Francisco Meza. Memoria de marzo

frank-mezaMarco Sanz nos aproxima al más reciente poemario de Meza, publicado en Temblor de cielo. Como una apuesta a su porvenir, La Otra pone a circular la poesía de este joven sinaloense bajo el alero de grandes autores. Sanz confirma la audacia.

 

 

 

Memoria de marzo, de Francisco Meza
Marco Sanz

Consciente del riesgo que supone hacer generalizaciones, diré que todo libro de poesía, independientemente de sus prendas y alcances creativos, persigue dos propósitos: ante todo, satisfacer los criterios y el gusto de su autor y, en segundo lugar, encontrar lectores; de otro modo, quiero decir, de no cumplir con dichas aspiraciones, quizá deba considerarse una obra fallida, o bien, un mero capricho de una voluntad que busca complacer intereses ajenos a los suyos. Tal vez sean muchos los factores que intervienen en la recepción de un texto; en el caso de la poesía, yo, por ejemplo, estoy a la espera de que una fuerza me impela a sentir y ver lo que un verso o una línea proyectan. Eso por lo menos. Alguien más podría interesarse en otras cuestiones, tales como la métrica o el nivel técnico de composición. Conmigo no sucede así, pues para mí el valor de un poema reside en su capacidad de provocar una respuesta fisiológica: si no sacude o agita, si no causa en mí una conmoción, por mínima o pasajera que sea, la poesía es un asunto banal y carece de verdaderos méritos artísticos. Pero sería absurdo aferrarse a sostener este punto de vista; hay de por medio tantas cosas, una infinidad de opiniones y posturas, que debería parecernos natural la discrepancia. Sin embargo, y por citar un caso en el que no suele haber un disenso importante, a veces se cree corroborar que un libro ha cumplido con los dos propósitos que mencioné arriba cuando uno se descubre a sí mismo tocado por lo que va leyendo, cuando siente una profunda empatía por el autor. Creo que es justo ese momento en el que las razones de la literatura no sólo se muestran, sino que se abre un espacio para celebrarlas con mayor júbilo e íntimo alborozo. Esto ocurre, sin temor a equivocarme, con Memoria de marzo, el más reciente libro del poeta Francisco Meza.

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Francisco Meza
A diferencia de la publicación anterior de Francisco Meza, La bitácora y un día más (Praxis/Instituto Sinaloense de Cultura, 2009), obra que —me parece— condensa mayor cantidad de material biográfico, en Memoria de marzo la dialéctica entre lo sublime y lo visceral, entre el irrenunciable ímpetu metafísico y la resignación nihilista, es mucho más notable y alcanza mayor intensidad. Compuesto por dos apartados («El cercano dolor de lo remoto» y «Memoria de marzo»), el poemario es un canto a lo que Kierkegaard denominó la enfermedad mortal: la desesperación que a veces provoca el no poder deshacerse del yo propio. Y qué mejor motivo para orquestar una obra poética. De inmediato uno se percata que Francisco Meza es un poeta que no sólo aprecia la sonoridad de las palabras y su ritmo, sino que además ve en la experiencia personal una fuente inagotable de inspiración. Lo que quiero decir es que no se percibe aquí un pulso creativo aislado, artísticamente frío y vaciado de vida, abstracto como muchos lo prefieren, sino, muy por el contrario, una insobornable deuda con los asuntos de la vida cotidiana. Así pues, los poemas de Francisco Meza se leen como francas respuestas a las preguntas que toda persona se plantea al estar, por ejemplo, en medio de una desafortunada situación amorosa o ante el repentino desaliento que producen la rutina y los cansinos horarios de trabajo. El amor, las mujeres y la muerte; la desidia, la zozobra y el deseo; son los temas a los que Meza les confiere dignidad poética.

La consigna de Francisco Meza es bastante sencilla, pero no por ello menos inquietante y retadora: sustraer a la emoción de su vivencia inmediata para convertirla en un artículo de naturaleza poética. Pero quizá lo que distingue a Meza es su acercamiento a la intensidad de los afectos, su voluntad de retener esa fugacidad que los caracteriza: en lugar de emplear el lenguaje para pretender buscar la neurótica precisión del concepto, Francisco Meza prefiere dibujar con él, trazar con las palabras un universo óptico en el cual podemos orientarnos fácilmente. En ese sentido, Memoria de marzo es un libro tan visual como intensivo. Una tensión lo atraviesa de principio a fin.
En el primer apartado, «El cercano dolor de lo remoto», el poeta nos invita a recorrer y pensar con las entrañas la aflicción; básicamente se centra en la dolorosa experiencia de la pérdida. Se trata de una sección en la que el estallido de la voz se dulcifica sólo gracias a la sonoridad y el ritmo de la composición, no obstante su tono angustiante y reflexivo se conserva. Encontramos versos como los que siguen, donde se refleja esa voluntad del poeta de condesar en una imagen la desconcertante experiencia de vivir: «Una bestia se cimbra en mi memoria, / una furia adormecida / tiembla entre mis labios / hasta formar una mueca / que parece sonrisa». O estos otros, en los que la resignación es un mecanismo de defensa contra el sufrimiento: «Uno acumula rostros y frases, / pero como no existen máquinas del tiempo / sólo atina a encender un cigarrillo». Sin duda, este primer apartado es la carta de presentación de un poeta cuya obra se ha propuesto convivir en paz entre fantasmas.

Por su parte, «Memoria de marzo», una serie de poemas en prosa, es el diario de un taciturno personaje que busca rebajar en solitario el aguzado despunte de la soledad. Deriva en un interesante ejercicio, ya que aquí podemos apreciar cómo el poeta imagina a este personaje para explorar y perderse entre los pasillos de la naturaleza humana. Aficionado a la construcción de barcos a pequeña escala, el insomne «autor» de «Memoria de marzo» ve y piensa la vida a través de su melancólico temperamento. Sin embargo, aún no deja de ser un voluble y temeroso heredero de la metafísica: «Hay más que esta tierra, más que este cuarto de hospital donde vendo cicatrices». Aunque en otras veces pareciera lo contrario: «Desvelado y débil, resulta imposible domar el pulso, atar la ansiedad y callar al lobo detrás de la palabra. Pero el gesto es suficiente, aunque por dentro las bestias se derrumben».

En Memoria de marzo, nos encontramos con un poeta en pleno dominio de su potencial creativo, pero no dudo que, en un futuro cercano, Francisco Meza nos sorprenda con una obra cuya pericia atraiga la atención de mucho más y mejores lectores.

 

 

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