Jair nos presenta este combo de poeta jóvenes de quienes asegura urden una poesía que dialoga con lo cotidiano: Zel Cabrera (Guerrero, 1988), Daniel Miranda Terrés (Estado de México, 1988), Ana Chig (Sinaloa, 1974) y Armando Salgado (Michoacán, 1985). Veamos.

DIVERSAS GEOGRAFIAS XII

Jair Cortés

La Revista La Otra, casa siempre generosa, abre sus puertas a cuatro poetas mexicanos cuyos poemas dialogan con lo cotidiano, como en el caso de Zel Cabrera (Guerrero, 1988), voz reflexiva, atenta a los registros del mundo íntimo, ése en el que el “Yo” se pregunta (al mismo tiempo que responde) por el paso del tiempo sobre las cosas y seres que ama; una tristeza adelantada alimenta su poesía: “Nada es cierto, pero hoy es mi cumpleaños/  y sin embargo,/ he tenido días más felices,/ horarios que despilfarré…”. Para Daniel Miranda Terrés (Estado de México, 1988) el mundo es la zona donde se libra una silenciosa y terrible batalla con tres espectros que habitan sus tres primeros libros: el miedo, el fracaso y la enfermedad. Poesía que retrata los “días largos” en los que el espíritu del hombre sufre y se tortura con ésas sombras que lo amenazan y lastiman revelando imágenes llenas de fuerza: “La neblina le llega hasta el pensamiento,/ escucha los pasos de la anciana/ que cruzaba barriendo la plaza con su escoba de malvas”. En la poesía de Ana Chig (Sinaloa, 1974), la Naturaleza habla a través del cuerpo y del poema, la sangre tibia de lo vivo es presencia en la ciudad y los recuerdos: “Yermas caerán las horas./ Vestigios del cuerpo/ es decir, el tuyo que estuvo en camino por el mío”. Por último, para Armando Salgado (Michoacán, 1985), la poesía es el tránsito entre las emociones y el pensamiento, un camino guiado por la memoria y las múltiples formas verbales de la evocación que se presentan entre el sueño y lo real: “Ahora, antes de fundar  relámpagos en sangre/ levanto el rostro y miro el polvo en las huellas./ Mis ojos saben que ante el respiro y la distancia/ los hombres somos los mismos”.  

        El lector tiene ante sí al mundo visto desde cuatro miradas, un mundo roto pero unido por la poderosa fuerza de la palabra poética que revela una nueva existencia y un nuevo sentido gracias al trabajo formal y temático de cada uno de los poetas aquí reunidos.

ZEL CABRERA

FEnseñanzas

Todos los días mi padre me enseña algo,

a los 27 años, me dice que los sueños,

aunque postergados, son sueños que siguen,

que deben seguirse, como una línea de sombra

que no se pierde.

A las tres de la mañana,

después de un viernes de cantina,

en el que regreso con temor a casa

por un posible reproche extemporáneo

acerca de mi estilo de vida,

lo encuentro cantando boleros

en la mitad de la sala de mi departamento,

en la mitad de la noche, papá me demuestra

que los sueños no se corrompen,

rascando las cuerdas de su guitarra.

Mi padre quiso siempre ser un cantante de boleros,

pero el futbol, siempre, la urgencia

interrumpieron sus clases de música,

su sueño de cantar como José Alfredo.

A la mitad de una madrugada de viernes,

mi padre afinado y preciso con las notas,

entona boleros y acaba con el silencio

de mi casa vacía.

Nunca como hoy, la lluvia ha tenido razón de ser

Una tarde pediste que camináramos  

bajo la lluvia,

como lo hacen tus pequeños vecinos

lluviosos en barquitos de papel

felices como en una pecera,

mientras la vecina les grita

que se van a enfermar si no se meten.

Pediste también que olvidara mi paraguas,

mis rainboots,

y que dejara colgada mi gabardina.

Dijiste: la lluvia

no va a derretirte,

acaso corres el riesgo de desdibujarte.

Y así fue; a regañadientes,

olvidé mi paraguas, mis rainboots,

olvidé también el miedo a resfriarme

y fui un garabato de mi misma.

Habité la lluvia, la dejé correr

y canté como lo hacía Gene Kelly            

     —tralalá tralalá—

pero desafinada igual que la lluvia,

que nunca cae con el mismo ritmo

ni con la misma inclinación

y se desafina apenas el aire

la rodea.

Fin de año

Como llegar al viernes

como usualmente llego a los viernes,

arrastrando los días con las uñas,

sintiendo como cojean las cosas.

Las horas se complican y hay más silencio que ganas.

El frío recorre las calles haciéndose pretexto,

como un triste regente que nos pasa lista:

pendientes, fracasos, deudas, malas jugadas,

un par de aciertos; nada más un par.

El saldo vencido

que hay que pagar al llegar de un viaje,

juntando los plazos

que no nos importaron el resto del año.

Nos quedamos viendo por el retrovisor las cosas,

en un lento desfile de luces

que van alejándose mientras pasan.

Monedas

De un tiempo a la fecha,

en el bolsillo cargo monedas para escoger una ruta.

Desgastadas pero brillantes, todavía

llevan mi congoja de extravío.

La gente que me conoce, incrédula dice: tú no eras así.

Tienen razón, y sin embargo, vuelvo a sacar mi moneda,

les respondo: nada he ganado apelando al sentido común,

acaso la derrota de quien alguna vez creyó,

entenderlo todo y desde esa óptica falsa, tropezarse.

Nada he ganado tampoco, interrogando a los astros,

las bolas de cristal, la numerología

también se equivocan.

Por eso tiro esta moneda, me ato,

águila o sol, no importa mucho el resultado.

Cumpleaños

Mi madre puede decir lo que sea

y lo que sea será más cierto

que la lágrima que cae

en un día de cumpleaños

porque la luz sigue prendida

diciéndome que hay pastel y velitas;

gente que espera para abrazarme

aunque el amor no sea cierto

ni estas palabras que enuncian

la felicidad.

Nada es cierto, pero hoy es mi cumpleaños

 y sin embargo,

he tenido días más felices,

horarios que despilfarré

o el día que encontré

mi arete favorito debajo de la cama

Soplo las velas, cada una

ante el asombro de una polaroid

pero las velas son un faro en miniatura

que soplo y apago para perder la ruta.

Zel Cabrera (Iguala de la Independencia, Guerrero. 1988). Becaria del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA (2017- 2018). Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2014 – 2015). Obtuvo el Premio Estatal de Poesía Joven 2013, convocado por la Secretaría de Cultura del Estado de Guerrero. Autora de las plaquetas de poesía Naufragios (La tarántula dormida, 2011) y de Troya sobre una muralla (Editorial de Otro tipo, 2015). Algunos de sus poemas están publicados en diversos medios nacionales como Casa del Tiempo, Confabulario, Tierra Adentro y Este País.

DANIEL MIRANDA

Pan: el dios del miedo

Te miras al espejo

Descubres que ahí está la abuela Sabina

Miguel

Gerardo

Don Manuel

Contemplas sus apesadumbrados cuerpos

La cuenca de sus ojos

No deambulan en casonas abandonadas

ni en solitarios pasajes

como pensabas cuando niño

Los fantasmas habitan tu rostro

Enciendo la televisión a media noche

para hallar un paisaje que ilumine la recámara

Cambio los canales tratando de encontrar alguno

pero a esta hora solo ofrecen aspiradoras

y productos bobos para bajar de peso

La cama se torna incómoda

y las sábanas rasposas

No hay postura posible

para permanecer a modo

Apago sin más la televisión

y trato de dormir entre tanta oscuridad

Espero hallar alguna noche un paisaje

en el que caiga nieve

para que cubra de blanco los muebles

y su luz me llegue hasta el sueño

Anatomía del fracaso

Vivíamos en un departamento en el último piso

El edificio era viejo y estaba distribuido

en rincones y silencio

El paso de los coches cimbraba las paredes

Por las grietas se trasminaba la lluvia

y la tos de los vecinos

Siempre dormimos

escuchando los pulmones enfermos

de alguien más

El lugar en que vivíamos era frágil al interior

Estaba a la altura de los árboles

y era menos desolado

cuando cantaban los pájaros

que volvían a las ramas

A esta hora de la noche cruzan los borrachos      

venidos de lejos

más allá de la distancia

que supone el pensamiento

Desamparados    como abandonados a la fiebre

caminan imposibilitados de equilibrio

Contemplan la noche:

los guían las luces inciertas

de las casas en los cerros

Tienen poco aliento y menos pasos    

Debajo de cualquier estrella vuelven al suelo

Sus días son largos    

El desamparo les pesa en la sangre       Y sin embargo cantan

En la oscuridad de los callejones

su corazón los guía

como una lámpara de alcohol

El libro de la enfermedad

Mi madre recuerda el cielo

que iluminaba la plaza del pueblo,

su luz llena de silencio,

siempre azul, abierto, inalcanzable.

Habla de los relojes

que se sincronizaban

cada hora

en la estación de trenes;

de los arcos del acueducto

que traían el sonido turbio del agua

en las mañanas.

La neblina le llega hasta el pensamiento,

escucha los pasos de la anciana

que cruzaba barriendo la plaza

con su escoba de malvas.

La luz que entra por la ventana

le ilumina el rostro.

Le duele la amargura

de sus manos vacías.

No hay viento que mueva sus cabellos.

Mi madre es una casa abandonada.

Mi padre era quien vivía en ella.

El jardín de don Manuel

siempre estuvo rodeado

de agapantos y lirios.

Mi hermana y yo

jugábamos entre el verde del pasto

mientras el sol brillaba

como una moneda de oro

en nuestras manos.

Don Manuel era viejo

y a diferencia de sus huesos,

que cada mañana le encorvaban

lentamente el cuerpo,

las plantas cobraban altura,

se erguían rumbo al cielo.

Daniel Miranda Terrés nació en 1988 en Ciudad Nezahualcóyotl, Estado de México. Estudió Creación Literaria en el Instituto Nacional de Bellas Artes. Ha escrito tres libros: Pan: el dios del miedo (Ediciones Simiente, 2017. Premio Nacional de Poesía Clemencia Isaura 2015); Anatomía del fracaso (Mantis Editores, 2016. Premio Nacional de Poesía Bartolomé Delgado de León 2015); y El libro de la enfermedad (Ediciones Cuadrivio, 2017. Premio Internacional de Poesía Ramón Iván Suárez Caamal 2016).

ANA CHIG

Día común

Un insecto oscuro y alas rojas

en la naturaleza muerta de hojas de eucalipto.

Este día se manifestó la tregua del invierno.

Observo.

Un olor a césped recién cortado

se desprende de jardines y glorietas de la ciudad.

Apenas notable la urgente tristeza de hombres

que escarpan contenedores en las aceras.

Algo resplandece, cierto ánimo conduce a los transeúntes.

Detenida en la esquina descubro con asombro

un secante de luz atravesando la sombra de los árboles.

Asuntos de ciudad

¿Cómo serás tú al paso de los años

si algo de ello ya te concentra?

La arquitectura frívola de tu ser

lo mismo que bolsa de basura

arrojada a perros en la calle

sin embargo

hoy solo puedo hablarte de mí.

Tantos espacios abandonados,

el tiempo y la codicia se apropiaron

de vacíos en esta calle distante,

porque siempre habrá una historia

como losa fragmentada

discerniéndose entre nubes.

¡Qué terrible silencio habita entre las piedras!

Demolido tu rostro en el polvo súbito del insomnio,

arrastra nuevo sentimiento,

el odio finalmente adquiere forma ante el espejo.

Esta casa engrandece por su ausencia

Dos higos verdes asoman.

Un agua de tormenta oscila por hojas de la higuera.

Cálidas sombras remueven en mi cuerpo,

escombro de cierta hora nocturna.

Sonidos de aves escampan con la lluvia.

Las nubes concentran lejanía.

Él ya se ha ido.

Esta casa engrandece por su ausencia.

Todavía pulsa en mi hombro

el paso hambriento de su boca.

Sin retorno

Desnudos los cuerpos,

No será igual

No, nada será igual

Sólo el polvo nos ira sepultado

lentamente

con una dulzura granular

derramándose en el sexo.

─la fúnebre lentitud de la memoria

no rescatará estos días dolientes─

Entonces quizá,  

hablaremos del silencio

Esa corteza antigua atajando los vacíos corpóreos

O de los vocablos que el tiempo

-en su concesión  irrevocable-

deja plasmado en el tapial infinito de la angustia.  

Usaremos también el deceso de la tarde,

 las volutas de un invierno jamás concedido

las nostalgias paleadas en otoño por el viento.

Nombrar; oficiar; seguir tocando.

El resto de un crepúsculo innombrable

Extendido hoy como llaga que recibe

el polvo cáustico del tiempo.

Arco insular

Habrá zambas, tragos y noches.

Estanques de arena en la ciudad

llenándose invariablemente en cada  lluvia.

Yermas caerán las horas.

Vestigios del cuerpo

es decir, el tuyo que estuvo en camino por el mío.

El arco insular alguna vez unido por tus manos

Estará la memoria, la insidia

Los retazos de ciertas noches ocupando hoy

tu espacio.

Ana Chig, poeta, editora, creativa gráfica y promotora cultural Ha publicado La noche sobre el rostro (2010) y la antología de poesía La Ciudad, encuentros y desencuentros (Nódulo Ediciones 2016). Su trabajo se ha publicado en antologías de México, Estados Unidos, Colombia, revistas electrónicas e impresas. Próximamente se publicará su libro Estanques de arena, una selección poética que reúne su obra publicada del 2010 al 2017.

ARMANDO SALGADO

FRÍOS

Pregunto el nombre tuyo, madre, y sólo veo este invierno destazado. Son tiempos difíciles, lo sé, eso lo contemplo en la carátula descompuesta del hogar, en los hijos de otros hijos y en las profecías —tan rancias— de los evangelistas en la calle. Hay varias fuentes, hemos crecido con distintas realidades al hombro, pero de qué sirve tanta abstracción si lo real no tiene base porque los gritos no cesan ni los disparos ni los grupos de choque ni las bombas sobre el cobertizo, ni siquiera las mujeres en la banqueta creen en la posición del dinero. En este momento creer y crear son secreciones bajo la coladera. ¿Estamos condenados a medir? No podemos apreciar la altura de un naranjo sin ver más allá de lo que habremos de entregar. Por eso el jugo ácido y las venas incoloras. Ayer supe de Gregorio, murió en algún país del sur. Siempre al sur. Nuestros pies están en el sur. Nuestras pisadas van de abajo hacia el norte y libran acantilados y continúan como fuertes ríos. Gregorio fue un joven que otros hombres midieron. Lo dejaron sentado en la estadística a un lado del termómetro y las pastillas para dormir. Cincuenta jóvenes como él, murieron. Es como si Richard Dadd no hubiera acertado un solo golpe. Como si el hacha hubiera tenido cincuenta cabezas de hacha para cortar otras cincuenta cabezas de ríos. No lo entiendo, madre. Me asombra saber que fuimos armados como un rompecabezas de carne, respirando paciencia junto a quien se desveló cuidándonos. Esos nueve meses se cumplieron como profecías. Pienso en Gregorio. No sé si él alguna vez imaginó que fue un embrión como todos los principios que fueron células y que crecieron en el mar prehistórico de nuestros días. Si retornamos sabremos que después del tercer día, la anidación fue un prodigio. ¿En ese momento elegiste tu destino, Gregorio? ¿Hacia el útero de la muerte? A los veintiocho días de haberte formado, ya se podía observar lo que sería tu cabeza y un oído y un ojo. Se reconocía la espina dorsal y el corazón que comenzó a crecerte. Aunque difícil distinguir, supimos que tu cerebro se formó rápido como si el aire creciera alrededor de los pájaros, sin más. A los cuarenta y cuatro días tenías brazos y piernas, además dabas muestras de cómo serían tus dedos. A los cincuenta y cuatro días, eras lo más parecido a un bebé. La nariz, las orejas estaban casi formadas. Tu corazón apetecía de bombear latidos. En la décima semana tu piel era sensible al tacto y varios de los órganos sabían su encargo. En la semana veintiocho, Gregorio, podrías sobrevivir con ayuda fuera del vientre. Tus pulmones y el sistema digestivo no estaban totalmente completos. En ese instante, podías percibir sonidos de tu madre o del exterior. Pero a pesar de estas maravillas, nunca pensaste que terminarías sepultado entre cincuenta fetos. Así son las dictaduras, madre. Nadie estima la diversidad. Es pasto debajo de la bota. Es invierno quemando con su aliento las pocas flores de la mesa. Aldoux Huxley en Un mundo feliz nos mostró lo fácil que es olvidar nuestro pasado. Es cuestión de tiempo, olvidar es cuestión de tiempo. Estas nuevas filosofías del subconsumo deterioran el poco tiempo que crece debajo del silencio. Sientes como si la vida te escupiera en la cara y al mismo tiempo ves el rostro de todos, bañados por el escupitajo. Esas tendencias del consumo ni siquiera intuyen el dolor que llevamos heredado adentro de nosotros. Madre, en esta vida kafkiana tú eres hija de Franz y yo sólo soy un simple escarabajo, uno más en esta lista, deseando con fervor no olvidarte ni olvidar mi nombre. Soy Gregorio, el hijo de Sensini y el hermano de los cincuenta jóvenes que murieron junto a mí, cavados en el frío de la indiferencia.

*

υ 

Hoz decapitando palabras transparentes.

EL MAR

¿Tendrá el mar

un cementerio de perros ahogados?

¿No llegarán de la alcantarilla ni los arrastrará el río?

Son barcos de hueso en depresión:

creencias hundidas.

*

Teo López es amigo de Kelly Slater. Surfean. La espuma de las olas es flor de nube, desbaratándose, disgregada por la orilla de la playa. Teo vive en el Sauzal de Rodríguez en Ensenada, Baja California. Por la boca del mar cruzan el cilindro de la vida. La segunda ola más grande del mundo está en San Juanico, Comondú, en la Bahía Escorpión. En este lugar la melancolía y las ballenas cruzan por el ojo de la aguja. El color turquesa en la arena es huella del mar que anda descalzo todos los días.

¿El miedo crece en las entrañas del mar?

¿Es un tiburón blanco

leñando la sombra de los peces?

¿Tendrá cobalto esparcido en su coraza?

No es miedo, es la mordida de un perro.

*

La ola más grande del mundo está en Dungeons, Sudáfrica. Los tiburones son pesadillas que llegan muertas a la costa de Ciudad del Cabo. Mastico una crásula y siento cómo el otoño se enrosca en mi lengua para florecer, entonces, mis dientes caen uno tras otro como tiburones desprendidos de un árbol de jade. Los cuento. Son los mismos surfistas que está mañana encontraron sin vida en la costa. Sus cuerpos incompletos tenían el cielo gris y la mordida de una blanca tempestad.  

¿El mar es un perro con rabia?

¿Un potro desbocado,

perseguido por la niebla?

El rastro de sus pesadillas

son legañas en los ojos de la muerte.

*

Teo López nos dice que Mike Parsons logró montar la ola más grande de la historia, midió 23.4 metros. También nos contó que estudió Oceanografía en la UABC. Su padre fue pescador. Sufrieron juntos el embargo atunero que impuso Estados Unidos en 1980 y 1990. El mar es una cicatriz en las viejas calles del Sauzal. A pesar de que las cortes internacionales de La Haya apoyaron a la industria atunera de México, el bloqueo económico y la difamación fueron arpones diestros. Teo ha surfeado junto a delfines. Sabe que ellos no tienen pesadillas y que ningún pescador de su pueblo les provocó daño alguno. Algún día estará en la costa de Sudáfrica. Recordará los desechos de los barcos y la forma en que un tiburón devora a su presa, tan fácil. Tenemos que vivir, nos dice antes de romper los huesos del océano —al surfear con su tabla— en la bahía de El Vizcaíno.    

LIMONERO CON PENTAGRAMA ENTERRADO

Llevo cinco perros en los ojos

sepultados bajo la sombra del árbol

a quince milímetros del pecho.

También una casa de adobe

y una estampa del río Cupatitzio.

Así de fácil regresar.

Como sintonizar en las venas: Infinity de Guru Josh

y el Remember na na na hey en los ojos de Elva.

Así de sencillo, así la rueca

y el cruce de caminos en la mano.

Ahora, antes de fundar

relámpagos en sangre

levanto el rostro y miro el polvo en las huellas.

Mis ojos saben  

que ante el respiro y la distancia

los hombres somos los mismos.    

RED LABEL

Mi gusto por el whisky es el mismo por los perros.

Los veo por la sala a través del vaso

y al hurgar su rastro recuerdo dónde están.

Afuera el árbol cruje y la ceniza

desentume el patio.

Yacen un metro bajo tierra.

Son gerberas que la abuela cosecha.

Durante las tormentas

sueñan morder la parte inferior de los relámpagos.

Para soñarlos duermo sin camisa sobre el piso.

Mi hijo los dibuja aunque no los conoció.

El recuerdo los arde y con sus restos

escribo mis párpados.

AUTORRETRATO CON TRES PUNTADAS

Tenía un año cuando quise recoger el silencio de un perro.

Debajo del ojo izquierdo

una cicatriz me crece como olvido.

Moriré de una pulmonía o de un paro cardiaco.

Mi madre cree en mí y bebe el río

que sembró bajo mi frente.

Mi padre es hierba que creció sin nombre.

En tiempos de melancolía mi sollozo

recuerda la obra de Wolf Erlbruch.

Aprendí a robarle respiros al asma

y tuve que dejar mis manos

en el neumático la primera vez que me ahogué.

Encontré en Baja California

la forma de atrapar el sol en un vaso de vino.

Nunca arrinconaré el nombre de mis difuntos

ni el aroma de un cempasúchil.

Escucho Wizard motor y me dan ganas de llorar.

Mi cabeza no tiene bastilla

y por eso el mar se derrama a veces.

No tendría gatos aunque devoren mis pesadillas.

La sangre me desmaya.

No sé leer las manos de Gorety

pero adivino su tacto aún sin mi aliento.

Mi paz pende de un hilo

y la angustia

y la ansiedad duermen bajo mi almohada.

Aprendo del desencanto

y reconstruyo el muro de mis creencias.

Un día, no muy lejano

mi padre me abrazará fuerte y podrá sonreír.

Creo en el sonido de la locomotora.

Sé que al cerrar los ojos

no evitaré el arrullo de los rieles.

La poesía me despierta y veo el borde del precipicio.

Mi prioridad, no dejar de creer.

.        

LEO EL PATO Y LA MUERTE

Los libros de Barbara Fiore me gustan.

En voz alta los leo y los regreso al viento

para que mis hijos puedan escucharlos al nacer.

Uno en especial truena focos y lágrimas.

Tiene la textura de un zorro rondando como frío

y la ternura de un libro recién hallado.

Desde entonces los patos son diferentes.

Pienso en la cuerda delgada que nos separa del precipicio

y en el agua debajo de los pies:

por eso las huellas humedecen el corazón

por ello el surco debajo del llanto.

Porque la tierra donde yacen nuestros perros

absorbe toda la melancolía.

A lo lejos, la muerte lo lleva entre sus brazos.

Lo recuesta en el gran río.

Incluso ella sintió tristeza al ver cómo se perdió a lo lejos.

Así la vida, así los cuentos que quiebran.    

Del libro Cofre de pájaro muerto (Ediciones de Punto de Partida, UNAM, 2014; Premio de poesía para obra publicada Joaquín Xirau Icaza, 2015)

Armando Salgado nació en Uruapan, Michoacán en 1985. Ha publicado narrativa y libros de poesía entre los que destacan: Relámpago Molido (Mantis Editores/Gobierno del Estado de Guerrero, 2016; Premio Nacional de Literatura Ignacio Manuel Altamirano en Poesía, 2016); Cofre de pájaro muerto (Ediciones de Punto de Partida, UNAM, 2014; Premio de Poesía Joaquín Xirau Icaza para obra publicada, 2015 otorgado por el Colegio de México); Estancia de ánimas (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2013; Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal, 2013; elegido por el periódico La Razón como uno de los mejores libros del año publicados en México); y Azogue Suite (Instituto Cultural de Aguascalientes, 2013; Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos, 2012); y del libro de poesía para niños, Mina «o cómo vivir en un tejado sin usar sombrilla» (PuertAbierta, 2016), ilustrado por Ángel Pahuamba.