Robinson Quintero Ossa y Jorge Bustamante García entablan una conversación en torno a uno de los grandes representantes de la poesía Rusa, y en particular de su poema “Hombre negro”, en el que descubren diferencias y coincidencias sobre la realidad de Rusia y del mundo.

Sergéi Esenin: Hombre negro (II)

Robinson Quintero Ossa

Jorge Bustamante García

HOMBRE NEGRO

Amigo, amigo mío,

estoy muy enfermo.

No sé de dónde me viene el dolor.

O es el viento que silba

sobre el campo desierto y sin nadie

o como al bosque en septiembre

inunda los sesos el alcohol.

Mi cabeza agita las orejas,

como el pájaro sus alas.

La cabeza ya no puede

cimbrearse en el cuello del pie.

Un hombre negro,

negro, negro,

un hombre negro

se sienta en mi cama;

un hombre negro

no me deja dormir.

El hombre negro

pasa el dedo por un libro horrible,

ganguea sobre mí

como sobre el muerto un monje:

me lee la vida

de un bribón y un perdido

y me llena el alma de angustia y pavor.

El hombre negro,

negro, negro.

«Escucha, escucha

—me susurra—,

el libro trata de asombrosas

ideas y planes.

Ese hombre

vivía en el país

de los más asquerosos

matones y charlatanes.

En diciembre allí

la nieve es blanca a más no poder

y las ventiscas mueven

alegres ruecas.

Aquel hombre era un aventurero,

pero, eso sí,

de la mejor marca.

Era elegante,

poeta además,

con poquitas fuerzas,

pero tesonero,

y a una mujer

de cuarenta y pico

la llamaba canalla

y niña querida».

«La dicha —decía—

es juego de ingenio y de manos.

Los espíritus lerdos

siempre son infelices.

¡Qué más da

que tantos dolores

nos causen los gestos

quebrados y falsos!

En épocas de tormenta

y en el frío de la vida,

cuando pierdes a alguien

y cuando sientes pena,

aparentar alegría y calma

es la mayor de las artes».

«Hombre negro:

¡No tienes derecho!

No es tu quehacer

el bucear.

¡Qué me importa la vida

de un poeta camorrista!

Anda, vete a otros

a leerlo y contarlo».

El hombre negro

me mira muy fijo

y sus ojos se empañan

de una vomitona azul.

Parece decirme

que soy un bandido y un ladrón

que descaradamente

despojé a no sé quién.

…………………………………………

Amigo mío, amigo mío,

estoy muy enfermo.

No sé de dónde me viene el dolor.

O es el viento que silba

sobre el campo desierto y sin nadie

o como el bosque en septiembre

inunda los sesos el alcohol.

Noche helada.

Hay silencio en la calle.

Solo a la ventana,

no espero a invitados ni amigos.

La llanura está cubierta

de cal movediza y blanda,

y los árboles, como jinetes,

se han citado en nuestro jardín.

Llora lejos

un siniestro pajarraco nocturno.

Los jinetes de madera

siembran un repique de cascos.

Otra vez ese negro

Se sienta en mi silla,

levanta el cilindro

y recoge con desenfado el faldón.

«Escucha, escucha

—me chilla a la cara,

y se inclina

más y más sobre mí—:

nunca he visto

a un canalla

que de forma tan tonta

padeciera insomnio.

Acaso me equivoque:

hoy es noche de luna.

¿Qué más puede desear

este mundo cargado de sueño?

Si se presenta “ella”

con sus muslos gordos

eres capaz de recitarle

tu lírica canija y cursi.

Me encantan los poetas:

es gente entretenida.

Siempre se les ocurre

una historia de sobra sabida:

igual que un espantajo melenudo,

a una escolar granujienta,

hablan del universo

rebosando gana carnal.

No sé, no recuerdo,

en un pueblo,

tal vez de Kaluga

o tal vez de Riazán,

en una familia campesina

vivía un niño

de pelo rubio y ojos azules…

Y se hizo mayor,

y, además, poeta,

con poquitas fuerzas,

pero tesonero,

y a una mujer

de cuarenta y pico

la llamaba canalla

y niña querida».

«Hombre negro:

eres un mal huésped.

Hace tiempo que vas

Arrastrando esa fama».

Airado, furioso

le tiro el bastón

a la jeta,

apuntando a la sien…

……………………………………

… La luna murió,

en la ventana azulea el alba.

¡Ay, qué noche!

¿Qué has hecho, noche?

Llevo puesto el cilindro.

Conmigo no hay nadie.

Estoy solo…

Y el espejo roto…

(Traducción de José Fernández Sánchez) 

Febrero 9 de 2016, lunes.

Querido Jorge, cuánto me place reiniciar esta conversación ciberespacial sobre el tierno y rudo campesino de Konstatínovo, sobre el poeta eternamente joven, “melenita de oro”, como lo llamaba Isadora Duncan, tempranamente caído en desgracia. Maurice Lever lo describe, en la biografía Isadora, lozano, con piel de muchacha, blanca y lisa, y cuenta que en su pueblo natal, en la provincia de Riazán, su bello rostro volvía locas a las muchachas. Sobre su apariencia casi siempre juvenil –cuenta también Lever– la prensa norteamericana escribió a su llegada a Estados Unidos en octubre de 1922: “Tiene veintisiete años y no aparenta más de diecisiete. Es el nuevo poetita joven de Hollywood”. Y sin embargo, con un breve salto de páginas de la biografía, con un breve salto de años, los datos de Lever acentúan drásticamente el retrato: ya su apariencia es la de “un muchacho de belleza extraña, el pelo enmarañado, con reflejos de cobre, una mirada de mongol, demoníaca”. La misma Isadora, que en principio hablaba de él como un muchacho bello y genial, que era a veces tierno y suave, lo califica después como un “demonio ((¡Tschort, tschort!)”, un “cerdo y salvaje sucio mujik, ángel del mal, borracho y desgraciado”. “Llevo en el corazón lirios de nuevas fuerzas” escribe Esenin en 1917, y apenas tres años después se mira y dice: “Ay, se marchitó el arbusto azul de mi cabeza”; y en 1921, en su poema “Pugachov”, se lamenta: “Juventud, juventud. ¿Cuál noche de mayo/ te marchitaste como el cerezo en la estepa?”; y días más tarde, previendo el final, confiesa: “Envuelto en el oro del otoño/ ya no volveré a ser joven”. Es extraño, pero pareciera que en vida del poeta, a medida que adquieren lozanía y juventud perenne sus versos, adquiere cansancio y vencimiento su existencia; es como si las pérdidas y el desgano de vivir dieran esplendente renuevo a sus palabras.    

Me llamó mucho la atención lo que usted concluye sobre Esenin, después de leer la biografía de Georgi Ivánov, Sergéi Esenin en sus versos y en la vida: que este “es singularmente próximo a nuestra época brumosa, ya que su obra es un espejo de las zozobras físicas, sociales y emocionales que acechan en la actualidad, no sólo en Rusia, sino en muchos otros países”. Yo me pongo de acuerdo con lo citado. Por eso es Esenin el cantor de la voz perdurable, porque el tremor de su nervio tiene acento innegable en el desasosiego de nuestros días. En Esenin vemos reflejados con anticipación los males odiosamente peculiares que envilecieron nuestros últimos tiempos, la colectivización de la enajenación, la demencia, la paranoia y otras tenebrosas presiones, entre ellas, la sumisión y los acallamientos, la amargura del escepticismo de un porvenir más justo, todo eso que puso más bruces a su caída.

Que la obra de Esenin sea un espejo de las zozobras de su época y de la nuestra lo refleja también ese otro espejo en el que se mira su poema “Hombre negro”, el texto que dio inicio a nuestra conversación. Si deshilvano los pasajes del poema, deshilvano al mismo tiempo los pasajes de la vida del poeta, y los que llevaron a su muerte. Por eso quisiera que en su próximo correo me hablara de “Hombre negro”. Este texto, como el último que dicen que escribió con su sangre antes de ahorcarse en el hotel Inglaterra, en la entonces Leningrado, son poemas de dolientes adioses. Note usted como ambos comienzan su canto con palabras que presienten el fin, dichas en el tono de quien se despide sin vueltas: “Amigo mío, amigo mío/, estoy muy enfermo”, dice el poeta en “Hombre negro”, y en su escrito final: “Hasta pronto, amigo mío, hasta pronto./ Querido, en mi pecho yo te llevo”. El primer escrito es fechado el 14 de noviembre de 1925, y el segundo, sólo un mes después. Debieron ser en mucho ásperos y difíciles los últimos días del poeta, sobre muriendo entre la borrachera y la vigilia, entre la pesadilla y el sueño, su frustración y su locura. No queda en sus versos nada del delirio feliz de la infancia, de su música medida y clara, de sus ilusiones de cantor de campiña. Ahora la voz es congestionada y triste, su decir disperso y confuso y su sentido de la vida sinsentido. Las gratas canciones de antes se han vuelto sórdidas, camorreras y golfas, descreídas y pesimistas. Si antes decía “Solo conozco la Biblia y los cuentos/ sólo sé que canta la avena al viento”, ahora conoce el dolor, la enfermedad, el paisaje frío, las lagunas del alcohol: “Si en mi alma anidan los diablos, es porque antes allí vivieron los ángeles”, solía decir.

Yo noto con admiración, apreciado Jorge, que pese a la turbulencia de los últimos días del mal alado Esenin, en este se mantuvo, agónica pero extraordinariamente viva, la llama ardiente de la poesía. “Hombre negro” no es una pieza literaria cualquiera: su estructura no es convencional, tampoco el asunto de su trama. Lea usted con detenimiento el poema y notará que su historia no es en absoluta clara para el lector hasta su remate, cuando este descubre que el mentado hombre negro, el que relata la malograda historia de la vida del poeta, el que viene en medio de la noche a ajustarle cuentas, aguafiestas y siniestro, no es otro que el doble, el autorretrato, la conciencia dolorida en conflicto:

Un hombre negro,

negro, negro,

un hombre negro

se sienta en mi cama;

un hombre negro

no me deja dormir.

Note usted cómo, magníficamente tramado, en un juego de espejos, lo que parece en comienzo un diálogo entre dos discrepantes, se descubre después como un alterado monólogo, una lucha enfurecida entre la razón y la fantasía, entre la conciencia y el delirio. “Hombre negro” se lee como una breve pieza de teatro, dramática y trágica, con su preámbulo, su nudo y su inesperado cierre de escena. Lo que sorprende es que el poeta consiga su magnífica confección –me atrevo a decir– en un estado mental y emocional trastornado y aterrador, desquiciadamente enajenado. Y que en dicho estado de aparente atonía y destemplanza, la música de su lenguaje mantenga acento y afinación. No sé si le pasó a usted lo mismo que a mí, que cuando terminé de leer el poema, su triste historia me trajo comprensión y solidaridad por el infortunado poeta, pero también admiración, elogio inmediato por su magnífica composición.

Le requiero pues, querido amigo, que me hable sobre ese texto, sobre ese hombre oscuro que pasando el dedo por un libro horrible le cuenta al poeta la vida de un bribón y perdido. Por ejemplo, le cuenta de un aventurero de marca mayor con grandes ideas y planes, que “era elegante y poeta además”. De la elegancia del mujik nos hace saber Maurice Lever en la página 296 de su biografía sobre Isadora Duncan: “Ha abandonado la blusa de mujik, se viste en los mejores sastres, lleva corbatas de seda, cuellos almidonados, sombreros blandos. Seguro de sorprender, encantado de no gustar, cultiva con esmero su imagen de dandy bolchevique paseando su bastón con el puño de plata por una ciudad que se muere de frío y de hambre”. Ya me había contado usted sobre la mofa que hacía Maiakovski acerca de la presunta fatuidad del poeta. Jorge, ¿sobre su inclinación por cubrir con buenas galas su angustia y su rebeldía, sobre estas actuaciones del dandy campesino, desde su querida Morelia, qué puede sumarme?

Robinson

Febrero 24 de 2016, miércoles.

Querido amigo, aquí en Morelia estuvimos aturdidos por la visita reciente del Papa; mucho ruido y pocas nueces, mucha algarabía y poca reflexión. Yo hui a Pátzcuaro, una ciudad gemela de Zipaquirá con casas coloniales de teja roja, sólo que está a la orilla de un hermoso lago. Me fui pertrechado con Arenas movedizas, la última obra que escribió Henning Mankell antes de morir. ¿Por qué será que los escritores suelen escribir casi hasta el último día de sus vidas? Nunca se jubilan, escriben y escriben, son Sísifos felices, como alguna vez mencionó Luis Cardoza y Aragón, otro que escribió hasta el final de sus días. ¿Será que nunca se acaba de decir lo que se descubre tras los días?

No conozco la biografía Isadora que mencionas de Maurice Lever, pero por lo que comentas me suena que ha de ser un libro muy interesante. El extracto que citas sobre cómo al final de su relación Isadora Duncan califica a su antiguo amado de demonio, “ángel del mal, borracho y desgraciado”, me hizo recordar lo que cuenta la leyenda sobre cómo se conocieron ese par de tórtolos desquiciados que parecían querer vivir todo hasta el límite. Todo fue extraño y rápido en su relación. Esenin no reconocía más que su idioma natal, Isadora sólo dominaba el inglés y un poco el francés y el bagaje de su ruso lo constituían unas cuantas decenas de palabras. Sin embargo, eso fue más que suficiente para que se casaran pronto y viajaran en poco más de un año por muchos países.  

La Duncan había llegado a Rusia en 1921 por invitación de Anatoli Lunacharski, comisario del Pueblo para la Educación en los tiempos de Lenin, para fundar una escuela de baile. En cierta ocasión, en una fiesta en casa del pintor Georgui Yakúlov, se apareció la diva y Esenin, que se encontraba allí, la colmó de atenciones aunque era la primera vez que la veía. En algún momento de la fiesta, según testimonios, el poeta se inclinó, puso su cabeza en el regazo de la bailarina y le suspiró “hace tiempo la estaba buscando” y ella le contestó en el mismo tono “y yo lo estaba esperando”, mientras le acariciaba la melena y le decía con su ruso quebrado “án-gel, ca-be-za dorada”. Toda su comunicación con el apasionado desconocido se limitaba a esas palabras fragmentadas y ya nada pudo detenerlos, ni la barrera del idioma, ni la diferencia de edad: él tenía 26 años y ella 43. Todo fue torrencial y raudo en su relación, se casaron, se separaron, lo vivieron todo en un poco más de un año. El apasionado desconocido de melena dorada después escribiría:

Querida, ven a mi lado,

llegaremos a otros campos.

Pues los caminos sinuosos

dan alegría a los vivos.

Llegaste cual oro otoñal,

con tu mechón blanquecino.

Emergiste para salvar

a este haragán intranquilo.

Tengo la impresión, querido amigo Robinson, que la vida de Esenin fue especialmente agitada e intensa en los últimos cinco años de su existencia. Escribía, bebía, amaba y desamaba, se desgarraba de amante en amante, de mujer en mujer, y no se conciliaba con su ser. Tal vez nunca se concilió ni con la vida, ni consigo mismo, pero su espíritu era un surtidor de versos y palabras que no podía evitar. “Todo es adioses en Esenin”, me escribiste de forma bella y certera el 10 de mayo de 2007. Creo que así fue. En muchos de sus poemas de los últimos años de su vida el poeta fue construyendo una larga despedida. Intuía que la vida se le rompía de tanto escuchar el latido del corazón de los otros y no poder hacer nada; sólo cantar. Hay un poema de 1924, cuando Esenin ya viene de regreso de todo, apenas a los 29 años, que no puedo dejar de citar en toda su extensión porque no tiene desperdicio:

Ahora nos vamos poco a poco

                a un mundo de ventura y sosiego.

                Tal vez deba preparar mi equipaje

                para tener un aire pasajero.

                ¡Amados bosques de abedules!

                ¡Oh tierras y planicies de arena!

                Ante tanta maravilla que huye

no puedo ocultar mi tristeza.

Demasiado amé yo en este mundo

con un amor que vuelve carne al alma.

Paz al álamo que abre sus ramas

y se extasía en el agua rosada.

Cuántas cosas reflexioné en silencio,

Cuántas canciones compuse sobre mí.

Y sobre esta tierra lúgubre

soy feliz porque respiré y viví.

Soy feliz, porque besé a las mujeres,

me acosté en la hierba, acaricié las flores,

y a los animales, hermanos chicos,

nunca les pegué en la cabeza.

Sé que allá no florecerán estos bosques,

ni oiré cantar al centeno.

Ante tanta maravilla que huye

me asalta un temblor duradero.

En ese mundo no hallaré estos trigales

que maduran entre la niebla.

Por eso quiero tanto a la gente

que vive conmigo en la tierra.

Al leer uno siente que el autor ya tiene un pie en la partida. Entre tanto verbo en pretérito de pronto el futuro irrumpe con una belleza tenebrosa que anuncia que allá, donde sea que anide la muerte, no florecerán estos bosques, ni se oirá cantar al centeno. Sólo acá, en la vida, los trigales maduran en la niebla, se puede amar a la gente mientras tanta maravilla se esfuma. De esta entraña son los versos de la última época de Esenin hasta llegar a esa extraña construcción poética intrigantemente ambigua que es “Hombre negro”.

Coincido de entrada contigo cuando mencionas que al deshilvanar los pasajes del poema, deshilvanas “al mismo tiempo los pasajes de la vida del poeta, y los que llevaron a su muerte”. No hay duda de la cercanía de espíritu de este poema y del último que escribió Esenin antes de su muerte. Es la sinfonía de los adioses, la predicción de la partida, la revelación de la huida. Parece que la idea del poema surgió en Esenin durante su único viaje al extranjero al lado de Isadora Duncan entre 1922-1923. Al menos para el otoño de 1923 había terminado una primera versión del poema que tituló “Hombre negro con guantes negros” que leyó a sus amigos imaginistas Anatoli Marienhof y Vadim Shershenévich. Pero dos años después, tras un arduo y tenso trabajo de reelaboración de varias noches, según lo testimonia su última mujer, Sofía Tolstaia (nieta del gran escritor), logra poner punto final a la versión definitiva el 14 de noviembre de 1925, como bien lo señalas querido Robinson, apenas un mes y medio antes de morir. Es decir, el tratamiento del poema, desde su idea inicial, se llevó unos dos años. El poema se publicó finalmente en enero de 1926 en la revista literaria Novy Mir. Quienes conocieron las dos versiones señalan que el texto publicado es más corto y menos trágico que el leído antes a sus amigos imaginistas.  

Al parecer la idea inicial fue la lectura por parte de Esenin de la pequeña tragedia de Pushkin “Mozart y Salieri”. Es conocida la leyenda de que un poco antes de la muerte de Mozart se le presentó un hombre, todo vestido de negro, que le encargó un réquiem. El compositor se entregó a la composición solicitada, pero el hombre de negro no regresó por su encargo. Entonces al gran compositor lo embargó el sentimiento de que había escrito ese réquiem para sí mismo. En la tragedia de Pushkin un abrumado Mozart se queja:

Día y noche no me deja en paz

mi hombre negro.

Me persigue por todas partes

como una sombra. Ahora mismo,

me parece, está sentado entre nosotros

[…] 

¿Quién es? ¿Qué hay de él en mí?

Si creemos en la versión más difundida de que Esenin se suicidó, si conocemos las fatales circunstancias que lo rodearon en sus últimos días, podríamos ahora percibir su poema “Hombre negro” como una especie de réquiem muy particular del propio poeta.

En este contexto tu interés por este poema eseniano que ha permeado en gran medida nuestra conversación cobra gran significación. −“Debieron ser en mucho ásperos y difíciles los últimos días del poeta, sobre muriendo entre la borrachera y la vigilia, entre la pesadilla y el sueño, su frustración y su locura”– dices con ojo tan certero que me conmueve la justeza de tu visión. Y continúas con un análisis minucioso y lúcido que capta muy bien el dolor del corazón del poeta: “Ahora la voz es congestionada y triste, su decir disperso y confuso y su sentido de la vida sinsentido. Las gratas canciones de antes se han vuelto sórdidas, camorreras y golfas, descreídas y pesimistas”. Supongo que “Hombre negro” es una de las obras más misteriosas y ambiguas de Esenin. En ella se expresan los humores de la desesperación y el horror ante la realidad incomprensible, la sensación dramática de la vanidad de cualesquieras tentativas de penetrar en el misterio de la existencia.

Coincidimos en que el mentado hombre negro, ese “siniestro aguafiestas”, no es más que “el doble, el espejo, la conciencia dolorida en conflicto” como lo expresas en tu carta. Ese hombre negro es el doble del poeta, el que ha escogido en sí mismo todo lo que el poeta tiene de negativo y abyecto. Este tema, el tema del alma atormentada, de la personalidad dividida en dos, es casi una tradición en la literatura rusa. Se encarna muy bien en “El doble” de Dostoievski, en “El monje negro” de Chéjov. Pero en ninguna de las obras donde hay un rasgo semejante, lleva una carga tan pesada de soledad como en “Hombre negro” de Esenin. Su carácter trágico consiste en la comprensión de la propia condenación: todo es mejor y más claro en el pasado, el futuro asusta, se vislumbra aciago, sin luz.

Esto es parte de lo que me suscita este poema eseniano desde Morelia, después de tantos años. Me encanta imaginar que allá en Antioquia, en la tierra de Epifanio y del siempre presente Barba Jacob, un poeta cantor se entusiasma con la música de Esenin. Y sí. Es que la poesía del bardo de Konstantínovo fue un majestuoso trabajo de oído, como el que depara la poesía del originario de Santa Rosa de Osos, aunque a veces sus melodías suenen tristes. ¿Será que hay más cercanía de espíritu entre Barba y el último Esenin de lo que suponemos? Al menos mucho más que con Epifanio.

Un gran abrazo desde Morelia                                                        

Jorge

Marzo 6 de 2016, domingo.

Jorge, amigo, llevo días de leer tu correo de 24 de febrero pasado, días paseando sus palabras en mi cabeza, escuchando sus ecos en mis meditaciones, tanteando sus profundos significados, frenando mi ansiedad por responder a él, pues lo que dices me puso a pensar en muchas ocurrencias y necesito primero algo de serenidad, de templada emoción, para poder expresarlas. Tal es la impresión que dejan en mi curiosidad las revelaciones que me conversas sobre el poema “Hombre negro”, sobre las posibles afinidades de la poesía de Esenin y Barba (conjetura esta que proviene de tu malicia de buen lector y que nunca pasó por mis imaginaciones) y sobre la intensa y atolondrada relación del poeta con Isadora, la “admirable cigarra”, como la definió la prensa francesa después de verla en tablas. Pues bien, hoy me siento a conversarte pensando que de pronto en tu querida Morelia, ya de regreso de Pátzcuaro –¡ciudad de tejas rojas!– has puesto fin a la lectura de Henning Mankell y no queda en México ni ecos del estruendo de la carroza pontífice y la carpa ambulante de su espectáculo. ¿Qué pensaría Esenin, el mismo que pintó en sus poemas de muchacho místicos símbolos religiosos; qué pensaría, me pregunto, si estuviera entre nosotros, sobre este circo peregrinaje, él, que terminó escribiendo versos golfos porque las oraciones no le bastaron? Aquí en Colombia se espera al Papa para 2017. Dicen que irá en su peregrinación al Chocó, donde su blanco vestido y su blanco móvil, en las tomas de la televisión mundial, lucirán más blancos teniendo de fondo la miseria de los negros de nuestro país. Mucho contraste y pocas luces.

Me impresionó mucho tu reflexión sobre el poeta como un poseído que escribe casi siempre hasta los últimos días de su vida, sintiendo que nunca acaba de escribir lo que lo escribe, como “Sísifo feliz” que insiste en empujar su roca, la luz que le pesa, hacia la cima. Lejano amigo: ¡qué extraña obsesión es la poesía! Está el poeta durante días y meses con el habla perdida, sin atisbos y atónito, y de pronto, cuando menos lo sospecha, en el sitio menos esperado, un verso lo anota y este verso trae los demás, y respira otra vez la cima del mundo y hasta siente que está a salvo. Pero, vacío y desconfiado, aterrado ante lo que no pudo nombrar, desciende de nuevo a su incertidumbre, para cargar otra vez el peso de su iluminación hacia la cresta. Y así, durante toda su vida, hasta su último aliento. ¿Por qué esa insistencia, por qué ese sino? Quizás porque la poesía es la única compañera, como decía Raúl Gómez Jattin (“acostúmbrate a sus cuchillos/ que es la única”). Mira, querido Jorge: pensando en tus reflexiones y en estos versos que cito, me vino a la cabeza el recuerdo de María Mercedes Carranza, quien insistía en decir en medio de un país desorientado y lleno de urgencias que “la poesía ayuda a vivir”. Cuando la poeta se va de este mundo por mano propia, muchos críticos y colegas de letras razonaron de la siguiente manera, “—Si la poesía ayuda a vivir, por qué se mató” —, desconociendo que sin el canto de las palabras, es muy probable, la autora de Tengo miedo hubiera levantado la mano que contra ella levantó muchos años antes. Mientras tanto, la poesía la asistió, hasta sus últimos días la asistió. De la misma manera, pienso yo, que lo hizo con Esenin hasta minutos antes de su inmolación, porque, como bien lo dices, pese a “no conciliar ni con la vida, ni consigo mismo, su espíritu era un surtidor de versos y palabras que no podía evitar”.

Los suicidas no son más que gente impaciente, dice con ironía Gesualdo Bufalino, pero en realidad son bastante pacientes en su impaciencia. En el caso Esenin, su paciencia en el desasosiego, su afán por no dejarse doblegar tempranamente, su tensa lucha contra el suicidio, se advierte en los poemas que escribió desde 1914 hasta 1925. “A este mundo he venido para abandonarlo pronto”, escribe en 1914, y en 1915, premonitorio, “Una tarde verde me ahorcaré con mi manga/ al pie de la ventana”, y en 1925, “Lo sé, lo sé. Pronto/ sin culpa mía ni de nadie/ al pie de una tapa fúnebre/ yaceré”. En esta horrible vacilación pasó el poeta más de diez años, postergando, dándole plazos a su tenebroso cometido. Lee, por ejemplo, la escena que describe Maurice Lever en la página 343 de Isadora, que bien puede estar alterada por la leyenda, pero que puede ser por igual probable:

Esenin desaparece de la fiesta en el Hotel Claridge de los Campos Elíseos. Isadora no se preocupa, pues está acostumbrada a esas desapariciones. Pero cuando entran en el gran comedor del Claridge, los invitados lanzan un grito al ver a al poeta colgado de una lámpara. Lo bajan de inmediato. Isadora, muerta de inquietud, llama a un médico, que la tranquiliza. El poeta sólo ha sufrido algunos rasguños en el cuello, nada grave. En cuanto a los testigos de la escena, todos están de acuerdo: “No se preocupe”, le dicen, “lo ha hecho para asustarla”.

Esenin, que conoció demasiado temprano las pérdidas y la fatiga, soportó, no escondió el morro, no entró –como lo diría Dylan Thomas– dócilmente a la noche callada. Supo arder hasta esfumar la llama. Se esforzó, boqueó y resistió hasta donde pudo, “con poquitas fuerzas pero tesonero”, como se autorretrata en “Hombre negro”. Por eso, después de repensar nuestras conversaciones, de remirar las luces que has puesto en ellas, concluyo sinceramente que los versos de Maiakovski que lo reprenden por su decisión de ahorcarse, suponiendo que en su muerte no hubo soga ajena (“En esta vida, morir es cosa fácil./ Hacer vida,/ es mucho más difícil”), sin deseos de exculpar a uno y condenar a otro, resultan hoy injustos, poco considerados.

Pero sigamos hablando de “Hombre negro”. Me sorprenden los datos que me anuncia sobre el poema. Yo supuse, en mi envío de 9 de febrero pasado, que su fantástica historia era por completo original, que este había sido escrito de un tirón, en una noche, surgido de una vez para siempre, sin correcciones, estimulado por el espíritu quebrado del poeta, por su alucinación. Por tus señales sé ahora que la composición demoró dos años, y que entre la primera y última versión, hubo un ansioso trabajo de reescritura. ¿Cuánto transpiró Esenin, durante esos dos años, levando la piedra hasta la cima y, vuelta esta a rodar en descenso, de nuevo cargando su peso hacia la altura? ¿Cuántos borradores nublosos, entreviendo en los emborronados las estrofas justas, la secuencia más acertada, el ritmo y la melodía oportunos? Semejante construcción de trama y forma, semejante pulimento y acierto musical, no podía venir de un solo golpe de iluminación. Pocas veces los buenos poemas se escriben en un único envión, íntegros; tras de ellos hay tanteos, contramarchas, arrepentimientos. Tú lo sabes, Jorge, la poesía nace, pero también, algunas veces, se hace. Recuerdo ahora un episodio grotesco del poeta, que narra M. Lever en su libro Isadora, y que de pronto insinúa cuál fue la chispa que encendió la escritura de “Hombre negro”. En la página 346, cuenta:

Después de la representación de Isadora, Esenin invitó a un grupo de amigos a cenar. Durante la velada, en un estado de embriaguez avanzado, montó en cólera de un modo totalmente gratuito, coge un candelabro y lo lanza contra un espejo, que se rompe en mil pedazos. Algunos invitados consiguen dominar al loco que se debate a manotazos… 

Lo cierto es que este pasaje lo ubica el biógrafo por las mismas fechas (1922-1923) en que, me comenta usted, parece haber surgido la idea del poema, durante el único viaje de Esenin al extranjero al lado de Isadora. De pronto especulo demasiado, quizás hilo en mucho fino, pero la imagen del espejo roto en mil pedazos es una lapidaria metáfora de la vida del poeta en esos momentos. Lo que quiero resaltar con estas reflexiones y citas es que Esenin, hasta sus últimos días, en medio de la quebrazón, buscó con tesón mantener armonía y lucidez, si no en su vida, sí en su poesía, y que esto fue por completo desentendido por sus detractores. Sobre un caso similar paso a contarte una historia: hace más de dos décadas, cuando en Colombia los poemas del ya citado Raúl Gómez Jattin estaban en su mayor furor de audiencia, muchos criticaron que tras de dicho revuelo estaba la propaganda que se hacía de su demencia, demencia que era tema continuo de sus poemas. Los que así pensaban, argumentaron que tenía más mérito el poeta cuando escribía desde la medio cordura para no volverse del todo loco, que cuando lo hacía desde la locura para exaltarse en ella. ¡Ah!, nunca pensaron estos que detrás de la composición de los versos del peligroso cartagenero de Indias hubiera un afán de consciencia y de equilibrio, de claridad en medio del desvarío, una lucha angustiosa por rehacer los pedazos. Este desaprecio por Jattin en algo es similar al que demostraban Maldestam, Brodsky y Maiakovski por el desquiciado poeta de Riazán. La poesía de Esenin –como la del poeta de Tríptico cereteano– es la andadura entre la lucidez y la locura, entre la serenidad y la desesperación… entre la vida y la soga que lo sofocó. Tal vez por eso escribe en “Hombre negro”:

En épocas de tormenta

y en el frío de la vida,

cuando pierdes a alguien

y cuando sientes pena,

aparentar alegría y calma

es la mayor de las artes.

Jorge, en mi último correo le pedí que hablara de las andanzas del Esenin dandy, del campesino que viste cilindro y faldón, sombrero de copa y bastón, en mucho fatuo, afeitado, rizado, maquillado y perfumado, para beber, bailar, comer y gastar; que me contara de su vida de cabarets y clubes nocturnos, ya en París, Berlin o Estados Unidos, al lado de Isadora, ya en Moscú, y usted nada me dijo sobre esto. En cambio me habló de las comuniones entre la poesía de Barba Jacob y Esenin, más notables –lo piensa usted–que las de Epifanio Mejía y Esenin. Pues bien, dejemos que sea la conversación la que marque el rumbo, y no nosotros. ¿Quién dice que son los dialogantes los que llevan los rumbos de una conversación? Está perdido. ¡Es la conversación la que indica los rumbos a los dialogantes! La verdad que tiene usted sobrada razón. Los dos, Esenin y Barba, fueron contradictorios, siempre expuestos al escándalo, errabundos, apasionados y evocadores, maestros en versos musicales (“vale más el oro del sonido que el sonido del oro, decía Barba”) y alucinantes. Par de angustiados. Si el ruso dice, “En el mundo todos somos mortales,/ los arces derraman callados el bronce de las hojas./ Sea bendito eternamente/ lo que viene a florecer y a caducar”, el colombiano lamenta, “Más hay también ¡oh tierra!, un día… un día… un día/ en que levamos anclas para jamás volver,/ un día en que discurren vientos ineluctables,/ ¡un día en que ya nadie nos puede retener”. Escucha, por ejemplo, esta confesión dolorosa y bacanal a dos voces. Citaré primero a Barba:

Mi vaso lleno –¡el vino del Anáhuac!–,

mi esfuerzo vano –estéril mi pasión!–.

Soy un perdido –soy un marihuano–,

a beber y a danzar al son de mi canción…

Cito ahora a Esenin:

El corazón acelera su ritmo

y digo sin ton ni son:

también yo soy otro perdido,

ya no tengo vuelta atrás.

***

Creo que lo mejor ahora es que repose un poco. El sol quema la ventana. El sol, en Medellín, por estos días, es cien veces más grande, como dice Esenin que cien veces más grande, en las noches de Riazán, es la luna. ¿Quién puede escribir con este sol abrasador que tuesta el cerebro? Mi perro, hermano chico, estira el sueño a un lado de la mesa. Le acariciaré suavemente la cabeza mientras descanso.  

Robinson

Abril 12 de 2016, martes.

Mi estimado Robinson, ha pasado más de un mes desde que recibí tu respuesta y estoy muy apenado por escribirte hasta ahora para continuar nuestra conversación sobre nuestro poeta de la Moscú tabernaria. Se me cruzaron infinidad de cosas en las recientes semanas y mi respuesta se fue postergando, aunque debo decirte que leí y releí tu última carta vía e-mail, que siempre la tuve presente, porque ahí se revelan muchos aspectos que me interesan y que con frecuencia me han rondado cuando pienso en la figura de Esenin. Fíjate que hace unas semanas tuvimos acá en Morelia unas jornadas sobre las vanguardias rusas y en alguna mesa hablamos de la poesía en el periodo 1910-1930, dos décadas donde hubo un auténtico renacimiento en la mayoría de las expresiones artísticas rusas: artes plásticas, cartel, constructivismo, cine, teatro, música y, por supuesto, poesía. De ese periodo es el Siglo de Plata de la poesía rusa y no deja de sorprender que Esenin haya convivido con todo ese vendaval de innovación que movía a la mayoría de los poetas de su tiempo y que, sin embargo, a él lo que más le interesara era mantener su propia voz, así fuera “cantar como una rana” y expresar su mundo más íntimo. En este contexto podría parecer que Esenin estaba más afincado en la tradición, su forma poética no rompía con nada, no era experimental; su lirismo a veces exacerbado buscaba más la emoción que la indagación de formas nuevas. Fue un tiempo fabuloso en que los poetas no solían parecerse a otros poetas, a diferencia de lo que ocurre hoy en que casi todos los poetas –sobre todo los jóvenes– parecen las mismas gotas de agua por estar todo el tiempo metidos en face, que los ha uniformado. Fue un tiempo de singularidades fuertes que de pronto se vieron asediadas por la colectivización y la uniformidad. Maiakovski, Blok, Jlénikov, Esenin, Ajmátova. Tsvietáieva, Mandelstam, Bunin, Pasternak, Briúsov, Viacheslav Ivánov, Sologub, Voloshin, Zinaida Gipius y tantos y tantos que no cabrían en estas líneas… eran tan distintos, tan singulares, que, sin embargo, se rozan permanentemente. Su poesía constituye un legado de diversidad indómita, una pasión por la palabra y la exploración lingüística tal vez más importante que la de los poetas del xix, y eso que ahí estaban Pushkin, Gógol. Lérmontov y Tiútchev, lo que es ya mucho decir.

        Permíteme una digresión. Ya, por fortuna, se fue el Papa hace mucho tiempo y terminé mi lectura de Mankell. El Papa pasó rápido por Morelia, dejó una estela de circo y palabrería que se disipó sin pena ni gloria en los siguientes días. El estado de las cosas volvió a la normalidad, es decir a la mentira de los políticos y a la simulación de los funcionarios, mientras la gente prosigue su rutina de ganarse la vida en medio de las mismas carencias. En cambio Arenas movedizas, el libro de Mankell, fue una lectura formidable. Fue su último libro y lo empezó a escribir cuando ya sabía que iba a morir, después de que le diagnosticaron cáncer. A pesar de eso me pareció un libro limpio, incluso terso, sin reclamos ni mezquindades, un ajuste de cuentas con la vida de un autor que siempre hizo lo que quiso hacer: escribir. Me anuncias que mi tocayo Bergoglio visitará Colombia el próximo año y que irá a pasear al Chocó. Me encantó la imagen contundente del escenario que imaginas: “su blanco vestido y su blanco móvil… lucirán más blancos teniendo de fondo la miseria de los negros de nuestro país”.

        Querido Robinson, siento que esta conversación en torno a nuestro poeta lejano nos ha hermanado de muchas maneras. Tus sentires y decires se confunden, a veces, con los míos: sí, amigo, ¡qué extraña obsesión es la poesía! Tenía razón Gómez Jattin, la poesía es la única compañera a pesar de sus cuchillos. Anna Ajmátova, que sabía con crudeza de los “cuchillos” de la poesía, dijo también que era “el mayor de los encuentros”. Podríamos imaginar una conversación entre Jattin y Ajmátova: seguro sería un portento. Y traes a cuento la insistencia de María Mercedes Carranza en que “la poesía ayuda a vivir”; ¿no crees que Esenin suscribiría esta frase aunque él mismo se haya matado? A él también la poesía lo asistió, hasta sus últimos días lo asistió, como tan justamente dices de la autora de Vainas y otros poemas. Me llega a la memoria la vez que la conocí en Moscú en marzo de 1976. He contado esa historia en otra parte (http://www.jornada.unam.mx/2015/10/11/sem-jorge.html). De seguro en algún momento de esa ocasión hablamos de Esenin y otros poetas rusos. A ella le interesaban. De la poesía de Ajmátova, que había leído en español, llegó a decir que en ella predominaban “la intimidad sutil y un lirismo puro”.

        En tu correo sostienes que en los poemas que Esenin escribió entre sus veinte y treinta años se advierte “su tensa lucha contra el suicidio”. Mencionas al menos tres poemas con semejante signo y es que como lo has señalado en correos anteriores “todo es adioses en Esenin”. Me parece que la larga despedida eseniana se fue construyendo paso a paso, en contrasentido al “andar se hace camino” de Machado. Tampoco en sus versos Esenin presintió su muerte a la manera vallejiana de “Me moriré en París con aguacero,/ un día del cual tengo ya el recuerdo”, sino que fue forjando su “horrible vacilación” en el borde mismo del abismo, golpe a golpe, verso a verso. En mi anterior correo te cité al respecto un poema de 1923. Hoy agregaría parcialmente uno más que me parece muy sugestivo:

Las flores me dicen adiós,

inclinándose hacia el suelo,

y aseguran que ya no veré

su rostro ni el suelo paterno.

[…]

Pero qué importa, otro vendrá

a quien no abrume la tristeza,

y a la amada que se quede

compondrá una canción más bella.

Dicen que Esenin fue un hombre muy emotivo y de intensas pasiones. En su corta vida tuvo fuertes relaciones afectivas con varias mujeres, pero en el fondo, quizá, todas las mujeres que amó fueron el amor de su vida. Enloqueció con Isadora y la anécdota que me cuentas de la página 343 del libro de Maurice Lever me parece, además de divertida, muy típica del poeta. Colgado de esa lámpara del gran comedor del Hotel Claridge, Esenin tal vez ya imaginaba unos nuevos versos sobre su musa 18 años mayor que él, de apenas 44 años, pero que en la percepción del joven poeta ya se encuentra en la edad otoñal:

Llegaste cual oro otoñal,

con tu mechón blanquecino.

Emergiste para salvar

a este haragán intranquilo.

[…]

¡Oh, edad otoñal! Eres mejor

que la juventud y el verano,

porque deleitas doblemente

la imaginación del poeta.

Creo que ya cité estos versos en algún correo anterior. Esenin fue un hombre apasionado, sin duda, que cada vez parecía conciliarse menos con su tiempo, que se despedía permanentemente del mundo y de las cosas, que en su profuso arrobamiento, insatisfecho, ardió “hasta esfumar la llama”, como lo apuntas acertando en el blanco. ¿Y no te parece que al menos en esto se acerca inquietantemente al poeta de Santa Rosa de Osos que “en el vital deliquio por siempre insaciado,/ era una llama al viento y el viento la apagó”? En ese poema “Futuro” de Barba-Jacob veo pintado de cuerpo entero al impetuoso poeta de Riazán, sólo habría que alterar la geografía: “Vagó, sensual y triste, por islas de su Rus”… “la tierra moscovita le dio su rebeldía, su libertad sus ímpetus…”, “fue sabio en sus abismos”, “Y supo cosas lúgubres, tan hondas y letales,/ que nunca humana lira jamás esclareció”. Podríamos, acaso, acometer la perspicacia de emparentar al menos estos versos barba-jacobianos con el “destino de lo Eseniano” que tan magistralmente expuso la hermosa Zinaida Gippius en uno de los artículos más profundos que existen sobre la obra del poeta de Confesión de un granuja, un título este último que podría haber sido, por qué no, de un poeta como Barba-Jacob.

Estas correspondencias inesperadas, tal vez casuales, que habitan de alguna manera la experiencia interior y el alma de estos dos poetas, tú las asumes también en un momento clarividente de tu última carta, cuando contrastas versos de este “par de angustiados”. Sobre todo me emocionó la confesión “dolorosa y bacanal a dos voces” que propones en esos dos cuartetos como una suerte de afortunada indagación comparativa. Me atrevo a agregar un sexteto de Esenin que quizá se encuentra en el mismo tenor de los que tú propones, reconociendo nuestro empeño un tanto chalado por hacer converger a dos cantores tan disímbolos:

Yo no supe reservarme

para una vida tranquila.

Caminé pocos caminos

y cometí muchas faltas.

Así fue y será la vida

Un constante desconcierto… 

Volviendo a “Hombre negro”, me parece curioso lo que me cuentas que cuenta Lever sobre el espejo que se rompe en mil pedazos por la acción loca del poeta loco que se debate a manotazos. ¡Qué imagen! Muy simbólica de lo que ocurrió con el poeta en sus últimos años. Y de nuevo, me parece, das en el blanco con tus apreciaciones. Sólo agregaría un asunto: Esenin no sólo fue completamente desentendido y desatendido por sus detractores, sino también por sus amigos más cercanos, por otros poetas que no eran sus enemigos pero que lo miraban con cierto desdén por encima del hombro, e incluso por algunos de sus últimos afectos (el parangón que realizas con el destino de Raúl Gómez Jattin me ha conmovido hondamente, su afán por la claridad y el equilibrio “en medio del desvarío, su lucha angustiosa por rehacer los pedazos” de seguro también estaba en el trasfondo de la última poesía eseniana). En su último año de vida varios de sus amigos lo sumieron cada vez más en la bebida, sus borracheras duraban días, su última mujer Sofía Tolstaya se quejaba de que eran ciertos amigos, como Sajárov, quienes lo inducían por el tenebroso camino sin regreso del alcohol y que ella ya no podía hacer absolutamente nada para darle un poco de sosiego. El poeta podía tener días sobrios de trabajo creador intenso, como probablemente sucedió en los dos días de noviembre de 1925 cuando rehízo “Hombre negro”, pero luego llegaban los amigos que lo empujaban de nuevo a la borrachera. Los días tranquilos, en sano juicio, se hacían cada vez más raros.

        Antes que se me olvide quisiera comentarte algo más sobre “Hombre negro” desde la perspectiva de Sofía Tolstaya, quien fue testigo directa del trabajo frenético de Esenin cuando rehízo el tema en su última versión. Creo que no sobraría hacer un comentario breve al respecto, ya que nuestra conversación gira principalmente alrededor de ese poema de Esenin. El 14 de noviembre de 1932 Sofía Tolstaya escribió: “Hace exactamente siete años, en la tarde del 14 de noviembre, Esenin terminó ‘Hombre negro’, se acercó al sofá y me lo leyó (…). Después dijo: ‘Este Hombre negro no salió como era antes, no tan terrible, porque él la pasó muy bien conmigo estos días’”. Veinte años después Sofía recordaría: “¡Sergéi entregó tanta fuerza a la escritura de ‘Hombre negro’!. Escribió varias variantes del poema. La última la compuso aquí, en este cuarto, en noviembre de 1925. Dos días de trabajo intenso. Casi no dormía. Cuando acabó me lo leyó de inmediato. Era terrible. Parecía que se rompería el corazón. La idea del poema surgió en Sergéi cuando visitó América. Le había conmovido el cinismo, la inhumanidad que vio, la vulnerabilidad de la persona ante los oscuros poderes del mal. —Tú sabes −me dijo−, es horrible. Todos esos negociantes bursátiles no son personas, sino unos corazones de tumba. Son “hombres negros”—. He aquí, querido amigo Robinson, otra interpretación que a mí personalmente me parece demasiado acomodaticia, un tanto ingenua.

***

Yo también te he escrito estos párrafos en tardes abrasadoras, Morelia ha estado a esas horas a 32 grados. Por eso he ido despacio. Y también me acompaña mi perro, se llama Tolstói, tiene ocho años, un cocker spaniel muy juguetón. Es hijo de Pushkin, que murió de viejo, a los 16 años. Mis amigos me bromean que de seguir así acabaré con la literatura rusa, que de pronto voy a tener también en casa a Chéjov, o por qué no a Ajmátova. No estaría mal…

Jorge

Robinson Quintero Ossa ha publicado en poesía: De viaje (1994), Hay que cantar (1998), La poesía es un viaje (2008), Los días son dioses −antología– y El poeta da una vuelta a su casa (2017), Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus. También publicó: 13 entrevistas a 13 poemas colombianos [y una conversación imaginaria] (2008) y El primer libro del poeta: los poemas de la ofensa (2017). Jorge Bustamante García es traductor del ruso al español de Poemas de Anna  Ajmátova, Cinco poetas rusos y El instante maravilloso: poesía rusa del siglo XX. También publicó, como ensayista, Henry Miller: entre la desesperanza y el goce (1991) y Literatura rusa de fin de milenio (1996). Sus colecciones de poemas son, entre otras: Invención del viaje (1986), El desorden del viento (1989), El canto del mentiroso (1994) y El caos de las cosas perfectas (1996).