”.
-¿Podría dar ejemplos que considere buenos trabajos en la materia?
-La lista sería muy extensa. Nombro sólo algunas: Poetas modernistas de Nicaragua (Julio Valle Castillo), Antología de la poesía chilena contemporánea (Alfonso Calderón), Poesía en movimiento (Paz, Chumacero, Pacheco, Aridjis), Antología de la poesía erótica española e hispanoamericana (Pedro Provencio), Poesía contemporánea de Centroamérica (Armijo y Paredes), Tambor en la sombra. Poesía colombiana del siglo XX (Henry Luque Muñoz), Visión de la poesía brasileña (Thiago de Mello), 200 Años de poesía argentina (Jorge Monteleone).
-En la presentación de Poesía contemporánea de América Latina, se habla de “una producción que accedió a altos niveles”. ¿Qué hace que un poeta sea de mayor “nivel” que otro?
-Esa mención tenía que ver con resaltar el nivel de la poesía escrita en el siglo XX en América Latina; por ello ese piso de autores consagrados, reconocidos por sus herramientas expresivas, su universo metafórico, el modo en que respira el texto, el ritmo, una visión del mundo, el cruce entre imaginación y conciencia, entre imagen y concepto, su lenguaje de riesgo. Si bien el material a analizar está dentro de un campo subjetivo, la poesía tiene aristas desde donde hacer una valoración; si no la hubiera, nadie podría evaluar qué obras editar o cuáles premiar en un concurso. De todos modos es el mismo lector quien ha instalado los nombres de esos poetas como “fundadores”, autores de la “constelación inicial”.
-¿Existen autores invisibilizados que un antólogo debería tener en cuenta?
-Desde ya. Trabajar sólo con autores y materiales archiconocidos, es hacer una antología de otras ya hechas. Claro que hay ejemplos de esto. Pero lo interesante de una compilación es la capacidad de colocar producciones literarias no tan conocidas y fundamentarlas. Trabajé bastante en mis antologías en esa dirección; aún hay grandes voces del siglo XX de la poesía hispanoamericana que no son bien conocidas; sobre todo mujeres como la costarricense Eunice Odio, la española Lucía Sánchez Saornil, la chilena Stella Díaz Varín, la argentina Susana Thénon, la peruana Magda Portal, la salvadoreña Claudia Lars, entre muchos nombres.
–Para terminar, ¿por qué las antologías siempre generan polémica?
–Porque abren debate al desplegar una visión que se contrapone a otras. Pero tampoco es posible abarcarlo todo. Lo que interesa es que aporten desde la labor exhaustiva de lectura, investigación y análisis del compilador. Y con todo son necesarias toda vez que en nuestro países, con globalización y todo, con cibernética y todo, seguimos con extensos huecos de desconocimiento. La antología viene a cubrir esas falencias, constata voces reconocidas, pone a consideración autores escasamente divulgados y arriesga –y muchas veces resulta premonitoria- al adelantar textos de autores que apenas se inician.