Nació por azar en Venezuela, pero es de estirpe cubana y vive en la isla, desde donde sale a menudo a echarle un ojo a algunos continentes. Contemporáneo de Reina María Rodríguez y Leonardo Padura, otros dos autores que residen en La Habana, Fleites nos ofrece una muestra de su poesía, más una entrevista y dos aproximaciones a su obra. Imágenes del personaje.

Alex Fleites Galería

Entrevista con Alex Fleites

José Ángel Leyva

La violenta ternura de Alex Fleites*

Gustavo Pereira

Retrato de Alex Fleites esperando un tren

José Pérez Olivares

Alex Fleites, Caracas Venezuela-Cuba, 1954

El otoño está dentro de mí

José Ángel Leyva

Si para algunos de sus contemporáneos, Alex Fleites es el Fayad Jamís de su generación, entonces Alex Fleites tiene algo de venezolano, porque Fayad nació en Zacatecas, pero es cubano, y el cubanísimo Fleites tuvo su lugar de nacimiento en Caracas. Fleites tiene también una presencia editorial en México con su antología Alguien enciende las luces del planeta y algunos libros de cuentos, también editados en España. Como quiera que sea, Alex Fleites comparte generación con figuras relevantes de la isla como Leonardo Padura, Reina María Rodríguez y Víctor Rodríguez Núñez. El segundo apellido de Alex es justamente, Rodríguez. Fayad Jamís sería justamente el referente más inmediato al grupo Orígenes que los jóvenes mimados por la revolución y luego desencantados por sus resultados. Casa de las Américas o la revista El Caimán Barbudo fueron también parte de la historia literaria y sentimental de la juventud cubana de los años setenta y ochenta. Nuestra conversación se concentra en la insulidaridad del ser y en esa necesidad de salir para volver o para entrar en la distancia.

Qué noción cultural y existencial, temporal, te da pertenecer a lo insular:

“En la Isla, es decir, / en esta nave donde los sueños son posibles, / ayer los alisios sostenían a las gaviotas,” (Breve ensayo de interpretación de la poesía inglesa). “En la Plaza de Armas, / una tarde de otoño, / alguien como tú se mirará / en la fuente que le sirve al gorrión / para beberse, a pequeños sorbos, / el cielo de la isla” (Habanera).

Las islas son espacios cercados. A veces, no sólo por el mar. Por las islas comúnmente no se pasa. De las islas uno se va, o a las islas uno viene. Virgilio Piñera –nuestro Virgilio criollo– habló en versos de fuego de “la maldita circunstancia del agua por todas partes”1. Para él la isla era imposibilidad. Para otros la isla es algo así como un ángulo perigonal (360º) que se abre al mundo. Delante está el mar, lo ignoto, el abigarrado paisaje de culturas diversas. Y ante esa circunstancia uno puede experimentar anhelos o miedo.

En las islas del Caribe el cruento sol sella la carne de sus pobladores. Y estos se cuecen en sus propios jugos. Quizás por eso los isleños de esta parte del mundo tenemos/amamos los sabores acentuados, ese todo o nada que nos convierte en seres extremos, categóricos, indefensos.

Los sueños casi siempre son posibles a escala reducida. Un gorrión puede “beberse el cielo de la Isla”, pero no el de un continente. Digamos que esto último no sería “poéticamente verosímil”.

A la insularidad geográfica de Cuba se une, desde 1959, la política. Llámese bloqueo o embargo, ese otro aislamiento es una avenida de doble vía. El inhumano cerco económico que se impuso a la Isla por parte de los Estados Unidos, y el que el mismo gobierno cubano infringió a sus pobladores, que han vivido tanto tiempo con angustia de plaza sitiada.

No conozco la insularidad en abstracto. No sé cómo podría ser en Grecia o en las Azores. Yo pertenezco a Cuba de una manera sentimental, que es algo que va más allá de términos confusos y manipulables como “patria” y “nación”. En Cuba soy. Si lo padeciera, en todo caso mi patriotismo no sería nunca una condición que puede otorgar o suprimir un burócrata, algo que se consigna en pasaportes o en actas de nacimiento.

En mí la isla no es un tema, sino un contexto. La isla es una fatalidad, lo inexorable, como puede ser nacer rubio o conejo. Algo que uno no escoge, pero que puede asumir o no. Nací en Venezuela por azar, pero toda mi vida la he echado en Cuba. No me va mal con la condición de isleño. Chapoteo en  (me unjo con) el agua virgiliana. Y también como él me siento a la mesa del café, frente al Golfo de México, pero no a inventariar frustraciones, sino a imaginar los infinitos caminos que tengo por andar.  

¿Qué hay para ti como poeta después de Martí? o ¿Martí sigue siendo el eje rector del espíritu ético, lírico e intelectual cubano? Es decir, entre la tradición y la vanguardia.

No hay nadie de su jerarquía intelectual y humana antes ni después de Martí. Es una reserva inmensa de honestidad intelectual. Cuba es tierra de grandes poetas, pero muy pocos han fundado lo que podemos llamar un pensamiento poético. Martí y Lezama están entre ellos.

Claro que una figura así no surge de la nada. Además de los factores genéticos a considerar –esa proteína misteriosa que ha de tener que ver con “lo poético”–, está el notable venero en que Martí se inserta: pensadores como Félix Varela y José de la Luz y Caballero, poetas como José María Heredia y José Jacinto Milanés, que hacen muy rico el Siglo XIX cubano.

Aunque es tradición (buena), Martí sigue siendo la vanguardia. Ahí están sus “encrespados versos libres” para demostrarlo.

Amo a Martí, pero no al Martí de los discursos ni al aforista que constantemente citan propagandistas y maestros. Mi Martí particular es el hombre contradictorio, desafortunado en el amor, obcecado, decente, de delirios románticos. El que dijo: “mujer mía es más que mujer común”, aquel de “Amemos y murámonos…” Martí, además, se adelanta al bolero: “¿De mujer? Pues puede ser / que mueras de su mordida; / ¡Pero no empañes tu vida / diciendo mal de mujer!”.

Él dijo: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”.  Y como somos compadres, no creo que tome a mal esta apostilla:

tres

patrias

tengo

yo

(tú

Cuba

la noche)

Y un paraíso

(tú

en la noche

de Cuba)

Quiero, sobre todo, al Martí de los diarios de campaña, que graba con pulso nervioso gran literatura: crónica fragmentada de los días finales de su vida. El que va a morir a Dos Ríos para validar con actos la palabra. No cabe dudas: Martí se inmoló. Y uno puede estar de acuerdo o no con la utilidad del gesto, pero lo menos que puede hacer es respetarlo, admirar su integridad.

En el Museo Bacardí de Santiago de Cuba, se conserva una levita suya muy raída. Era un hombre menudísimo ese gigante. Enternece mirarla.  ¡Parte el alma!

¿Entre la embriaguez y la abstinencia o entre el delirio y la lucidez? El alcohol tiene o tuvo un lugar  sustancial en tus versos.

Todo el que lo ha frecuentado sabe que en el alcohol duermen dos genios. Uno es torvo, amargo, volátil, dado a la pendencia, mal entendedor y procaz. Es el que surge abruptamente de lo oscuro del ser y habla a cuchilladas desleales. Ese anda ciego por ahí, empapado en su dolor, al acecho de cualquier brote de alegría.

El otro genio es moroso, sensible hasta las lágrimas, pródigo en abrazos, de generosidad blindada contra cualquier tipo de miseria. Se despierta si escucha un bolero, o ante la caída del sol en un valle remoto, o si a la lumbre de la amistad varios hombres y mujeres se reúnen a compartir candores. Más que genio, es un duende artístico, enemigo de las convenciones, apurado en el vivir, enamoradizo, desmemoriado para el rencor, ansioso y risueño.

Ambos genios son dos caras en un sólo cuerpo. Se complementan y contrastan. El genio del alcohol es una suerte de Jano –el Eleggua de los antiguos habitantes de Roma–, bifronte, presente en los comienzos y finales de todos los caminos, propiciatorio y, a la vez, oponente tenaz.

Me gusta creer que el que me frecuentaba era el genio bueno. Pero mi opinión sobre este asunto está contaminada. Habría que ver qué piensan las mujeres que me padecieron y me amaron en esos años vertiginosos.

De la mano del alcohol tuve ensoñaciones maravillosas, y también le vi el rostro al horror. Nada es aconsejable más allá de las sagradas proporciones. Ni siquiera la lucidez, que puede llegar a ser aterradora.  

Muchos poetas encontraron en Cuba su consagración con una poesía que no era precisamente la que hacían los cubanos, por ejemplo Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza, Jorge Boccanera, por citar tres ejemplos inmediatos y cercanos a ambos, pero también la presencia de poetas como Juan Gelman. ¿Qué quedó de esa poesía en la isla?

No sé muy bien qué es la consagración en término de poesía. ¿Ser muy leídos?  ¿Obtener un premio importante?

Los poetas que mi generación leyó más atentamente, dentro del ámbito latinoamericano, además de los verdaderamente consagrados por el tiempo (Vallejo, Huidobro, Gabriela Mistral, Borges, Neruda, Octavio Paz…) fueron Gelman, Cardenal, Roque Dalton, Cisneros, Parra, Efraín Huerta, Enrique Linh, Adum, Gonzalo Rojas y un etcétera que seguramente incluye cuatro o cinco nombres más. Todos ellos estuvieron relacionados con la Casa de las Américas, que durante años fue la más eficaz herramienta para romper el bloqueo en el ámbito intelectual. Parece paradójico, pero en aquel tiempo los libros de Casa llegaban más, distribuidos de mano en mano, que ahora mismo. Y, ciertamente, esa institución era altamente legitimadora. En primer término, porque lo que publicaba tenía mucha calidad.

No era tan distinta, como se suele creer, del tipo de poesía que se hacía en Cuba por entonces, que era la de los de la llamada Generación del 50, y la de los entonces jóvenes que iban emergiendo al calor de publicaciones como El Caimán Barbudo. Recordar, por ejemplo, la obra de Padilla, de Pablo Armando, Díaz Martínez, de Retamar, de Fayad.

Para todos, además de muchísimas otras lecturas, ellos fueron fuente nutricia, hermanos mayores con los que emular, y a los que –en la medida de lo posible– era necesario trascender.

Hoy no se puede hablar de una tendencia predominante entre los poetas de la Isla. Hay variedad de tonos, temáticas, estrategias discursivas. Y eso es óptimo. Otra cosa destacable es que no se observa una “testa coronada”, de modo que no hay capitanes literarios que arrastren a los jóvenes en una u otra dirección.    

En esa generación tuya en la que los Rodríguez son mayoría, Reina María, Víctor Rodríguez, y narradores con un éxito rotundo, Leonardo Padura, un no Rodríguez, ¿qué condiciones crees que se hayan dado para que brotara un grupo tan sólido? Algunos de tus contemporáneos aparecen además en tus libros.

¿Te parecen muchos los Rodríguez? Por mi cuenta hay sólo tres: Reina, Víctor y Efraín. Esa generación surgió, como todas, batallando contra algo. En nuestro caso, contra una concepción “sinflictiva” (vas a perdonarme el neologismo) de la realidad, que mayormente se expresaba desde un conversacionalismo que, si fue desacralizador en su momento, ya se había tornado estrecho para expresar todo lo que a nosotros nos preocupaba, que era, para decirlo rápido y mal, el hombre no sólo en conflicto consigo mismo ni con el pasado reciente, sino también con la sociedad, con el sistema político imperante que, aunque todos abrazamos decididamente, lo creíamos criticable, perfectible. Dicho ahora, parece un asunto baladí. Pero entonces no lo era. Una sociedad tan políticamente jerarquizada no da mucho espacio para el disenso, a pesar de que la acción crítica sea más un acto de amor que de hostilidad.

Los autores que se dieron a conocer por la década de los 80 del pasado siglo todos eran universitarios, con muy buenas lecturas en las costillas. Es cierto que los planes de estudio no incluían a aquellos nombres que hubieran mostrado alguna heterodoxia con respecto a la Revolución, sin importar los valores específicos de sus obras. Pero igual los buscábamos y los leíamos. No existía la internet ni los readers, no habían librerías que pusieran en sus vitrinas algo que no estuviera en consonancia con la miope doctrina cultural del momento. No importaba. Todos sabíamos quién era Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Boris Pasternak  y Mario Vargas Llosa –que aunque en su momento formó parte del Consejo de Redacción de la revista Casa, después se desmarcó de la filiación ideológica que eso implicaba–.

Me alegra que te parezca un grupo consistente, por su calidad, el salido de esa generación. Crecimos alrededor de talleres que no eran normativos y, por eso, tampoco sectarios. Más que talleres como los que se conocen en México, que se nuclean alrededor de una figura, aquellos constituían reuniones caóticas de sedientos (de nuevo el alcohol), de alucinados, de voraces lectores, de seres atormentados, risueños y solidarios; muchachas y muchachos venidos desde todos los rincones de la Isla, algunos campesinos, para los cuales el mundo estaba por fundarse.

Y sí, aparecen citados en mis libros porque son mis hermanos de equivocaciones y de aciertos. Sé que no es así en otros países, pero en Cuba, por lo general, los escritores nos queremos. Puede ser que esto se deba a que ninguno hemos tenido poder, y, en consecuencia, tampoco tuvimos nada que repartir. Es glorioso rencontrarnos en cualquier rincón de la Isla o del mundo, aun cuando medien años entre una y otra frecuentación.

No voy a establecer enojosas categorizaciones. Entre los que mencionas están Reina María Rodríguez y Leonardo Padura. Pienso que son dos autores de importancia inobjetable, a pesar de los gustos particulares de los lectores y de los críticos. Están ahí, y nos hacen visibles a todos.  

Reina María Rodríguez afirma en el prólogo de tu libro Alguien enciende las luces del planeta, a propósito de tu poema sobre los espejos: “quisimos llevar al individuo más allá de los límites que su realidad les permitió, sin saltar del lenguaje, del sitio de la conversación, de la inocencia. Porque tuvimos la cultura como si esta fuera la vida y la cultura no nos redimirá de la no-vida ni del dolor.” ¿Desencanto o frustración, derrota?

No puedo hablar por Reina. Aunque sí me gustaría escribir tan bien como ella. Es un tema de dramaturgia; pero antes, de biología: nacer, desarrollarse, morir… Nuestra generación intentó interpretar a su modo la compleja partitura de la Revolución. Por los años 60, los más creativos, los más movilizadores del pensamiento y de la acción en nuestro ámbito, éramos adolescentes. De manera que fue natural sentirse parte activa de ese maremágnum. Luego sobrevino un proceso de estratificación, de burocratismo, que no podíamos aceptar, y con el cual entramos en conflicto.

El poder, cualquier poder, sospecha de los intelectuales. Los ve como aguafiestas, como seres extravagantes que lo juzgan todo sin comprometerse a fondo, ni dejarse “querer”. Difícilmente acepta su papel de conciencia crítica. Por eso las descalificaciones. Nosotros estábamos firmemente convencidos –aún hoy lo seguimos pensando– de que la revolución es también un asunto íntimo. Un zapatero que haga mal su trabajo, que robe la propiedad social para lucrar con ella, no puede ser un revolucionario, por más zafras azucareras que tenga sobre sus espaldas. Eso aplica también para los funcionarios públicos, los políticos. Ser revolucionarios para nosotros era ser buenos escritores, que es justamente lo contrario de ser un “asalariado dócil del pensamiento oficial”2. Y ahí viene la paradoja: ese pensamiento oficial se arroga el derecho de delimitar quiénes son revolucionarios y quienes no, con todo lo que ello implica en una sociedad como la cubana.

Es cierto que el bloqueo de los Estados Unidos, vigente aún, nos ha obligado a vivir con carencias materiales y espirituales de todo tipo. Pero no justifica lo que hayamos hecho mal, aquellos momentos en que las “razones de estado” vulneraron los derechos de los individuos.

Está muy citada la frase de Tomás Gutiérrez Alea sobre el socialismo: un guion perfecto con una puesta en escena mediocre. O el socialismo real se democratiza o ya no será más.

Cuando implosionó el campo socialista, se pusieron en crisis nuestras utopías. Imagina que en la letra de la Constitución se hablaba de la “amistad indestructible” entre Cuba y la Unión Soviética. Algo antidialéctico, opuesto al devenir, como si la historia fuera inamovible. Eso nos amargó, nos frustró. El socialismo, como las religiones, opera con la promesa de un mundo mejor. Y ese derrumbe trajo al país hambre, enfermedades, y una corrupción de la moral que aún no hemos podido resolver.

Hablo por mí, de cómo me ha ido en la “feria”, y no contrasto un mundo con otro. El amor acrítico no vale para nada: es sumisión, oportunismo.            

Después de la lluvia histórica qué figuras le ha sacado a tu historia personal:

“Todas las tardes / la lluvia le saca figuras al cemento, / a las maderas rugosas de las puertas / y a los cristales de contener la impaciencia”  (Tiempo de agua)

Me sobrecogen estas preguntas. Me descoloca que a alguien le interese mi modesto trabajo literario. Mi historia personal es la de un hombre común que, en vez de producir artículos de consumo, contar estrellas o trasmitir conocimientos, junta palabras. (Algo que no se sabe muy bien para qué sirve). Vivo el día a día con una intensidad quizás impropia de mis años. Y no es que no haya hecho lo que correspondía a cada momento, sino que me ha alcanzado la amarga certeza de la finitud de la existencia. Los amigos mueren alrededor. Le doy vuelta al reloj, pero la arena se escurre más rápido que antes… Como todo mortal, tengo trofeos y cicatrices grabadas en la piel. No me quejo. La poesía ha sido una presencia luminosa, me ha permitido ser un hombre pobre con una vida muy rica.    

¿La poesía inglesa o escrita en inglés?

No, la escrita en inglés, donde se mezclan nombres inmensos: Whitman y Auden, Eliot y Keats, William Carlos William y Robert Graves, Pound y Malcolm Lowry,  Ginsberg y Elizabeth Anscombe… 

Me gusta la concreción del verso en esa lengua, su economía de recursos, la evidencia de que “lo poético” es un problema de escritura, no de temas. Ahora, mi verdadera influencia es la de los poetas de mi lengua. A los otros los conozco por traducciones, y estas son siempre sospechosas.

El poema de José Carlos Becerra se llama “El otoño recorre las islas” y tu adviertes en tu poema “Donde quise decir: ‘Gracias. Te quiero’.” que en Cuba no hay otoño. Ambos hablan de la pasión amorosa y de la ausencia, de la carencia. El la reconoce en el viaje, tú ves en su inexistencia y en color local el dolor. ¿Qué te hace pensar? Porque en otros poemas sí reconoces el otoño, la presencia de esas hojas.

Coincidir en algo con el poeta de “El espejo de piedra” ya es un honor.

En Cuba no hay otoño, sólo dos estaciones: invierno y verano. Más de la segunda, que es casi todo el año, que de la primera, reducida a breves ráfagas de viento y lluvia provenientes del Norte.

Conocí el otoño en Moscú, a donde fui a dar por los años 80. Fue una experiencia bastante desoladora, que duró seis meses. Hijo de comunistas cubanos, gente abnegada y devota, ir a la URSS era nuestro viaje a la Meca. Llegué en octubre, y me arrasó la grisura del paisaje, físico y humano. Los árboles se desnudaban a mi paso, y el “alma rusa” crepitaba en los ojos de las inaccesibles muchachas. Había dejado atrás el mar reverberante de la Isla, y una familia recién fundada. Se unieron muchos factores para socavarme el optimismo. Si aquello era el “socialismo avanzado”, yo no quería llegar allí.

Los rusos tienen un refrán: “Nada hay de extraordinario si un hombre se ahorca en otoño”. Desde entonces, para mí “otoño” es sinónimo de “melancolía”. He escrito sobre el otoño, que no es siempre el hipotético de Cuba, sino el de otras regiones a donde me ha llevado el torrente de la existencia. A veces hablo del otoño que está dentro de mí. Todo muy confuso. La poesía se resiste a las explicaciones.  

 “Cuida de mi voz como de un pobre perro

Es lo que tengo para salvarte y salvarme” (Alguien enciende las luces del planeta).

El poeta es su voz, que es su manera particular de actuar. Es lo que lo pierde o lo salva. Salvarse es escaparse hacia otro tiempo o hacia otra dimensión. Los grandes poetas son “prófugos” del olvido. Todos aspiramos a escapar de nuestras circunstancias, a trascenderla. Ir más allá del cerco de mediocridad que la cotidianidad impone. Algunos pocos lo consiguen. Otros nos hundiremos cantando.

El tiempo ayer y el tiempo en estos días tras lo que se ha llamado periodo especial. ¿Qué haces ahora que no hacía antes y que no haces que ayer sí hacías?

La caída del bloque socialista fue una parte aguas. Tocamos “la pared de enfrente de la vida”. Nadie quedó indemne a eso. A mí me sacudió. Pasé de la condición de becario permanente, consustancial al socialismo, a gestor pleno de mis días y de mis noches. Salí a ganarme, a reinventarme la historia personal. Rompí el cerco de lo contemplativo, de la molicie creativa, para lanzarme, con un lápiz en la boca, al asalto del mundo.

Dejé de beber. Escribí guías culturales, guiones cinematográficos, realicé publicidad audiovisual, me inicié en la narrativa, impartí cursos, dicté charlas en universidades del extranjero, edité libros de arte para pintores cubanos… Y seguí escribiendo poesía del modo moroso que no puedo abandonar.

En tu “Poemas con finales felices” mencionas casi sin venir a cuento y en medio de escenas contrarias a su naturaleza y sus atmósferas el Concierto 1 de Brandeburgo. Me hizo pensar en Concierto barroco y en la idea de Carpentier sobre el barroquismo propio de la isla. Tú nos ofreces, por el contrario, un cuadro colorido y de transparencias.

Ese poema tiene la estructura de un guion cinematográfico. Y el Concierto 1 de Brandemburgo, es la música que se corresponde con la caída de los créditos.

Fui un lector bastante atento de Carpentier, a quien considero una bestia sagrada de la literatura, así, sin adjetivos.

Somos barrocos. En nuestras conversaciones siempre hay más de una línea discursiva, melodías que se superponen unas a otras, que intentan sepultarse entre sí, pero que consiguen un efecto contrario, una densidad de significados muy particular. Pero también podemos ser “transparentes” y “coloridos”. Y no hay contradicción en ello. O sí, hay una enorme contradicción, que es lo característico en seres contradictorios, como somos todos.

Tengo a Bach entre mis compositores preferidos. Su música pasa de una a otra de mis “eras imaginarias”3. Por el tiempo que el poema ¿narra?, los Conciertos de Brandemburgo eran la banda sonora de mi vida. Aún hoy, aunque en un plano más velado, suenan en la alta madrugada.

Ya ves: “como buen animal, me contradigo”.4

En el poema que le dedicas a Víctor Rodríguez hay una especie de resignación de un barco que no quedará en la realidad sino como un recuerdo de papel. ¿Así ves tu obra en la memoria, como un juguete en la tormenta de la memoria?

Desde el principio, uno de mis temas recurrentes es la escritura, el escrutinio del oficio, la honradez del fabular. Creo que fue Szyszlo quien dijo que toda pintura era un asesinato. Se refería a que la concreción de la obra artística, por deslumbrante que esta pueda ser, no es otra cosa que el atisbo de algo mayor, inefable, que se niega a dejarse atrapar. En esa lucha sin cuartel entre lo entrevisto y lo plasmado se da la difícil dialéctica de nuestro oficio.

El barco de referencia no va a pasar de la íntima página. Puede que otros naveguen con más suerte. Nunca pienso en “mi obra” ni en cómo ésta será leída en el futuro (algo más que improbable). Me parece presuntuoso. Yo hago (escribo) lo que no puedo dejar de hacer. Ya los otros, los que vengan, me olvidarán con meticulosidad, o salvarán, indulgentes, algunas líneas escasas. Pensar en la trascendencia es, además de tonto, paralizador. Y lo mío es andar.

¿Hacia dónde apunta la poesía cubana de la isla y la que se escribe fuera?

A donde siempre: al corazón del prójimo. Que dé en el blanco o no es otro asunto.

Recientemente he estado trabajando, por razones académicas, con conceptos como emigración, exilio y diáspora. Y he concluido que en el caso de Cuba aplican los dos primeros términos, pero que es inaceptable, por excesivo, el tercero. Diáspora es dispersión, atomización. Y aunque hay cubanos en muchos países, nuestra cultura sigue siendo una sola, que se construye y ejerce en disímiles circunstancias.

José Martí vivió la mayor parte de su plazo en el exilio. José María Heredia, otro desterrado, escribió su “Oda al Niágara” en los Estados Unidos. Nadie le negaría a ambos su condición de cubanos. Tampoco la cultura cubana sería entendible sin ellos.

La poesía es el menos programático de los géneros literarios. Es díscola, anárquica. Y sopla donde quiere. Como parte del equipo de realización de una revista de poesía5, estoy bastante enterado de lo que se escribe en una y otra orilla. Hay notable calidad y poca homogeneidad.

La poesía nos sigue asistiendo a los cubanos, desde una oda y también desde un bolero. Somos seres esencialmente líricos, aunque el machismo congénito nos impida en ocasiones aceptarlo.      

La terrible belleza, ¿cuál, la de Rilke, la del tigre de Borges y Lizalde, la del toro de Hernández? ¿en dónde encuentras la amenaza de cuál belleza?

Todas esas y más. La belleza, que no es otra cosa que la apreciación del mundo con un prisma estético, se observa sólo desde la lucidez. Y la lucidez nos enfrenta al complejo entramado de la subsistencia, con sus luces y también con sus sombras. Entender no siempre alivia. Y tampoco lo terrible tiene que ser forzosamente aterrador.

Me gusta particularmente la definición de Eliseo Diego de la poesía: “el acto de atender en toda su pureza”. Y el poeta está atento no a la belleza codificada y convencional, sino sobre todo a la belleza que emana de lo trágico, de las colisiones entre el hombre y sus miedos.

La belleza, su detección, el intento por atraparla y compartirla, no me hace fuerte, sino todo lo contrario. Provoca  en mí hiperestesia, me pone en situación de riesgo. Por eso lo terrible.

Zdanóvskaya es la referencia explícita a tu íntima relación con las juventudes comunistas y su presencia en Moscú. ¿Cómo separaste la consigna del lenguaje de matrioskas, el que altera las sagradas proporciones?

Soy de una raza que abomina de las consigas, esos dogmas en voz alta. Los dogmas proscriben el acto de pensar, exigen tácita y ciega aceptación.  Dentro del socialismo real hubo – hay– buena poesía. La mala, la de la consigna inflamada, no lo es. Eluard dijo que para escribir un poema deben coincidir las circunstancias del corazón con las circunstancias de la razón. Eso se cumple en mi caso.

Mi corazón, que sigue latiendo a la izquierda del pecho, necesita creer que aún no han muerto todas las utopías. Estoy por resemantizar, por decir no a cualquier tipo de secuestro: de personas, de símbolos, de colores, de ideas.

Matrioskas, esas muñecas de madera que se contienen unas a otras, producen el mismo efecto que las cajas chinas: invitan a viajar hacia el interior para develar, para apropiarse de la almendra significante.

No me avergüenzo de mi “íntima relación con las juventudes comunistas”. En ese momento era lo mejor para mi alma. Vergonzoso hubiera sido explotar despiadadamente al prójimo, participar en un genocidio, ofender a alguien por sus ideas sobre lo divino y lo humano.

El Marxismo no es una doctrina desechable. Y en todo caso habría que leerlo bien, estudiarlo bien, para saber si, como filosofía, ofrece o no una rica comprensión del mundo. La contemporaneidad es fatua, dada a descalificar lo que no conoce, a repetir el discurso que emana de las siniestras gargantas del poder. De cualquier poder.  

Muchachas van muchas vienen en tus poemas como sonidos de palomas ¿qué hay de ellas, de las muchachas?

Ah, las fragantísimas muchachas. Muchas tienen los años de mis años, y me acompañaron por tramos: me dieron hijos y una cierta propensión a la melancolía. Otras llegan, todavía hoy, a abanicarme fugazmente con sus alas. Uno tiene la edad de la mujer que ama, dijo alguien, creo que un personaje de uno de mis cuentos. Ellas también son una prueba de lo terrible que resulta la belleza que, en el mejor de los casos, resulta maleable, fugaz.

No soy un sátiro, no persigo muchachas. Las amo a distancia. Igual acojo a las que arriman su barca a mi orilla. Un amigo poeta dice que lo malo de ser abuelo es que hay que dormir con la abuela. Supongo que las abuelas pensarán lo mismo, aunque sean más recatadas y no lo digan.

Alex Fleites (Caracas, Venezuela, 1954). Poeta, narrador, editor y curador de arte. Vive en Cuba desde los primeros años de la Revolución, por lo que es considerado un escritor de ese país. En el 2014 la Universidad Veracruzana publicó Alguien enciende las luces del planeta, extensa antología de su trabajo poético. Canta lo sentimental, su libro de relatos, tiene tres ediciones (México, Cuba y España).

José Pérez Olivares ha escrito: “Yo diría que Alex es como el Fayad Jamís de nuestra generación. Elogio que merece tanto por la calidad de su obra como por la forma en que ha sabido unir los problemas del ser humano a la impronta amorosa. Su mirada (…) va del ser humano al entorno, y de éste al ser humano, palpando siempre los sitios más dolorosos, acariciando desastres y carencias, unas veces con mal disimulado cariño, otras con mal disimulado rencor.”

RETRATO DE ALEX ESPERANDO UN TREN

     José Pérez Olivares

Si cada generación postula –como asegura José Antonio Ponte– una historia de sí misma, la nuestra (aquella que comenzó a dar señales de vida a comienzos de la década del setenta) tendría dos partes. Una de credibilidad e inserción en los argumentos que le dieron sentido. Otra de negación (¿dialéctica?) de esos argumentos.

     Ignoro si esto que acabo de afirmar se acomoda a todos los casos, pero estoy seguro que delimita una zona importante de la producción poética que, veinte años atrás, tuvo lugar en Cuba. Entre los autores que más tempranamente halló ese rumbo al que me refiero se encuentra Alex Fleites (Caracas, Venezuela, 1954), y en él se perciben las dos etapas.

     Un rasgo del discurso de Alex es que se circunscribe casi siempre a la esfera del ser amado y de las experiencias de pareja. A través del tema nos ha ido ofreciendo los diferentes estados anímicos del hombre que es y ha sido, y con ellos sus dudas y convicciones.

     Si me preguntaran cómo definir a un poeta de sus características, yo diría que Alex es como el Fayad Jamís de nuestra generación. Elogio que merece tanto por la calidad de su obra como por la forma en que ha sabido unir los problemas del ser humano a la impronta amorosa.

     La etapa de credibilidad de Alex queda sellada en sus libros iniciales, Primeros argumentos (1974), Dictado por la lluvia (1976), A dos espacios (1981), y se prolonga hasta Ómnibus de noche (1995). En ese largo trayecto no percibimos demasiados cambios en su punto de vista sobre la realidad, y los ruidos de espíritu que muestra son los de un hombre que madura despacio, casi al margen de las angustias y ansiedades que se aprecian en la mayoría de los poetas cubanos.

     Con Un perro en la casa del amor (Ediciones Unión, 2003) llega, por fin, un nuevo instante en su obra que no se traduce -necesariamente- en ruptura temática o de orientación ideológica. Pero es un cambio al fin que, en poetas como Alex Fleites, resulta siempre notorio.

     Este modo de proceder sigue distanciándolo de quienes han preferido radicalizar sus posiciones mediante poéticas que resultan negaciones tajantes de otras anteriores. Situado como dije “casi al margen”, el nuevo libro de Álex se integra con naturalidad al corpus general de su poesía, mostrando independencia dentro del discurso dominante.

     Dividido en tres partes que distribuyen orgánicamente una cincuentena de textos, el nuevo poemario tiene algo de retrato personal del hombre que vive en Cuba. Su tono –ni más grave, ni más alegre- es el mismo. Pero la sintonía, distinta. Vemos a un autor que comienza a reflexionar desde el fondo de la realidad, desde el entorno que asimila o rechaza sin gesticulaciones, y que hace gala de un leve, discreto y hasta elegante escepticismo propio de los poetas cubanos de estos tiempos, dando la impresión de haber quemado ya su etapa anterior. Así lo sugiere en uno de sus mejores poemas donde dice: Hemos pasado la vida esperando un tren.

     ¿Qué tren es, metafóricamente hablando, ese al que se refiere Alex? Esperamos un tren, nos dijeron nuestros padres / Esperamos un tren, les comentamos a nuestros hijos / cuando nos miran, con estupor u odio, / saltar por años entre los rieles, disponer la música, / engalanar el andén con humildes plantas del país (…)

    En apenas ocho años (que ha demorado en escribir y publicar su último libro), Alex ha logrado reflejar un cambio. Años que han sido, si no los más duros, al menos los más complejos de nuestra historia nacional. Imposible permanecer indiferente, o indemne ante ellos. He vuelto, oídlo bien, he vuelto. Nos dice el poeta, y no se trata de un regreso común, sino el de quien muestra su rostro cruzado de verdes cicatrices.

     El mundo de Alex es el de lo cotidiano. En España quedaría identificado dentro de la llamada “poesía de la experiencia”, movimiento de mediados y finales de los ochenta que dio a conocer poetas como Miguel D´Ors, Jon Juaristi, Eloy Sánchez Rosillo y Luis García Montero. Si de algo estoy convencido, es de que este libro posee tanta calidad como el más emblemático de los poetas experienciales españoles. En primer lugar, por el talento poético que refleja; en segundo, por la humildad de no haber sido escrito pensando en figurar dentro de alguna estética al uso. Después de tantas idas y venidas / inmune al desamor, /lista para cruzar al otro lado del relente, / en ese estado de idiotez / que se confunde con la felicidad.

     Hay varias cosas que deseo destacar en este poemario.

     a) Su mirada. Una mirada que va del ser humano al entorno, y de éste al ser humano, palpando siempre los sitios más dolorosos, acariciando desastres y carencias, unas veces con mal disimulado cariño, otras con mal disimulado rencor. Fingía desgano ante el pan / cuando el invierno de la Isla / me traspasaba de humedad / y hubiera preferido devorar, / con inocencia y fruición, / las migas que la ciudad / me lanzaba al rostro.

     b) Su poética. Sigue siendo, ni más ni menos, la del hombre común. El autor no se cree un predestinado, sino el pobre mortal que atestigua. Después de todo / no soy más que un hombre, / irreconocible entre tantos / que a esta hora, en rebaño / se agolpan a la entrada / de las usinas, / los estacionamientos / y los ministerios.

     c) Su capacidad de fabular, de mezclar unos elementos reales con otros ficticios, su ingenio para convertir en gran metáfora lo cotidiano. En la ciudad, luego de la lluvia, / los pequeños cantores / salen a exponer sus rostros / Tañen cítaras, laúdes, desvencijadas guitarras / donde cabe todo el dolor y todo el regocijo; / algunos, los menos, / golpean rítmicamente el tamboril / y se hacen acompañar de mentidas / doncellas o monos de cristal.

     d) Su equilibrio. Se trata de un discurso que se apoya lo mismo en los sentidos que en la reflexión, sin mostrar excesos ni desproporciones. La sobriedad es el tono exacto de estos poemas. Y es rotunda como la verdad / Y es implacable como la venganza / Y es irrebatible como el tiempo / Y es sensible como el llanto / Y es, en resumen, como las grandes palabras / que nunca servirán para develar, / en su perfecta imperfección, / el amado perfil de una mujer desnuda.

     Volvamos ahora a ESPERANDO UN TREN, el poema al que me he referido. Se trata, en síntesis, de una metáfora acerca de nuestros sueños. Me refiero a los sueños que han nutrido, durante décadas, el esfuerzo de varias generaciones de cubanos. Sin la pretensión de llegar a ser un poema político puede, no obstante, admitir la lectura de un poema político. Y es así por dos razones: porque cuestiona la desproporción e ingenuidad de tales sueños, y porque resulta escéptico y cáustico frente a ellos. Como todo buen poema está escrito desde adentro, desde una verdad sin alternativas.

     Imposible que Alex Fleites hubiese escrito algo así veinte años atrás. Es, por tanto, un poema reciente que resume, con mano firme, una época y un modo de pensar que ya pasó. Inmerso en otro momento de nuestra historia nacional, y en un mundo que tampoco es el mismo, Alex nos dice que hoy sólo queda la costumbre de atisbar, / la idea lejana de que nuestra vida se reduce / a esperar un tren, el que nos llevará / hacia conocidos parajes / donde mujeres cansadas, hombres taciturnos / y niños con los ojos disminuidos por el sueño / aguardan un tren para marchar hacia otra estación / en la que otros esperan por viajar, / con idénticos rostros y ademanes a los nuestros.

     Fuera de este nuevo rasgo su poesía sigue siendo la misma. No ha variado de esencia, ni ha metamorfoseado su delicada y sustancial razón de ser. Llegado a la madurez (a esa madurez que los eternos inmaduros temen), parece decirnos con una sonrisa: Te estoy hablando del amor / ¿Lo has comprendido?

Sevilla, invierno de 2005

LA VIOLENTA TERNURA EN ALEX FLEITES*

Gustavo Pereira

         En este libro constato con admiración cómo se nutren, equilibran y armonizan dispares y fragmentarios campos de fuerza característicos de la gran poesía de nuestro tiempo. Alex Fleites ha conjugado en su corpus, en proceso dialéctico que acaso fue también caro a los poetas chinos de la dinastía Tang, ámbitos testimoniales con revelación, ternura con leve humor o afable ironía, precisión conceptual con nostalgia evanescente, elementos todos constitutivos del radiante mediodía en que cada palabra encaja en su doble (o en su opuesto) y multiplica sus dones.

Hace ya dos milenios que en su Metamorfosis Ovidio reparaba en ciertos fragmentos de un Discurso Sagrado que Pitágoras ponía en labios de Orfeo -el mítico poeta-músico de las leyendas de Tracia: “En todo el universo no hay nada que dure. Todo fluye, y los seres no revisten sino formas fugitivas. El tiempo mismo pasa con movimiento continuo como un río. Y así como los ríos, las horas veloces no pueden detenerse”.

        Bajo tales certezas y revelaciones, como extraída de un recuento de diástoles y sístoles, de experiencias orgánicas o terrenales, de la necesidad del poeta de narrar, como quien no narra, sus, digámoslo así, argumentos y dictados, de cantar como quien no canta confesiones, dolencias y asombros, o como quien escribe silencios y noches y en definitiva se atreve a anotar lo inexpresable, se organiza en estas páginas una experiencia del mundo y los sentidos acicateada por una razón en constante vigilia e insurgencia. “Ved sobre los montes, poetas que regáis con lágrimas pueriles los altares desiertos”, escribía Martí, recordando a los poetas cuando Gogol, al otro lado del continente, se había atrevido a recomendarles: “no huyas del mundo donde te ha tocado vivir” ¿No había a su vez constatado Tristan Tzara, en plena gran crisis espiritual de la primera postguerra europea, que la poesía, más allá de todo contrito egocentrismo, se hallaba sumergida en la historia hasta el cuello?

Alex Fleites ha escrutado, palpado, probado, erigido, asediado, diluido el fruto del vivir y ha descubierto en él, como ocurre a todo mortal, sabores encontrados, dispares dualidades, amargas o dulces desazones, dichas y desdichas pasajeras o tercas incertidumbres y certezas. Sólo que al ser procesadas por su conciencia sensible –eso que muchos llaman espíritu- se hacen parte de un misterio mayor que otros nombramos simplemente como radiante poesía:

                                Chuan Lei dijo:

                                no hay dos campanas

                                con el mismo tañido,

                                ni dos manos que hagan

                                mover el badajo

                                con idéntico ritmo;

                                ni siquiera dos notas

                                de la misma campana

                                 con igual calidad

                                cristalina.

                                Toda la vida

                                le llevó arribar

                                a tan profundos

                                pensamientos

                                Mientras tanto

                                otros fabricaron

                                las campanas;

                                otros agitaron

                                las manos con rítimica

                                elegancia;

                                otros gozaron

                                y sufrieron la música,

                                ora grave, ora alegre

                                que saltaba

                                del bronce.

He querido transcribir por entero este poema (incluido en el libro Poemas encontrados en el interior de una ballena) porque en él percibo, entre disímiles recurrencias y evanescentes rastros, un misterio esencial determinado a suscitar “el intrincado camino de la sangre”.

        Sea que se exprese en devociones o desasosiegos, sea que transfiera a la intimidad el ancho mundo y su escenario de farsas, dichas y tragedias, sea que armonice intuición y certidumbre para intentar iluminar en la niebla el laberinto de la vida, sea en fin que transfiera a ésta cuanto la palabra buscó inútilmente, la poesía de Alex Fleites nos devuelve la guitarra perdida en la orfandad y el privilegio de oír cómo al pasar del viento, como sobre una rama en la floresta, las cuerdas tañen para nosotros la apacible (y violenta) ternura del vivir.                         

(Margarita, Venezuela, 1940)

Poeta y profesor universitario

*La violenta ternura. Antología personal. Prólogo de Arturo Arango. Ed. Letras Cubanas, 2007.

Poemas

Alguien enciende las luces del planeta

Para Zaida del Río

Entre tus manos

y este objeto retórico que es mi corazón

el viento del Caribe ha completado un círculo

En él se ve, como a través del agua,

la fronda que tu pulso dictó secretamente

para que mi palabra se echara a descansar

después de una larga jornada por el mundo

A veces sucede una llamada nocturna

y tengo que desandar la trama de las hojas

hasta llegar a ese punto donde sólo tú eres posible,

animal entrampado bajo su desnudez de miedo

Hay quienes padecen la más cruel belleza

Cierra al dormir, amiga, la ventana

Sería fatal que te inundaras de estrellas

En todo momento

un hombre enciende las luces del planeta

Basta para ello que dentro de su cabeza

alguien dibuje pájaros y árboles

Cuida de mi voz como de un pobre perro

Es lo que tengo para salvarte y salvarme

En ocasiones, trunco

¡Vaya que uno amanece, en ocasiones, trunco!

Roque Dalton

La noche anterior,

la de los azufres y los óleos,

doblé con amor los pantalones

pero, sin querer,

adentro me dejé las piernas

Ahora no puedo salvarme

de los cuchillos del invierno,

impedido como estoy

de amar la lejanía

Recorro con lentitud las fotos,

los grabados

buenos para ahuyentar

a la simuladora,

mas de regreso

ya no tengo los ojos,

perdidos en venturosos

laberintos,

en detonantes manchas de color

que invitan a saltar

quién sabe a dónde

En esta situación,

¿qué me queda

sino los dedos de golpear,

las cejas inocentes?

Con curioso terror

espero esta mañana a los amigos

Tras los poemas,

los abrazos,

después de inventariar

los odios candorosos

y las claras incitaciones

de la vida,

terminarán así, los distraídos,

echando en su equipaje

mis dos manos

El ojo veloz, en finos sobresaltos

Para Pepe Olivares

Entre la mano, el hilo de tinta

y la superficie de la Bristol

median

            un ánfora griega,

            el perfil de una muchacha de Pompeya

y más acá

            el cerebro de Kafka

            Guernica

            y las nubes que recuerdan

nubes con formas de animales

También hay cosas más sutiles

            las siluetas de las catedrales góticas,

            el aroma del pan en las madrugadas de la Isla

y esa melancolía heredada de Vallejo que

de

    tarde

         en

              tarde

le dicta trazos, manchas casi perceptibles

para el ojo que pasa veloz en finos sobresaltos

Pero he aquí que la tinta

inunda el espacio como una arteria rota,

lame con voracidad las muescas

que el tiempo ha impreso

en la blancura sospechosa de la hoja,

y van saltando, por orden de belleza,

       un hombre y una mujer desnudos que se abrazan,

       estrellas,

       un puñado de lilas en el campo

Cuerpos que la noche no podrá borrar

porque allá, en las casitas que apenas se presienten

bajo la ilusión quebrada por la línea,

crepitan las llamas del horno familiar

con la misma pasión que en otro tiempo

moldearon la materia indócil de las ánforas,

iluminaron el encantado rostro

de la muchacha de Pompeya

Razones

Respeta, piedra, el temblor de la hoja

como el viento perdona tu aspereza

y el poeta comprende la ferocidad de los cuchillos

Bajo los astros,

entre los grumos olorosos,

la piedra, el viento y las hojas

poseen sobradas razones para ser

aún cuando no esté del todo claro

el orden que luego tendrán sobre la tierra

Movidas por el viento,

las hojas muestran, como Jano,

las caras del otoño;

mientras que el sueño de piedra de la piedra

en el fondo es una señal de clara alarma

El cuchillo con que se taja el pan

o se siega la cabeza de los hombres,

nada sabe

Su misión es cortar, viejo designio

El poeta no ama el cuchillo,

pero entiende su belleza

Nada crea la piedra si no es su propio sueño

Nada ruede el viento si no es su propio esfuerzo

Nada cante la hoja si no es su propio miedo

En la sombra, el poeta vela las armas

que a su llegada ha de encontrar el día

Nadie forje el acero en las tinieblas

Oficios es de la luz, y del poeta

A dos espacios

Nada es mío, ni siquiera la parábola del viento

Como otros reúnen estrellas, caracoles,

junté palabras que otros inventaron

para estar después del sueño y la vigilia

Así entré por la palabra puerta

buscando de mi madre el intrincado corazón

y allí me quedé agazapado,

dejándome ir en la marea de su sangre

Ventana y amor me condujeron

a la abisal tristeza de esta mujer de aliento fatigado

que espera de mis versos quién sabe qué milagros

Con la palabra canción mentí con ternura a los amigos,

les conté historias de muchachas

que me nombraban en la lluvia,

cuando en realidad era la combustión del viento

entre las ramas

Si hice versiones de la noche

fue porque la oscuridad se hizo ancha

para el hambre de mis huesos

Si alguna vez dije el mundo es una naranja,

en realidad nunca creí que fuera una naranja

Hoy sé que el mundo

es una camisa a prueba de intemperie

En papel gaceta, a dos espacios,

durante años he almacenado

veraces noticias increíbles

y sueños irrealizables que suceden a diario

Por eso es bueno ir ordenando manuscritos,

poner en claro que puerta sirve, cuando más,

para tocar el corazón de la casa,

y que ventana y amor están para ver,

entre otras cosas,

cómo se aleja esta mujer con mi equipaje

Tal como si yo mismo me marchara

Juntar palabras es un delito noble

Si fuera mía la parábola del viento,

podría hoy mismo empezar un gran poema

Que el estoque persigue

Ve directo a la sangre del toro

Que no te ciegue el fulgor con que lo visten

ni esa metálica alegría que todo lo envuelve

Él está ahogándose en la arena

mas nadie quiere saber si de esa herida

manan flores o pájaros

Pero tú, hombre, vas al estertor

y quedas desolado

Dentro de ti siempre habrá un toro

que el estoque persigue

No pidas redobles ni vistosos colores

No le hurtes el cuerpo con cuidada elegancia

Ve de frente a los ojos

que cualquier día dejarán de mirar

la terrible belleza

Comentario del alba

Para Moon

Salir a la desmesura de la luz,

los ojos que se niegan a mirar,

el cuerpo que no quiere

dejarse meter en su mortaja

Reconocer a palmos

el paisaje lunar

de la sábana en desorden,

el sitio donde ha quedado impresa

la sombra de lo que en la noche

parecía una mujer

y nunca se sabrá si tenía la realidad

de la carne o del sueño

Contar y descontar

Nueva muesca en el rostro

Cepillarse los zapatos, la risa

Bracear en el café

Buenos días al día

Historia simple

Lento en su agonía,

el pez de nombre equívoco

no sabe que lo observo

mientras llega el instante

de pagar por el oro de la escama,

las vidriosas esferas

que ahora nada miran,

el gusto que robaron al mar

Es tan simple la historia

que horroriza:

perderá el salvaje olor

ante la mordacidad de los limones,

y al final otros serán

la forma y el color

gracias al fuego del aceite

Pequeña es la tragedia del pez

esta mañana en el planeta,

un invierno que exhibe

muertos y adioses y fronteras;

mínima es su forma de irse

para resurgir como impulso

de la caricia, el golpe

Yo voy con el pez

Alguien me mira con envidia

Antes de escuchar “Summer Time”

Decir esta oración con grande fe y humildad,

y repetirla tres veces con los otros asistentes

(Libro tibetano de los  muertos)

Jannis Joplin,

vuelve  a cantar dentro de mí

Arrasa, devasta, asola,

arranca de raíz cada nota

que no fue encarnada en tu voz

Destruye los ídolos antiguos

Purifícame, Jannis,

este lunes cargado de ceniza

en que debo avanzar

El equilibrio

– sabemos –

es una ilusión

Nadie tensa la cuerda;

no hay cables ni manos

La sabiduría está en los pies:

dar cada paso

como si fuera el último

Venga, lenta, la luz

Venga, Jannis, el cabello

del color del verano

Venga a nos, al reino terrenal,

a los íntimos huesos

que contigo cantan

Los hombres sin memoria

Cada día nacemos para amarte

Como un monumento

Fue dejando la piel en cada encuentro

Hubo días que la demasiada luz

hirió los ojos, quemó la cara

con un rojo dolor

Cantó al despertar, cantó cuando los hombres

retiraban las redes amargas y rotas

Quiso poner más de sí,

alimentar la alegría de los otros

con la seguridad que estaba lejos de sentir

Pero una mano insistente

le indicaba el avieso camino;

pero una voz le gritaba que era bueno saltar,

pegar los labios al cristal de las confiterías

Amó, perdonó, nunca fue absuelto

Ahora vaga con sonrisa de idiota,

ahora susurra una extraña melodía,

ahora dice adiós cuando regresa

Y su espalda es magnífica, como un monumento

Terpsícore hablaba un idioma extraño

Virginidad perdida. La mano a la cabeza

La música, un lamento. La música,

el tiempo de no estar

parado ahí viendo gotear las hojas

Entran y salen los hombres a exponer su fulgor

Quieren probar que toda penumbra los imantará,

que la claridad ha de limpiar sus huesos

Ella baila de nuevo para mí

Ella salta de nuevo fuera de la luz

Ella extiende los brazos hacia donde sabe

alguna vez estuvo mi sonrisa

Humo en el hogar. Humo en las bocas

que se cubren de espuma

Es la canción de los viejos marinos

que han perdido los ojos

y ahora dicen su glorioso dolor

Ven al extremo donde todos golpeamos la mesa

Asiente así, como si reconocieras esa música

que apenas deja respirar

Al final del siglo

somos los jóvenes más viejos de la tierra

¿No la reconoces? Es Terpsícore

Se está ofreciendo a ti. Se está ofreciendo

para que nos rajemos con ella la garganta,

para que nos comamos los puños,

para que nos lancemos al asalto

contra la alegría de los otros

Esta noche el cielo va a morir

Cantaremos de la mano su alabanza

Desde esta taberna patearemos su cadáver

Memorias del sueño

Para José Luis Ferrer

Sobre las rocas

bebíamos la sangre del albatros

Éramos tres y lo sabíamos todo:

las paredes de espuma y de papel;

el fuego helado del quirófano;

el grito de la semilla

que no se atrevía a germinar

El agua se llevó los zapatos

de aquel que no tenía nombre,

el que una vez rió de modo intolerable

Pensábamos cantar al pájaro muerto su alabanza

Pensábamos danzar por los ojos

que no volverían a ser de la profundidad

Éramos tres y no sentíamos temor,

ni aburrimiento, ni una gota de odio

Sólo pensábamos beber

hasta que el extraño sueño terminase

No hay que perder la compostura, dijo el perro

Para Mylene Fernández

En aquel sueño

yo estaba en una tienda de animales

Desde mi posición – es decir,

de los barrotes hacia dentro –

no podía ver la etiqueta de la jaula

Los curiosos pasaban por mi lado,

leían la clasificación y el precio,

y luego movían la cabeza en forma negativa

Lo peor es que todos terminaban comprando

una tortuga o un lorito

Los más sofisticados se interesaban

por los peces de Sumatra,

aunque en el fondo querían saber

de las sirenas griegas

Traté de averiguar mi verdadera condición,

pero los monos se perdían en tecnicismos

Un perro que había envejecido en cautiverio

opinó que lo importante es no perder la compostura,

porque si vamos a ver, de qué sirve gritar,

arañarse la cara, decir feas palabras

Un grupo de japoneses se paró a tomar fotos

En español, con acento colombiano,

decían que no debía sufrir,

que unas gotas de agua, que la hiriente luz

Recordé en el sueño

que estaba repitiendo una película,

también recordé que, para ser exactos,

debía estar en la tienda de un anticuario chino

Es terrible detectar errores en el sueño

Es sobrecogedora

la falta de solidaridad entre animales

Vistos de cerca, los japoneses

no son tan parecidos entre sí

Ómnibus de noche

Todos están muertos

Aquel empapó

el corazón en aguardiente;

la muchacha que nadie mira

es náufraga en el llanto;

el torvo viajero del paraguas

no sabe si dar palmas, si hablar,

si caer de nuevo

en su profundo dolor

Mientras tanto, el ómnibus avanza

Suben otros cadáveres,

algunos tan visibles

que no se pueden abrazar,

que no podrían proferir

ni un lamento

Yo voy ahí, hundido hasta el fondo

Quiero que me dejen estar

Ya regalé el canto y la alabanza

y por eso ando desnudo

Ahora nadie quiere saber

el color de mi angustia

Ahora nadie exige

las cuencas vacías de mis ojos

para saciar la sed

Ahora podría sumarme al ejército

de los que baten sus huesos con furia

en señal de que nunca

todo ha estado mejor,

de que el futuro no es,

como dicen, una puta

que se niega a servir

su espumante sangre

en las copas

de los guerreros de la sombra

Es bella, cantan junto a mí,

es bella esta estancia sin luz

que se mueve en el tiempo

Entra, hermano, en el destino circular

que no es más que la suma de la perfección

En dos palabras: la muerte prometida

Ah, Claudia, el acero

Para W. Cancio

Arma indefensa

en la mano de Claudia

el cuchillo que va a punzar el aire,

que tajará la sombra

sin feroz alegría

Ella canta y degüella tomates,

pasa por el filo

una romántica cebolla,

cercena el ave

del sacrificio familiar

Ah, Claudia,

que no escucha el acero

pidiendo una garganta

Ah, los niños,

esa obsesión de matar

y morir sólo en juego

El hombre en la piel de gato

Para Antonio Conte

Ese gato que llora,

que se despedaza en la noche,

¿a qué me busca?

Yo también tuve mis pesares

Como él cambié de piel,

mudé el olor,

ensangrenté la mano y la garganta

tras algunas mujeres

que decidieron amarme

cuando ya el olvido

me dejaba sin voz,

cuando ya no podía

saltar por última vez

el balcón,

entrar de puntillas

en la casa habitada

por innúmeros fantasmas

A la noche del gato

falta el ómnibus loco

de culpa y alcohol;

el que regresa de ningún lugar,

el que siempre irá

hacia ninguna parte,

a diferencia de los que se dejaron vivir

y a esas altas horas observan con horror

al hombre que parece un gato,

el de las uñas sospechosamente rojas

Un gato es un enigma

Un hombre es todos los enigmas

Viva el gato su profundo dolor;

a él recurrirá

cuando cansado, como yo,

vaya manso a comer a la mano de alguien,

y se deje acostar en un cojín,

y escuche admoniciones crueles

para la dignidad nocturna de los gatos

Ese gato que llora,

que se deshace en la noche

cruelísima del celo,

tiene un claro mensaje para mí

Mas no puedo escuchar

Mas no quiero sentirlo

rasgando la puerta

Vaya solo a nacer, a morir

en las tristes azoteas de La Habana

  1.          “La isla en peso”. ↩
  2.          Ernesto Guevara. ↩
  3.          Lezama. ↩
  4.          Bladimir Zamora. ↩
  5.          Amnios, La Habana. ↩