Celedonio nos abre la puerta hacia una de las figuras centrales de la Viena anterior a la guerra y al fascismo, un intelectual de grandes dimensiones que solía decír: nadie puede llamarse escritor si no pone seriamente en duda su derecho a serlo.
Canetti o el elogio a la vida
“Confiaba vivir mucho tiempo sin que Dios se diera cuenta”
(Canetti, 1994)
Celedonio Orjuela Duarte
A Elías Canetti (1905-1994) le correspondió en suerte el idioma alemán como herramienta de trabajo para su función de escritor: bien pudo haber escrito en ladino por su origen judío sefardí o español, o hebreo, por esa vertiente de judíos que se afincaron en España e incluso por su relación amorosa desde la juventud con la escritora Veza Calderon (1897-1963), quien después sería su primera esposa, también de origen sefardí o tal vez en Búlgaro por haber nacido en 1905 en Rustschuk.
En el curso bajo del Danubio. Donde vine al mundo, era una ciudad maravillosa para un niño, y si digo que se hallaba en Bulgaria doy una idea insuficiente de ella, ya que allí vivían gentes del más variado origen, en un día se podían oír siete u ocho lenguas diferentes. Además los búlgaros, que a menudo procedían del campo, había muchos turcos, que habitaban en su propio barrio, y lindando con este se hallaba el barrio de los sefardíes, el nuestro. Había griegos, albaneses, armenios, gitanos. De la orilla opuesta del Danubio venían rumanos…había también uno que otro ruso. (Canetti, La Lengua Salvada. Obra Completa III, 2005)
O en inglés por su obligado exilio, idioma que aprendió desde niño cuando su padre se mudó a Manchester por razones de trabajo. Le traía libros en formatos infantiles de literatura universal, en ese idioma leyó: Las mil y una noches, Los hermanos Grimm, Robinson Crusoe, Los viajes de Gulliver, los cuentos de Shakespeare, don Quijote, Dante , Guillermo Tell… El último libro que recibió de su padre fue una obra sobre Napoleón, este suceso lo relata así:
Estaba escrito desde el punto de vista inglés y Napoleón aparecía como un malvado tirano que pretendía sojuzgar a todos los países, especialmente a Inglaterra. Este es el libro que yo leía cuando murió mi padre. Mi animadversión por Napoleón se ha mantenido intacta desde entonces. (Canetti, La Lengua Salvada. Obra Completa III, 2005)
De estas primeras experiencias con el mundo inglés puede venir la famosa anglomanía de la que habla en su artículo Enrique Lynch en su texto “La Revancha del Hamster”, como una crítica al libro “Fiesta bajo las bombas”.
Regresa a Inglaterra de huida de los nazis en esa obsesión imperial de un delirante como Hitler y su racismo de la pureza de la sangre alemana, entre otras cegueras de su paranoica vida, o su fascinación por la arquitectura, por tal razón se mantuvo cerca al arquitecto Speer, de quien Canetti escribió un ensayo titulado “Hitler, según Speer (Canetti, La conciencia de las palabras, 2001, pág. 222)” sobre las memorias de Albert Speer, el libro fue trasvasado en un documental escrito por Heinrich Breloer, con el nombre de “Speer Und Er”, protagonizada por Sebastian Koch, producida en Alemania en el año 2005, en el que se vislumbra la personalidad megalómana del führer; el arquitecto fue el amanuense de las ambiciones de un delirante del poder. Robusteció su imagen de dictador mediante inmensas astas donde izaban las banderas del partido y de Alemania, le enaltecía su deseo expansionista mientras profería sus discursos, al igual que su extravagancia por las megaobras que le inspiraban ciudades como París. En las memorias de Speer, deja ver cierta parte de la intimidad de Hitler, acompañada de una inmensa soledad, rodeado de unos pocos y desconfiados ministros.
Quiso que se hiciera en Berlín otro Arco del Triunfo más grande, un cúmulo de misiones y proyectos de obras que documentan las memorias de Speer al igual que el testimonio de los hijos del arquitecto y junto a ello la construcción de las cámaras de gas que Speer vio con sus propios ojos cuando fue ministro de guerra encargado. Esa persecución de judíos por el führer, hizo que Elías Canetti volviera a Inglaterra, esta vez como exiliado después de la adhesión de Austria al Reich alemán. La Viena de Canetti de antes del exilio contaba con un buen grupo de intelectuales que hacían de Austria y de Viena en particular un foro de luces como quiera que desde allí habían surgido pensadores como Karl Kraus, espíritu fogoso por su entera libertad de expresar un mundo que anunciaba una catástrofe. Kraus publicó desde 1899 hasta 1935 La Antorcha (Die Fackel), revista destinada a cuestionar el presente, pero sobre todo a los periodistas: en la medida en que la prensa se convertía en un instrumento del movimiento antisemita. La celebridad de sus sátiras sobre el abuso del lenguaje. Kraus en una suerte de aforismos era incisivo con los comunicadores de la época, notemos algunos:
“La misión de la prensa es ampliar el espíritu, pero a su vez arruinar la capacidad de captación. Los periodistas escriben porque no tienen nada que decir”.
Le indignaba cómo los periodistas eran sometidos; su esclavitud a las nuevas tecnologías y al mercado, generaría poca capacidad de imaginación y reflexión. Karl Kraus desde 1874 hasta 1936 alcanzó los novecientos números de su revista, casi todas sus páginas fueron escritas por el mismo Kraus.
La admiración de los austriacos por la música gira en torno a los más cercanos a Canetti: Franz Shubert, Johann Strauss, Arnold Shoenberg, Gustav Mahler, una hija de Mahler tuvo su affaire con Canetti. También incidió en su formación como escritor. La obra y personalidad de Robert Musil a quien Canetti conoció un poco más en su estadía en Berlín como un hombre que despreciaba el dinero, nunca andaba solo y siempre estaba con su esposa, además no se desgastaba en discusiones inútiles con charlatanes. Rechazaba categóricamente el Ulises de Joyce:
Le repugnaba en lo más hondo la atomización del lenguaje…, pues se derivaba de una psicología asociacionista que estaba ya superada. En esa época berlinesa se había relacionado con los fundadores de la psicología de la Gestalt:
La ley más importante y que nos da una mejor idea sobre la lógica por la que se rige la generación de percepciones como un todo es la ley de la buena forma, según la cual lo que percibimos con mayor exactitud y rapidez son aquellas formas más completas pero, al mismo tiempo, más simples o simétricas. Más leyes y principios de la Gestalt. Otras leyes de la teoría de la Gestalt son: La ley de la figura-fondo: no podemos percibir una misma forma como figura y a la vez como fondo de esa figura. El fondo es todo lo que no se percibe como figura. Ley de la continuidad: si varios elementos parecen estar colocados formando un flujo orientado hacia alguna parte, se percibirán como un todo. Ley de la proximidad: los elementos próximos entre sí tienden a percibirse como si formaran parte de una unidad. Ley de la similitud: los elementos parecidos son percibidos como si tuvieran la misma forma. La ley de cierre: una forma se percibe mejor cuanto más cerrado está su contorno. Ley de la complexión: una forma abierta tiende a percibirse como cerrada.
Esta significaba mucho para él, y probablemente Musil pensaba que con su propia obra formaba parte de ella.
De Musil también se sabe que una vez se enteraron sus amigos que estaba escribiendo la inmensa obra “El hombre sin atributos”, de inmediato conformaron la Sociedad Musil, hicieron un aporte mensual para que escribiera con tranquilidad, todos de origen judío. Incluso Hermann Broch hizo parte de dicha sociedad en el entendido que Musil lo reprobaba de haber copiado en su trilogía “Los sonámbulos” el plan de “El hombre sin atributos”.
De Hermann Broch, otro de los emblemas Vieneses tuvo mucho que ver en la formación literaria de Canetti. Menos reconocido en el momento, que Kraus y Musil, hizo parte de ese foro de pensadores que se juntaban en las noches vienesas. La guerra de 1914 a 1918 había terminado. Los intelectuales austriacos y alemanes sabían que una vez terminada la primera guerra, presentían la cimentación de la segunda porque el hombre europeo estaba dominado por un hambre expansionista. Luego estos personajes a pesar de las fieras persecuciones fascistas, persistieron en sus proyectos científicos, literarios y artísticos en medio de las bombas. De ellos es el legado que le queda a Europa y a pesar de las guerras, todo ese florecimiento del arte europeo, la herencia reposa en ciudades como Praga, Berlín, San Petesburgo, o la misma Viena y desde luego en la ciencia y las artes en las que sigue embelesado el viajero.
De Hermann Broch, Canetti con motivo de su cincuagésimo cumpleaños, escribe un discurso en 1936; el texto hace parte de su libro de ensayos “La conciencia de las palabras”. Ya es un Broch visto a la distancia por Canetti, este escrito aparte de una rendición de cuentas a su maestro Hermann Broch, es una suerte de manifiesto sobre el oficio de escritor, texto que bien puede complementarse con “La profesión de escritor”, discurso pronunciado en Munich, en enero de 1976. Aquí Canetti ahonda en el oficio desde su propia experiencia:
Pues lo cierto es que, hoy en día, nadie puede llamarse escritor si no pone seriamente en duda su derecho a serlo. Quien no tome conciencia de la situación del mundo en que vivimos, difícilmente tendrá algo que decir sobre él (Canetti, La conciencia de las palabras , 2001, pág. 350).
Broch en las tertulias del Café Central se enamora de una de las fammes fatales más famosas, la periodista y modelo Ea Von Allesch, muy hermosa por cierto. Era llamada “La reina del Café Central”, de elegante cultura que pretendían los salones de Viena de espumoso champán y exquisitos burdeles. Abandona a Felice, su anterior amante quien llega al mundo quejumbroso de Kafka, baste leer “El otro proceso de Kafka”, en el que se percibe un lenguaje nervioso, lleno de dudas, descree de todo y de todos. En el final de la vida de “La reina del café central” , Ea Von Allesch sobrevive en los escombros de la guerra. Ya en Estados Unidos, Broch se propuso conseguir el visado para su madre y Ea, asunto que no pudo lograr. Su madre Johanna murió en el campo de exterminio de Theresienstand. Ea Von habitaba las ruinas de su casa sin puertas ni ventanas. Por las noches caminaba como enajenada por la guerra, aquella linda mujer que alguna vez fue modelo de pintores vieneses más importantes, amante de Musil, Broch y otros importantes literatos. Ea venía de una familia de tejedores, pero su espíritu fogoso hizo que se fuera entronizando y con sus encantos e inteligencia amó y fue amada por letrados de la época, luego verla con una capa de terciopelo encima, entre las ruinas de Viena, buscando un mendrugo. Broch, desde Estados Unidos, le escribía todos los meses, le enviaba víveres y dinero, procuraba que nada le faltase. Nunca olvidó lo que Ea hizo por su madre, los cuatro años que pasó protegiéndola. Canetti escribe un ensayo de la relación de Kafka con Felice, titulado “El otro proceso”. “Las cartas de Kafka a Felice” (Canetti, Las conciencias de las palabras, 2001, pág. 100).
En ellas se descubre ese universo sombrío y quejumbroso de Kafka, un extenso epistolario lleno de reclamos a su amada Felice en la que le pedía una casi psiquiátrica comprensión de sus temores al ser humano, tal vez por eso un día amaneció Gregorio Samsa convertido en insecto.
Otra ciudad que asombró a Canetti en su juventud fue Berlín, tanto que lo hizo sentir como un provinciano Vienes. Allí conoció a Bertolt Brech, cuando el dramaturgo y poeta brillaba en el pensamiento europeo. Canetti lo describe como una suerte de apostador de su tiempo, dispuesto a congratularse con el dinero y los autos, parecía mantenerse en una falsa apariencia, mirémoslo en sus propias palabras, la cita es un poco extensa, pero la sugiero por cuanto en el mundo del teatro latinoamericano y colombiano, muy dado a la percepción estalinista del arte en la década de los setentas y ochentas, veían al poeta y dramaturgo como un ser incólume en todos los aspectos de su vida, y hacer algún tipo de comentario adverso para ciertas corrientes marxistas-leninistas-maoistas-stalinistas, era sujeto a un juicio político y hasta un posible ajusticiamiento por denigrar de una figura que representaba los intereses del proletariado, y eso no parece si se comprende la impresión que le produjo a Canetti:
Lo primero que me llamó la atención de Brech fue su indumentaria, que me parecía un disfraz. Al mediodía solían llevarme al Schlichter, el restaurante frecuentado por la intelectualidad berlinesa. Iban sobre todo muchos actores, me señalaban a este o aquel y yo los reconocía en el acto: gracias a las revistas ilustradas se habían integrado a la imagen que uno iba haciéndose de la vida pública. Debo decir, sin embargo, que el aspecto de esa gente, no era excesivamente teatral que digamos. Era un cuadro abigarrado, pero sin el abigarramiento del escenario. El único que me llamaba la atención entre todos, debido a sus disfraces proletarios, era Brech. Era muy flaco y tenía una cara de hambre que parecía ligeramente torcida debido a la gorra; sus palabras llegaban rígidas y entrecortadas, bajo su mirada uno se sentía un objeto de valor que no era tal, y él daba la impresión de ser un prestamista que lo iba tasando con sus penetrantes ojos negros. Hablaba poco, sobre el resultado de la tasación no se sacaba nada en claro. Parecía increíble que solo tuviera treinta años, su aspecto no era el de una persona envejecida prematuramente, sino el de alguien que siempre había sido viejo.
Esta imagen del prestamista viejo no me abandonó durante aquellas semanas. Me persiguió por el simple hecho de que parecía tan paradójica. El propio Brech la alimentaba al poner el utilitarismo por encima de todo, haciendo ver de cualquier forma lo mucho que despreciaba los sentimientos “nobles y sublimes”. Aludía a un utilitarismo práctico y muy concreto, y en eso seguí cierta idiosincrasia anglosajona, en su variante estadunidense. El culto a lo americano había echado raíces por entonces, sobre todo entre los artistas de izquierda. Con sus anuncios luminosos y sus coches, Berlín no le iba a la zaga a Nueva York. Por nada manifestaba Brech tanta ternura como por su coche.
Entre las contradicciones que ofrecía la imagen física de Brech se cuenta también cierta apariencia de ascetismo. Su hambre podía pasar muy bien por ayuno, como si él mismo renunciara a cosas que eran objeto de su deseo. No era un sibarita, no hallaba satisfacción en el instante ni se entregaba a él. Lo que conseguía (y conseguía cosas a derecha e izquierda, por delante y por detrás, cosas que podían serle útiles) tenía que utilizarlo en el acto, era su materia prima y constantemente producía con ella. Era, pues, de esas personas que siempre están produciendo algo, y ese producir era lo que en realidad buscaba (Canetti, La antorcha al oído, 2005, pág. 304).
Canetti sobre su larga temporada de exilio en Inglaterra, escribió el controvertido libro “Fiesta bajo las bombas”, “Los años ingleses”. Para algunos críticos, su hija Johanna no debió publicarlo, lo mejor hubiera sido abstenerse hasta la fecha de 2024 en que se destape su legado que se halla en la Biblioteca Central de Zúrich, en un búnker situado a quince metros de profundidad, el cual no podrá conocerse por voluntad expresa del autor en la fecha antes mencionada. Para algunos críticos es un libro enteramente anglómano aunque no pareciera, retrata la élite londinense que pretende, al respecto dice el escritor Enrique Lynch…
Fiesta bajo las bombas: Canetti muerde la mano que le ha dado de comer. Aunque también es cierto que en tanto que experiencia personal, el libro podría pasar como el típico ejemplo de la literatura del exilio que muestra la penuria del exiliado, cuya existencia a menudo tiene que combinar la marginación y la envidia, el afán de supervivencia y la voluntad de abrirse camino en un medio que por fuerza le es hostil. Y aunque es sabido que el hambre es el motivo que lleva a hacer del exiliado un trepador –y Canetti no parece haber sido una excepción a la regla- este argumento no basta en este caso para excusar su vileza en esta crónica.
Pero ocurre que Canetti no creía en teorías cerradas y el conocimiento sistemático, en cuanto a su visión del mundo y la escritura, bajo esa premisa emprendió sus libros, especialmente “Masa y Poder” en el momento en que las teorías de Freud ganaban espacio en la comunidad científica. “Masa y Poder” es quizá una respuesta a los trabajos sobre la masa que ya había publicado Freud, en principio: “Psicología de las masas y análisis del yo”. El tema de la masa interesó a este puñado de pensadores austriacos, algunos de manera fragmentaria como Germán Broch, quien dejó un escrito sobre el tema; “La teoría del delirio en las masas” (1948). Fue un esbozo sobre la materia y Broch solo publicó fragmentos en distintas revistas. Un tema en boga en los años cuarenta, se distinguen entre otros teóricos –Gustave Lebon, el mismo Freud, Wilhelm Reich, y su controvertida teoría del Orgón, también fue autor de un libro que circuló en el ambiente universitario en la década de los ochentas, “La función del orgasmo”, libro que rondaba en los morrales de los universitarios colombianos de los setentas y ochentas en señal de cierta liberación sexual; en este asunto del estudio de la masa, no podemos olvidar a Ortega y Gasset y Hadley Cantril. El ahondamiento en la existencia de Canetti en dicímeles tópicos, no son más que un elogio a la vida, la idea de la muerte para Canetti, la comprime en sus aforismos como:
Tu alegato contra la muerte no es menos real que tu inmortalidad de las almas esgrimida por las religiones. Es incluso más irreal, ya que desea conservarlo todo, no sólo un alma. Una insaciabilidad casi inconcebible. (Canetti, El suplicio de las moscas, 2005)
O lo que al respecto dice la sicoanalista Raquel Kleinman Bernath:
El hombre de Canetti, lejos de hablar de la muerte, es capaz de matar por evitarla. Canetti demuestra que el hombre no quiere morir y por ello utiliza violentamente, aunque de manera simulada al otro. El fin de toda violencia contra el otro es lograr la superviviencia y con ella la ilusión de evitar la muerte propia. En una existencia concebida como lucha, la vida se considerará un triunfo y la muerte un fracaso.
En las páginas de los libros de nuestro autor se respira un elogio a la vida. Canetti fue un productor de pensamiento a partir de sus obsesiones y sus debates sobre la razón de ser de el hombre masa y su simbología en su nomadeo y luego en su sedentarismo en la conformación de las naciones o el hombre masa desde el microscopio y el esparmatozoide hasta las hordas que conforman las religiones y su condición de masa preregrina y otras formas de aglutinación humana; en últimas Canetti fue un constante productor de pensamiento, indagando las carencias de ese mismo hombre para comprobar que estamos lejos de la perfección humana.
Por su mirada caleidoscópica del mundo no podríamos calificarlo como un literato puro. Para Lynch Canetti no es más que un cronista de época. Leyendo sus memorias podemos entender que no era un escritor conformista, en los ensayos comprobamos el conocimiento que tenía de la cultura europea, sería mejor decir que no era un escritor de corte vanguardista, es decir, meramente ficcional, aquí se trata de la figura de Canetti insertada en el mundo a través del pensamiento, un pensamiento puramente racional, con algunas licencias para la ficción, no fue un metafísico o patafisico como querían los surrealistas, ese no es el caso de Canetti, su obra es polifónica en el sentido de los géneros, son tres libros de memorias publicados: “La lengua salvada” (1997), “La antorcha al oído” (1980), “El juego de ojos” (1985). “Una novela, Auto de fe” (1980). “La conciencia de las palabras” (Ensayos 2001). Escribió “Dramas”, un libro de aforismos “El suplicio de las moscas” (1994), aparte de otros libros que aparecerán cuando se destape su legado. En ellos va creciendo la figura de Canetti desde la escolaridad, las ciudades que le tocaron en suerte, la familia, los amigos, escritores por los que profesó admiración y rechazo por la demasiada influencia en su pensamiento y por tanto entorpecía su propia búsqueda, el exilio; todo esto visto y sentido casi que desde ese mundo larval que es la formación en soledad o al lado de una mujer, su madre, inteligente pero autoritaria por su temprana viudez y la responsabilidad de formar a tres varones, de los cuales Canetti era el mayor. En los tres libros de memorias encontramos sendos pasajes entregados a sí mismo y al otro, ese yo que es otro. Desde luego cuando se escriben memorias entran en juego filias y fobias y eso testimonia. En el texto “La revancha del Hamster” Enrique Lynch concibe una crítica ligera y un tanto endemoniada. “Fiesta bajo las bombas”, nos dice el articulista:
No es ni un dietario ni crónica sino que parece más bien un apunte dictado a toda prisa antes de que la memoria del autor comience a flaquear. Su intención es retratar a las personas y no tanto las circunstancias en que Canetti las conoció (Lynch, Las Nubes. Filosofía Literatura Arte, 2005)…
Lynch no es justo con Canetti al descalificar su voluminosa obra en tres o cuatro cuartillas con expresiones como que…
Un judío búlgaro entonces desconocido, de pátina vienesa dudosa, un escritor que permanece en ciernes durante más de tres décadas, investigador de un tema inmarcesible (El poder y la masa) y autor de una sola novela indigerible que no publicó en inglés hasta después de la guerra y tras laboriosas intrigas del propio autor en los medios editoriales de Londres. Seguramente acogieron a Canetti y a su compañera Veza como quien mete en un salón una pareja de Hamster para que corran sin parar y pataleen en sus ruedas giratorias, encerrados en una jaula, sin dejar de mirar hacia sus amos…
En este asunto de filias y fobias es preferible pensar que Canetti por los temas y formas de sus libros es un escritor que trasegó la vida del hombre casi que desde su mundo larval, eso es Masa y Poder:
Una masa invisible que ha existido siempre, pero que solo se ha reconocido como tal desde que existen microscopios, es la del esperma. Doscientos millones de estos bichitos espermáticos se ponen en marcha al mismo tiempo. Son iguales entre sí y su densidad es enorme. Todos tienen una meta y, excepto uno, los demás perecerán en el camino. Podría aducirse que no son seres humanos y que en este caso no podría hablarse propiamente de masa, al menos en el sentido aquí descrito. Pero tal objeción no afecta a lo esencial de la cuestión. Cada uno de estos bichitos lleva consigo lo que se conservará de los antepasados. Los contiene, es los antepasados. Constituye una sorpresa enorme volver a encontrarlos ahí, entre una existencia humana y otra, bajo una forma totalmente diferente: todos ellos contenidos en una minúscula e invisible criatura, y esta repetida en cantidades tan inconmensurables. (Canetti, Masa y Poder Obra Completa I, 2011, pág. 112)
“Masa y Poder”, es el libro más ambicioso de Canetti, en su obsesión de investigar el comportamiento de la masa, tardó más de veinte años en escribirlo. El libro en su temática podría decirse que no responde a las ambiciones de un literato, no se parece en nada a una ambición literaria, no es un artificio en el sentido artístico de la palabra, algunos dicen que es un poema épico, y desde luego una de las partes más poéticas del libro es cuando habla de:
Símbolos de masa: Llamo símbolos de masa a las unidades colectivas que no están formadas por hombres y, sin embargo, son percibidas como masas. Tales unidades son el trigo y el bosque, la lluvia, el cieno, la arena, el mar y el fuego. Cada uno de estos fenómenos contiene en sí características esenciales de la masa. Pese a no estar constituidos por hombres, nos recuerdan la masa y la representan simbólicamente en el mito y el sueño, en el discurso y el canto. (Canetti, Masa y Poder. Obra Completa I, 2011, pág. 273)
O los símbolos que recogen el sentimiento nacional, más allá del idioma o el territorio; ese símbolo que representa las naciones, Canetti señala algunas así: para los ingleses el símbolo es el mar:
“ El inglés se reconocía con agrado en el mar; el alemán se reconocía con agrado en el bosque; es difícil expresar más escuetamente qué es lo que los separaba en su sentimiento nacional” (Canetti, Masa y Poder. Obra Completa I, 2011, pág. 276);
Para los franceses el símbolo nacional es La Marsellesa. El estallido de la libertad como acontecimiento periódico que regresa y es esperado, cada año ofrecía grandes ventajas como símbolo de masa de una nación. Para los suizos el símbolo nacional son las montañas.
“Desde todas partes el suizo ve las cumbres de sus montañas…La dificultad de su acceso, no menos que su solidez, inspiran al suizo seguridad…forman un cuerpo, y ese cuerpo es el país mismo” (Canetti, Masa y Poder. Obra Completa I, 2011, pág. 281).
El símbolo nacional del español es verse como un matador. El torero es dueño de la multitud que lo admira…
“El torero en el ruedo, que tanto significa para el español, se convierte así también en su símbolo nacional de masa” (Canetti, Masa y Poder. Obra Completa I, 2011, págs. 282,283).
Para los italianos, Roma y su peregrinaje.
El símbolo de masa de los judíos:
“La imagen de esa multitud que peregrina años y años por el desierto se ha convertido en el símbolo de masa de los judíos…se ve a sí mismo en marcha. En ese estado de densidad recibe sus leyes” (Canetti, Masa y Poder. Obra Completa I, 2011, pág. 286).
Y el símbolo cruel de la Cruz Gamada de las hordas hitlerianas que:
“Tomó de la cruz cristiana los rasgos crueles y sanguinarios como si sacrificar fuese bueno” (Canetti, Masa y Poder, 2011, pág. 291).
Tampoco es un libro científico en el rigor que exige el método científico, podría decirse que en Masa y Poder, está escrito si se quiere de forma taxonómica, es la concepción de la masa, como nos la va presentando en su proceso de formación y evolución en lo exterior e interior del ser humano. En todo caso es un libro que por su documentación, su teoría de la masa se mantendrá en discusión al igual que las obras de Freud, referidas al tema.
Otra de las facetas de Canetti es ser un gran retratista que sabe atrapar o condesar mediante los caracteres humanos, las máscaras del hombre contemporáneo o los arquetipos que deja la condición humana. Un pasaje de los más de cincuenta caracteres que dibujó en su libro “El testigo oidor” en La Tentada. (Canetti, El testigo Oidor, 2011, pág. 176).
La tentada es una mujer que se respeta, no puede darse el lujo de renunciar a los escaparates. Ha cambiado de perfume para que la dejen tranquila, pero es inútil. Se tiñe el cabello en otros tonos, ha probado todos los colores, pero los hombres quieren siempre lo mismo de ella y no paran de perseguirla, necesita un caballero que la proteja de esos tipos, ¿dónde encontrarlo? (Canetti, El testigo Oidor, 2011, pág. 177)
En un ambiente como el de Viena, sin ninguna pátina o barniz de una ciudad que absorbió hasta la medula, así queda demostrado en sus tres libros autobiográficos señalados arriba, no es lo que piensa el crítico Lynch, por el contrario Canetti se impregnó en el debate de esa Viena de la primera fracción del siglo XX, la Viena de la Belle Époque y sus años dorados. El Danubio Azul, los tiempos despreocupados y alegres de las operetas y valses de Strauss, las charlas en los deliciosos salones de Prater, las fiestas imperiales, las burbujas de champan. Pocas veces le fue dada a una ciudad la oportunidad de reunir a los más brillantes intelectuales y artistas, desde los filósofos del Círculo de Viena a Freud y Wittigenstein, desde Robert Musil, Karl Kraus, el autor más socorrido por los vieneses. En plena Belle Epoque, fue perfilando sus inquietudes literarias que luego se convertirá en una copiosa obra que involucra distintos géneros; a través de ellos le muestra al mundo que fue capaz de “agarrar el siglo por el cuello”. Canetti propone una reflexión desnuda alrededor del arte que evolucionó vertiginosamente durante todo el siglo XX.
En los libros del búlgaro encontramos el residuo, lo que sale a flote de una vida puesta al desnudo, una crítica sincera, en algunos casos un poco ligera para el juicio de Freud y otros pensadores que se movían con sus teorías por todo el imperio Austro-Húngaro. En los libros de nuestro escritor, encontramos una vida sin máscaras abierta al mundo. Los analistas han buscado las falencias de la personalidad de Canetti a la luz del psicoanálisis tan en boga en plena etapa de formación del escritor. En esos tres libros de memorias Canetti se despoja de todo, por allí fluye toda su vida, su relación con el entorno y su parentela, sus geografías, los caracteres humanos labrados en sus libros. Por tal motivo, la desnudez de su prosa permite distintos tópicos que han interesado a disímiles disciplinas académicas, como es el caso de los psicoanalistas que se interesaron en la personalidad de Canetti a través del análisis de su personalidad. Aún joven, en principio lo deslumbra la figura de Freud, personalidad de la cual tiene que liberarse para gestar su propia obra que de alguna manera rivaliza de esa figura paterna que ve en Freud los estudiosos; le trazan un mapa a su Edipo a través de otros escritores con los cuales tuvo algún trato bien sea a través de sus libros o por contacto directo con algunos de ellos, en ese engreimiento del artista en su sueño de innovar, del cual no fue ajeno Canetti en su formación de escritor, como los otros luchó con su obra, con un estilo escrupuloso, y agudo observador de la condición humana. O como él mismo se refiere a sus modelos de escritores, sus contemporáneos. De German Broch, dice que escribe con la respiración:
El escuchar de Broch estaba interrumpido por pequeños, pero perceptibles empellones respiratorios, que atestiguaban que uno no solo era escuchado, sino acogido, como si con cada frase pronunciada por uno fuera entrando en una casa y aposentándose ceremoniosamente en ella (Canetti, El juego de ojos, 2011, pág. 53).
Canetti acogió el aforismo, el drama, la novela, las memorias y un libro que pareciera no tiene nada que ver con todos los anteriores “Masa y Poder”. En ellos se encuentran vetas de la vida e inquietudes de este autor que tanto interesa a los psicoanalistas, su personalidad a través del complejo de Edipo. Sus tres libros de memorias sirven para rastrear dicho examen. En sus expresiones encontramos que su madre Mathilde Arditti es como el hilo de Ariadna que hila los tres tomos. De Mathilde conocemos su comportamiento y su fuerte carácter que de alguna manera robusteció su temperamento, pero también procuró liberarse de ella con mentiras de amores donjuanescos, como que a él lo cortejaban tres chicas al tiempo, cosa que a su madre le alegraba por cuanto quería que se apartara de Veza, fue tal la severa vigilancia de Mathilde por sus hijos que George, el hijo menor la atendió como médico y como hijo toda su vida, así lo señala Canetti …
Es la víctima de mamá. Haberla sobrevivido ya treinta y tres años es algo que debe a un ardid de su alma: aún sigue viviendo tal y como habría vivido con ella, y ha excluido de su vida a cualquiera otra mujer. La enfermedad de la cual murió mamá ha pasado a ser su vocación y su ciencia. Ambas cosas siguen siendo un firme y esforzado esfuerzo por curarla. Le ofrece en sacrificio miles de conejillos de indias, él, un hombre tan suave y tierno; pero ella jamás tiene ni tendrá suficiente. Como verdadera víctima la ve a ella, no así mismo. Por salvarle la vida aún daría hoy la suya. En estos treinta y tres años su cuerpo no ha dejado de padecer para mantener fresca la herida que le produjo el separarse de ella. Y aún hoy sigue viendo ante él tan viva como entonces. Si alguna vez ha habido un esclavo de amor, es él. Pensando en ella trae, siempre que puede, alguna nueva distinción a casa. Conoce su ambición, que es indomable, y la lleva, junto con ella, bajo su piel desgarrada (Canetti, La antorcha al oído, 2011).
Agreguemos que George se dedicó al estudio de la tuberculosis, ello lo llevó a descubrir una microbacteria que ahora lleva su nombre, Mycobacterium Canetti.
Decía que la vida de Canetti está en sus libros de memorias puesta al desnudo, de ahí que los psicoanalistas han podido indagar bajo el método de la libre asociación, aspectos de su vida, veamos algunos tópicos que interesaron a la psicoanalista Raquel Kleinman Bernath en su texto “Elías Canetti y el psicoanálisis” (Rachel, 2016).
“Me repugna la idea de que otros vayan a hurgar en mi vida. Bajo sus manos se convertirá en otra vida. Y yo quiero que sea como realmente fue”. El suplicio de las moscas.
Era el hombre más importante y severo que a la sazón vivía en Viena. Nadie hallaba gracia ante sus ojos. En sus lecturas públicas atacaba todo lo malo y podrido. Editaba una revista que él mismo escribía, solo. Encontraba inoportuno todo cuanto le enviaban, no aceptaba colaboraciones de nadie ni contestaba cartas. Cada palabra, cada sílaba que publicaba en Die Fackel (La antorcha), salía de su propia mano. Todo ocurría allí como ante un tribunal en el que él mismo acusaba y sentenciaba. Defensores no había ni uno: eran superfluos; Kraus era tan justo que no acusaba inmerecidamente a nadie. Jamás se equivocaba: no podía equivocarse. Todo lo que alegaba era rigurosamente exacto; hasta entonces no había existido una escrupulosidad semejante en la literatura. Se preocupaba personalmente de cada coma, y quien quiera encontrar una errata en Die Fackel ya podía torturarse semanas enteras buscándola. Lo más sensato era no proponérselo. Odiaba la guerra, y durante la guerra mundial había logrado publicar en Die Fackel, pese a la censura, muchos textos antibelicistas. Había detectado anomalías y combatido corrupciones que todos los demás hubieran pasado en silencio. Era un milagro que no hubiese terminado en la cárcel. Había escrito un drama de ochocientas páginas, Los últimos días de la humanidad, en el que recreaba todo lo ocurrido en la guerra. (Canetti, La antorcha al oído, 2011, pág. 89)…
Así y mucho más, definía Canetti el carácter de Kraus, fue asiduo lector de su revista, con Veza asistían a sus conferencias y lecturas dramáticas, era tan fuerte la personalidad de Kraus que era motivo de conversación con Veza en sus visitas. Ese temple elige Canetti, al respecto nuestra analista Raquel Kleinman Bernath…
Canetti necesitaba a sus dioses pero los elegía él; necesita adorar, admirar e idealizar, pero impone la condición de poder entrar y salir de esa relación con libertad (Kleinman Bernath, 2006).
Por tal motivo fue uno de sus modelos a seguir, por muchos años, un faro que se daba el lujo de ser plenamente libertario, para hacer su revista no le mendigó económicamente a nadie, duro crítico de su tiempo. Para Canetti ese hombre de voz recia que impregnaba su verdad en los auditorios, aparte de ser un estupendo lector de sus obras dramáticas, cautivó por mucho tiempo a Canetti, lo testimonian los comentarios privados que compartía con Veza en la sala de su casa, mientras florecía más el amor por la sevillana. Ese modelo que fue Kraus para Canetti, con el tiempo lo sentencia así:
Es importante tener un modelo que posea un mundo rico, turbulento e inconfundible, un mundo que él mismo haya sentido, observado, escuchado, probado y pensado. La autenticidad de su mundo es lo que el modelo da realmente a quien lo acepta, aquello con lo que más a fondo logra impresionarlo… Pero cuando más rico sea el mundo de quien lo tenía sometido, más tendrá que serlo el suyo propio, que se desvincula de aquel. Es, pues, beneficioso buscarse modelos fuertes. Es beneficioso someterse a un modelo de este tipo en la medida en que concretamente, en una especie de oscuridad servil, nos vayamos entregando al nuestro propio, del cual aún nos avergonzamos, y con razón, pues todavía nos es visible. (Kleinman Bernath, Daimon Revista Internacional de Filosofía, 2006).
Para el psicoanálisis este sería el modelo del padre autoritario, quizá como lo fue el mismo Freud para Canetti, investigadores seguros de sí mismos que reflejaban en sus escritos y en sus encuentros con el público. El debate que se propuso Canetti respecto de la teoría de Freud lo asumió de manera tímida, para entonces nuestro escritor estaba demasiado joven.
Aún no había descubierto nada; todo se reducía a que me había propuesto algo. Pero detrás de este propósito se alzaba la voluntad de invertir en él toda una vida, todos los años y decenios que fueran necesarios para el cumplimiento de esta tarea. A fin de ofrecer un testimonio sobre lo fundamental e ineluctable del asunto empecé a hablar por entonces de un instinto de masa, al que otorgaba los mismos derechos que al instinto sexual. Mis primeras observaciones sobre el ensayo de Freud fueron más bien torpes y aproximativas. Solo testimoniaban de mi descontento con lo que leía, de mi resistencia a aceptarlo y de mi firme decisión de no dejarme persuadir ni embaucar por aquel texto. Pues lo que más temía era la desaparición de cosas cuya existencia no podía dudar, puesto que las había vivido en carne propia. Las conversaciones de mi casa me habían demostrado lo ciego que uno puede ser cuando decide serlo. Empecé a darme cuenta que con los libros ocurre otro tanto y es preciso estar alerta; de que es peligroso sucumbir a la pereza de dejar la crítica para más tarde, aceptando de buenas a primeras lo que nos ofrecen…Mi distanciamiento de Freud marcó el comienzo de mi trabajo en el libro que solo di a conocer al público treinta y cinco años más tarde, en 1960 (Canetti, La antorcha al oído, 2011, pág. 178).
Fue la época en que ya había conocido a Veza, también escritora, en sus visitas, tenía largas conversaciones sobre los clásicos rusos y uno que otro poeta de los que se ocupara Veza, de ahí también quizá el desinterés de Eliot por mantener algún trato con Canetti, la referencia a los poetas es muy escasa si tenemos en cuenta lo voluminoso de su obra; no así con los pintores.
El cuadro necesita de su experiencia de observador para despertarse. Y esto explica la existencia de cuadros que dormitan durante generaciones enteras porque nadie es capaz de mirarlo con la experiencia que los despierte. Y recalé en los cuadros de Brueghel. Mi primer contacto con ellos tuvo lugar allí donde se encuentran las verdaderas joyas: Kunsthistorisches Museum. La parábola de los ciegos y El triunfo de la muerte. Todos los ciegos que he visto después provienen del primero de estos cuadros.
La idea de la ceguera empezó a perseguirme desde que, en mi primera infancia, un sarampión me hizo perder la vista durante varios días. Y un buen día descubrí a esos seis ciegos que avanzan en línea oblicua unidos entre sí por bastones o cogidos del hombro. El primero de ellos, que es también el guía, yace ya en la acequia; el segundo, a punto de seguirlo en su caída, vuelve hacia el espectador toda la cara: las cuencas vacías y la boca que, abierta por el miedo, deja los dientes al descubierto. La distancia que lo separa del tercero es mayor que la que existe entre los otros: ambos se aferran todavía al bastón que los une, pero el tercero ha sentido un tirón, un movimiento inseguro, y, vacilando ligeramente, se ha puesto de puntillas; su cara, que aparece de perfil –solo vemos uno de los ojos ciegos-, no trasluce miedo, sino que esboza una pregunta, mientras que, detrás de él, el cuarto, rebosante aún de confianza, tiene la mano apoyada en su hombro y la cara mirando al cielo. Su boca, muy abierta, parece esperar de las alturas algo que a sus ojos le está vedado. No comparte con nadie el largo bastón que lleva en la derecha y en el cual no se apoya. Es el más creyente de los seis, lleno de esperanzas hasta en el rojo de sus medias calzas; detrás de él avanzan, resignados, los dos últimos, cada cual satélite del que tiene delante. También tienen la boca abierta, aunque menos; son los más alejados de la acequia, no esperan ni temen nada ni tienen pregunta alguna. Si los ojos ciegos no tuvieran tanta relevancia, habría algo que decir sobre los dedos de los seis, que aferran y palpan de manera distinta a como lo hacen los de la gente que ve, y también sobre sus pies, que tantean de otro modo el suelo. (Canetti, La antorcha al oído, 2011).
Decíamos que en su juventud y aun siendo un desconocido frecuentaba las salas de conferencias, los cafés donde conversaban estos grandes hombres en esa Viena y Europa en general embelesada en las teorías de Freud, que ya comenzaban a aparecer ciertos clichés, giros que se daban en las conversaciones sociales, se escuchaba decir Lapsus Lingüe o un lapsus cálame, acto fallido, esas expresiones enfurecían a Canetti por tanto quiso desvirtuar el psicoanálisis, más con la soberbia que con una línea argumentativa, aún era el fogoso joven Canetti que ya había escrito “Auto de fe”, pero que permanecía inédita.
Queda claro que a la luz del psicoanálisis las figuras de Freud y Kraus vienen a suplir lo que sería la imagen de un padre, pero un padre que hay que “asesinar”. Fueron sus modelos pero también se liberó de sus influencias que lo llevarían a compartir la vida cotidiana y sus tertulias con Sonne para forjar su propio destino como escritor. Escribe el ensayo Karl Kraus, “Escuela de Resistencia.”
Siguiendo con el asunto de los modelos, que a la luz del psicoanálisis, ayudaron a formar el carácter de Canetti, o más bien el reconocerse a través de ellos, en las huellas que el complejo de Edipo marcaba en su personalidad. Señalábamos que Kraus y Freud representan el padre completamente autoritario del cual después de cierto tiempo hay que liberarse.
Cuando Canetti conoció al médico Sonne, no pudo menos que sentirse complacido, había quedado atrás la influencia de Kraus y Freud. Sonne rompe con esa intolerancia del poder que le insuflaba la fuerza de esas dos figuras. Sonne a pesar de su inmensa sabiduría lo ve como un igual.
El prestigio de Sonne había llegado a ser tan grande para Canetti, que un rechazo a la novela de este, Auto de fe, hubiera significado su destrucción, una sentencia de muerte sobre su libro: “Era al único al que yo otorgaba el derecho a pronunciar una sentencia de muerte espiritual sobre mí”. Sonne no lo hizo, pero allí estaba el miedo paranoico de Canetti, expresado con claridad. (Kleinman Bernath, Daimon Revista Internacional de Filosofía, 2006).
Canetti disfrutaba de la personalidad de Sonne, era quizá contraria a la suya, más altiva y mordaz, de ahí que se ocupe de trazarnos una mirada de su amigo Sonne.
¿Qué era lo que me había cautivado de Sonne hasta el punto de querer verlo a diario, desear su compañía a diario, de convertirlo en la adicción más intensa que hombre espiritual alguno haya representado nunca para mí?…Resultaba sobremanera difícil hacer comprensible hasta qué punto evitaba Sonne cualquier referencia personal. Uno podía haber pasado con él dos horas, durante las cuales había aprendido innumerables cosas, y de tal modo, además, que a uno le sorprendía siempre aquello que escuchaba. ¿Cómo, en presencia de una personalidad intocable como aquella, hubiera uno podido colocarse a sí mismo por encima de los demás? Ciertamente la palabra humildad no es la que él hubiera empleado; pero cuando uno lo dejaba, lo hacía en una disposición de ánimo que no puede ser calificada más que con esta palabra: era, sin embargo, una humildad vigilante, no la humildad de los borregos (Canetti, El juego de ojos, 2011, pág. 172).
Sobre este cambio de modelo autoritario que le significaban a Canetti, Freud y Kraus, y su relación de silencio no crítico de Broch y sus encuentros en una suerte de sesiones de psicoanálisis por cuanto Broch era seguidor de Freud a través de la Dra Schaxl, esto irritaba a Canetti; establecía que a través de su amigo Broch y su temperamento caía en lo que menos quería, el psicoanálisis.
Al doctor Sonne, Canetti le dedica un capítulo de su libro “Juego en los ojos”. La personalidad de Sonne era completamente distinta a los anteriores, aquí primaba un carácter, digamos más distante en el sentido de un interlocutor, de un tú, ese trato con el otro, hacía de su temperamento un ser tolerante, libre de deseos propios y, sobretodo, inalcanzable; con la figura de este doctor, Canetti ponderó su temperamento a veces soberbio propio del engreimiento de escritor. Sonne era un ser que iluminaba desde dentro. En las conversaciones sobre determinado tema, tomaba las partes sueltas que separaba con mucha sutileza pero que luego sabía integrar en su exposición, Canetti veía en el doctor Sonne sabiduría pura en su oralidad. Un espíritu desprendido nada utilitario. De Sonne traza canetti esta estela:
Gracias a Sonne llegué a saber- a saber de modo consciente- en qué consiste la integridad de una persona: consiste en permanecer uno mismo intocado, intocado incluso por las preguntas, cosiste en decidir sobre sí mismo sin exponer ni los motivos ni la historia propios (Canetti, El juego de ojos, 2011, pág. 186).
Un ser un tanto espectral del cual Canetti era solo oídos de esas magistrales charlas, que muchas veces llegó a pensar que se podría escribir “El hombre sin atributos de Sonne”, dado que por ese entonces leía “El hombre sin atributos de Musil” y Canetti deducía que todo lo que hablaba Sonne era justamente “El hombre sin atributos de Musil”. En todo caso era un ser invadido de cultura y podría vérselo como un ser alado cercano a los ángeles o un ser lleno de pensamiento en medio de un rostro macilento. Canetti no quiso conocer su morada y Veza lo veía como un sietemesino o una momia, Veza decía que la hacía sentir desgraciada que pasara tanto tiempo con Sonne lejos de ella. Veamos ahora como en las carencias de Canetti a la luz de la visión psicoanalítica de Raquel Kleinman Bernath, se inserta el modelo de Sonne en su Edipo.
Sonne representa para Canetti todo lo que un modelo debe ser: abierto, tolerante, libre de deseos propios y, sobre todo, inalcanzable. El proceso de aprendizaje no es posible sin cierto grado de idealización del modelo: las verdades tenían que salir de la boca de un Dios. La manera de conversar de Sonne recordaba la manera de escribir de Musil, y ambos, dice Canetti, estaban completamente libres de la “infección” del Psicoanálisis en un contexto negativo (“infección”), denigrando con ello al ídolo negado (Freud). (Kleinman Bernath, Daimon Revista Internacional de Filosofía, 2006)
Las teorías de Freud en lo que va corrido de finales del siglo XX y el cuarto de siglo del XXI, pareciera que su método del psicoanális hace parte de la disciplina de Canetti en el entendido que Canetti jamás pretendió forjar ciencia, lo más cercano a ella es Masa y Poder.
Cuando se hace relación a lo que es el complejo de Edipo en la corrientes psicológicas que se mueven en la actulidad, encontramos un hombre distinto en el sentido en que su moral ha cambiado aunque hace parte del dogma, esto no quiere decir que no tengas ciertos filtros que viene imponiendo el hombre moderno y sus nuevas conductas de un nuevo concepto de familia, ya no es aquella eminentemente monogámica, que le correspondió a Freud y a Canetti, el hombre de ahora vive inmerso en la tecnología y un maremagnun de información que hacen que sus roles cambien desde el mismo rompimiento del orden sexual por el despojo de los atavismos, vendrán otros, pero ya no son los que correponden a la familia monogámica, esta por muchos esfuerzos que hacen las instituciones eclesiásticas y los estados, encontramos que la monogamia está resquebrajada, y es normal que así sea si nos atenemos a la teoría evolutiva de Morgan, -quien de este modo divide la familia en cinco tipos según el parentesco: la consanguínea (incesto), la punalúa (del tipo hawaiano o del Rapto de las Sabinas), la sindiásmica (unión de un hombre y de una mujer sin cohabitación exclusiva), la patriarcal (un hombre con diversas esposas, con las que cohabita) y la monogámica- en el entendido que el paso de la familia sindiásmica a la familia monogámica fue traumática, lo mismo se puede pensar del paso de la familia monogámica a otro estado de familia que hoy en día es expresada por la diversidad sexual que reclama los derechos ante un establecimiento que no los representa, por tanto no podemos de forma per se, creer que el análisis del carácter y la personalidad de un individuo debe medirese únicamente con el método del psicoanálisis, nos llevaría a creer que medio mundo sufre o bien por el complejo de Edipo o de Electra.
Lo importante del libro: “Elías Canetti: Luces y sombras”, en abordado de manera abierta a los dos pensadores de principios del siglo XX, ansiosa de pensamiento y Sigmund Freud y Elías Canetti lo fueron en grando máxico. Razón tiene Raquek Kleinman Bernanth, cuando afirma de Canetti:
Su aversión a las teorías cerradas y a las limitaciones de la especialización y su atracción por la amplitud de los campos del saber y por la mezcla interdiciplinar como el camino más seguro de acercarse a la verdad. (Kleinman Bernath, Daimon Revista Internacional de Filosofía, 2006)
Por tanto mientras ocurría esa indagación psicológica, estos dos colosos del pensamiento dejaron un buen sustento teórico representado en sus libros en esa sana competencia de escudriñar la verdad desde dos ópticas diametralemente opuestas pero cuyo objeto de estudio es el hombre y la razón de su permanencia en este mundo y por mucho que se le haya examinado no ha dejado su condición de bárbaro y aquí viene bien acogerse a la teoría de Canetti en cuanto Al Poder y la Masa, al respecto enfatiza la señora Kleinman:
Tanto Freud como Canetti conceden una gran importancia a los procesos mentales conscientes o inconscientes como determinantes de la conducta humana individual y de grupos (Ortega, Le Bon), descartan los movimientos sociales e ideológicos como motores de la conducta humana. Para ambos, el motor de la humanidad es el individuo y su psiquismo. Ambos conclian en la importancia del autoconocimiento como la meta principal del hombre y su solución. La salvación del hombre de la barbarie está en conocerse. (Rachel, 2016)