luis-arturo-restrepo

El atajo de Mery Yolanda Sánchez. Luis Arturo Restrepo

luis-arturo-restrepoEl colombiano Luis Arturo Restrepo ensaya sobre El atajo de su compatriota Mery Yolanda Sánchez, el libro, que podría parecer crónica, diario de viaje, poemario o incluso novela corta como fue reconocido en 2014 con el Premio de la Universidad Pontificia Javeriana.

 

 

 

Algunas palabras sobre El atajo, de Mery Yolanda Sánchez  
Luis Arturo Restrepo

 

El título del libro «El atajo» ya impone, de entrada, una disposición especial. Y lo confirmamos además por el nombre de su autora. Y lo que ella representa para la poesía colombiana contemporánea. La obra de Mery Yolanda Sánchez se ha convertido, desde la penumbra, buscada por ella misma, en una luz opaca que nos lleva por los recovecos de una nación que ha hecho su elección de vivir en medio de las cicatrices, viejas y nuevas. Con apetito voraz de un coloso sin escrúpulos.     

        Tras la primera página aparece el epígrafe, escrito por la propia autora y esa elección pone de manifiesto que lo que viene es también propio. Es decir, sin artilugios ni artificios. Tampoco con las acostumbradas concesiones y decoros con que por estos días se disfrazan nuestros poetas, para hablar bajo el velo de la belleza, en una voz y en un dolor no suyos. Varias líneas nos advierten a la entrada del libro: «Muchas sombras pesan. La sangre tirada / en las calles habla y toma forma de país. / Las detonaciones que nadie escucha / siguen conmigo y, en el comedor, / bocas abiertas reciben el eco de la confusión. / Me tomo el derecho de tener memoria». Y esta última palabra marca una larga brecha por recorrer. La contradicción está servida desde el inicio: para la memoria no hay atajos. Es nuestro el derecho a tener memoria, mas lo que se nos impone es el azar obligado de no poder mirar para otro lado en un país que lleva años desmoronándose.           

        Tras la primera página nos damos cuenta que el escenario no escogido, sino impuesto para la narración, es el de la costa colombiana del pacífico nariñense. Y digo impuesto, porque más allá de los géneros literarios y de las encerronas academicistas para tratar de desenredar el imposible nudo humano que somos, estas páginas responden a una experiencia vital en la que la autora es al mismo tiempo el personaje y sus fantasmas, los miembros amputados, las úlceras que sangran y las sombras de los niños que se arrastran sin cuerpo por la maleza que los devora. El atajo puede ser crónica, diario de viaje o novela corta (como fue reconocido en 2014 con el Premio de la Universidad Pontificia Javeriana), pero sobre todo es poesía. Un largo poema que se sostiene en 15 pequeñas partes y 97 páginas manchadas en tinta o, mejor aún, en el lento padecer de los 21 días que dura la travesía por el litoral.       

        Nada es gratuito en la narración. La voz que narra en primera persona nos cuenta de un periplo obligado. Ante la inclemencia del desempleo, la narradora se ve sin más opción, obligada a recorrer 10 poblaciones apartadas entre sí, en medio de la selva, los grandes ríos «las guerrillas, los paramilitares y la malaria». El motivo del viaje: hacer talleres de promoción de lectura en las bibliotecas públicas de estos lugares. Así, dos condiciones a manera de metáforas se imponen: el viaje y la promoción de lectura. El viaje permite dimensionar el país, la monótona geografía del desarraigo, de la pobreza y el abandono. La promoción de lectura o, para adentrarnos en un tema más grueso que nos es imposible evadir como lectores de este libro, el papel de la literatura, su función ante la ignorancia sistemática a la que se ven reducidos nuestros pueblos más olvidados. 

        El libro se divide, como se dijo anteriormente, en 15 pequeños capítulos que sirven para ir desgranando un tortuoso recorrido en medio de la fauna local: alcaldes incompetentes, presidentes de juntas anónimas, cantineros ebrios, bibliotecarios analfabetas, choferes sin rumbo. Y como parte del paisaje común: uniformes, botas, fusiles, requisas, granadas, muertos y más muertos. La travesía por el libro también propone, de entrada, un impacto visual: párrafos que se intercalan de manera arbitraria entre la letra cursiva y la letra redonda atraviesan todo el libro. Lo que viene en ellos también nos atraviesa. La letra redonda sigue el hilo de la historia, lo que acontece en el recorrido, la minucia de lo real, la aceptación del viaje, la negación de lo inevitable. En la letra cursiva va la pesadilla, el monólogo interno de quien delira viviendo la misma realidad que su cuerpo experimenta pero siendo otra. Aquí se aguzan los sentidos, los miembros pesan en demasía, los órganos laten y apestan, secretan bilis y sangre, y como en las pinturas negras de Goya, los fantasmas danzan con las brujas, a los niños los devoran sus padres y procesiones de locos, enfermos y ciegos, cantan en coro el horror de la vida que los abraza. 

        Y a todo esto y como telón de fondo, una espesa neblina lleva el eco presente de la palabra del inicio: la memoria. Y algo me trae a la poeta rusa Anna Ajmátova, en su pequeño prólogo al poema Réquiem, escrito en Leningrado entre 1935 y 1940, en donde narra los meses a las afueras de la cárcel en donde, como medida para callarla a ella, habían encerrado a su hijo junto a miles de inocentes, el prólogo dice: 

        – Y usted puede dar cuenta de todo esto?

yo le dije:

        – Puedo.

y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro.

        Mery Yolanda Sánchez, no sé si en el impulso necesario de dar cuenta o en su imposibilidad de entender su experiencia sin acudir a la escritura, nos ha dado este bello y al mismo tiempo, terrible libro. Un puñado páginas por donde desfilan paisajes hermosos bajo el manto de la degradación y la violencia, algarabías de niños que turnan su risa por llantos en donde el hambre y el miedo avanzan a plena luz del día; seres amputados, víctimas de la gangrena y la paranoia. Y avanza también Mery Yolanda con todo esto a cuestas y dispone de su cuerpo para contarnos lo que pasó, lo que sigue pasando. Un libro que se abisma en lo sensorial, en los sentidos que se avivan y revientan para decir de la realidad no sólo lo inmediato y lo anecdótico, sino lo que va más allá y cala en la piel y rotula la escritura. Un libro personal y valiente, sincero, y que celebro en medio del espectáculo oportunista de quienes asumen el dolor ajeno como un espacio más para colgar su ego.