DIVERSAS GEOGRAFÍA VIII
Jair Cortés
La Revista La Otra, casa siempre generosa, recibe la poesía de cuatro poetas mexicanos cuyas propuestas, como los puntos cardinales, parten del centro de la memoria buscando completar el mundo en el que vivimos. Mariana Bernárdez (quien vive en la Ciudad de México), nos ofrece un extraordinario poema en el que la poesía y la prosa borran sus límites, ampliando el sentido y la carga poética de las agudas y luminosas reflexiones acerca de la soledad, la infancia y la escritura como experiencias que reconstruyen el pasado y reinventan el presente. La marea que rige la escritura del poema y los lazos secretos que atan los misterios de la vida son los temas que Mariana Bernárdez urde con una lúcida mirada que explora geografías distantes (literarias y físicas): “Reina de reinas la soledad que se sabe en ese fluir y donde se imagina el firmamento y la recurrencia del mar…”. Por su parte, Aureliano Carvajal (Ciudad de México) hace del poema una zona donde la vida vuelve a suceder, pero ahora mitad ensueño y mitad realidad, lo cotidiano emerge como una burbuja milagrosa de entre los trabajos del mundo que ilumina lo trascendente: “…Ay, burbujas,/ si tan sólo supieran/ que hay vasos de plástico/ e ignorantes como yo/ que nos dedicamos/ a beber el cielo”. Para Irene Ruvalcaba (poeta que radica en Zacatecas) la poesía es también narrar momentos definidos que estremecen por su intimidad y que se convierten en fotografías de paisajes interiores, donde la realidad se transforma a cada línea y revela lo que sucedió (o sigue sucediendo): el miedo de ser niño, la condición filial y el lenguaje como la herramienta que mide el asombro: “El amor es un lobo que aparece para comernos y en seguida expulsarnos niños.” Por último, Ihovan Pineda (quien vive en Colima) nos ofrece poemas de su más reciente libro, Bitácora de recuperación, en donde la Poesía, el poema y la palabra son los cimientos que impiden que el olvido y la muerte sean los vencedores. El poeta tiene la misión de dar un testimonio fiel de esta batalla y nos ofrece una bitácora en donde podemos recuperar lo que aparentemente está perdido; su tono confesional y coloquial logran conmovernos y hacernos parte de su íntimo universo: “Hay que aceptarlo/ amigo,/ la sinceridad ante todo,/ ser sinceros/ también con uno mismo/ aceptar que en algún momento/ esto se fue al carajo,/ que este pinche tren llamado amor/ en algún punto se descarriló…”.
Poesía y poetas, reunidos en torno al canto de los cuatro puntos cardinales de la memoria, diálogo entre generaciones de diferentes momentos (como en el caso de Ihovan Pineda retomando algunos versos de Mariana Bernárdez): celebración de la palabra ante lo oscuro del día.
MARIANA BERNÁRDEZ
El lápiz de Tuningi
el tiempo es un árbol que no cesa de crecer.
Así sea, Blanca Varela
Unas notas, como si se desdibujara el margen, como notación apenas audible, como cuando se escucha el aleteo de un susurro rompiendo la saliente del viento, o como esas piedras que se tiran al estanque y van derramando paulatinamente su circularidad.
Confluencia. Destino sojuzgado a una razón que no alcanza su requiebre, inconclusa e incapaz de abarcar de un sólo golpe la lontananza de la sierra por la que se deshebró la infancia, y qué poco queda, salvo el grano de arena, de sal en la mano, huella de alguna vez haber navegado el desierto aunque jamás se atisbó su orilla…
Reina de reinas la soledad que se sabe en ese fluir y donde se imagina el firmamento y la recurrencia del mar; dicen que su sonido todo lo cura, que remedia lo irremediable, y calma los cardos que se van incrustando sin mediar axioma alguno en lo que no se ve, en el dentro que se presiente porque su peso va haciendo mella en el escribir de la piel, como si en ese rehuir se deslavara el rostro indomable del amor que inhabita el cuerpo, el cuerpo, el cuerpo que termina siendo polvo entre el polvo.
¿Y antes de morir?, dime, ¿antes de morir si pudieras cobijar un deseo, llevar contigo algo, una imagen, cuál de todas las vividas querrías que fuera la moneda para el barquero?
⁂⁂
Escribo en papeles sueltos, y luego en alguna libreta, sobre el árbol que brota y habita el poema, ha de mecerse su fronda ante el viento que lo adormece, y sus ramas dispares enaltecer el desbroce de los hilos de luz. Las hojas dibujan impensables constelaciones que lentamente anudan el río de la memoria, extendiendo sus pliegues cuando miramos las líneas de la mano, escritura inmemorial, como inmemorial es el desierto o el puño de arena que al dejarse caer es arrastrado por el siroco.
Miro la palma de mi mano, su pleamar, su traza, el firmamento en el que está inscrito el destino, pero no atino sus letras y su sello me resulta tan enigmático como la redundancia del olvido. Con los años a mi padre se le borraron las líneas, porque así debe de ser, decía; ¿adivinaba otras vidas?
Sin más el cuerpo se vuelve transparente, y con los años, el corazón se hace más herida, porque así debe de ser, ¿cómo habría de volverse sino el latido, trino?
⁂⁂
Mira el signo, antecede el párrafo, lo corona con sus estrellas triangulares.
“Llamada”, ¿quién detrás apremiando la atención?
Lo cierto es que me obliga a leer el reverso de la hoja donde en letra manuscrita se registran algunas impresiones de un viaje hecho a trasiego y en punto de fuga.
Huíamos de enero. Huíamos del miedo.
Parpadeo.
⁂⁂
Allende donde los árboles son tumbados por elefantes para comer sus raíces y los trechos de polvo rojo son senda por la que deambulan animales que en la infancia afirmaban su existencia en las páginas de Salgari y de Verne; ahí donde a la tierra aún de su sangre derramada no se le ha quebrado el espíritu; en ese abrupto y brutal paisaje, se tocan formas de vida más altas, aunque el día cabalgue a lomos de la insoslayable hambre.
Poco a poco, la boca va bebiendo el agua de otra lengua y pronuncia sílabas que se desmoronan en los labios: Madikwe, Tuningi, Botsuana, Gorongosa, Maputo, Sofala…, y se queda el alma entre los caminos, en la humedad del aire, en la vastedad de un horizonte ajeno al acariciado en sueños. La conciencia regresa a su centro vital de puro mirar, días de silencio, hacia adentro, sin el terror del ruido que irrumpe tal adormecimiento.
Si alzo la vista me maravillo ante la sutil insinuación de un movimiento tan efímero que es un engaño…; aún de la desecación de los manglares todavía hay playas donde los flamingos son un suspiro y la marisma una bruma de exquisito equilibrio… También fuimos a la estación del tren, en un mapa me enseñaste dónde se encontraba el reino de Sofala, la palabra se adormeció en mí; sabía que en cualquier momento habría de asaltarme; Sofala, Sofala, hay un oleaje impreciso en su pronunciación.
Creciste en el reino de Sofala; y mientras nos encontrábamos, yo lo hice en una ciudad de cielo muy azul y aire transparente, veía los volcanes y en verano iba al mar; mi padre era hijo del mar…, íbamos al mar porque decía que su sonido todo lo curaba, pero no supe reparar lo irreparable, ésta herida que sin razón alguna vino a tajar eso que años después sería nuestro corazón, palabra que no hube de entender hasta no haber sentido el claro de Zambrano. En ella aprendí otros modos de leer palabras diversas de ser: los rastros, las ruinas, incluso la devastación, que no abren su secreto si no hay cierta amorosidad en el roce que delata el profundo respeto entre los límites propios de las miradas implicadas.
Sea lo cóncavo lo propio de su grafía: oración abierta que comprende el impulso de la lengua en su reinventarse y en su singladura. Mantra. So.fa.la.so.fa.la.so.fa.la…
⁂⁂
El lápiz estaba en la mesilla de noche de Tuningi, Madikwe, en su materia lo inmarcesible encuentra refugio: la lluvia fina de Maputo inundando los ojos, las calles arrancadas de su trazo, el aire sostenido por la risa que todo redime y las noches de incomprensible nostalgia…
Lo he traído pensando que en su grafito se contendría un rumor distinto y el olor extraordinario de su alba, o simplemente la alegría de su claridad. Sostengo el lápiz en mi mano, para constatar que alguna vez, alguna vez, despertamos al unísono del mundo. Toco sus cantos, su filo achatado por el oficio de escribir, y en su peso insignificante cabe lo creído sueño, y entiendo que nadie abandona África una vez pisado su suelo.
Mariana Bernárdez es poeta y ensayista. Realizó estudios de posgrado en Letras Modernas y en Filosofía. Entre sus libros recientes de poesía se encuentran: Alguna vez el ciervo, México: Ed. Praxis, 2010; Trazos de esgrima, México: Ed. Sin Nombre y UAM, 2011; Don del recuento, México: Parentalia, 2012. Nervadura del relámpago, Estado de México: FOEM. CEAPE. Gobierno del Estado de México, 2013; Escríbeme en los ojos, México: Ed. del Lirio, 2013; traducido al portugués por el poeta Nuno Júdice, Lisboa: Ed. Glaciar, Casa América da Latina Portugal y Ecochoice Portugal, 2015; En el pozo de mis ojos, México: Papeles Privados, 2015.
AURELIANO CARVAJAL
Frutos de aire colorido (Toma 59)
Fue domingo el día en que te lleve al parque
(aquella mañana:)
cuando ese parque se hizo globo ante tus ojos.
Frente al vendedor Miausaurio dijo
que esos globos eran peces
(o pájaros globificados)
queriendo desatar sus colas.
Con el hilo de su globo bien ceñido
(una o dos tres veces)
se revolvió Miausaurio sobre sí misma
buscándose
(a tu gusto)
su novena pata
o quinta cola.
Cuando ese parque se hizo globo ante tus ojos preguntaste:
Si por esta nuestra boca
(aaaaaaaaaaah)
también aire soplamos
(aaaaaaaaaaah)
qué listón he de cortar
(uuuuuuuuuh)
para ser globo liberado.
(uuuuuuuuuuuuuuuuuuh)
Interesada por descubrir el curso elevativo
Miausaurio cuestionó a
cosas
y más cosas
sin saber qué las detenía.
Y en el parque todos somos globos
(despajarificados)
y yo termino por buscar el hilo que en secreto me ha evitado las alturas.
Por pura ciencia Miausaurio liberó su globo
por error el vendedor sus peces:
y aquello era el vitral que, al partirse,
revienta con sus coros
el caleidoscopio del sonido.
Contradicha lluvia,
(uuuuuuuuuh)
escalera de peces,
(uuuuuuuh)
frutos de aire colorido y
(allá va)
(aaaaaaaaah)
Miausaurio huyéndose del parque
(y tú detrás.)
(aaaaaaaaaaaaaaaaaaaah)
Cuando en ese parque fuimos globos por tus ojos:
sorprendidas volaron contigo
cosas y más cosas.
Aquello era un espumoso viaje,
todos los colores se vieron desde el cielo y Miausaurio.
(¿y Miausaurio?)
¿A dónde fuiste Miausaurio?
¿te habrán llevado los globos?
¿Acaso ya volando
rodeada de cosas que son pájaros que son cosas?
¿Seguirás dormida?
A ustedes que mueren en lo alto
Podría seguir mirando cada una de las burbujas
que buscan emanciparse del refresco en mi vaso.
Ellas han de imaginar que son jazmines
y se mueren tan rápido,
marchitando el hecho mismo de existir;
o se duermen en las paredes
y se dejan llevar, soñando.
Así, sin más, conocen su destino,
escogen un aeropuerto
y repentinamente: pffff
se han ido –y ni siquiera se escuchan.
…Ay, burbujas,
si tan sólo supieran
que hay vasos de plástico
e ignorantes como yo
que nos dedicamos
a beber el cielo.
Episodio cotidiano dentro de una cacerola
Porque yacemos todavía desnudos,
porque en el fondo de las aguas
somos uno entrelazado
y en la atmósfera surcan islotes de verdura,
porque en el fondo haz de olvidar tu brazo
y ser cuchara:
Nave que se derrite por tus dedos
que subraya sus pasos en las olas.
Círculo incidental entre fideos,
barco de filamentos navegantes,
peregrino de pastas tallarines.
Muy en el fondo derivas por nosotros,
llegas al fin, te das la vuelta
y Todo de tu mano se concibe
la Tierra, el consomé, la zanahoria
y Todo con tu mano espolvoreas:
la tormenta salada a los marinos,
la oscura tempestad de la pimienta.
Muy en el fondo cocinas por nosotros,
saboreas pequeños continentes,
construyes la cocina,
el universo desde el fondo,
porque en el fondo de las aguas
hay aromas, amada
ciertos aromas repentinos
como el cuerpo de la sopa.
Hay aromas cotidianos que recuerdan
papalotes de letras, de coditos,
palacios de fideos incidentales
en cuyo cimiento
se acaricia el remedio más oscuro
de tu vianda.
Hay aromas que de pronto son tu cuerpo,
pequeños remolinos culinarios,
huracanes con fuerza de moñitos
de estrellas municiones epidérmicas
que temblores que efluvian que mi pecho
que suspenden las ganas de comerte.
Padece todo sitio sin Miausaurio (Toma 26)
Padece todo sitio sin Miausaurio
pero duele más su nula omnipresencia.
De pronto,
cuando observas sus huellas en la alfombra,
y encuentras milagro en todo lo que es ella,
te das cuenta que Miausaurio estuvo allí,
que sus pasos contornearon los tuyos.
Tropiezas conmovido ante su rastro pasajero
y cuando vuelves a mirar sus huellas,
con la atención que piden los detalles,
encuentras más fuga que presencia
en lo que alguna vez fuera espacio compartido.
Padece tanto el mundo
que deja Miausaurio sin Miausaurio
pero te duele más
su nula omnipresencia.
AURELIANO CARVAJAL (Ciudad de México, 1986) Estudió la carrera de Literatura y Ciencias del Lenguaje en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Su trabajo ha sido publicado en diversas revistas impresas y digitales de México y Estados Unidos como Círculo de Poesía, Opción y Río Grande Review. Ha publicado traducciones de poetas como Michael Augustin, Jibanananda Das y Vinod Kumar Shukla. Fue antologado en la Colección doscientos años de poesía mexicana del Gobierno del estado de Tlaxcala. Obtuvo en 2014 la beca Interfaz ISSSTE-Cultura.
IRENE RUVALCABA
Una mañana de 1997
Ese día me desperté a las seis de la mañana y ella ya se había puesto de pie.
La noche anterior soñé que mi papá me daba un abrazo y luego se alejaba dejando sus huellas en el polvo blanco que es la mirada.
Abrir los ojos es entrar sin permiso.
Así entré al recuerdo profundo como pozo antiguo que tengo de mi infancia. Todo pasó en un año. En un día. En un instante.
El querubín de la infancia debe ser el mismo que el del invierno. Jamás pude olvidar cómo jugaban los adultos a ser niños, cómo mi tío me tomó la foto en el patio. El grito de mi madre como luz incandescente esa mañana, el maullido de la gata y el temblor del perro en silencio.
Esa mañana el pájaro madrugador no cantó. Las flores pálidas en las macetas del jardín. Mis pies como estatuas de mármol blanco.
Vi caer del cielo la pluma de un ángel, luego otra y otra. Todo estaba invadido.
Era la primera vez que la nieve y yo nos encontrábamos. Te contaré la historia.
Podría comenzar así: mi madre en su dolor dejó de comer, no se vistió de negro como se acostumbra acompañar a los muertos, y decidió morirse lentamente, como caen las hojas que deciden no volver a depender del árbol. Pero al caer llenó de plantas la casa. Helechos, mastuerzos, malvas, geranios, jazmines, pensamientos. Yo no podía creer que una planta se llamara pensamiento.
Y terminar así: pienso en esa mañana cubierta toda de blanco y cómo mi madre salió de la tristeza para maldecir al dios del hielo. Para pedir perdón a sus hijitas. Para limpiar pacientemente las hojas que la nieve consumía. Para nacer.
Al fin del día, tres metamorfosis: la casa verde se volvió blanca, mi madre devino padre y yo me volví pájaro madrugador.
En el bosque
Alejandra y yo éramos amigas y vimos aparecer el mundo entre juegos de primavera, cuentos de viento y dientes de león. Entonces tomábamos té en tacitas de plástico y de plástico también eran los sueños a los seis años.
Jugaremos en el bosque mientras el lobo no está…
Recuerdo la primera vez que descubrimos nuestro cuerpo desnudo, la piel era una nube anémica después de la tormenta. El color rosado del abdomen y, en el centro, el ombligo como un ojo abierto que podía adivinar la muerte. Ella tenía un lunar como una abeja que yo imaginaba, predicando palabras santas. Pasos de ballet entre las sábanas.
El amor es un lobo que aparece para comernos y en seguida expulsarnos niños.
Alejandra y yo éramos dos corazones de caléndulas abiertas. Éramos también un beso en la frente donde nacen las flores todas, esas que adornan caminos y lagos en suaves cabellos.
Porque si el lobo aparece, a todos nos comerá…
Y el color de los párpados era la sonrisa de un niño que pide limosna en la plaza pública, el ruego de una mujer que descubre que será madre por cuarta vez. Como hojas de aquel cuaderno en donde nació la poesía y la abrigamos y le cantamos cantos gregorianos para dormir.
De todo aquello sólo quedaron pedacitos de pan tirados en la cama de las muñecas.
Lobo, lobito estás ahí, ¿sí o no?
Yo era su pájaro azul, su canto de zapato que rechina en el piso mojado y el alto santuario de las cosas que nos comen, miradas de cera de gigantes que ya no saben rezar.
Ahí estábamos las dos, descubiertas por el lobo: él envidia la inocencia del niño que siente el cuerpo ajeno, una hostia bajo la lengua durante la primera comunión.
Duplicación del tren que pasa por la boca del cielo y lo rompe como al jarrón de la sala.
Se nos destrozaron las ansias y la infancia. Mis lentes se hicieron telarañas de recuerdos que no se pueden confesar, porque no se saben de penitencia.
Un día callado, Alejandra se fue siguiendo una tormenta de polvo y con ella mi memoria.
Ahora, se ven las nubes cargadas con el agua de agosto. Yo, con la mirada baja, exhalo el tren de mi cigarrillo sobre este barro.
Pulso de silencio
Mis pies de tierra se vuelven lodo por sangre. Me han roto todas las rodillas. Me tiro al suelo. Un nombre me obliga a levantarme.
El sol de esta mañana aparece agujereado.
Cierro los ojos. Ayer soñé que mi tío me enseñaba a usar el rifle. Ahora paseo a la madrugada. Pido agua.
Que vuelvan los pájaros. Que canten. Ni ruido de estrellas ni silencio de mi parte.
Mi mamá me dijo que el árbol de granada madura el fruto en octubre. Es abril y se abre. El corazón también.
La cuaresma pasó y hay abstinencia. Que nadie hable.
Los niños juegan a chiflar con los casquillos. Mamá dice en voz baja: fueron ellos. Los polis juegan a las escondidas. La loca del pueblo está desaparecida y a quién le importa.
Luna nueva
Esa noche se expande al recordarla. ¿Quieres ver?
Mientras las hojas del eucalipto invitan a bailar a las de la jacaranda, mi papá y yo, sentados en el patio, jugamos a exprimir luciérnagas. Las manos se nos llenan de luz. Él me mira callado. Yo le pregunto si dios existe. Llora.
Las púas del alambrado se entierran al tronco de los árboles. Volteo hacia el cielo.
Cuando la luna está nueva, no se ve. En esto se parece a la muerte.
La oscuridad, anciana que comparte su pan con los perros, nos pide de beber.
Ya no llores papá, ya no llores.
La noche es una niña miedosa. Yo, una mina de plata. Mi papá se desvanece. En el corral el coyote chupa la sangre de la gallina. O es la gallina la que bebe sangre de coyote. No sé, la humareda de estas horas confunde a la vista.
Los becerros se murieron por comer hormigas negras. Mi papá cura su vida con pastillas para el maíz. Su brillo de luciérnaga se enciende y le sale por la boca. Cae al suelo como un mosquito. Yo me tiro junto a él.
Irene Ruvalcaba es Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Zacatecas y miembro del taller de creación y crítica de la misma universidad; actualmente cursa la maestría en Literatura Hispanoamericana. Fue becaria del Festival Interfaz del ISSSTE Chihuahua en su edición 2016 y ganó el primer lugar en el Certamen de Literatura Femenina Fantástica Felícia Fuster de España en 2016. Ha publicado en revistas nacionales e internacionales.
IHOVAN PINEDA
OBRA POR CONTRATO
La obra estuvo bien,
lo malo, es que edificaste tu imagen
como los templos:
a piedra y cincel;
tardará siglos en derrumbarse,
y antes, quizá, me derrumbe yo
ESTE DIÁLOGO
Hay una incredulidad en mí que
niega el derrumbe y la penumbra
Mariana Bernárdez
Hay que aceptarlo
amigo,
la sinceridad ante todo,
ser sinceros
también con uno mismo
aceptar que en algún momento
esto se fue al carajo,
que este pinche tren llamado amor
en algún punto se descarriló
Hay que aceptarlo
amigo,
no servimos para eso
de andar solos en compañía de nadie
ni para aceptar que el paraíso
estuvo aquí
Hay que aceptarlo
amigo,
en nosotros la memoria va por delante
y no sabemos predecir el desastre,
no sabemos contener el diluvio
no sabemos entrar en una casa
y salir enteros
Hay que aceptarlo
amigo,
en otros va lo que fuimos
y en nosotros se queda lo que ellos son
Hay que aceptarlo
amigo,
somos lo que nos queda,
porque la vida nos enseñó
lo que no teníamos que hacer
Hay que aceptarlo
amigo,
usted y yo no sabemos identificar
una voz en la espalda,
no sabemos distinguir la felicidad de ayer
con la tristeza de hoy,
no sabemos distinguir
un pensamiento de un recuerdo
no supimos calcular la velocidad del olvido
Hay que aceptarlo
amigo,
tarde nos dimos cuenta que el amor era un viaje,
y que hoy, como dice Gerardo Flores,
el corazón es un tigre enloquecido
y andamos como animales heridos
Hay que aceptarlo
amigo,
ante la incertidumbre de los días
solo nos salva la poesía,
y la voz que en sueño
a veces
nos pronuncia.
BITÁCORA DE VUELO
Nadie sabe
No hay información
No hubo testigos
de la catástrofe
de esa noche
Solo algunos
dicen
haber visto
una luz
como de estrella
que se colapsa
Nadie sabe
pero allá andan
todavía
buscando
debajo de la cama
la caja negra
Allá andan
todavía
buscando
nuestra última
bitácora de vuelo
ESTADO ACTUAL
Ya no hay distancia,
hay recuerdos,
y la memoria tiene su lugar.
Cuando estoy junto a ti
recuerdo tres cosas:
lo que éramos antes de ser
lo que fuimos siendo
y lo que no estando seremos
Solo eso te quería decir,
que cuando estoy junto a ti
recuerdo que vivimos anteriormente,
que la felicidad no fue sólo una teoría
y que la memoria es un viaje que dejamos pendiente
Te dejo mi teléfono
por si te acuerdas de algo
por si algo quieres decir
DE LA TEORÍA A LA POESÍA (Y VICEVERSO)
El poeta vuelve permanente lo que ya se había ido,
lo que ya no está y lo que se está yendo.
Al descubrir y decir la fugacidad de las cosas,
las eterniza.
Por eso, al decir que ya no estás,
estoy diciendo que estás para siempre todavía.
Ihovan Pineda. Poeta, ensayista y profesor de materias relacionadas con la teoría de la lectura y la redacción. Licenciado en Letras y Periodismo, y egresado de la Maestría en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Colima. Ha publicado a nivel nacional e internacional en revistas impresas y electrónicas: Tragaluz, Casa del Tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana, Revista de Poesía La Otra de la UNAM, Revista de Lenguas Modernas de la South Carolina University de Estados Unidos, Crítica Revista Cultural de la Universidad Autónoma de Puebla, Círculo de Poesía, Revista Cronopios de Colombia, COFIBUK Literatura y arte, Bitácora de vuelo, Rojo Siena Editorial, Interpretextos, Caracol Azul, Vía Literaria-Proyecto Ululayu, y en Horizontum, finanzas y cultura. Autor de los poemarios Estarnos queriendo y pasado mañana (2008), De cómo las cosas han cambiado (2011), Principios de Incertidumbre (2015) para el cual fue distinguido por el CONACULTA con la beca FECA 2013-2014 en la categoría de Jóvenes Escritores y Bitácora de recupreación (2016, en prensa).